¿Es posible que una misma causa nos esté generando una radical incomunicación y, a la vez, un profundo malestar psicofísico a todos, es decir que nos esté enfermando?
¿Qué pasa si de pronto descubrimos a un enorme elefante en el medio del living?
Lo natural sería el pánico familiar. Gritos, huidas, curiosidad y horror de los vecinos, llamadas a la policía, a los bomberos, al zoológico.
Pero, ¿qué pasa si la tía Coca, mamá, mi hermano Cacho, un montón de vecinos y el policía de la Seccional a la que llamé dicen que no, que no hay ningún elefante, que no delire, que “mire si va a haber un elefante en plena ciudad”, mientras que el bicho aplasta sillas y sillones, se come las flores del florero y tira los cuadros de la pared con la trompa?
Es simple, me indignaré con mi familia y mis vecinos, y ellos no tendrán más remedio que acusarme de loco.
El elefante en el living existe. Es un programa económico y político de consecuencias insospechadas y que está en pleno curso.
¿En qué consiste?
Es bastante sencillo. Su objetivo es el control, por parte de intereses globales muy poderosos, de cuatro recursos estratégicos esenciales: tierra, agua, energía y ciertos minerales.
El problema es que la concreción de ese programa tiene requisitos casi de ciencia ficción: disminuir el número de habitantes del planeta, sustituir su trabajo por tecnología, y asustarlos lo suficiente como para que acepten limitar sus libertados y derechos y así poder reducir su insaciable consumo de energía y de recursos naturales.
No voy a argumentar aquí –ya lo he hecho demasiadas veces- sobre la existencia de ese programa de reestructuración del mundo. No lo voy a hacer porque es inútil. Los hechos de los que hablamos se perciben o no se perciben. Y esa percepción depende mucho más de una actitud psicológica personal que de argumentos o pruebas racionales.
Lo que me interesa sostener es que esa radical diferencia de interpretación de la realidad es el verdadero parteaguas político de nuestro tiempo. No las posturas de izquierda o de derecha, el estatismo o el liberalismo, el progresismo o el conservadurismo.
El verdadero debate es si todas esas dicotomías de los Siglos XIX y XX siguen siendo centrales o si han quedado obsoletas ante un programa arrollador que reorganiza al mundo con lógicas de interés y poder implacables.
Un debate casi imposible, puesto que todo debate requiere acuerdos básicos sobre la realidad respecto a la que se discute. En este caso el debate es estéril por la misma razón por la que han sido estériles durante siglos los debates sobre la existencia de Dios entre ateos y creyentes.
La imposibilidad de diálogo responde a que la tesis de que exista ese programa de reestructura global humanicida choca con creencias muy profundas y casi instintivas de mucha gente.
Muy poca gente puede vivir sin fe. Unos creen en un dios, otros en algún orden cósmico, hay quienes creen en valores morales que consideran eternos, otros tienen fe en los científicos (que no son lo mismo que la ciencia), o en la justicia de organismos internacionales que les son tan lejanos como Dios. En suma, la mayoría de la gente necesita confiar en alguna clase de orden que lo proteja y le de seguridad y sentido a su vida.
Por eso, decir que el mundo está dirigido por intereses fríos que disponen de los medios técnicos y de la voluntad para sacrificar a buena parte de la Humanidad y someter al resto, es algo así como decirles: “Dios y tu mamá te quieren muerto”.
Sin embargo, en algún lugar del subconsciente, la realidad opera y trabaja. Y negarla demanda esfuerzos enormes. No es fácil vivir y aparentar cordura entre anuncios de pandemias, guerras y catástrofes climáticas, con el trabajo amenazado por crisis económicas y por la tecnología, con la vida cada vez más limitada y controlada por mecanismos informáticos, robóticos y de inteligencia artificial, divididos en identidades sexuales, raciales y políticas enfrentadas, en un mundo en que el optimismo del progreso ha desaparecido y sólo se nos anuncian catástrofes.
El miedo busca refugio en la fe. Pero la mayoría de los destinatarios de fe, los líderes religiosos, espirituales, políticos, científicos, mediáticos, artísticos y deportivos, están metidos en el juego. Reproducen el discurso del miedo y el sometimiento.
Este artículo no tiene grandes pretensiones. Apenas aspira a describir un proceso que nos está enfermando. Porque no hay mejor definición de la locura que negar la realidad.
Basta ver el mundo para percibir el avance del control sobre la tierra, el agua, la energía y los minerales “raros”. Y las guerras, muertes y desolación que produce.
No tengo una solución en la manga. Quizá sólo apelar a algo que viene del fondo de nuestra historia: “Nada debemos esperar sino de nosotros mismos”.
Lo que quiero decir es que nunca fue más importante pensar libremente, con la propia cabeza, sin condicionarnos a lo que se nos presenta como aceptable y comprobado. Y apostar a que en el mundo cada vez seamos más los que lo hagamos.
Porque la lucidez colectiva es otra fuente de poder. El verdadero contrapoder, al que el poder establecido teme más que a nada.





