Igual que cada tardecita, ajenos a todo lo que no sean sus asuntos, se han instalado en lo alto del techo, con esa actitud displicente tan propia de los de su raza, cual si desde allí contemplasen el mundo sin importarles un comino la marcha de la economía del país, el cierre de fuentes de trabajo, la inseguridad ciudadana, las peleas de los políticos, las guerras y la diabólica legión de calamidades que estremecen el planeta…
Observándolos desde el patio, de repente, al hombre se le ocurre la idea: en cierto sentido, no es tan desatinada la postura de esos pibes que, en los últimos tiempos, han sido impelidos por su ánimo a identificarse con ellos.




