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¿Sirve el tratado Mercosur-Unión Europea?

¿Sirve el tratado Mercosur-Unión Europea?
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Se anunció el avance en las negociaciones para firmar el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur y se generaron muchas reacciones sobre el tema, que abarcan desde el beneplácito del Canciller Nin Novoa a las dudas del candidato nacionalista Lacalle Pou.  ¿Aporta a nuestro país este acuerdo? ¿Qué beneficios podemos lograr? ¿Qué sectores de la economía uruguaya pueden ser perjudicados? ¿Se trata de un palo en la rueda a la industria y sus empleos de mayor calidad? ¿Nos invadirán los productos europeos? ¿Nos ata más a la exportación de commodities? ¿Qué conocimiento se puede extraer de los resultados de países que han firmado tratados similares con anterioridad, como chile México o Egipto?

Mercosur-UE: lo que vimos fue solo el primer round por Nicolás Albertoni 

La conclusión de las negociaciones entre Mercosur-UE es una gran noticia en sí misma ante un contexto internacional incierto donde los nacionalismos políticos se entrelazan con proteccionismo económicos, amenazando logros que al comercio mundial le había costado casi 50 años alcanzarlos. En medio de este contexto, concluir un acuerdo que involucra 800 millones de consumidores y casi un cuarto del producto bruto mundial, no es poca cosa. En definitiva, este acuerdo brinda certidumbre institucional, en un mundo que parece querer alejarse de ellas. Hasta aquí, no queda más que alegrarnos por el paso que acaban de dar estos dos bloques regionales. Pero ajustemos la lupa y vayamos a los detalles.

Lo que se anunció días atrás no es más que la conclusión técnica de la negociación. Es decir, los negociadores de ambas partes dieron por concluido el acuerdo desde un punto de vista técnico. Alcanzar este punto, llevó casi un cuarto de siglo. Pero, aunque parezca mentira, esto es solo el primer round. Ahora el acuerdo de pasar por la fase de revisión legal. Una vez que se tenga el documento final -que debe ser firmado por la UE y Mercosur, sellando de esta manera la versión final del mismo- pasará a trámite parlamentario en ambos lados del Atlántico. Y es en esta última fase donde posiblemente surgirán los verdaderos desafíos para que este acuerdo pase del papel a la práctica. Solo se puede hacer uso de los acuerdos internacionales cuando los parlamentos lo ratifican, y para que eso suceda, se necesita debate parlamentario que puede tardar tanto tiempo como los parlamentarios quieren debatir. Si se pretende que ese último round parlamentario sea eficiente, será clave que las cancillerías de cada país sean lo suficientemente transparentes con el nivel de impacto real que tendrá el acuerdo, dejando al margen cualquier tipo de especulaciones o desconfianzas. Del lado sudamericano, habrá ganadores (posiblemente el agro) y habrá sectores más expuestos a la competencia europea (posiblemente sectores industriales). También habrá sectores más sensibles (aún por verse cuáles cuando el texto salga a la luz) con los que los gobiernos deberán trabajar de cerca para generar planes de incentivos que puedan ayudar a mejorar su competitividad para estar preparados cuando el acuerdo se ratifique.

Esperemos que pronto aparezca el texto final del acuerdo y podamos revisar la letra chica. Mientras tanto, valen una reflexión que nos ya nos puede dejar este primer round recién concluido: cuando un país se abre al mundo se interpela a sí mismo. Este acuerdo abrirá un debate que, con datos objetivos, le mostrará al gobierno lo lejos que están muchos sectores uruguayos para competir de igual a igual con el resto del mundo. Si no existieran estas instancias, los sectores que ya padecen una baja competitividad se podrán quejar, pero sin una vara con la que medirse. Con este tipo de acuerdos, los gobiernos ganan al poder focalizarse en políticas concretas que de otra forma no se hubieran percibido tan fácilmente como prioritarias. Por todo esto es que la apertura al mundo bien entendida, es mucho más que un aspecto comercial. Es una inmensa oportunidad para alejarnos de comparaciones facilistas que muchas veces no nos alientan a crecer. Por el contrario, nos terminan conformando con logros válidos, pero insuficien­tes.

