Para nadie es una novedad, en el contexto del enfrentamiento de EEUU con China, la predominancia -con la adopción de distintas presiones sobre los gobiernos “amigos”- de la intención a limitar los contactos con la nación asiática dirigida desde Pekín. Según algunos observadores -yo mismo así lo creo- nos encontramos ante la repetición de una “guerra fría”, lo que, por otra parte, niegan otros porque para serlo-dice- le falta el ingrediente militar.
Algunos de aquellos que sostenemos su existencia, entendemos que el conjunto de medidas no anula lo apuntado como faltante -si esto fuera real.
Pensar que el desarrollo chino se detuvo y se conformó con su comportamiento económico-productivo y no atendió suficientemente el del militar-industrial, se parece más a un descuido descalificador que a una objeción seria. A poco
de andar el desarrollo aplicado desde las más altas esferas de la conducción política china, se dieron los pasos para avanzar en sentido de dar, en todos los planos, seguridades al país que en el momento pasan por una rápida modernización de sus ingenios, no solo para lo que conocemos como ramas tradicionales de unas fuerzas armadas,
sino que se adentra en la exploración del espacio exterior -considerado otro terreno de desarrollo-, no únicamente del conocimiento sino de la misma seguridad y defensa del populoso segundo país en cuanto a población mundial.
Trump mismo intervino con el anunció del otorgamiento de un amplio “swap” a Argentina (¿a cuenta de qué?), en la semana antes de los pasados comicios, cuyo presidente agradeció servilmente. Con anterioridad el gobierno de Milei había entorpecido desarrollos técnicos chinos en el sur
de su país y concedido lugar para una base militar estadunidense frente a Malvinas. Lo que no pudo evitar es que desde el punto de vista comercial China sea el principal adquirente de las exportaciones argentinas y el mayor proveedor de sus importaciones, amén de haber contribuido en esta administración con un empréstito de 6 mil millones de dólares.
Hago míos los términos de una afirmación del ex embajador en China, Sabino, hijo de mi dilecto amigo el “Vasco” Vaca Narvaja: “Ante la decisión (del swap) ordenada y la ejecución de Trump, el gobierno de Xi Jinping evitó emitir una respuesta oficial; su postura, no obstante, es que su país (el estadunidense) ‘siempre interviene’ en los intercambios de China con los gobiernos latinoamericanos.
(Comenta Sabino) Esa actitud está relacionada con su ‘mentalidad de guerra fría’ y que piensa a la región como su patio trasero. Milei está dispuesto a aceptar ese papel, aunque sabe que no puede prescindir del aporte económico de la China comunista.” El celo estadunidense, se dirá, se centra en su principal socio en Sudamérica. Sin embargo, en casos y cosas que pueden parecer mínimas -como la pretensión uruguaya de adquirir un par de barcos de observación- EEUU por años a declarado inadmisible la adquisición de material chino; ahora el gobierno rescindió el contrato con una firma española.
Como índice de los dislates, Trump -con su descompostura arancelaria mundial- y Milei -que cree ser economista-, según un artículo del Financial Times, se sostiene que buscan imponer el dólar como moneda oficial de otros países, considerando a Argentina como principal candidato, seguido por el Líbano, Pakistán, Ghana, Turquía, Egipto, Venezuela y Zimbabue. Lo anterior, comenta el periódico británico, con la finalidad de frenar la influencia de China en los mercados.
Lo que no niego es que una nota de Laís Gouveia en la revista brasileña 247, me dejó absolutamente pasmado: la directora de Inteligencia Nacional de EEUU, Tulsi Gabbard, admitió el 31 de octubre pasado que Washington tiene un históricamente largo recorrido de promover cambios de régimen e intervenciones en gobiernos extranjeros. La declaración hecha durante el Diálogo de Manama
-en la conferencia internacional sobre seguridad realizada en Bahrein- representa uno de los reconocimientos directos oficiales de la política intervencionista estadunidense. “Esa antigua forma de pensar es algo que esperamos que haya quedado atrás” (Gabbard).
Sin embargo, los analistas observan que la política de injerencia permanece activa: las presiones sobre Caracas son apuntadas como ejemplo de continuidad de esa postura tradicional. Con el pretexto de combatir el narcotráfico, EEUU mantiene sanciones contra el gobierno y las acciones que incluyen apoyo a sectores opositores y las campañas internacionales que procuran aislar a Venezuela.
En tanto seguimos ignorando los compromisos a los que llegó Lula en su paso por la Casa Blanca; tampoco cuánto durará el pacto de no agresión (de mentira) entre los grandes poderes mundiales, China (emergente) y EEUU (decayendo), con respeto para las zonas de influencia de cada uno. El gobierno de EEUU, teniendo como aliado a Buenos Aires, se ve consolidando su frente del Pacífico Sur en Chile -(con Kast), Perú, Ecuador y Colombia, contando que las actuales fuerzas de Petro serán derrotadas electoralmente. Le queda un año a Trump para cumplir sus deseos- en noviembre de 2026 se renovará parcialmente el Congreso y se augura un triunfo arrollador del Partido Demócrata.
Hoy es difícil discernir qué ordenará hacer en el Caribe y en su hostigamiento contra Maduro: si como se dice rusos y chinos emitieron señales de que apoyarían a Venezuela, la operación bélica de los expedicionarios aeronavales puede dilatarse o acabar en un simple “bluff”. También podría intentarse una especie de “blitzkrieg”, táctica de golpe relámpago (estimo que a ese intento le faltan efectivos).


