Valseado por Jorge Alastra

La forma musical de vals llegó al Río de la Plata a comienzos de 1800, y a mediados de siglo ya era la danza principal de los grandes salones. Más tarde, se fue transformando musicalmente y es así como derivó en el vals criollo rioplatense. Muchos músicos uruguayos han utilizado la rítmica del vals en la canción popular. Y no existe casamiento o fiesta de “quince” que no incluya en su ceremonia la antigua y elegante forma. Vamos a repasar algunas composiciones de importantes músicos populares uruguayos. 

En Milonga Madre (1970) de Alfredo Zitarrosa, aparece un bellísimo vals, lento y elegante, titulado “Vals de Amor” (A. Zitarrosa). La melodía flota en el espacio soltando un aroma cargado de romanticismo. Con alguna sorpresa en la línea melódica, donde la voz canta un intervalo menor en la escala mayor. “Amor, pichón de amor/ Dejaste el nido solo y frío/ Al volar para amar/ A otro amor que daba más calor”.   

El cantautor Rubén Olivera publicó en 1991, para el álbum Lugares Comunes, la canción “Interiores”, un vals intimista que se fue transformando en pieza emblemática de su repertorio. “Interiores” tomó como concepto el enigma que esconde la cotidianidad que suponemos insignificante —objetos, lugares, aromas—; cuando en realidad son la materia trascendente de nuestras vidas: “En la mesa, sandías de yeso/ mil platitos cubren la pared/ un San Jorge cuidando la siesta/ y a su lado sonríe Gardel// Entra el viento, juega en los caireles/ si dejan abierta la puerta cancel/ y se cuela en los cuartos, remueve/ olores secretos: colonia y laurel”.   

En Cansiones Barias de Leo Maslíah (1980), el vals aparece como furiosa sátira en “La Chusma”, una desopilante canción con ecos de Brassens. “En la puerta del juzgado/ los amigos, los parientes/ a cuál mejor empilchado/ muy alegres y sonrientes/ sin dientes/ esperaban a los novios”.   

La leyenda cuenta que Eduardo Darnauchans había quedado varado —esperando a su pareja, que nunca llegó— encerrado en un departamento en Punta del Este y que al no hallar otra manera de quemar el tiempo escribió “El prisionero de la parada 2”. Apareció publicada en Entre el micrófono y la penumbra de 1991. No sabemos si el título guarda un guiño a la famosa comedia de Melvin Frank de 1975, “El prisionero de la Segunda Avenida”. En todo caso, la canción de Darnauchans fue una catarata amorosa con grandes dosis de ironía, donde el autor cita la zona geográfica histórica del vals: “(…) Y tus ojos de Viena y Hungría/ de Galicia y mapuche en verdad/ que verdades son las tonterías/ tus pestañas son mi tempestad/ (…) / Sarajevo, Sarajevo/ que abatiste a su alteza imperial/ haz que a la Serbia toda le sirva/ y el cañón marque bien el compás”.  

Daniel Viglietti registró en Buenos Aires en 1984 (una vez llegado del exilio) dos discos en vivo. En uno de estos volúmenes titulado Trabajo de hormiga, podemos escuchar “Las hormiguitas”. En la introducción de guitarra, hay una cita al reconocido vals de Johann Strauss “El Danubio azul”, y luego la canción va tomando paulatinamente otra forma, sin abandonar del todo la rítmica de vals. Es una canción de denuncia política, lo que crea cierto extrañamiento. Una danza de salón, señorial, es utilizada por Viglietti para hablar del exilio, el proletariado y la revolución: “Las hormiguitas blancas y azules/ con su carguita cruzan la tierra/ cruzan los mares, cruzan los cielos/ dejando atrás el temporal”. Y más adelante: “Si les preguntan dónde trabajan/ contestan siempre “en la construcción”/ la construcción”. 

En 2010 se publicó en Montevideo el álbum Nosotros tres, que recogía un espectáculo en vivo llevado a cabo en 1993 (con el mismo nombre) por Eduardo Darnauchans, Jorge Galemire y Eduardo Rivero. Allí nos encontramos con una íntima y bella canción, con texto de Rivero y música de Galemire intitulada “Vals de Pocitos”. Es un acopio de recuerdos adolescentes, un poco a la manera de “Penny Lane” (Lennon/ McCartney). “Hay un lugar en Pocitos/ donde el cielo de hace años/ bajaba a jugar de a ratos/ con los niños de aquel tiempo”. Una canción que Galemire musicalizó de manera inteligente y sensible, ya que la rítmica de vals y su melodía producen el efecto nostálgico adecuado a la descripción del texto.  

Devenir fue el penúltimo disco publicado por Daniel Viglietti en 2004. Abre el trabajo una enigmática y hermosa canción: “El vals de la duna” (D. Viglietti). Más allá de la obviedad del título, aquí vemos que se trata más de una cuestión poética, pues el vals en sí es más un gesto que una rítmica precisa. Esto significa que, aunque la métrica sea ternaria, y por momentos la guitarra marque el pulso de vals, la obra es abstracta; casi libre. Es decir: el vals está más en lo sugerido que en su propia rítmica. Estamos ante una música que remite a lo nocturno, con un fuerte espíritu melancólico. Podría definirse —si habláramos de plástica— como una marina nocturna. El texto, hermoso y sugerente, deja en claro el buen letrista (poeta) que era Viglietti. “Presiento que el tiempo/ tan ágil, tan lento/ aprende en la duna/ a esperar/ que el cielo en el viento/ detenga un momento/ reloj sin arena/ el vals”. 

Ilustración: Oscar Larroca 

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