Uruguay en el siglo incierto: una cartografía de futuros posibles

Adelanto del libro de Amparo Menéndez-Carrión, Gabriel Delacoste, Rodrigo Alonso

ESCENARIOS PARA PENSAR EL FUTURO

Gabriel Delacoste

Cada día, desde hace unos cuantos años, al leer la prensa nos encontramos noticias como: estallidos sociales, corrupción, ingobernabilidad, reacciones fascistas; guerra, tensiones entre potencias, mercenarios, espionaje, masacres; automatización, inteligencia artificial, disrupción tecnológica; sequías, in­cendios, tormentas, deforestación, derrames de químicos, desplazamientos forzados. Es razonable decir que estamos viviendo un tiempo de crisis.

Estas crisis no se ven solo en la prensa, sino que son vividas directamen­te por la mayor parte de la humanidad, incluyendo a nuestra región. Chile experimentó el estallido de 2019, Argentina y Brasil victorias electorales ultraderechistas, Venezuela un ataque militar estadounidense, y en todos los países de la región se observa el crecimiento de la violencia, la corrupción y el control territorial de organizaciones criminales. Estas sociedades también sufrieron los efectos sobre sus bolsillos del «boom de los commodities» impul­sado por la demanda china, así como la inestabilidad que trajeron el fin de este boom y las disputas geopolíticas. Y vivieron, asimismo, la penetración de plataformas digitales sobre la vida cotidiana y el trauma de la pandemia de coronavirus. Rio Grande do Sul padeció inundaciones y derrames quí­micos, Uruguay la sequía, Chile y Argentina los incendios, y también las inundaciones. Y la lista podría seguir.

Más allá de los efectos económicos y vitales directos de los hechos mencionados, estos constituyen un momento subjetivo y cultural cuya tex­tura es difícil de describir. Pero podemos empezar por decir que el estrés, la ansiedad y la depresión han teñido la emotividad colectiva, consumándose una ampliamente diagnosticada crisis de salud mental. También forman parte de este clima la confusión, la disociación y la negación, devenida ideología a través de los varios negacionismos. […]

Además de ser difícil de entender, la situación mundial que estamos viviendo afecta nuestras esperanzas y expectativas de futuro. Se imponen sensaciones como que cualquier cosa puede pasar en cualquier momento, que nunca nada va a cambiar o que nada podemos hacer. Estas son sensaciones más que pensamientos, porque sin necesidad de ser consistentes o elabo­radas, están en el fondo de nuestra percepción de la época. Ganar claridad sobre cómo pensar en el futuro, aunque solo sea en un terreno especulativo, es una tarea importante para el presente […] que nos puede ayudar a salir de la angustia y la confusión.

Si parte de la confusión de vivir esta crisis es la sensación de una suce­sión de estímulos inconexos e incomprensibles, puede ser útil recurrir a las perspectivas que buscan entender el conjunto de la situación. La idea de que todas las crisis son una sola crisis circula insistentemente en el campo inte­lectual contemporáneo, con palabras como policrisis, metacrisis o permacrisis, hablando de una realidad en la que múltiples crisis simultáneas de escala planetaria se retroalimentan entre sí de forma impredecible. […]

Si volvemos a los eventos que mencionamos al inicio y los agrupamos, detectamos básicamente cuatro macrotendencias (y sus respectivas crisis): la inercia sistémica de la globalización (y su actual desestabilización); la emergencia de nuevos polos geopolíticos (y los conflictos que genera la po­sibilidad de un relevo en el lugar preponderante); la revolución tecnológica (y sus disrupciones); y la intensificación de la intervención del ser humano en la naturaleza (lo que produce una crisis ecológica global). A estas cuatro podemos sumar la quinta crisis, cognitiva. […]

Hay razones para considerar que cada una de estas tendencias va a continuar. Cada una de ellas está consolidada y se desarrolla desde hace décadas (como mínimo), obedeciendo a procesos históricos profundos. La continuidad de la globalización capitalista, la emergencia de poderes fuera de Occidente, la revolución tecnológica y la degradación de la naturaleza no parecen ser cosas que vayan a quedarse sin fuerza en el mediano plazo.

El problema es que estas tendencias aparentan ser incompatibles entre sí. Si la situación parece indicar una continuidad indefinida de cada una de estas tendencias, es difícil imaginar la continuidad de todas ellas en su actual intensidad: un orden liberal global que necesita estabilidad, logística just-in-time, un orden jurídico mundial y crecimiento económico perpetuo no puede continuar en un escenario de colapso ambiental, y tendría serios inconvenientes para mantenerse como régimen unificado si se consolida un multipolarismo geopolítico en el que las potencias aspiran a ejercer plena­mente su soberanía. Y aunque la globalización liberal parezca profundamente solidaria con el desarrollo tecnológico, las utopías poshumanistas y los mo­delos de gestión política que proponen las vanguardias de Silicon Valley son fundamentalmente distintos de la idea liberal de un mundo de individuos libres y democracias que comercian en un orden jurídico mundial. También es improbable que la Singularidad tecnológica conviva con un multipolarismo (un mundo de fragmentación tecnológica pondría peajes en la autopista de la información) y, más aún, con un colapso ambiental global. Y así podría­mos seguir. Usando sin mucho rigor la noción marxista de contradicción, podemos decir que estas tendencias expresan contradicciones que deberían resolverse, a escala sistémica, en favor de alguna de ellas, o producir una nueva situación completamente distinta.