TLC MERCOSUR-UE: ¿final feliz? por Oscar Mañán

Primera consideración para cualquier aprendiz de economía es “que no hay almuerzos gratis”, toda decisión económica tiene un costo, beneficios potenciales y perjuicios. Segunda, el MERCOSUR y la UE ambos bloques tienen problemas de funcionamiento y se avizoran cambios, todos en la dirección liberal más burda. Tercera, cambió el liderazgo del MERCOSUR, tanto Argentina y Brasil con Macri y Bolsonaro coinciden ahora en el pragmatismo liberal despreciando cualquier proyecto de futuro. Tal vez, la miopía de sus líderes o el poco apoyo popular que hoy ostentan les impide proyectarse. Cuarta, en la UE los nombramientos de Christine Lagarde al BCE, Josep Borrell a la diplomacia y Ursula von der Leyen a Comisión Europea prometen acelerar el rumbo en la misma dirección.

Uruguay, logra una aspiración de los últimos años, con la política de negociaciones en silencio, “el hecho consumado” salta el estrecho apoyo popular a los TLCs y evita movilizaciones. La oposición política se quejaba de un MERCOSUR ideológico, pero Uruguay siguió con su proyecto comercial liberalizante a pesar de los cambios políticos en países vecinos. Política comercial no tan distante de la esbozada por la oposición.

Ganadores y Perdedores. Para los europeos el saldo comercial es positivo respecto al MERCOSUR (unos 2,6 mmd en 2018). El TLC ampliaría a 780 millones los consumidores, pero les preocupa la agricultura de granos, especialmente la soja brasileña y la carne argentina. Se verán claramente beneficiados en la industria automotriz y de autopartes en los países mayores, porque caerán un 35% los aranceles para los coches y el 18% para las autopartes.

El MERCOSUR tendrá mejor acceso a los mercados para sus productos estrellas, soja y carne. No obstante habrá restricciones para productos sensibles que estarán sujetos a un “sistema de cuotas” para ingresar al mercado europeo y también plazos de entre 5 y 10 años para bajar aranceles. La UE eliminará impuestos para un 81,7% de los productos y asegura cuota para otro 17,7%. Sin embargo, les aseguró a sus productores agrícolas, que las “cuotas” son limitadas (para la carne bovina representa 1% de importaciones), y además constan de una cláusula de “salvaguarda bilateral” que permitiría restringir más las cuotas acordadas.

El MERCOSUR deberá eliminar aranceles para vinos (20%), whisky (35%) como otras bebidas, así como el chocolate (20%). Los lácteos y especialmente el queso podrá competir con ventajas en estos mercados Pero lo que más debería preocupar es la “denominación de origen”, 357 productos tradicionales de europa no podrán producirse (i.e. los vinos riojanos, Whisky, etc). Pero la industria farmacéutica es quizás la más endeble ante la competitividad de las grandes empresas europeas y los recursos para investigación y desarrollo.

En el corto plazo, puede tener un impacto positivo para economías como Brasil y Argentina, o quizás beneficiar a los consumidores de Paraguay y Uruguay. Sin embargo, el problema mayor es cómo en el mediano plazo estos países desarrollan una política autónoma, protegen sus frágiles economías para articular un “desarrollo” diferente. Las políticas impositivas para abordar los desequilibrios fiscales o las mejoras en infraestructura y logística, quedan prisioneras de la política monetaria europea (que además de comercializar en su moneda acceden a tasas de interés negativas) obligando a mantener un tipo de cambio subvaluado (los modelos de sobrevaluación utilizados para contener inflación serían improcedentes).

Estos compromisos inhabilitan, tomar decisiones que protejan e impulsen la industria local, sería renunciar por completo a tales iniciativas. Los beneficios para el caso Uruguay, tanto para plantaciones y frigoríficos se relativiza cuando se mira a la nacionalidad de la propiedad de dichos sectores.

 

Otra oportunidad por Martín Guerra

Este tren también está muy bueno. ¡No lo dejemos pasar!

Se va a necesitar mucha determinación para poder cumplir con las condiciones que tiene el acuerdo, necesitaremos acordar qué tipo de Estado queremos, ya que vamos a tener que competir con nuestros vecinos y Europa.

Estar abiertos al mundo es esencial para Uruguay, pero el ejercicio de ponernos de acuerdo internamente y con nuestros vecinos, es quizás el mayor activo.

Si logramos esto, además de este acuerdo se nos abrirán otras oportunidades también muy valiosas.

Creo que este consenso necesario, es más importante que lo sectorial, que daría para un análisis largo y especifico.

Se necesitará de mucho liderazgo político, determinación y objetivos claros, para que cristalice, y ahí es donde vienen los riesgos de perder otro tren.

