Eternos reestrenos, secuelas, reediciones, remasterizaciones, remakes, precuelas, y demás estrategias mantienen vivas franquicias que ya huelen a moho hace tiempo. Incluso, abundan las continuaciones que nadie pidió y versiones de clásicos ochenteros y noventeros adaptados a las nuevas sensibilidades, con personajes cambiados de género, o de etnia, o bien de personalidad. La nueva versión de “Kill Bill”, explota algo de todo eso, pero, al mismo tiempo, es completamente diferente.
En aquel lejano año 2003, cuando el cine comercial ya daba muestras de agotamiento y pedía a gritos un lifting o, al menos, un maquillaje convincente, Quentin Tarantino ya llevaba algunos filmes encima. Había revolucionado el género policial en 1992 con “Perros de la calle”, un thriller dramático, con algo de tragedia griega. Pero el cineasta, cuya formación cinematográfica proviene de haber trabajado en un videoclub en su juventud y de su talento natural pulido por décadas de fanatismo cinéfilo, no propuso algo innovador, sino que retornó a las fuentes. Su primer opus abreva de directores como los norteamericanos Don Siegel, Stanley Kubrick o Phil Carson, el chino Ringo Liam con su “Ciudad de fuego” (1987), e incluso maestros del noir, como el francés Louis Malle.
Su segunda obra, “Tempos violentos” (1994), confirmó el entusiasmo generado en algunos críticos jóvenes por el realizador nacido en Tennessee. La capacidad para construir personajes memorables, el montaje pleno en saltos temporales, el uso de música de otras películas o de temas musicales en general no compuestos para el filme son facetas de su impronta creativa, a lo cual se suman los diálogos memorables, la violencia convertida en parodia y el regodeo visual. Todos son signos de identidad, de un estilo reconocible y una identidad artística definida. Luego de la injustamente olvidada “Jackie Brown” (1997), Tarantino fue ganándose respeto entre una generación de críticos jóvenes, que insistían en promocionarlo como un innovador, aunque nunca fue esa la intención del cineasta.
Por el contrario, el buen Quentin, fanático del cine de “exploitation”, el de artes marciales, el policial negro tanto yanki como europeo e incluso propuestas más prestigiosas como Bergman, la “ Nouvelle vague” o el expresionismo alemán, siempre buscó homenajear a los géneros o directores que le gustan, no inventar nada.
La llegada de “Kill Bill volumen 1”, su cuarta película, generó singular expectativa. Originalmente editada como una obra muy larga, de más de cuatro horas, Tarantino resolvió dividirla en dos partes, a pedido de los productores. Es un sentido tributo al cine de artes marciales de los años sesenta y setenta, parte del cual fue conocido en Occidente gracias al éxito de Bruce Lee, Jackie Chan y otros tantos artistas marciales orientales que trascendieron fronteras. En ese contexto, popularizó entre un público más amplio un género que nunca había gozado de valoración artística.
Reviviendo incluso a mitos del cine popular japonés como Sonny Chiba a modo de cameo, valiéndose de fragmentos musicales de compositores emblemáticos como Ennio Morricone, Quincy Jones, Bernard Herrmann o Toshiaki Tsushima y con un estilo visual que recuerda a clásicos como “El juego de la muerte” (1978), protagonizada por Bruce Lee, de quien el personaje de Uma Thurman toma el famoso equipo deportivo amarillo, “Kill Bill uno y dos” se transformaron en películas de culto.
Existe una reedición completa del 2006, pero la que se estrenará próximamente en cines uruguayos no es exactamente la misma. Esta nueva entrega incluye la consabida remasterización, cambios de color en algunas secuencias, concretamente el paso a color de la escena en blanco y negro de la primera Kill Bill, una escena en formato anime y una secuencia agregada al final, entre otras modificaciones. Además, al estar editada como una sola película, se modifica sustancialmente el racord, es decir, la continuidad visual y sonora entre los diferentes planos.
“Kill Bill the whole bloody affair”, lo que podría traducirse como “Todo el sangriento asunto” o “Todo el maldito asunto”, llegará a nuestros cines gracias a Movie Center, y es, sin dudas, un acontecimiento cinematográfico muy esperado en Uruguay, aunque ya fue estrenada en otros países a fines del pasado año.
Quentin Tarantino siempre fue un cineasta a la antigua, que filma casi sin efectos por computadora y tampoco se vale de la sosa y poco ética Inteligencia Artificial, lo cual convierte a su obra en una experiencia para ser disfrutada, al menos en un primer visionado, en salas.






