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Vacunas contra la polarización por Miguel Pastorino

Vacunas contra la polarización  por  Miguel Pastorino
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Hace pocos días se supo que en la Cámara de Diputados hubo una iniciativa para acordar una declaración común entre los diferentes partidos que no prosperó, a pesar de que estaban de acuerdo en la mayoría de los puntos. La iniciativa fue presentada por el presidente de la cámara Alfredo Fratti del Frente Amplio y el coordinador de la bancada nacionalista, Rodrigo Goñi. Ambos explicaron a la prensa la importancia de dejar de lado las diferencias, sin dejar de reconocerlas, para enfocarse en tender puentes y dar el ejemplo a la ciudadanía de un diálogo respetuoso y preocupado por los problemas comunes, particularmente por la gravedad de la crisis que atravesamos con la pandemia. A pesar de que no se concretó la declaración, es de agradecer que algunos actores políticos estén mostrando un cambio en el discurso y en actitudes que muestran altura política y capacidad para el diálogo que no busca imponerse, sino construir colaborativamente, para trabajar por el bien común de los uruguayos desde la pluralidad de visiones e ideologías. Eso se percibe también cuando hay referentes políticos capaces de autocrítica, o que cuestionan a sus compañeros de bancada si faltan a la ética cívica, donde no solo se cuestiona a los adversarios políticos, sino a los propios compañeros cuando no construyen, sino que fomentan la polarización y la discusión irracional.

Vivimos tiempos de una gran incertidumbre donde lo que necesitamos no es que se alimente lo que divide a los uruguayos, sino lo que nos une y fortalece frente a la adversidad.

Recuperar el auténtico diálogo.

El verdadero diálogo rompe el círculo de los propios prejuicios y deja entrar la voz de los otros. Se necesitan lecturas reflexivas, no solo leer titulares o videos de tres minutos para entender el mundo. Se necesita dialogar con mundos que no sean el mío, que no confirmen mis ideas y me obliguen a repensar mis convicciones, a cuestionar mis propios prejuicios. Dialogar no es oír lo que los otros dicen, esperando mi turno para hablar, sino comprender, repensar, aprender, escuchar con atención y profundidad las razones del otro.

El filósofo Eusebi Colomer escribió al respecto que «el auténtico diálogo de la verdad parte del convencimiento sincero de mi verdad, pero exige, igualmente, el esfuerzo heroico por colocarme en el punto de vista del interlocutor y, de esta forma, fecundar mi verdad en la parte de verdad que hay o puede haber en el otro».

No pensar en bloque, sino libremente.

La tendencia que crece es ubicar cualquier opinión dentro de una etiqueta ideológica por comodidad intelectual. Se fuerza a elegir determinadas posturas y a ubicarse dentro de un bloque de pensamiento y a no salirse de allí, porque sería signo de debilidad.               Que alguien tenga el derecho a revisar permanentemente sus propias ideas y a corregirse, si duda, si cuestiona dogmas del grupo, es tildado de incoherente o débil, cuando es en realidad alguien más libre y crítico, incluso consigo mismo. Paradójicamente alguien sería confiable si piensa en bloque “con razón o sin ella”, defendiendo lo indefendible racionalmente. En cambio, quien piensa por sí mismo, cuestionando incluso a su propio grupo, puede ser visto como un traidor. Así, quienes dicen algo disonante con el entorno, quedan solos y a la intemperie, cuando en realidad son los que más aportan matices a la polarización y ayudan a tender puentes.

Por otra parte, crece la censura por hipersensibilidad, donde las discusiones se vuelven tan emotivas, que las personas confunden la discrepancia de ideas con enemistad o agresión. El nivel de las discusiones se vuelve una batalla sentimental donde pensar distinto es herir la “subjetividad” del otro. El emotivismo predominante en cualquier discusión hace que las razones y argumentos sean sofocados y silenciados por el torbellino de sentimientos que eluden la confrontación crítica. La censura disfrazada de tolerancia impone que de ciertos temas no se puede discutir, debido a que alguien podría sentirse ofendido. Cuando se confunden las ideas con las personas es imposible avanzar en cualquier crítica racional.

Aunque los discursos más extremistas sean de minorías, se vuelven los más visibles en las redes sociales y las voces críticas que piensan con matices para analizar realidades complejas quedan en la sombra, porque no son interesantes ni tienen rating. Las redes a su vez amplifican el efecto burbuja donde hacemos invisibles todo lo que no coincida con nuestra “realidad” construida a nuestro gusto y “bloqueamos” cualquier idea que interrumpa nuestro sueño de que la verdad y el bien solo están en nosotros.

 

Algunas “vacunas” para recomendar.

  1. No confundir personas con ideas. Todas las personas merecen respeto, pero no todas las ideas. Las ideas pueden ser atacadas, pero no las personas. Puedo criticar la idea de una persona, pero eso no significa que estoy criticando a la persona que la piensa. Que me cuestionen mis ideas no significa que me cuestionen a mí como persona.
  2. No confundir sano pluralismo con relativismo: Es sano que existan diversidad de perspectivas que enriquecen la comprensión de la realidad. No es lo mismo que afirmar que todas las opiniones son igualmente válidas y que todo da igual.
  3. Hacer frente a la presión por definirse en temas que son presentados de manera simplista y dicotómica.
  4. Hacer el esfuerzo por comprender los valores y sentimientos que hay en mi interlocutor, para ponerme en su lugar y mostrarle en qué cosas estoy de acuerdo con él.
  5. Aprender a escuchar: Escuchar es una manera de descentrarse de uno mismo, de olvidarse de sí, de desinflar el ego, de silenciar las propias voces interiores y pensamientos para dar lugar al otro.

Tener amigos que piensan distinto y estar siempre dispuestos a revisar las propias convicciones es la mejor vacuna para no infectarse de fanatismos que nos dejan encerrados en burbujas sociales y que no aportan nada al bien común.

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