Me gustaría que este tema sea relevante en la campaña y en las discusiones de los partidos de cara a octubre, podremos ver qué interés y posibles compromisos hay en las formulas.

No imagino al partido comunista ni los grupos más votados en la interna del FA, apoyando realmente el acuerdo. Me imagino toda la oposición a favor en general, pero habrá que ver.

Uruguay necesita salir del estancamiento y la parálisis de la última década, este acuerdo es una gran oportunidad para ayudar en ese sentido, ¡usémosla por favor!

Un gran desafío, una excelente oportunidad por Carlos Luppi

En su libro Head to Head (conocido entre nosotros como La Guerra del Siglo XXI), el gran economista Lester Thurow afirmó en 1990 que «las guerras del siglo XXI no serán militares sino económicas, y estarán centradas en el comercio entre las naciones y los bloques». Vivimos en la era del capitalismo globalizado y de la lucha de los grandes bloques socioeconómicos.

El Acuerdo de Asociación Estratégica Unión Europea – Mercosur, firmado en Bruselas el 28 de junio, constituye un gran aporte a las posibilidades de nuestro comercio nacional. Uruguay exportó en 2018 bienes por un total de US$ 9.088 millones sobre un Producto Interno Bruto (PIB) de US$ 60.900 millones (14,92%), cifra que se puede y debe mejorar, abriendo todas las vías posibles, entre ellas la de la Alianza del Pacífico, porque si no entramos en la Zona del Pacífico no podremos competir con Australia ni Nueva Zelanda.

El Acuerdo se firma en el marco de la «guerra comercial» entre Estados Unidos (PIB: US$ 20,1 billones (millones de millones) en 2018) y China, con un PIB de US$ 24,5 billones; las dos superpotencias que son los mayores exportadores e importadores del mundo. Debe aún ser refrendado por los 28 parlamentos de la Unión Europea (nuestro segundo socio comercial en 2018, con el 20% de nuestras exportaciones) y los cuatro del Mercosur. Nos incorporaremos, si todo funciona, al eje geoestratégico sobre el Océano Atlántico, que fue hasta hace poco el más desarrollado e influyente en el mundo, porque abarcaba el NAFTA (hoy T- MEC), a Europa, y nuestro postergado continente. Y atraeremos más la atención de Estados Unidos y China, que no pierden paso en el juego geoestratégico, ni en el comercial, ni en el de inversiones. Cuanto más compitan los grandes bloques entre sí, mayores serán sus concesiones, y el equilibrio nos sirve sobre todo a los chicos.

El Acuerdo constituye un gran desafío y una gran oportunidad para un país que es tomador de decisiones y precios internacionales.

El texto prevé que la U.E. elimine las tarifas arancelarias a bienes como el jugo de naranja, las frutas, el café, y mejore las tarifas y cuotas para la carne vacuna, de cerdo, de pollo, el alcohol y el azúcar; y que el Mercosur disminuya los aranceles en automóviles y autopartes, maquinarias, productos químicos, lácteos y vinos. Esto ha determinado que algunas voces importantes digan que «tiene efectos reprimarizadores» sobre nuestra economía.

Todos tienen parte de razón, pero si el Mercosur y América Latina no se integran en las grandes cadenas globales, no tendremos industria ni empleos de calidad, y retrocederemos aún en nuestro subdesarrollo actual.

Ya estamos invadidos por productos industriales y primarios de todo el mundo.

La respuesta a la primarización es la formación de nuestras propias cadenas agroindustriales insertas en los grandes bloques globales, el progreso de nuestra educación, de nuestra competitividad, y el desarrollo de nuestro propio sector de alta tecnología, en el cual la CUTI ha logrado excelentes resultados.

No es válido compararnos con las experiencias de otros países.

Nada es fácil para nosotros ni nunca lo fue.

Pero hemos sido invitados a jugar en una de las grandes ligas, y tenemos que jugar.

Prepararnos mucho y bien para competir por Alfredo Asti

Sobre este acuerdo entre bloques nuestra mirada es de cauteloso optimismo.

En primer lugar, el acuerdo alcanzado, tras veinte años de negociaciones, es histórico y marca el punto más importante de lo que ha sido una permanente preocupación y ocupación de nuestros  tres últimos Gobiernos: lograr que el MERCOSUR fuera la plataforma de lanzamiento de la región al mundo. Fracasada la experiencia multilateral de la Organización Mundial de Comercio (OMC), los acuerdos bilaterales o plurilaterales entre bloques y países se han vuelto imprescindibles.

