Un mundo bestia, concentrador y autocrático por Ernesto Kreimerman

Cuando el siglo XX llegaba a su fin y daba paso con algo de ilusión y esperanzas a un siglo XXI que se iniciaba sin esas décadas de guerra fría, de síntesis bipolar, contenidos por una multilateralidad que después de haber alumbrado un entramado ya complejo vivía, cual Rocinante, de nostalgias y contradicciones, sabiéndose sin proyecciones.

Aquel mundo de ideologías y pasiones que supo construir mejores condiciones de vida, sentía sobre sus espaldas que las nuevas generaciones vivían la frustración por la coexistencia de enunciados principistas y prácticas políticas inconsistentes, hipócritas y abusivas.

No ha sido el siglo XXI el inicio del milenio de la ética y la cooperación. A tan sólo 25 años de iniciado el siglo, o si quieres el milenio, asistimos a la mayor cantidad de conflictos armados activos, la cifra más alta desde la Segunda Guerra Mundial. Mientras duró, entre 1939 a 1945, involucró a más de 50 países.  Y el fin de este brutal derramamiento de sangre y destrucción, dio paso a la creación de las Naciones Unidas, como principal organización multilateral que fue abriendo el camino a un entramado institucional imperfecto pero que sirvió para canalizar intereses que por la vía de la discusión y negociación fueron, las más de las veces, encontrando caminos de distensión y solución.

Si bien existen varias estimaciones acerca de la cantidad de víctimas de la Segunda Guerra Mundial, todas ellas son coincidentes en concluir que fue la Unión Soviética el país que pagó el más alto precio en vidas humanas. Por cada soldado, dos civiles, contando hombre, mujeres y niño/as. En 1945 Stalin reconoció que la URSS tuvo unos 7 millones de muertes, pero revisiones posteriores elevaron ese número. La estimación más aceptada hoy en día es de 26,6 millones de muertos, entre ellos, 8,8 millones de soldados y 17,7 civiles.

China fue el segundo país con más muertos. En este conflicto ascenderían a 14 millones de militares y civiles. Su costo en vidas humanas en esos años podría duplicarse si se suman las víctimas de una guerra civil. Alemania, el tercer país más afectado: las estimaciones en este caso han dado lugar a múltiples debates. Aproximadamente 7,5 millones de personas, incluyendo entre 1 a 1,5 millones de civiles consecuencia de los bombardeos aliados. ​Polonia fue el cuarto país con más muertos; oscila entre 3 y 6 millones incluyendo en este número a la población judía asesinada en el Holocausto. La lista es más amplia, pero en este punto quiero descorrer el velo de otras víctimas, que son muchísimas, y de las que rara vez se habla. Por ejemplo, las víctimas que la hambruna de la guerra provocó en Bengala y como consecuencia de ella murieron 2 millones de indios. Japón tuvo 1,2 millones de soldados y un millón de civiles muertos, pero también 1,4 millones de desaparecidos. ​

El cálculo menos optimista eleva hasta 100 millones el número de muertos. No obstante, todos sabemos que hay otros conflictos con un derramamiento de sangre aterrador. A saber, el conflicto armado interno de Birmania, que comenzó en 1948 y que en sus diferentes fases (conflicto del pueblo Karen, Kachin, la guerra civil birmana, y desde 1988 se focalizó en la lucha contra la junta militar que gobierna desde entonces, la actividad de oposición política de Aung San Suu Kyi, las protestas de 2007, el devastador paso del ciclón Nargis y el golpe de Estado de 2021). A la fecha, se estima que hay dos millones de desplazados dentro del propio país. Según el Instituto de Investigación para la Paz con base en Oslo, solamente en el 2021 murieron 6.337 civiles por motivos políticos. El número de víctimas desde 1948 se ubica en el entorno de los 200 mil.

Y hubo otros más cruentos: el de Etiopía (entre 500 a 600 mil víctimas); los conflictos sudaneses que algunas ONG ubican por encima del millón de muertos; Somalia (desde 1991, también en ese nivel de violencia), la guerra civil yemenita (desde 2014 y más de 382 mil muertes). Otro, la guerra civil siria, desde 2011, en sus diversas expresiones, supera las 652 mil víctimas.

La concentración del poder

El fin de la guerra fría no dio paso a un sistema de relaciones internacionales basado en la multilateralidad. Por el contrario, fue configurándose a impulsos de fuertes crisis y decadencia conceptual, un mundo más bestia y egoísta. Una restauración de la Ley del Talión en muchos aspectos de la convivencia social e institucional privada. Antes, y concomitantemente, potencias en procesos de agotamiento y devaluadas sus democracias por la erosión provocada por la concentración económica que impulsó, simultáneamente, una invisibilización del estado, evadiendo y eludiendo sus responsabilidades y obligaciones, ignorando las facultades legales y posibilidades fiscales para hacer justicia. El poder fue transferido del estado a las grandes empresas globales, después de complejos y opacos procesos de concentración, en territorios que además no colaboran en el intercambio de información.

La irrupción de la tecnología, y en especial de la red de redes, la internet, abrieron el camino a la aceleración de una coexistencia de mundo paralelos, más opaca, más prescindente, donde las tecnológicas globales nos encontraron desprevenidos, frente a un mundo sorprendente y mágico, pero también procaz y abusivo, que lo cambió todo autocráticamente.

Pero esta práctica no es nueva; lo que sí es asombroso es el proceso de creciente sofisticación e impunidad que fue desarrollándose a lo largo de unas pocas décadas. Pero hay que saber que tempranamente, ya Julio César gratificaba a las ciudades leales liberándolas de impuestos. Habría que llegar a 1934 para que el secreto bancario se lanzara en Suiza y a la década de 1960 para la creciente expansión del fenómeno offshore. Así nació una actividad global de sociedades pantalla y cuentas ocultas que ha ganado la batalla por la opacidad sofisticada y sigue desafiando a reguladores y gobiernos de todo el mundo.

Irónicamente, Estados Unidos dio un golpe de timón y hoy es un refugio del secreto financiero dentro de sus propias fronteras​. Delaware, Nevada o Dakota del Sur permiten crear compañías opacas, de papel, de forma casi anónima​. En Delaware hay más empresas off shore que población. Y en Dakota del Sur se administran más de 360.000 millones de dólares de clientes globales.​

Un mundo bestia, concentrador y autocrático. Oscuro y temerario, que corre aceleradamente a destruir la democracia y toda forma de convivencia bajo normas consensuadas, pacíficas y pacificadoras.

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