Sin izquierda ni derecha, ¿vive el centrismo? por Ernesto Kreimerman

¿Qué es lo que se dice, rápidamente y sin ni siquiera argumentarlo, que la izquierda está en crisis? Buena parte de quienes afirman con cierto desdén que “perdió significado” aquello de plantarse a la derecha y/o a la izquierda, y unos minutos después, como si antes hubieran guardado silencio, se autodefinen “centrista”, es decir, ni lo uno ni lo otro que ya no existen, y se instalan en el medio de ambos…de la nada a la nada, o entre dos muertos.

Más allá de todo, al final de la historia quedará a la izquierda o a la derecha.

El cambio más profundo

La cuestión es clara e inequívoca: cuando nace la Revolución Francesa, en 1789, allí se dan cita “en la Asamblea Nacional, los partidarios del rey y del veto real se sentaban a la derecha del presidente, mientras que los revolucionarios que defendían más poder para el pueblo se ubicaban a la izquierda”.

Es la Revolución Francesa un profundo conflicto social y político que se desarrolla entre los años 1789 y 1799, donde tuvo fin el antiguo régimen y la monarquía absoluta, ya concluyó con el golpe de estado de Napoleón Bonaparte.

Se producen una sucesión de hechos a partir de entonces: la monarquía, el tercer estado, etc. etc. Y se alzan entonces las consecuencias de más larga proyección: la victoria de la burguesía, que conquista el poder político después de la Revolución. Una burguesía triunfante que no quería regulaciones ni restricciones al comercio y a la industria. Se instalan conceptualizaciones profundas y de debates que aún persisten acerca del alcance y dimensión de las libertades económicas y de empresa. Más tarde, pero producto del mismo esfuerzo sistematizador cuyo propósito era el de dar proyección a las transformaciones, aparece el Primer código de comercio, el Código de Napoleón. Aparecen dos conceptos que llegan para quedarse, más allá de los debates por ampliarles o reducirles su alcance y significado: un sistema social basado en el mercado libre o el mercado más libre posible…y la definitiva instalación como un derecho como el de la propiedad privada.

Y todo ello envuelto en el debate más profundo y transformador de aquella época, que atraviesa la historia desde entonces y hasta hoy, de la síntesis universal: libertad, igualdad y fraternidad.

El vértigo de aquel capítulo de la historia deriva en el nacimiento de las bases del capitalismo, las que posteriormente se fueron expandiendo alrededor del mundo. Fueron consecuencias ideológicas de una dimensión fundacional; la creación y difusión de los Derechos del Hombre; el fin del absolutismo como ideal, y la transformación respecto al poder y el gobierno.

Y respecto a las cuestiones económicas, la Revolución trajo consigo un aumento desmesurado de los impuestos a los grandes sectores populares, una riqueza muy mal distribuida, asimétrica y enormes bolsones de pobreza.

Pero el ascenso de la burguesía aportaría otras dimensiones en cuanto al estado como gestor de la cosa pública y en particular de las políticas gubernamentales. Tal el caso, las correcciones acerca de la disminución de la deuda pública, una más cuidada y equilibrada política fiscal, comienzan a dar pasos hacia una mejor distribución de la riqueza. En ese sentido, las ya mencionadas libertades de comercio y sus nacientes y polémicas reglamentaciones fueron dando paso al nacimiento de las bases de la democracia.

Conceptos escuetos

Cuando en cualquier contexto, en todos los sitios imaginables, se refiere a la izquierda, es claro de que se hable aun cuando se pretenda ser peyorativo, de un paraguas de identidad, amplio y al mismo tiempo difuso y claro, de una reducción de las desigualdades en procura de una convivencia más armónica y socialmente estable, promovida en los cambiantes marcos legales promovidas de esos debates. Durante décadas fue la promoción del llamado estado de bienestar, potenciando el acceso universal a la educación, la salud y las pensiones públicas. Además, con una fuerte apuesta por la secularización, es decir, de la separación de la iglesia y del estado.

Y finalmente, ha sido poner en valor principios como la diversidad, el pluralismo, el internacionalismo y la multilateralidad, y las políticas sociales.

Las priorizaciones de la derecha política han sido otras. Ha tendido a priorizar el orden, cierta cuestión tradicional y el principio de autoridad. Ha puesto énfasis en la defensa de la propiedad privada y en el papel central del mercado, así como también suele enfatizar la identidad nacional y la seguridad. Es cierto que estos últimos elementos han estado sometidos a una revisión más empírica que académica, pero no se la ha descuidado. De hecho, algunas de estas valoraciones juegan en una frontera por momentos borrosa y hasta compartida en las diversidades que han ido consolidándose.

En esa mirada internacional, el multilateralismo no ha sido un valor compartido y se han sumado, en muchos casos, a las acciones unilaterales reforzando ideas de supremacías militares y tecnológicas frente al imperio de las normas acordadas para una relación más armónica, menos tensa.

No son cuestiones de malos y buenos, sino de miradas persistentes acerca de derechos y prioridades sociales y económicas, de poner el foco en la generación de valores que sumen a un estado de bienestar o de inclinarse por la premiación de los factores individuales, sin límites ni reservas.

Quizás el proclamar el fin de la validez de esta síntesis radique en la falta de valor para definirse, de tomar opciones.  El centrismo no parece una virtud porque la ambigüedad no lo es. Quizás la contradicción sí lo es, pues de últimas es la acumulación de compromisos

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