Uruguay en estos años, ha mejorado mucho su inserción internacional ampliando y diversificando sus mercados (solo en 2018 se abrieron 11 mercados para productos agropecuarios), pero avanzando poco en baja de aranceles que se constituyen en muchos casos principal problema de competitividad. La Unión Europea (UE) ya es el segundo destino comercial tanto del Mercosur como de Uruguay y era hasta ahora el bloque que mayor cantidad de aranceles imponía a la oferta exportable nacional.

Si bien el proceso final para concretar el convenio empezó en 2016, con la presidencia temporal de Uruguay en el Mercosur, es claro que la oportunidad del acuerdo se da en una coyuntura a nivel global muy especial que hizo que los negociadores de la UE flexibilizaran sus posiciones y además que los Gobiernos de Argentina y Brasil, por sus problemas internos, priorizaran el acuerdo para tener un tema que desenfocara sus actuales fracasos.

En todos los casos la incertidumbre y contradicciones globales son incentivos para la concreción de estos acuerdos, en particular para la UE es de destacar el peso de la consideración del actual clima comercial dado por el Brexit con la salida del Reino Unido el 31 de octubre de la Unión, el proteccionismo de Trump, la Guerra comercial entre China y USA, etc. que muestra la conveniencia de acordar con gran parte de América Latina, una región con más de 295 millones de habitantes y un PIB anual (2017) de U$S 4.74 billones y alcanzar así a un mercado común de 800 millones de personas y un comercio por más de U$S 90.000 millones en bienes y servicios.

Es cierto que resta bajar al nivel de detalle los acuerdos, la traducción a todos los idiomas de los países miembros de ambos bloques, y su aprobación parlamentaria en cada país puede tardar alrededor de 2 o 3 años. Son los pasos lógicos a seguir en una secuencia donde hay muchísimos actores en juego, a nivel internacional y a la interna de cada país.

En cuanto a las posiciones de los países europeos en torno a este asunto, si bien es cierto que algunos países como Bélgica y Francia muestran reparos hacia el acuerdo por presiones de algunos sectores de sus economías domésticas, no es menos cierto que otros siete países del bloque, entre los cuales se incluyen Alemania, España y Portugal; han manifestado su voluntad expresa de avanzar en el acuerdo, destacando los beneficios que éste conlleva.

Este acuerdo abre la posibilidad de consolidar la colocación internacional de la producción agropecuaria nacional (carne, arroz, miel, cueros, citrus, merluza, etc.), no sólo aumentando su volumen, sino sumando valor agregado a la misma; una senda que Uruguay ya comenzó hace muchos años con la incorporación de tecnologías para la trazabilidad ganadera y la inocuidad alimentaria, conforme a las normas que exige, precisamente, la Unión Europea.

A su vez, otros rubros pujantes como la industria del software y las TIC´s, y en general toda la producción con valor agregado por propiedad intelectual, podrían verse beneficiados con un mayor acceso al mercado europeo.

Vale la pena aclarar que los negociadores uruguayos (del MEF, Cancillería y Uruguay XXI) y de “todos los países (que) hemos trabajado de forma mancomunada, solidaria, atendiendo a las problemáticas y sensibilidades de todos los países, lo que nos permitió llegar a un acuerdo muy equilibrado”(Ministro Nin Novoa), supieron proteger muy bien los interés defensivos del país, no acordando el procedimientos de listas negativas (se trabaja solo sobre posiciones arancelarias predeterminadas), acordando plazos diferenciales a nuestro favor, excluyéndose del acuerdo normas que afecten nuestra legislación interna como la permanencia de los regímenes de Zonas Económicas Especiales (Zonas Francas) y Admisión Temporaria, los derivados de compras públicas, propiedad intelectual, actividad de ANCAP y otras EEPP, etc. y consideración especial a favor del MPYMES.

Uruguay accederá de modo preferencial a 58 países con 97 % de sus productos de exportación, con un impacto anual de 100 millones de dólares. Pero, además, cuando se abre un mercado tan importante sumando a la tradicionalmente reconocida la seguridad jurídica y otras condiciones de nuestro país, implica también una potencialidad para recibir inversiones mucho mayores que hasta el presente.

Habrá que esperar, sin cruzarse de brazos, seguir de cerca los avances en los próximos meses, y prepararnos mucho y bien para competir mejor en oferta de calidad, porque si todo sale bien, nos llevarán a buen puerto.

