En mayo de 2019, la revista First Things publicó un artículo que agitó el debate intelectual estadounidense. “Against David French-ism”, de Sohrab Ahmari, atacaba al abogado evangélico David French por su confianza en la neutralidad liberal. El detonante fue un evento de “Drag Queen Story Hour” en una biblioteca pública de Sacramento. Para Ahmari, esto evidenciaba que la cultura pública liberal no es neutral, sino una ideología que privilegia la autonomía individual por encima de los valores que sostienen la vida comunitaria y la transmisión moral. Con un tono provocador, llamaba a los cristianos a luchar para “reordenar la plaza pública hacia el bien común y, en última instancia, el Bien Supremo”.
Dos posturas enfrentadas
El enfrentamiento cristalizó una división que hoy atraviesa al catolicismo político. French considera que la arquitectura liberal —separación Iglesia-Estado, neutralidad procedimental, protección de las libertades— es la mejor garantía para la vida religiosa en una sociedad pluralista. Ahmari, en cambio, ve en el liberalismo un proyecto ideológico hostil a la religión y propone emplear el poder estatal para promover una visión sustantiva del bien común.
Ambas posiciones expresan intuiciones legítimas. French tiene razón en que el liberalismo ha protegido históricamente a las minorías religiosas, incluidos los propios católicos en Estados Unidos. Pero Ahmari también tiene razón en algo más incómodo: esas mismas instituciones no son neutrales, sino que están cargadas de supuestos filosóficos que no todas las tradiciones comparten.
La trayectoria de Ahmari
Nacido en Irán y emigrado a Estados Unidos en su infancia, Ahmari transitó del ateísmo marxista al neoconservadurismo y, finalmente, al catolicismo en 2016. En From Fire, by Water (2019) relató su atracción por una Iglesia de autoridad y ley; en The Unbroken Thread (2021) defendió la tradición frente al individualismo; y en Tyranny, Inc. (2023) desplazó la crítica al poder corporativo, generando alianzas inesperadas con sectores de la izquierda. Su revista Compact (2022) convoca a críticos del neoliberalismo desde diversas sensibilidades.
Esta trayectoria plantea, sin embargo, una pregunta inevitable: ¿hasta qué punto sus convicciones son fruto de una síntesis intelectual madura, y hasta qué punto responden a una psicología de la conversión que busca en la institución eclesial la certeza identitaria que no encontró en ningún otro lugar? La pregunta no invalida sus argumentos, pero sí invita a leerlos con atención crítica.
Lo que Ahmari acierta
El diagnóstico de Ahmari contiene una verdad que los católicos no pueden ignorar cómodamente. El liberalismo procedimentalista no es neutral: privilegia la autonomía individual y la elección subjetiva por encima de la autoridad, la tradición y la obligación comunitaria. Las instituciones públicas no son espacios en los que todas las cosmovisiones compitan en igualdad de condiciones; están construidas sobre presupuestos que favorecen determinadas formas de vida y marginan otras, comenzando por aquellas que no pueden traducir sus fundamentos al lenguaje secular de los derechos.
Los riesgos de la propuesta
Sin embargo, el salto desde el diagnóstico correcto hasta la solución es donde el pensamiento de Ahmari encuentra sus límites más serios.
El primero es político: ¿quién define operativamente el Bien Supremo en una sociedad en la que los católicos son minoría? La historia enseña que cuando las mayorías confunden sus convicciones morales con el bien común, el resultado suele ser la opresión de las minorías. Los católicos que han conocido esa experiencia deberían recordarla con especial claridad.
El segundo es teológico. El integrismo entra en tensión directa con Dignitatis Humanae, que no se limita a reconocer pragmáticamente la ineficacia de la coacción religiosa, sino que afirma la libertad religiosa como un derecho fundado en la dignidad de la persona humana. Esta distinción supone que la Iglesia ha aprendido algo genuino sobre la relación entre fe y libertad, algo que el integrismo parece dispuesto a desaprender.
El tercero es eclesiológico. Una Iglesia que recurre al brazo del Estado compromete no solo la libertad ajena, sino también la credibilidad de su propio testimonio. El Evangelio no se transmite por coacción. Jesús, ante Pilato, no pidió al poder político que reordenara la plaza pública a su favor.
Una propuesta alternativa
La crítica de Ahmari es un estímulo valioso porque obliga a los católicos a salir de la zona de confort de un liberalismo ingenuo. Pero la respuesta no puede ser invertir la balanza: sustituir instituciones que privilegian valores liberales por instituciones que privilegien valores conservadores perpetuaría la misma lógica de captura ideológica que se denuncia.
Lo que se necesita es un liberalismo más honesto consigo mismo, capaz de reconocer sus supuestos filosóficos y genuinamente abierto a preservar espacios de pluralismo que no reduzcan lo religioso a lo meramente privado. Y tradiciones religiosas maduras, dispuestas a participar en la deliberación pública con sus propios argumentos —sin imposición estatal—, confiando en que la verdad tiene su propia capacidad de persuasión.
Dignitatis Humanae no fue una concesión táctica al liberalismo. Fue el reconocimiento de que la fe, para ser auténtica, debe ser libre. Esa intuición sigue siendo el mejor recurso del catolicismo político ante los desafíos del siglo XXI, incluidos los que el propio Ahmari, con toda su provocación, nos ayuda a ver con más claridad.






