Hay palabras de moda y hay palabras demodé, como lo habrán notado.
Por ejemplo, palabras como “república”, “ciudadanía” o “soberanía” no pasan por su mejor momento. De hecho, a mucha gente hay que explicarle su significado, porque, aunque las conocen, no tienen claro qué quieren decir ni que tengan alguna relación con su vida.
Todo lo contrario ocurre con el término “inclusivo”.
Es el término más actual, el que te identifica como alguien “al día”, alguien moderno y actualizado, que ha superado las telarañas de los prejuicios conservadores.
Claro que ser “inclusivo” e incluido no es gratis. Te obliga a hablar de extrañas maneras, cambiando letras o duplicando palabras, a reprimir toda clase de chistes o de dichos que puedan ofender a alguna categoría social “incluida”, a tratar con reverencia a “chicas” de barba y bigote, y a tener muchísimo cuidado con tus opiniones si refieren a “afrodescendientes”, a “americanos nativos”, a judíos (aunque ahora, Gaza mediante, la cosa se está relativizando con los judíos), a “personas en conflicto con la ley penal”, a mujeres, a homosexuales, a obesos, a personas trans o no binarias, o a cualquiera del cerca de medio millar de identidades sexuales autopercibidas. Un consejo sano: sé siempre solemne y no te rías jamás de nada ni de nadie. Es lo más seguro.
Todo lo contrario ocurre con “inclusivo”. Es una de las pocas palabras que se pueden usar sin miedo y en cualquier ocasión. Sirve para casi todo. Para obligarte a entrar al sistema bancario, para imponerte tratar con reverencia a personas que no querrías reverenciar, e incluso, si sos de alguna de las categorías antes excluidas, para agenciarte ventajas que otros no tienen y para que se te toleren impertinencias que a otras categorías sociales no se les toleran.
Tal es el éxito de la palabra “inclusivo” que se ha comido a los términos que antes expresaban mejor lo que se supone que intenta expresar. Me refiero a los términos “libertad” e “igualdad”.
Hasta no hace mucho, la pretensión social justiciera era que todos gozáramos del mismo grado de libertad en un marco de igualdad de derechos y de oportunidades. Un objetivo distante de la realidad, lo admito. Pero tenía una ventaja: se proponía tratar a todo el mundo por igual sin decirle a nadie lo que debía pensar, ni lo que debía admirar, ni lo que debía repudiar.
¿Cuál es el problema con la “inclusión”?
El principal es que lleva implícito el concepto de exclusión. A lo que hay que añadir que no es un objetivo que uno pueda lograr por sí mismo.
La libertad y la igualdad son derechos que uno puede conquistar y defender por sí mismo, sin contar con que alguien lo admita, reconozca o “incluya”. En una sociedad que tenga más o menos establecidos y vigentes los principios de libertad e igualdad, puedo reclamar igual salario siendo negro o mujer, o rezar lo que quiera si soy musulmán o mormón, y acostarme con quien quiera si soy homosexual. Que al resto de la gente le guste o no le guste es otra historia y no reduce mi derecho a ejercer la libertad y a exigir igualdad de derechos.
Para ser más claro, yo puedo reclamar el derecho a un igual salario haciendo una huelga o una manifestación. Así como puedo ejercer mi libertad religiosa o sexual si me importa un comino lo que piensen los demás. Pero, ¿puedo ser “incluído” por la misma vía?
NO. Con la “inclusión” ocurre todo lo contrario. Para empezar, nadie puede “incluírse” a sí mismo, ni mucho menos por la fuerza. La inclusión no implica un derecho sino la pretensión de ser aceptado y bien visto por otros, en cierto medio social. Y ser aceptado y bien visto en un medio o categoría social requiere a un admisor, a alguien que administre la puerta de ingreso y decida quién entra y quién no. Algo así como “A aquél, que es negro, dejalo pasar; a aquel, que usa turbante, depende; al de atrás, que es machista, no lo dejes, aquél flaquito es vegetariano y fuma marihuana, dejalo pasar; esta es un poco rara pero es mujer, o sea víctima, dejala entrar; a éste le gusta mucho la carne, mejor no; el de al lado usa pollera, adentro; a éstos dos les gusta el boxeo y el toreo, afuera los dos”.
¿Se entiende? El concepto mismo de inclusión, en tanto no es universal ni general, como lo son la libertad y la igualdad, lleva como contracara el de exclusión.
Y, lo que acaso sea peor, como depende de la opinión y la actitud ajenas, trae adosado a una especie de árbitro, a veces moral y a veces estético, alguien “incluído” que, imbuído de un “buenismo” bastante autoritario, se arroga la potestad de decidir quién debe ser aceptado y quién rechazado en el lujoso club de la inclusión.
No hay palabras inocentes. E “inclusión” no es ninguna excepción. Finge superar a los conceptos de libertad y libertad, pero en realidad los sustituye por una lógica selectiva y retrógrada que termina por eliminar a la igualdad y a la libertad.