 

Comenzar a prepararse por Max Sapolinski

Hace casi una generación que se venía negociando el tratado entre el Mercosur y la Unión Europea. Mientras tanto Uruguay, bajo los criterios restrictivos de los gobiernos frenteamplistas y las objeciones de los socios del bloque dirigidos casualmente por gobiernos de signo afín al nuestro, padecía del daño de tener negado el acceso preferencial a más del 90% del comercio internacional. En lo que va del siglo únicamente se firmaron acuerdos realmente significativos con México (gracias al tesón del gobierno de Jorge Batlle) y con Israel en el marco del Mercosur.

Es sabido que los acuerdos comerciales prosperan en un punto en que ambas partes converjan en un entendimiento y por lo tanto nunca pueden ser totalmente beneficiosas a una sola de ellas.

Por ello, y con el convencimiento que la apertura al mundo es el camino que indefectiblemente debe transitarse para encaminar el rumbo de Uruguay en el concierto del intercambio comercial, la noticia es positiva y promisoria.

Por supuesto, que el emprendurismo y el cambio siempre sufren el ataque muchas veces dogmático de quienes prefieren la inercia que conlleva al deterioro de la economía nacional al amparo de la falta de competitividad y las fronteras cerradas del comercio.

Se plantea por estos días que el tratado puede perjudicar a las industrias locales y que el ingreso de productos europeos a los mercados de Argentina y Brasil le quita posibilidades de ingresos a los productos uruguayos.

Sin pretender ser irónico, me parece que oponer estos argumentos a las posibilidades que los acuerdos comerciales pueden implicar para nuestro país, es poco menos que pretender que fue negativo el descubrimiento de América o que cada avance en los descubrimientos que permiten prolongar la vida de los seres humanos generan un problema para la manutención de la humanidad.

Es por ello que hay que comenzar a prepararse para soslayar los aspectos problemáticos que puedan surgir del Tratado. Las industrias locales, tan vapuleadas ellas en los últimos tiempos, contarán con un plazo harto razonable para encarar la nueva realidad.

La industria agrícola, rápidamente podrá advertir las bondades de ingresar de forma más eficiente y competitiva al mercado europeo.

Se subsanará en algo el impedimento que implica el pago de costos excesivos para proteger los productos argentinos y brasileños.

Otro aspecto para nada menor, es que el Tratado habilitará la importación de bienes de capital que hoy pagamos ostentosamente caros a precios más convenientes, lo que redunda en beneficio de una mayor competitividad.

A su vez, la vigencia del Tratado ayuda a limpiar las relaciones comerciales de diversos instrumentos que entorpecen las mismas, como los régimenes de detracciones, tipos de cambio múltiples y otros.

La entrada en vigencia del acuerdo puede a la larga generar en otros mercados la necesidad de buscar adherir de alguna manera al mismo, lo cual ampliaría aún más los horizontes de intercambio.

Asimismo, es muy probable que una de las consecuencias que se generarán es la de un flujo de inversiones de nuevos orígenes.

La apertura al mundo es una deuda que mantiene nuestro país y que no podemos seguir postergando. Los desafíos son grandes, pero si realmente queremos pasar a un nivel superior del comercio internacional, debemos encarar los retos con convicción y firmeza. El futuro nos debe encontrar dispuestos a terminar con todas las barreras o nos terminará sumiendo definitivamente en el atraso y el subdesarrollo

TLC con la Unión Europea, ¿beneficio para quién? por Federico Kreimerman

La firma del TLC supone reflexionar en relación a la inserción internacional del Uruguay, cuál es el lugar que ocupamos en la división internacional del trabajo, cuál es la estrategia que nos damos para superar el carácter dependiente de nuestra economía, en definitiva en torno a qué concepción del mundo y del país defendemos.

Indudablemente que la dinámica del comercio mundial y su relación con el desarrollo y la integración económica es una preocupación muy actual.

Los TLC son parte de la estrategia internacional de los grandes capitales para profundizar la dependencia de nuestros países.

En los mismos se liberalizan aspectos estratégicos para el desarrollo de nuestro país, tales como el comercio y los servicios, las compras públicas, la propiedad intelectual, las patentes de la industria farmacéutica, las telecomunicaciones, el medio ambiente y la legislación laboral.

Estos tratados definen reglas supra nacionales por encima a las leyes nacionales y establecen que cualquier controversia o litigio entre las partes debe definirse en tribunales internacionales con sede fuera del país.

