Hace algunos días, el filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han recibió el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025, y para sorpresa de muchos, en lugar de un discurso de celebración, ofició un acto de resistencia. En el teatro Campoamor de Oviedo, ante reyes, académicos y cámaras, habló con la calma de quien en lugar de aplausos, busca conciencia. Su voz, pausada y precisa, tejió una advertencia que nos debe llamar a la reflexión: el mundo contemporáneo ha convertido la libertad en su propia trampa.
Dijo Han: “Creemos vivir más libres que nunca, pero habitamos un régimen neoliberal que explota precisamente nuestra libertad.” No hay látigos visibles, no hay verdugos, no hay cárceles, y sin embargo, vivimos agotados, vigilados, ansiosos. ¿Quién nos somete entonces? ¿Quién nos empuja, si nadie nos obliga? Han respondió con la ironía amarga que caracteriza su pensamiento: nos explotamos a nosotros mismos. Hemos aprendido a hacerlo con pasión, en nombre de la autonomía, del rendimiento, de la productividad. No obedecemos órdenes, sino incentivos. Nadie nos vigila, sin embargo nos medimos. Nadie nos castiga, nos agotamos. Es el triunfo del amo invisible, aquel que habita en la mente del siervo. En su discurso evocó la imagen de Sócrates, quien —en la Apología platónica— se describe a sí mismo como un “tábano que aguijonea al noble pero perezoso caballo de Atenas”, reconociéndose en esa figura, la del pensador que irrita, que perturba, que no deja dormir al poder ni a los ciudadanos satisfechos. Su misión, dijo, es despertar a una sociedad que confunde bienestar con obediencia y conexión con comunión.
No es enemigo de la tecnología, pero advierte con lucidez que ya no usamos los dispositivos: ellos nos usan a nosotros. Creemos tener un teléfono en la mano, pero en realidad es él quien nos sostiene, quien nos dicta el ritmo del deseo y la medida de la atención. “Lo trágico no es que las máquinas piensen, sino que los hombres ya no lo hagan.” Las redes sociales, que pudieron haber sido un ágora moderna, se han convertido en un coliseo. Allí no dialogamos, sino que competimos por visibilidad y ya no compartimos ideas, sino indignaciones. El otro ya no es un interlocutor, sino un obstáculo o una amenaza. En los espacios digitales se ha perdido la empatía, y con ella, el alma de la democracia. Recordó a Alexis de Tocqueville, quien advertía que la libertad política solo se sostiene sobre ciertas virtudes morales: respeto, amistad, responsabilidad, confianza. Sin esos hilos invisibles, las instituciones se vacían de contenido y la democracia se convierte en una ceremonia hueca. ¿No estamos ya en ese punto? ¿No se ha vuelto la política un espectáculo de poder y no un ejercicio de cuidado? Los parlamentos, dice Han, son “escenarios de autoinscenación”, donde los representantes compiten por protagonismo más que por justicia. Y mientras tanto, la desigualdad crece, los vínculos se disuelven y el miedo —ese cemento de los autoritarismos— vuelve a tener mercado.
“Nos parecemos al siervo que arrebata el látigo al amo para flagelarse a sí mismo en nombre de la libertad.” Con esa metáfora, condensa su crítica a la sociedad del rendimiento. Ya no hay un “debes”, sino un “puedes”. Pero ese “puedes todo” se transforma pronto en condena, es decir, si no alcanzas tus metas, la culpa es tuya. El fracaso se interioriza, la explotación se vuelve emocional, íntima. ¿No es acaso el burnout la enfermedad espiritual de nuestro tiempo? El agotamiento no proviene solo del exceso de trabajo, sino de la presión por ser alguien. Nos exigimos éxito, visibilidad, autenticidad, originalidad. Todo debe ser medible, publicable, rentable. Hemos perdido el derecho a la ineficiencia, al aburrimiento, al silencio. Han nos invita a sospechar de esa libertad entusiasta, esa que confunde autonomía con autoexplotación, deseo con compulsión, amor con consumo. El neoliberalismo no necesita cárceles, solo basta con convencernos de que cada esfuerzo es una elección.
Tal vez el momento más inquietante del discurso fue cuando habló del vacío que dejó el liberalismo. Derribó dioses, liberó conciencias, emancipó cuerpos, pero no supo llenar el hueco de sentido que dejó tras de sí. “El liberalismo nos dejó sin valores ni ideales con los que llenar el vacío”, dijo. Esa carencia se percibe en todas partes: en la fatiga política, en la desconfianza social, en el vértigo de las redes, en la ansiedad que nos despierta el silencio. Buscamos sentido en lo inmediato, en el consumo, en el flujo constante de estímulos. Y sin embargo, el vacío crece. ¿Es posible recuperar el alma en una época que ya no cree en ella? ¿Cómo volver a pensar en el bien común cuando el yo se ha convertido en el único horizonte?
Pensar, hoy, es un acto subversivo: implica detenerse en un mundo que corre, callar en un mundo que grita, mirar de frente en un mundo que desliza pantallas. Por eso, esta columna no pretende resumir a Han, sino continuar su gesto: detener la maquinaria, aunque sea por unos minutos. Preguntarnos, con honestidad, si lo que llamamos libertad no es, en realidad, una forma sofisticada de servidumbre. ¿Y si la verdadera emancipación consistiera en aprender a desconectarse? ¿Y si la rebeldía del siglo XXI no fuera la productividad, sino la quietud? Quizá el desafío será reaprender a vivir sin ser funcionales. Recuperar la lentitud, el respeto, el silencio, la capacidad de mirar al otro sin pantalla de por medio. Solo entonces —cuando recordemos que ser libres no es producir sin límite, sino poder decir “basta”— tal vez podamos, como Sócrates, volver a despertar a la ciudad dormida.

