En Búsqueda del jueves 27 aparece en lugar destacado una columna de Adolfo Garcé, el amigo Fito, cuya primera frase es una pregunta. “¿Por qué terminó ganando el Frente Amplio?” La pregunta así formulada dice mucho ella misma. Garcé no dice ¿Por qué ganó el Frente Amplio? Sino ¿por qué terminó ganando? No es lo mismo. Los psicoanalistas dirían: lo traicionó el subconsciente.
Yo he escrito muchísimos artículos sobre el resultado electoral, (algunos de ellos antes de las elecciones). El primero fue acá mismo, en este semanario, en el año 2022, con el título “Serán Atendidos”. Yo creía -y lo fundamentaba- que el Partido Nacional iba a ganar las elecciones… pero terminó ganando el Frente. Eso es lo que dice Garcé: estaba todo para que ganaran los blancos, pero terminó ganando el Frente Amplio.
Garcé, en su columna de Búsqueda, comenta unos estudios recién publicados con análisis de los resultados electorales (1) y recoge de esos trabajos algunas conclusiones interesantes. Y cita: ”En primer lugar la resiliencia del sistema de partidos”… explayándose sobre ese tópico tan conocido. Luego prosigue la referencia a los estudios mencionados y vuelve a citar: “En segundo lugar el resultado final contradice algunas expectativas teóricas. Ni la economía, ni la aprobación de la gestión presidencial fueron buenos predictores del resultado final. El gobierno no fue reelecto en un contexto económico que era favorable: actividad en expansión, descenso de la tasa de inflación y crecimiento del salario real en el año electoral. La fórmula oficialista no logró capitalizar tampoco el alto índice de aprobación de la gestión del Presidente Luis Lacalle Pou” Fin de la cita de esa investigación hecha por gente de la Facultad de Ciencias Sociales, es decir, libre de toda sospecha de inclinaciones pro Partido Nacional.
Queda demostrado con estas citas, una vez más y desde otro ángulo, que el Partido Nacional tenía todo para ganar las elecciones pero terminó ganando el Frente Amplio. ¿Por qué pasó eso?
Tanto el trabajo de la Facultad de Ciencias Sociales que cita Garcé, como un trabajo de Licandro que encargó el propio Partido Nacional, como unos cuantos trabajos más de distinto origen y valor apuntan a explicar el resultado electoral pero no dan en el blanco. Manejan cifras, números, para mostrar cosas como que los jóvenes de tal edad votaron preferentemente al Frente, o que el Partido Nacional no supo retener votos en tales Departamentos y un montón de hechos más pero sin explicar; ¿por qué todo eso? En definitiva, no dicen por qué perdió el P. Nacional. Y no me traten de convencer con lo que se consuelan algunos blancos: no supimos transmitir. Nunca se dieron cuenta qué era lo que tenían para transmitir.
A continuación, paso a sintetizar mi opinión, vertida en muchos escritos, sobre la causa por la cual, teniendo el Partido Nacional todo para ganar, al final terminó ganando el Frente.
. El gobierno de Lacalle Pou, a dos semanas de asumir, tuvo que enfrentar una amenaza sanitaria mundial y por eso tuvo que suspender los planes de gobierno que tenía preparados. Se desencadenó un susto general por una amenaza de alcance mundial y de origen desconocido. Este tipo de sacudones puede llegar a mover hábitos sociales muy enraizados y despertar respuestas de osadía. El Presidente no dio en ese momento una respuesta meramente sanitaria a la situación: fue un planteo de fondo, un decirse a sí mismo del gobierno en términos básicos. Y los uruguayos así lo entendieron. El Uruguay escuchó dos voces: cuarentena obligatoria o libertad responsable y acá no se apagan los motores de la economía: allí estaba el resumen de todo.