Por esta vía el Estado resigna soberanía y compromete a presente y futuro cualquier posibilidad de desarrollo nacional autónomo, donde se le garantiza al capital la desregulación estatal y le pavimenta el terreno para la inversión extranjera.

Los TLC son incompatibles con el Uruguay Productivo y antagónicos con la justicia social.

Este tratado se encuentra en plena consonancia con la política de inserción internacional que lleva adelante el gobierno, ubicando al Uruguay en la división internacional del trabajo como un proveedor de material primas.

Se agudiza así el proceso de desindustrialización del país y la primarización de su economía con dramáticas consecuencias sobre el trabajo y las condiciones de vida de los sectores populares.

En cuanto a este TLC, no se conocen estudios de impacto ni informes técnicos al respecto de las consecuencias que traería el tratado para la economía nacional.

Podemos citar a modo de ejemplo lo ocurrido con el TLC que Uruguay firmo con México; es un tratado de bienes, en el que Uruguay estableció 1.600 excepciones, y México, unas 400. Uruguay duplicó las exportaciones a México, pero multiplicó por diez las importaciones de aquel país. En términos generales, Uruguay exporta fundamentalmente cueros, leche y arroz, e importa tractores y automóviles.

Los defensores de estos tratados sostienen que los mismos propician el aumento del comercio, siendo esto cierto no se puede asociar aumento del comercio a desarrollo económico y mucho menos a distribución de la riqueza.

DÉJÀ VU: el avance de la derecha y el retroceso de la izquierda por Gustavo Melazzi

Se afirma que la firma del Acuerdo fue fuertemente impulsado por los presidentes Macri y Bolsonaro. Bastaría para “marcar una línea”, pero sus contenidos lo evidencian aún mucho más.

Lo aprobado son apenas seis páginas; falta mucho para los compromisos exactos y sus impactos. Las negociaciones siguieron el carril tan acostumbrado del secretismo; pocas esperanzas de incidir en puntos centrales pueden esperarse cuando se conozcan y comiencen a tratarse en el Parlamento los documentos específicos.

Historia repetida. Países dominantes que buscan profundizar su posición de exportadores de bienes industriales avanzados y controladores del capital financiero, y otros dominados que aceptan beneficiar minorías y continuar dependiendo de bienes primarios. Reacomodando la “institucionalidad internacional” los primeros para cumplir sus objetivos, impulsan variados tratados de libre comercio, aunque férreos en sus aspectos centrales. Quizás difieran en los contenidos de aquello denominado “de nueva generación”, que para nosotros siempre es de “peor generación”.

Muchos rechazos generaron los intentos por un TISA o un TLC con Chile. ¿Qué cambió para que ahora el gobierno aplauda y publicite sólo beneficios de este nuevo intento?[i]

Es hasta anecdótico (si no fuera dramático) que el gobierno del FA señale un posible beneficio de unos US$ 100 millones; apenas una quinta parte del subsidio que todos abonamos anualmente para las jubilaciones militares.

Que se mencione un genérico “beneficio” a la inversión, o un “aumento en el empleo” es de una vacuidad insostenible.

La realidad está, claro ejemplo, en las declaraciones del presidente de Francia, Macron, oponiéndose a que productos agropecuarios importados compitan en igualdad de condiciones con los franceses, muy subsidiados (también Irlanda y otros lo rechazan).

Desde su punto de vista, clasista y dominante: que sus productores agropecuarios continúen disfrutando de elevados subsidios, posibilitados –esquemáticamente- por vendernos productos industriales de alto valor agregado. Continuar la relación de dependencia en su beneficio.

En Uruguay: ¿qué grupo social defiende el gobierno?

Se nos sugiere: “hay que abrirse al mundo”. Pero es el sendero jamás recorrido por los países dominantes. Al contrario; esto sólo ocurrió –y selectivamente- una vez consolidados. A nosotros se nos vende que el libre comercio conduce al desarrollo, cuando el “librecambio” es un mito; la realidad son las cuotas; las presiones; aranceles; etc., etc. El “abrirse” sin más es sólo abrirse a las Empresas Transnacionales.

Que este impulso al acuerdo con la Unión Europea provenga de Macri y Bolsonaro es toda una definición.

[i] Por ejemplo, véase:”TLC Uruguay – Chile. Comentarios adicionales”. En ladiaria, fines de mayo 2018.

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