Tenso drama de suspenso con impronta francesa por Carlos Acevedo

Si bien se suele aludir al cine norteamericano como un referente en cuanto al “thriller”, sus raíces se encuentran claramente en Europa y son literarias. Los primeros folletines, entre los que se cuenta la producción de Arthur Conan Doyle con su memorable Sherlock Holmes y las obras del novelista británico Edgar Wallace, marcarían su origen. El “thriller” francés abreva de toda esa tradición y del noir americano, y un impecable exponente es “Cuando cae el otoño”, largometraje que puede disfrutarse actualmente en nuestra cartelera.

El origen del término proviene de la palabra inglesa “thrill”, que significa emoción, excitación y tensión. Cómo género es bastante amplio, ya que incluye filmes de terror, suspenso y policiales, aunque se considera que su trama debe contener una intriga, un enigma o un misterio a resolver para poder ser considerado dentro de tal denominación. Cumpliendo dicho requisito, puede contener violencia explicita, acción o tener un desarrollo más moroso y pausado, como es el caso de este atrapante filme del cineasta francés François Ozon.
Prolífico a pesar de su juventud y con una carrera que abarca más de veinticinco años, veintitrés filmes y otros tantos cortometrajes, es considerado uno de los directores galos más importantes de la actualidad.
Su filmografía se caracteriza por una búsqueda estética, un aprecio por la belleza visual, un tratamiento a veces polémico de la sexualidad, un humor agudo y satírico, y por el abordaje de tópicos recurrentes como la percepción de la realidad, la amistad, el sexo, lo efímero y la muerte.
El policial francés, fuertemente influido por el “hard boiled” norteamericano de los años veinte y treinta del pasado siglo, tiene una larga y fecunda tradición propia, aportando al género un marcado desarrollo dramático de los personajes y los cambios de ritmo en la narración.
En ese contexto, la nueva propuesta fílmica de Ozon, que se aleja de algunos de sus temas recurrentes como el humor y la exploración de la sexualidad, se enmarca en esa corriente, con una película que recuerda particularmente al cine negro del emblemático Claude Chabrol, maestro francés del género.
La historia narra la crepuscular pero apacible vida de Michelle, una anciana que vive en la campiña francesa rodeada de unos pocos conocidos, y recibiendo cada tanto la visita de su conflictiva hija y de su nieto.
Los tonos pastel, el ambiente agreste pero solitario, la rutina del pueblo con sus pocos habitantes, esa sensación de lobreguez y de final dan al relato un tono desolador que anticipa la tragedia que sobrevendrá sobre todos los personajes.
La protagonista mantiene una relación muy conflictiva con su hija, pero la soporta porque ama a su nieto, siendo una de las pocas personas con las que mantiene un vínculo de mutuo afecto.
Un error en la elección de unos hongos recogidos del campo, con los que prepara una sopa, deviene en la intoxicación de su hija, con lo cual el vínculo se quiebra definitivamente. Este episodio provoca que la anciana sea compulsivamente separada de su nieto. A raíz de esta fractura, la mujer cuestiona su vida y su soledad.
La propia protagonista, sospechada por la Policía, lucubra en torno a si el envenenamiento fue accidental o no, lo cual genera que se interpele a sí misma en torno a lo que siente por su hija.
Todo el relato está contaminado por la ambivalencia, la sospecha y por las reacciones y acciones de cada uno de los personajes, cuyas conductas se ponen en tela de juicio por parte del eventual espectador.
Cuando aparece el hijo de la mejor amiga de la protagonista, un ex convicto de sospechosas intenciones, la trama se enreda aun más, y algunas revelaciones sobre el pasado de Michelle y su amiga generan más dudas que certezas.
Mientras se desarrolla la intriga, el director nos desafía a reflexionar sobre los vínculos humanos, la soledad y la vejez, a medida que surgen más preguntas que respuestas y nada es lo que parecía ser en un principio.
Esta falta de respuestas concretas, la agobiante sensación que pesa sobre el espectador acerca de que todos ocultan algo, y la narración visual que nos ofrece paisajes de ensueño en medio de un desarrollo pesadillesco, va sumando capa sobre capa mientras el cineasta analiza descarnadamente la vida y la psicología de cada personaje.
Mediante un plausible pulso dramático, sin perder nunca el control de la intriga y ofreciendo posibles respuestas, o mejor dicho, insinuándolas, François Ozon compone una suerte de tragedia griega que mixtura con el policial clásico, construyendo un relato que remueve y por momentos estremece, pese a sus lenguajes morosos y su apuesta la introspección.

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