La propuesta de aplicar un impuesto al 1% más rico del país, impulsada por sectores del Frente Amplio, reactivó un debate que parecía dormido: quién debe financiar el Estado y en qué medida. Pero, como tantas veces, la discusión pública se quedó en los márgenes conocidos: lo fiscal y lo partidario. ¿Aumentar impuestos ahuyenta inversiones? ¿Es justo que quienes más tienen paguen más? ¿Orsi se desmarca del programa? ¿Por qué el presidente del Frente Amplio intervino con tanta firmeza?
Nada de eso es menor, claro. Pero tampoco es todo.
Lo que quiero proponer acá es una reflexión distinta. Una que no he encontrado en la conversación pública. Cuando hablamos del 1% más rico, parece que lo único que se nos ocurre es discutir si deben pagar más impuestos. Pero, ¿por qué cuando miramos a los ricos, solo los pensamos como sujetos tributarios? ¿Por qué no nos preguntamos nada más? ¿Qué pasaría si los miráramos como miramos a las personas pobres? Como personas con familias, con infancias, con prácticas de crianza, con relaciones que también merecen o necesitan ser interrogadas.
Hoy sabemos casi todo sobre los sectores populares. Qué comen, dónde viven, cómo crían a sus hijos, cómo se relacionan con el sistema de salud o la educación, con qué violencias conviven. Esa información se produce, se sistematiza, se difunde. Está en los informes, en los medios, en las conversaciones cotidianas. Sobre estos sectores hemos aprendido a mirar, a preguntar, a intervenir. Esa información es base para construir políticas públicas y es necesaria, pero también se ha vuelto parte de una mirada social que legitima la intervención constante, casi automática, sobre esas vidas. Se entra, se evalúa, se corrige, se orienta. Es normal que el Estado opine sobre cómo se cría en la pobreza.
Del 1% más rico, en cambio, no solo no sabemos casi nada: ni siquiera se nos ocurre preguntar. Apenas lo obvio: cuánto ganan, cuánto heredan, qué consumen. Pero no sabemos ni nos permitimos saber cómo se vive en esos hogares, cómo se cría, cómo circula el poder, si existe y cómo se reproduce la violencia -al menos- simbólica. Esa parte de la sociedad permanece blindada, fuera del radar público, como si no mereciera o no necesitara ser mirada.
¿Por qué? ¿Acaso creemos que donde no falta comida no hace falta preguntarse nada más? ¿Que los derechos sólo están en riesgo cuando hay carencias materiales? ¿Que la crianza deja de importar cuando sobran los recursos?
Me disculparán si cada vez que hablo de temas sociales, mi mirada se detiene primero en las infancias. Es ahí donde, para mí, se concentran las preguntas más urgentes y los desafíos más profundos. Tal vez sea una deformación profesional, personal o política, pero también creo que es un reflejo de una realidad que me trasciende. Porque si hay algo que nos une como país, incluso en medio de tantas diferencias, es la preocupación compartida por el bienestar de las niñas y los niños. Ahí donde muchas veces nos cuesta acordar, logramos hacerlo cuando se trata de cuidar.
Y justamente por eso, cuidar también debería significar mirar a todas las infancias, no solo a las que viven en la escasez. Pero también, y más aún mirar a todas las personas como personas. No como estadísticas, ni como problemas, ni como fuentes de ingresos fiscales. Mirar al 1% no solo como contribuyentes potenciales, sino como parte del entramado humano de esta sociedad: como madres, padres, hijas, hijos, vínculos, historias, entornos de crianza y maneras de comprender y relacionarse con el mundo. Mirar esos contextos con una mirada libre de prejuicios y expectativas, buscando comprender. Porque si realmente creemos que lo que ocurre en la vida cotidiana importa , en la infancia y en las familias, entonces también importa lo que pasa en los hogares que nunca miramos.
Este debate, que parecía centrado solo en un impuesto, puede ser la puerta de entrada a preguntas más profundas. Preguntas incómodas, pero necesarias. Porque no alcanza con mirar siempre hacia un solo lado. Si queremos comprender realmente lo que pasa en nuestra sociedad, necesitamos atrevernos a observar también aquello que ocurre en los extremos, en los márgenes menos visibles.
Y quizás lo urgente hoy no sea solo tener respuestas, sino abrir, con honestidad, las preguntas que no nos hemos estado haciendo.