El momento histórico presente tiene, así, mucho de contingencia e incertidumbre, dado que podemos avizorar que se abren bifurcaciones entre futuros muy distintos. Pero esta incertidumbre está a su vez montada sobre la necesidad de lo que ya ocurrió y la fuerza de las tendencias presentes. Lo que venga no va a salir de la nada, sino que va a ser el resultado de estas fuerzas.

Lo que requiere que recurramos a intuiciones teóricas sobre cómo pueden moverse las fuerzas y las tendencias. Es importante, en este punto, invocar la vieja idea dialéctica (que la teoría de sistemas permite pensar con más precisión) de que más y más de lo mismo puede producir su contrario: el mismo capital, en busca de acumular, genera tendencias que lo desestabilizan; el mercado mundial ofrece oportunidades que pueden ser aprovechadas por potencias emergentes que tengan ideas distintas sobre las reglas del juego; el crecimiento acelerado basado en combustibles fósiles desestabiliza las condiciones biogeoquímicas en las que fue posible el surgimiento del capi­talismo; las nuevas tecnologías pueden irse de control o abrir posibilidades que no estaban previstas en el régimen en el que nacieron. […]

Lo cierto es que no sabemos qué va a pasar, nadie lo sabe. Cuando se le pregunta a los power brokers del mundo qué futuro imaginan, las cosas no se ven bien. En una encuesta realizada por el Foro Económico Mundial (WEF, 2025) entre personas poderosas de todo el mundo, el 65 % de los encuestados dijeron que esperan, en los próximos diez años, catástrofes o turbulencias globales. Menos del 10 % espera estabilidad con disrupciones aisladas y menos del 1 %, un escenario de calma. […]

Vivimos en un contexto marcado por una enorme disonancia cognitiva: aunque todos sepamos perfectamente que la situación actual no va a seguir, y repetimos la idea del fin del orden liberal, no logramos pensar ni actuar de acuerdo a la posibilidad de una nueva situación. Hacemos de cuenta que todo va a seguir más o menos igual, con un poco de crecimiento económico, con permanente progreso técnico y básicamente el mismo sistema institucional, las mismas miserias y las mismas formas de vida, y con conflictos más o menos latentes u abiertos, pero nunca definitorios. Entender que existen diferentes posibilidades en el futuro implica dejar atrás esta forma de pensar, que es la única opción que tenemos si aceptamos los datos más básicos de la realidad, e incluso si leemos las noticias en la prensa.

Esto no quiere decir que podamos descartar la continuidad de la si­tuación actual, pero sí que no podemos darla por obvia para pensar y, lo que es más importante, para actuar. Además, cabe hacer otra constatación: no pueden descartarse los cambios bruscos. Esto, porque en un momento de bifurcaciones y turbulencias sistémicas pueden darse cambios de estado generales, notablemente más rápidos que las dinámicas incrementales que la idea de crecimiento o progreso nos ha inculcado. […]

Hay una crisis que no es ni la del orden liberal, ni la disrupción tecnológica, ni el relevo geopolítico ni la ambiental: la crisis cognitiva. Este quinto escenario depende no tanto de una tendencia sistémica, sino de la capacidad que tengamos para, guiadxs por el malestar y la angustia, atravesar las fantasías y hacernos cargo de nuestra situación, superando la crisis cognitiva. Lo que implica grandes trabajos intelectuales, emocionales y políticos; que necesitan, a su vez, de la reconstitución de la imaginación revolucionaria.

¿Por dónde comenzar esta tarea? Primero, reconociendo que ya está em­pezada. Existen largas y ricas tradiciones de pensamiento y práctica revolucio­naria, condensadas en textos y organizaciones a los que podemos recurrir en busca de reconstruir nuestra autonomía intelectual. Esto es muy importante cuando los intelectuales liberales, tecno-optimistas y nacionalistas ponen los términos del debate y colonizan las discusiones internas de la izquierda. Será preciso, entonces, recurrir a la historia intelectual de la izquierda, pero también a las capacidades cognitivas y políticas de la clase trabajadora, e inventar ideas y prácticas nuevas, haciendo uso de las herramientas teóricas de la ciencia contemporánea, especialmente de la teoría de sistemas. […]

Si al lector de 2026 le parece improbable que se abran caminos re­volucionarios, lo invito a preguntarse si no le resulta extraño que, en el momento desesperado en el que más necesitamos la revolución, más lejos está. Lo que presenta otra pregunta: ¿se encuentra realmente tan lejos? Quizás está extremadamente cerca, alojada en su deseo, el mío y el de mu­chísimas personas más, e incluso de muchas aparentemente despolitizadas o incluso reaccionarias. ¿O no hay en la estructura del deseo progresista, aceleracionista, multipolarista y colapsista fragmentos de imaginación re­volucionaria a los que se puede apelar, gramscianamente, en la construcción de un buen sentido?

Quizás la revolución no aparezca. Pero conviene, de todos modos, pen­sar en la posibilidad de que sí; para empezar porque, si es efectivamente un proceso consciente, necesita que haya quien piense en ella. El trabajo de imaginar la revolución es el trabajo de la restauración del futuro. De enten­der que sea lo que suceda en el futuro, será el resultado de lo que hagamos quienes hoy estamos vivos. Las tendencias no son externas a nosotros. Son el resultado agregado de nuestra propia acción. Somos el movimiento de la historia. ¿Cómo va a ser? Como lo podamos hacer. Aunque no sepamos exactamente cómo, sí sabemos que […] es necesaria mucha militancia, mucha construcción de conocimiento, mucha imaginación para la creación de nuevas instituciones y mucha voluntad de disputa y de construir política de masas.

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