En esa instancia inicial y sorpresiva fue puesto bajo cuestionamiento un paradigma histórico fundamental de nuestro país. El Uruguay moderno, como se sabe, se construyó sobre la matriz batllista; con el tiempo, y ley de entropía mediante, aquello vino a dar en lo que Real de Azúa llamó impulso y freno a la vez. En sus palabras: “El batllismo creó el estado moderno uruguayo generando un habilidoso arbitraje entre Partido y estado que hacía a nuestra sociedad desdeñosa de todo cambio de estructura y de todo impulso radical y valeroso ya que todo reclamo tiene aparentemente el destino de ser oído y atendido”. Como resultado de dicha práctica “se formó un estilo político de facilidad y conformismo, de piedad y contemplación del interés creado”. Lo mismo fue aludido por Tucho Methol cuando dijo que el Uruguay era un país de comensales y más recientemente Javier de Haedo cuando habla del pacto de la penillanura.
En ese momento inaugural del gobierno de Lacalle Pou se produce un primer atisbo de quiebre en lo que comúnmente se llama el sentido común nacional; se empieza a instalar otro idioma, se comienza a generar otro imaginario social, ya no más de comensales pidiendo ser atendidos por el gobierno sino libertad responsable. Fue el comienzo de un cambio enorme: el gobierno altera las expectativas antiguas, casi tradicionales, casi sello de la uruguayez y al hacerlo en vez de castigo pasa a tener 60% de aprobación.
Hay que tener en cuenta que los cambios en el imaginario de la sociedad nunca son bruscos: son procesos. Lo importante es el primer paso, el desprendimiento inicial. Claro que a esos pasos iniciales hay que darles nombre, ponerle letra, claves de lectura. Si no adquiere-recibe un relato eso se marchita..
Lo que demostró que algo había pasado en el interior de ese Uruguay ocurrió al poco tiempo. Fue aprobada la Ley de Urgente Consideración y meses después los conservadores del antiguo paradigma, convencidos de la sobrevivencia del pacto de la penillanura, se lanzaron a juntar firmas y convocaron a un plebiscito contra la LUC.Y pierden. Insisten dos años después en un espacio que era ideal para el retorno del pacto de la penillanura: la reforma jubilatoria que les ofrecía un terreno donde el costo político de desafiar lo establecido sería insoportable Y resultó al revés: el costo político estaba en oponerse a la reforma. Ese plebiscito también fracasó y el cambio se mantuvo. Todo esto quiere decir que se había empezado a instalar en los uruguayos otra expectativa y esa expectativa había sido ratificada en sendas votaciones.
Pero a todo eso, tan novedoso, que venía sucediendo faltaba ponerle letra, convertirlo en un proyecto político. La dirigencia partidaria ni tomó cuenta cabal del cambio ni, mucho menos, se dedicó a poner ese cambio en palabras y hacerlo políticamente inteligible.
Cuando finalmente llegó la campaña electoral esa dirigencia se abocó a ella como si nada de lo anterior hubiese sucedido, como si el Uruguay al que iban a convocar electoralmente fuese el mismo del año 2020, como si ese Uruguay no hubiese respondido en dos plebiscitos a otro tipo de invitación, como si no hubiese dado muestras de haber entendido otro idioma político y aceptado otro tipo de envite.No solo se encaró la campaña electoral en base a otro tipo de evocaciones sino que se puso visible cuidado en tomar distancia de todo aquello novedoso de la reciente experiencia previa. El candidato hizo cuestión de enfatizar sus condiciones de componedor y acuerdista –que las tiene- en vez de mostrarse portador o continuador de aquella invitación original, alejada del viejo pacto de la penillanura. A aquel Uruguay que había entendido y dado respuesta a una invitación política distinta, en un idioma político distinto, se le volvió a hablar en el lenguaje de la penillanura.
Como consecuencia aquel Uruguay que había respondido con su voto en dos plebiscitos y con su opinión favorable en numerosas encuestas a lo largo del período, se encontró con que ya nadie le hablaba en aquel idioma político de libertad responsable, con el cual se había sentido interpelado y en cuya gramática política se había dispuesto a seguir construyendo sus proyectos nacionales y personales. Y entonces, al final, retornó al territorio del pacto de la penillanura. ¿Hay algo más parecido al pacto de la penillanura que Orsi? Terminó ganando el Frente Amplio.







