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Guerra comercial con nuevo orden  por Ruben Montedonico

Guerra comercial con nuevo orden   por  Ruben Montedonico
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Como principal figura de la potencia hegemónica del capitalismo -por su poderío económico y, sobre todo, dada su capacidad industrial-militar-, se emiten juicios sobre el presidente de Estados Unidos (EE.UU.). Lo consideran, unos, practicante cotidiano de la exaltación narcisista y el exabrupto; otros lo desprecian como a una suerte de nuevo Nerón.

En días pasados, derivado de la discusión sobre las relaciones comerciales con Europa, China y otros socios, se comenzaron a analizar posibles consecuencias para Estados Unidos (EE.UU.) y el mundo de la guerra comercial desatada, al tiempo de admitir que las disposiciones de corte proteccionista -que suponen valladares contra la globalización en curso- han dado alentadores resultados en la renta per cápita y para ciertos sectores económicos del país, de esos que “forman y moldean la opinión pública”: contención del gasto público; expansión del presupuesto militar; incremento ordenado de las tasas de interés interbancario; desempleo de 4%; crecimiento del PIB (2.2% en 2017)  y un prometedor 3% anual para este 2018. Estos datos económicos exitosos para una nación desarrollada están sujetos a la prueba de las urnas en noviembre en que parcialmente se renovarán integrantes del Congreso federal y 39 gobernadores.

Para complacer a los seguidores, entre las diversas luchas económicas que se libran en el mundo debemos ocuparnos de la principal, la que corresponde con la posición estratégica actual de EE.UU., donde la corriente que apoya al presidente Donald Trump -o que éste representa- tiene en sus integrantes un amplio espectro de grandes grupos de interés cuya pretensión es imponer otra conducta supremacista internacional o, lo que es lo mismo, pretende instaurar un nuevo orden internacional.

Si entendemos esta maniobra, estaremos hablando y empezando a comprender que deberán cambiarse las normas geopolíticas para que den resultados económicos, lo que de cara a la Europa comunitaria pasa por erigir barreras arancelarias de protección que incrementen el ingreso de bienes y servicios de allende el Atlántico y protejan al productor interno. Esto, que parece tan sencillo de comprender, supone un grado de confrontación y resentimiento con la parte europea que, además, se ve atacada por toda una parafernalia de instrumentos que incluyen hasta las calificadoras de riesgo, mayoritariamente de origen estadunidense.

Por supuesto, este nuevo campo de guerra producirá “heridos” en varios bandos. Así, es factible que países productores de África -en particular del área subsahariana-, que padecieron en el pasado la conquista y dominio de sus territorios, que admiten hasta hoy una especie de tutelaje económico sin bandera por parte de corporaciones de las antiguas naciones que las sojuzgaban, hagan a un lado la historia y se vinculen estrechamente con la Unión Europea. Cuentan, asimismo, con las oportunidades que ofrece China -otro gran beligerante enfrentado a EE.UU.- que les abre la “nueva ruta de la seda” y les permite aprovechar de la mano de Pekín su paso preeminente hacia el mercado del sudeste asiático. Algo no menor, de tono similar, va a ocurrir con otro competidor estadunidense, Rusia, cuya influencia en zonas de Medio Oriente es creciente. Se trata de una región en la que en principio -y sólo en él- quedarían Israel y Arabia Saudita en buenas relaciones con EE.UU.

El lugar de Europa como parte de un espacio de dominio estadunidense desde el Plan Marshall, empieza a estar en veremos, con Trump retirándose de los compromisos inherentes a los Acuerdos de París sobre cambio climático y más tarde con sus actitudes durante las reuniones del G7 y la Otan, se pautan tiempos que alejan los acuerdos comerciales con el conjunto comunitario. El Brexit en curso y el pedido de la premier británica, Theresa May, de suscribir un Tlc con Washington, auguran un nuevo rumbo estratégico del binomio confrontado con el agrupamiento continental.

La situación abierta por la guerra comercial iniciada por la administración Trump incluso permitirá revivificar al alicaído grupo de los BRICS y que hasta la sufrida Península Ibérica pueda beneficiarse de su situación bisagra entre Sudamérica -en particular con los integrantes de la Alianza del Pacífico- y el sudeste de Asia.

Según se visualiza, luego de echados a andar los cambios y las nuevas coordenadas en el mercado internacional, donde la guerra comercial indefectiblemente aumentará las competencias, los cambios y obligará a la readecuación de los bloques, no se podrá volver atrás. Asistiremos a un panorama en que habrá beligerancia económica y financiera en diversos ámbitos y en el que commodities esenciales serán objeto de intensas pugnas; una idea cercana nos la puede dar la lucha por tener presencia -con intención dominante- en la extensa zona costera atlántica brasileña, conocida como Presal, esa formación geológica de la plataforma continental debajo de la capa de sal en el lecho marino de la que, por ejemplo, se dice que a unos 7 mil metros de profundidad esconde los mayores bolsones de petróleo del mundo. El nuevo escenario internacional contiene en sí mismo condiciones geopolíticas distintas a las habidas hasta ahora. Agréguese a ese futuro la robótica y la revolución en el mundo del trabajo, donde deberán darse nuevas reglas.

 

Pero, por si algo faltara, véase cómo operan contra el desarrollo de los países periféricos las corrientes financieras ilícitas que posibilita el mundo offshore, donde se dan múltiples operaciones de evasión y de elusión fiscal de empresas transnacionales y de la élite global; la apropiación indebida de activos estatales; el lavado de dinero producto de actividades ilegales y se ocasionan pérdidas a los países en desarrollo. Se trata de un mundo singular de finanzas ilícitas que acompaña la acumulación de capital y trae consecuencias crueles para la concreción de los derechos humanos de las grandes mayorías.

Este es el mundo que nos espera a la vuelta de la esquina.

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