En 1971 falleció mi abuela materna Elisa Ruiz Zorrilla de San Martín. Año de parir sueños en el país y la partida de “Quica”. Los pasos se sentían “agitados” en el pasillo del edificio de Alfredo Baldomir 2421. Amigos y familia venían a dar el saludo sincero de horas tristes. A eso de la una de la madrugada, luego de gestos sobrios, se sentó a mi lado el Capitán de Maracaná. Casi no levantó la vista. Cada tanto ponía su mano, algo de albañil y con señales de artrosis, en mi rodilla. Me acompañó toda la noche. Con los silencios que parecen órdenes y que comunican mucho. Obdulio , amigo de mi padre, se marchó después de ocho horas de acompañar a un botija que con el tiempo sería su mandadero y compinche. Hacía dos años que me conocía del Club Juan Jackson y momentos del Sporting. En ese mismo club frecuentaba Atilio García. Fenomenal e histórico goleador de Nacional. La relación entre ambos era sublime. No por la estridencia. Sí por el respeto. Atilio le decía “Negro”.
Obdulio lo llamaba “Bigote”. El capitán jugaba al truco y las bochas. El goleador al truco “porteño” y no entraba a la cancha. Recuerdo los comentarios de Obdulio sobre la final del 50. Los hacía con determinados amigos y afectos.
Desde la humildad más grande y siempre con los mismos términos. Pasado el tiempo creo que cuando lo traté si lo dejaban cambiaba el resultado de la final. No pudo asimilar el dolor “causado” a tantos millones de personas y matar en vida a parte de una generación de colegas brasileros. Atilio no hablaba prácticamente de fútbol. La única señal de orgullo era mostrar la marca de decenas de tapones en sus piernas siempre fuertes. Cuando compartían alguna grapa con limón era común denominador subrayar la pasión por sus camisetas. No entendían otra variante. Otro objetivo. Hoy se denomina adhesión o sentido de pertenencia. Marcaban cierta distancia cuando algunos contemporáneos ya se inclinaban por priorizar los dineros en relación al club. Sin dudas sus actitudes cubrían la decantación de la realidad. Llegaron a ver a un profesionalismo más descarnado que daba más ingresos materiales que los que sus generaciones recibieron. Una especie de duelo interno que lo asumieron con cierto dolor pero sin dramatizar. Héroes de una época irrepetible para nuestro fútbol. Y en el ocaso levantaron y cabecearon “centros” de respeto al adversario, admiración por el amigo y convivencia cargada de nobles valores. Hoy que VOCES me recibe entrego estas muy pequeñas semblanzas. Diminutas para el vértigo actual pero irrenunciables para mi vida como relator de fútbol y comunicador. Una guía. Una Luz.






