Un día en la vida por Jorge Alastra

Cuesta hallar en la historia de la música popular occidental una obra tan impactante como “A day in the life” de The Beatles*. Es que ningún artista pop, sea solista o grupo, ha podido empardar esta obra maestra, una canción que sigue concitando hasta hoy la admiración de músicos de todas las generaciones. Cierra el álbum que, para muchos, es la expresión sensorial de una década fulgurante donde la creatividad era el pan de cada día y donde el Arte iba de la mano de las demandas sociales, pero no desde un recetario de imposiciones político-partidarias. Eran tiempos de enormes cambios donde por primera vez la juventud tomaba las riendas de su propio destino. Y yendo a una definición más poética, cabe citar la frase de Charly García: “Los Beatles inventaron la juventud”.
La genialidad es producto de una individualidad, es una cualidad hasta privada e intransferible. Pero en el caso de la producción de “A day in the life”, estamos hablando de la extensión del genio hacia un grupo humano trabajando en equipo, con lo dificultoso que esto resulta si nos imaginamos un hecho artístico. “A day in the life” no solo fue una canción original escrita por John Lennon (Paul McCartney agregaría como “intermedio” un fragmento de una canción suya, inconclusa) sino también la osadía arreglística de Paul McCartney, más la asociación de dos figuras omnipresentes en sus álbumes, como el productor George Martin, y el jovencísimo ingeniero de sonido de EMI Geoff Emerick.
Estamos hablando de seis cabezas actuando casi al unísono. Esta tarea se restringe meramente a lo artístico sin tener en cuenta la tecnología de época. Una tecnología que era de punta y que, sin embargo, se quedó corta para el proyecto de una grabación sin precedentes. McCartney ha insistido en entrevistas que los Beatles forzaban las máquinas, exigiéndole más allá de sus posibilidades. Puede afirmarse que ellos trataban estas consolas, micrófonos o cámaras de efectos, como si fuesen adminículos de su cerebro. Si ellos podían exprimir al máximo de los límites posibles una idea, ¿por qué una máquina no habría de hacer lo mismo? La idea extravagante de incluir una orquesta sinfónica en el estudio fue de McCartney. Pero no para tocar un arreglo cargado, suntuoso, sino para tocar un acorde. Un simple acorde. George Martin contó que creyó que Paul había tirado esa idea sin saber de qué estaba hablando, y de las implicancias logísticas y económicas para llevarlo a cabo. Cuando el músico le explicó qué buscaba, Martin lo entendió y se entregó de lleno. A los directivos de EMI solo les preocupaba el dinero que debían destinar para ese movimiento, pero como se trataba de los Beatles, el crédito estaba en verde.

