Todos eran mis hijos: La responsabilidad individual y la impunidad del lucro

Todos eran mis hijos, estrenada en 1947, fue uno de los primeros “dramas sociales” que hicieron conocidos a Arthur Miller. El concepto “drama social” fue central en el trabajo del dramaturgo norteamericano, al punto que lo desarrolló en diversos artículos y entrevistas. En particular le preocupaba cierta ambigüedad respecto al sentido del concepto. Según Miller, para un griego de la antigüedad iba de suyo que un drama creado para la representación pública era un hecho “social”. Y más precisamente “una pieza de teatro se definía para él (para el griego) como un modo de enfocar bajo especie dramática la cuestión de cómo debe vivir el hombre. Pero en nuestros días de individualismo extremo esto debe precisarse más claramente. Cuando decimos ‘cómo debe vivir el hombre’, nos inclinamos a pensar en la psicoterapia; en nuestra propia liberación -la de cada individuo de por sí- de las ideas neuróticas compulsivas y de los complejos perturbadores, para aprender cómo debemos vivir a fin de alcanzar con ello la felicidad”.

El diagnóstico que hace Miller de su época no ha hecho más que intensificarse. Las sociedades tardo-capitalistas generan subjetividades que solo ven problemas individuales en el malestar social. La insatisfacción individual (los problemas de “salud mental” por ejemplo) se leen bajo la perspectiva de la incapacidad de “adaptarse” y no de la propia dinámica social que genera formas patológicas de convivencia. Pero es el afán de lucro, que no tiene impedimentos morales, el  que mueve a las sociedades capitalistas. Por esto es que Joe Keller, personaje central de Todos eran mis hijos, cuando se empieza a descubrir que envió piezas defectuosas para aviones de guerra, puede intentar justificarse afirmando: “¿Quién trabajó por nada en esta guerra? Cuando ellos trabajen por nada, yo trabajaré por nada. ¿Embarcaban ellos una ametralladora o un camión antes de tener el precio? ¿Es eso lo honesto? Eso son dólares, centavos… guerra y paz, son níqueles y centavos ¿Eso es lo honesto?”

El giro que propone Miller es relevante porque Keller, que ha causado muertes por su irresponsabilidad, no es sin embargo responsable de la guerra como tal. Y si las piezas hubieran estado en perfecto estado ¿No hubieran muerto personas de todas formas? ¿No es para matar que se fabrican las armas? La historia de los Keller no es sólo un drama moral individual; es una radiografía de cómo ciertas ganancias se construyen sobre cuerpos sacrificados, y no hay un sistema de valores que condene al lucro.

Sin embargo lo anterior no exime a las personas de responsabilidades individuales respecto a la sociedad. La genialidad de Miller es introducir una familia como microcosmos del sistema social. La “prosperidad” que Keller le pretende heredar a su hijo está manchada de sangre, y desde este ángulo resulta más fácil que el espectador se reconozca partícipe del entramado dramático. Repetimos, la puesta no esquiva el tema de fondo que es mostrar como la acumulación capitalista es un motor de la guerra. Pero la confesión de Keller es clara: “Lo hice por ustedes, para ustedes trabajé, para que no les faltara nada”. Es la excusa tras las que se esconde el empresario que cree que la moral empieza y termina en el perímetro de su casa. La tragedia, como recuerda Miller, es que ese mismo razonamiento sostiene los engranajes que matan a otros hijos y hermanos. El verdadero problema no es un hombre corrupto, sino el sistema que legitima la corrupción si garantiza beneficios.

Lejos del naturalismo, el director Anthony Fletcher y la escenógrafa Claudia Sánchez crean un patio más bien simbólico como espacio de las acciones, un patio que también parece encarcelar a los protagonistas en la dinámica de guerra y muerte que produce la fábrica de Keller. El vestuario de Malena Paz y la música de Leonardo Croatto refuerzan el anclaje temporal en los años ’40, pero con un sentido de presente que incomoda: la historia podría estar ocurriendo ahora, en cualquier punto del planeta donde empresas y Estados convierten la guerra en negocio.

Con la sombra de guerras y genocidios recientes y en curso, con discursos que justifican sacrificios en nombre de mercados o intereses estratégicos, esta puesta interpela con urgencia. La pregunta sobre la responsabilidad individual frente al bienestar del grupo no pierde actualidad en nuestra sociedad globalizada. Esta versión de Todos eran mis hijos reafirma el sentido político original de Miller: la responsabilidad no se agota en lo privado. Fletcher logra que el espectador salga con una pregunta difícil: ¿cuánto de Keller hay en nosotros, en nuestras decisiones de consumo, de trabajo, de silencio? La obra nos recuerda que no basta con pensar en los propios, la verdadera ética es la que entiende que, en última instancia, todos son nuestros hijos. En Todos eran mis hijos, Joe Keller justifica su acción por “defender” a su familia. El mundo real repite esa lógica a escala planetaria: cada Estado protege “a los suyos”, mientras el resto paga el precio. La pregunta que queda flotando es si aceptamos esa contabilidad moral o si estamos dispuestos a cuestionarla.

No hay una única forma de representar a Joe Keller, ni a ningún otro personaje, ha comentando en más de una oportunidad el director Fletcher. Su trabajo con el elenco buscó que cada integrante del mismo lograra encontrar su propia forma de abordar cada personaje. El resultado es algo irregular, pero tanto Pablo Varrailhón como Alicia Alfonso, encarnando a Joe y Kate Keller, logran que la doble doble moral que encarnan sus personajes, tan habitual fuera de los teatros, resulten creíbles al espectador como para terminar de calibrar que esa ambigüedad nos constituye como colectivo social, y no pertenece a “terceros” en quienes depositar los males de la sociedad.

Todos eran mis hijos. Autor: Arthur Miller. Dirección: Anthony Fletcher. Elenco: Pablo Varrailhón, Alejandro Busch, Marina Rodríguez, Andrés Guido, Alicia Alfonso, Soledad Lacassy y Marcos Acuña. Fotografía: Alejandro Persichetti.

Funciones: sábados 20:30, domingos 19:00. Sala Atahualpa de El Galpón.

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