Si bien es cierto que el director estadounidense Wes Anderson ganó mucha popularidad en los últimos años, cosechando cada vez más fanáticos alrededor del mundo, lo cierto es que el espectador ocasional seguramente no vincule aún su nombre a las obras que lo hicieron mundialmente conocido. El estreno local de El esquema fenicio, su más reciente cinta protagonizada por Benicio del Toro, es la oportunidad ideal para repasar el trabajo de uno de los artistas más particulares de la escena actual.
Nacido en 1969, el director entró de lleno en esa camada joven de realizadores estadounidenses cuyas primeras obras ya dejaban entrever un talento particular dentro de la escena independiente, como podía verse también con Paul Thomas Anderson. Ladrón que roba a ladrón, comedia de enredos que involucra a tres ladrones atolondrados que no consiguen dar con el robo perfecto, no fue el éxito que Anderson o la compañía Columba Pictures esperaba, pero sí logro llamar la atención de la crítica y mostró al mundo el talento particular no solo del cineasta sino también de los hermanos Wilson, Luke y Owen, quien también escribió el guion. Ese reconocimiento les abrió las puertas para una segunda película, la cual lograría asentarse en un estilo mucho más personal: Tres son multitud, más conocida por su título en inglés, Rushmore. Las idas y vueltas amorosas y académicas de un estudiante excéntrico y el duelo con un hombre mayor por conquistar a una profesora se enmarcan en un contexto de humor absurdo y situaciones extravagantes narradas con una seriedad que acentúa una continua incomodidad y potencia el humor de la propuesta, la cual ya deja ver también que el cine del autor no sería del gusto de todos los espectadores.
En 2001 llegaría la película que marcaría para siempre a Anderson: Los excéntricos Tenembaum, cinta que aún hoy es para muchos el punto más alto de su carrera. Nuevamente la comedia absurda abunda en el retrato de una familia muy particular cuyo patriarca ha marcado a fuego los caminos de su esposa e hijos, infelices y frustrados. Las situaciones impredecibles y el peso de un reparto de estrellas (elemento que se repetirá de aquí en adelante) como Gene Hackman, Angelica Huston, Ben Stiller, Gwyneth Paltrow y Bill Murray elevan a una película que se beneficia además de un libreto que elije alejarse del retrato irónico y mordaz de sus personajes para inyectar empatía y un costado humano que permite que el espectador pueda entender mejor ese mundo casi marciano. Ese mismo retrato de familias rotas buscando desesperadamente una conexión se repetiría con resultados dispares en sus siguientes dos cintas, Vida acuática y Viaje a Darjeeling, películas que pretendieron continuar con la fórmula pero no siempre lograban llegar a la combinación de comedia, absurdo y drama que habían alcanzado tan bien anteriormente.
Era claro que Anderson necesitaba un cambio, e hizo un giro radical en el momento justo con El fantástico sr. Zorro en 2009, película de animación stop motion que reforzaba el estilismo de sus anteriores cintas y lo ponía al servicio de una historia de Roald Dahl con la dosis justa de humor absurdo y caricatura infantil. Anderson se muestra en esta película con una motivación renovada y un espíritu infantil justo para redondear una historia con similar interés para chicos y grandes. Tal vez esa incursión en el universo infantil lo llevó a ambientar su próxima cinta de nuevo en ese mundo, siendo Moonrise Kingdom una de sus obras más aplaudidas y exitosas. El director vuelve a encontrar el punto justo entre farsa y honestidad emocional en el escape de dos niños enamorados cuyas familias rechazan el idilio.
En 2014 llegó otra obra cumbre dentro del particular universo propio del autor: El gran hotel Budapest, otra cinta con un reparto lleno de estrellas liderado por Ralph Fiennes como el conserje de un precioso hotel antiguo. Con un inteligente guion que presenta su historia como una concatenación de muñecas rusas, presentando un misterio en distintas capas, la película destaca además por ser la cima estilística del realizador, el cual se decanta por una puesta en escena que juega constantemente con los cambios de encuadre, los planos con gran atención a la simetría y los colores, mayormente pastel, que abundan en los escenarios. El toque caricaturesco que Anderson imprimía a sus personajes, contrastados con un entorno realista, ahora absorbía también ese entorno, presentando una visión romántica y absurda del mundo para situar a sus adorables personajes.
Anderson continuaría esa faceta de detallismo estético con sus próximas cintas, siendo Isla de perros la continuación inmediata, otro regreso al cine animado que también se inscribe en lo más alto de su carrera. Contando la historia de un joven que busca a su mascota en una isla llena de caninos exiliados de la ciudad debido a una extraña gripe que solo ellos propagan, el director vuelve a lo mejor de su cine con otra exploración del camino a la madurez y la relación de amor entre los niños y sus animales.
La crónica francesa y Asteroid city han sido las últimas cintas de un director que, luego de finalmente ganar el Oscar gracias a sus cortometrajes en Netflix adaptando distintos cuentos de Dahl, vuelve a las pantallas con El esquema fenicio, película que con un reparto de lujo y una estética refinadísima seguro siga enamorando a los fanáticos de siempre y consiga hechizar a nuevos espectadores.