La genialidad es producto de una individualidad, es una cualidad hasta privada e intransferible. Pero en el caso de la producción de “A day in the life”, estamos hablando de la extensión del genio hacia un grupo humano trabajando en equipo, con lo dificultoso que esto resulta si nos imaginamos un hecho artístico. “A day in the life” no solo fue una canción original escrita por John Lennon (Paul McCartney agregaría como “intermedio” un fragmento de una canción suya, inconclusa) sino también la osadía arreglística de Paul McCartney, más la asociación de dos figuras omnipresentes en sus álbumes, como el productor George Martin, y el jovencísimo ingeniero de sonido de EMI Geoff Emerick. Estamos hablando de seis cabezas actuando casi al unísono. Esta tarea se restringe meramente a lo artístico sin tener en cuenta la tecnología de época. Una tecnología que era de punta y que, sin embargo, se quedó corta para el proyecto de una grabación sin precedentes. McCartney ha insistido en entrevistas que los Beatles forzaban las máquinas, exigiéndole más allá de sus posibilidades. Puede afirmarse que ellos trataban estas consolas, micrófonos o cámaras de efectos, como si fuesen adminículos de su cerebro. Si ellos podían exprimir al máximo de los límites posibles una idea, ¿por qué una máquina no habría de hacer lo mismo? La idea extravagante de incluir una orquesta sinfónica en el estudio fue de McCartney. Pero no para tocar un arreglo cargado, suntuoso, sino para tocar un acorde. Un simple acorde. George Martin contó que creyó que Paul había tirado esa idea sin saber de qué estaba hablando, y de las implicancias logísticas y económicas para llevarlo a cabo. Cuando el músico le explicó qué buscaba, Martin lo entendió y se entregó de lleno. A los directivos de EMI solo les preocupaba el dinero que debían destinar para ese movimiento, pero como se trataba de los Beatles, el crédito estaba en verde.
McCartney había puesto coordenadas bien claras: cada músico de la orquesta- sin importar su grupo instrumental- debería tocar un glissando desde la nota más grave a la más aguda, sin ritmo, cada cual de manera aleatoria. Los propios miembros de la orquesta tardaron en entender la idea, acostumbrados a tener sus partes claramente transcriptas, pero aquí no había nada de eso. Sería una improvisación en tiempo real y en primera toma. Paul McCartney era asiduo a concurrir a conciertos de música contemporánea (Donde iba siempre solo, porque a los demás miembros del grupo les parecía que asistir era perder el tiempo). Influido por esas audiciones, donde se presentaban obras experimentales avant-garde, es que tomó la idea que introdujo de contrabando; demostrando su enorme apertura mental y su enorme inteligencia para ver más allá del horizonte. En la mañana del 10 de febrero de 1967, en el estudio Uno de Abbey Road, se grabó la sección orquestal, con cuarenta músicos dirigidos por George Martin (secundado por el propio McCartney). Antes de la grabación -finalmente convertida en un happenig- cada músico de la orquesta recibió un elemento de cotillón gracioso como para instalar un clima de juerga, como era lo habitual en las grabaciones del grupo. Pero más que nada para demostrar el costado lúdico, descontracturado, de esta grabación en particular, cuando la rutina de aquellos instrumentistas muy distinta. Para el clima festivo no faltaron las amistades del grupo, sus parejas y figuras del microambiente musical, como Mick Jagger, Keith Richards, Donovan o la cantante Marianne Faithfull.

La toma se realizó sin muchas complicaciones, y luego la orquesta se detuvo en el acorde final, con el agregado de tres pianos (además de un armonio) tocando al unísono. Este momento fue el más difícil de registrar ya que debía sonar como una masa sin fisuras. Era un único acorde reproducido al mismo tiempo por cuatro individuos en diferentes instrumentos. Como lo imposible, en el caso de Beatles era lo común y corriente, esta grabación no fue la excepción. Si usted se coloca unos buenos auriculares, puede escuchar algunas cosas interesantes antes de que se extinga el sonido del acorde suspendido: un soplido que surge del aire acondicionado del estudio, y luego unos pasos de alguien que se aleja: son los de Ringo Starr que va a buscar su lugar en la batería. O, quizá, hacia una zona llamada inmortalidad.

“…Lo mejor fue visitar a The Beatles cuando estaban haciendo Sgt
Pepper. Entré y estaba muy drogado. Me sentaron en un taburete en el
medio del estudio y subieron dos altavoces de seis pies de altura a
cada lado de mí. Luego, riéndose, subieron las escaleras de vuelta a la
sala de control y me dejaron allí. Y luego tocaron “A Day In The
Life”… Al final de ese último acorde, mi cerebro simplemente salió por mi nariz
al suelo en un charco. No sabía qué hacer, estaba simplemente
estupefacto.” David Crosby

“Las partes de batería de “A day in the life” son cosas muy complejas. Podrías tomar a un gran baterista de hoy y decirle: ‘Quiero que sea así’. Y no sabría qué hacer”. Phill Collins

“El ácido hizo efecto, y poco a poco y pronto todos estábamos bailando al ritmo de “Lucy in the Sky” y “A Day in the Life”. Debo admitir que me conmovió bastante todo el asunto”. Eric Clapton

*Aparecida en “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band”, octavo álbum de The Beatles de 1967.

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