Hay historias que vale la pena no olvidar, para volver a analizar y poder realizar nuevas lecturas de los hechos y resignificar las estrategias que los enfrentados a vastos asuntos van ensayando para reposicionarse y también para desalojar al contrario.
En el año 2017, uno de los más importantes diarios de los Estados Unidos The Washington Post, anunció en el evento de mayor audiencia anual, el superbowl, que agregaba a partir de entonces una nueva expresión de principios ante la amenaza que significaba la llegada al gobierno de Donald Trump. Una victoria que casi nadie vaticinó y que muchos subestimaron.
Desde entonces y hasta hoy, se ha incluido la sentencia La democracia muere en la oscuridad. Está en la primera página de la edición impresa y en la digital.
Apelando apenas al 1% de su fortuna personal, Jeff Bezos, cofundador de Amazon, compró en 2250 millones de dólares el Washington Post, un diario jaqueado por los desafíos. Sorprendió, porque unos meses antes, en una entrevista al diario alemán Berliner-Zeitung en noviembre de 2012 anunciaba que en 20 años no habría más diarios impresos.
Algunos entendieron que la compra era una contribución a una campaña electoral, a fondo perdido, pero de valor estratégico. Por entonces, buscando una respuesta a la decisión de Bezos, se dio un debate muy interesante.
En 1997, en la primera comunicación que dirigió a los inversores de Amazon, Bezos insistía con un concepto que los analistas financieros creían ver en la decisión de compra: “todo está en el largo plazo”.
Pero en una comunicación dirigida a los empleados del diario, Bezos fundamentaba su decisión introduciendo conclusiones de su análisis de la coyuntura que atravesaban los medios impresos: “Internet está transformando casi todos los elementos del negocio de las noticias: redujo los ciclos noticiosos, erosionó las fuentes confiables de ingresos y dio espacio a nuevas formas de competencia, algunas que tienen muy poco o ningún costo en la producción de noticias”.
Con el paso del tiempo, las mismas preguntas no parecían encontrar respuestas satisfactorias, convincentes, acerca del porqué Jeff Bezos había adquirido el control accionarial del Post. Tanto, que Marty Baron, director del Post entre 2012 y 2021, en una entrevista le preguntan si “¿le inquietan los posibles motivos por los que el hombre más rico del mundo podría querer un periódico en la capital del poder político?”, a lo que Baron responde que “no. Nunca creí que pudiera tener ningún sentido para él creer que podría usar el Post para ejercer poder político. No necesitaba el Post para eso. Lideraba una enorme corporación y podía ejercer el poder político como siempre hacen las corporaciones, con donaciones y cabildeo. Él dijo que no tenía ninguna intención de hacerlo y luego he podido observar, desde el primer día, que no ha dado ninguna prueba de lo contrario. Nos deja funcionar independientemente, no interfiere en nuestro periodismo, no sugiere historias, no suprime historias, no critica historias. ¡Nos deja hacer nuestro trabajo!”.
Pero en la frase de cabecera de Bezos estaba la respuesta: “todo está en el largo plazo”. Cuando Trump alcanza su segunda victoria, Bezos entra decidido a reordenar y a partir de ese momento el coraje de una redacción independiente deja de ser un plus y se transforma en una carga, una molesta carga.
En contraste con aquella defensa de la libertad de prensa que había significado la inclusión de la afirmación “la democracia muere en la oscuridad” sobrevendría una decisión desalentadora y de sumisión: “les escribo para informarles de un cambio que se producirá en nuestras páginas de opinión. Vamos a escribir todos los días en apoyo y defensa de dos pilares: las libertades personales y el libre mercado. Por supuesto, también trataremos otros temas, pero los puntos de vista opuestos a esos pilares serán publicados por otros”. Conocida la decisión, el jefe de Opinión de The Washington Post, David Shipley, renunció inmediatamente”.
El sector está en crisis
Barton ha dicho, para caracterizar el momento, que “hoy en día ni siquiera podemos ponernos de acuerdo en lo que pasó ayer. Uno debe preguntarse cómo puede funcionar la democracia en un ambiente así”. Y cerró de manera concluyente; “una parte de la ciudadanía no acepta ninguna presentación de los hechos que contradiga sus sentimientos”.
En ocasión de la primera victoria de Trump el periodismo y todo lo que significa el universo de los medios, dieron lugar a unos movimientos de revalorización del papel de intermediación o mediación del periodismo, que se reflejó en importantes crecimientos de las suscripciones.
Todo quedó en entredicho y fragilizado: los diferentes niveles de gobiernos, apelando a subvenciones y exenciones, y los otros poderes económicos, por los canales habituales del crédito y la publicidad, perdieron potencialidad. Esta fragilidad los volvió vulnerables, y en la agudización del problema, más aún. Dos casos, el primero, Bezos y The Washington Post, y segundo, Elon Musk y X, dejan al descubierto la fusión, ya sin evasivas, de todos los poderes. Este es lo que caracteriza y define la nueva era en la que entramos. Es, al decir de Trump, hago lo que quiero, destruyo enemigos y países… ¿quiénes se creen estos de la Suprema Corte? Si el poder es DT, ¿qué es eso de la división de poderes?
El mundo es otro
Las reglas que rigen el funcionamiento de los medios de comunicación han cambiado por completo. Los medios ahora forman parte de la política y se van acoplando con menor mediación y más producción planificada; ya no son un producto externo a ella, sino que son interdependientes. Dicho de otro modo: los cambios producidos en el ecosistema mediático, en sentido de urgencia y amplitud, repercuten en la política y en el modo de comunicar y hacer política. Son más soportes, más atomizados.
Bezos enterró buena parte de la credibilidad del WP, al que había comprado precisamente por eso. Pero prefirió sacrificarlo. Y ahora sólo queda un pasado glorioso y un presente desolador.



