Cuando el amor llega
Así de esta manera
Uno no se da ni cuenta
El carutal reverdece
El guamachito florece
Y la soga se revienta.
Caballo Viejo, Simón Díaz
El exilio es algo así como estar y no estar, un ejercicio de prestidigitación, de esos en los que las cosas aparecen y desaparecen. Estás acá pero tu cabeza está allá, en ese lugar de donde te fuiste. Vives dándole vueltas a esa pregunta esencial: ¿por qué?
Digamos entonces que el exilio es como un acto de magia, pero sin ilusión ni expectativa, porque en el exilio no hay alegría, solo espera y por lo general dolor. El exilio duele.
Venezuela es un país en el exilio. Es un territorio que experimentó el desplazamiento de millones de sus familias, transformadas en una estampida de almas espantadas. Es un Estado que despidió a la democracia en un barco que partió hace años del destartalado puerto que aun sostiene a la revolución. Es un lugar donde otros millones de familias resisten al tiempo, a los desmanes de los defensores de los pobres, que son cada vez más gordos, más pesados, más narcos.
Rafael Osío Cabrices en su libro “Venezuela, memorias de un futuro perdido” (Catarata, 2024), cita la frase del fotógrafo Nelson Garrido: “el chavismo tiene una estética de narco”: son la post revolución en la granja donde los cerdos más iguales se hicieron dueños de minas de oro, cárceles, fábricas de armas, cargueros petroleros, plantaciones de ilícitos, tribunales, centros de tortura, cadenas de hoteles, bodegones, ejércitos privados.
“Ver que tu país se torna sinónimo ya no de sol, fiesta y belleza femenina sino de conflictos armados y villanos transnacionales, produce una emoción difícil de describir. Nos daba vergüenza, claro. Pero no nos asombraba ni nos escandalizaba: si nosotros mismos ya comparábamos nuestra cotidianidad con un videojuegos de survival horror, no podíamos esperar que no lo hicieran los demás” (Rafael Osío Cabrices, 2024).
Los países en el exilio están en la constante búsqueda de la razón que los llevó a ese punto, con la esperanza de hallar el antídoto, el anti-exilio, la receta que los haga superar la enfermedad para curarse. Les urge espantar el sufrimiento, para que vuelvan sus afectos, que regresen los que se fueron. Quieren fundirse en un abrazo, que se reencuentren las familias, los barrios, los pueblos. Pero eso no sucede así nomás. Eso cuesta vida: tiempo, dolor y audacia.
La tragedia venezolana requiere más libros que la resuman con rigurosidad y sin concesiones. Para nuestra suerte un periodista de buena pluma hizo un paréntesis en su trabajo de editor para contarnos la historia reciente del país en una obra compacta que se lee de una sola sentada. “Venezuela, memorias de un futuro perdido” repasa el camino recorrido y explica cómo, por qué y cuándo llegamos a este punto.
“La conversación se hizo imposible y por tanto inútil: nadie iba a convencer al otro. Las relaciones en las que se producía este cortocircuito se fueron rompiendo o conformando con un nivel superficial, lleno de tensión, en la que había que evitar toda cercanía con el tema inevitable, omnipresente, asfixiante de la situación de nuestro país” (Rafael Osío Cabrices, 2024).
Tal vez el mayor aporte de Rafael y su libro sea contarnos el asunto en primera persona desde su escritorio en Canadá, donde vive hace varios años, como tantos que se fueron. Se animó a romper la distancia y el escepticismo del periodismo y sacudir la formalidad que sobreabunda en la academia para ofrecerle al lector una experiencia más cercana. “Toma un vaso [de ron, por supuesto] y sírvete”, dice el autor en sus páginas iniciales antes de entrelazar capítulos que nos llevan a una montaña rusa de sensaciones sobre cómo se construyó la Venezuela de ayer y la de hoy.
Para muchos lectores venezolanos esta obra representará claudicar a la idea de esconder en el ropero los recuerdos que no queremos ver otra vez por miedo a abrir las heridas, repasar la vida que tuvimos, los disparos a la democracia, la agonía de la libertad, y de nuestras costumbres agonizantes, nuestras tradiciones casi extintas, eso que fuimos y que se desdibuja con el paso del tiempo y el asfixiante sistema que reprime, borra y elimina.
“Venezuela, los venezolanos y lo venezolano han cambiado tanto que ya no se pueden nombrar, definir, clasificar de la manera en que lo hicimos a lo largo del siglo XX. Pero llevará tiempo componer un nuevo glosario para nosotros mismos, porque la metamorfosis no ha cesado, ni hemos dejado de movernos. Parte de la gente en Venezuela piensa emigrar todavía, sobre todo desde el fraude electoral de 2024. Y muchos de los que ya lo hicimos tenemos aún la sensación de que nuestro viaje no ha alcanzado su última parada” (Rafael Osío Cabrices, 2024).
“Venezuela, memorias de un futuro perdido” se erige como un repaso rápido y vertiginoso de un montón de cosas, algunas inconclusas, otras absolutamente concluyentes, como el diagnóstico fulminante del médico que te mira con cara de bueno mientras te cuenta una noticia terrible. Estas cosas configuran el maratón de eventos que llevaron a esto que no es ni socialismo, ni revolución, ni gobierno, sino un poco de todo y de nada a la vez.
Venezuela se convirtió en un país casi imaginario, una construcción que millones de venezolanos, dentro y fuera, intentan sostener en el tiempo para luchar contra el olvido, pelear contra la reescritura de la historia, lidiar con la vulnerabilidad de la memoria. Este libro hace un aporte en esa dirección. Es una magnífica noticia que su distribución haya llegado a las principales librerías de Montevideo y Uruguay. Infinitamente recomendado para quienes tengan interés en conocer un poco más de ese país que fue, que es y que será.







