Home Indisciplina Partidaria La pandemia como sinopsis del futuro por Hoenir Sarthou

La pandemia como sinopsis del futuro por Hoenir Sarthou

La pandemia como sinopsis del futuro por Hoenir Sarthou
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Pronto se cumplirá un año desde que la OMS declaró la pandemia. A partir de esa declaración, en el mundo comenzaron los enclaustramientos, la paralización económica, el cierre de empresas,  la pérdida de empleos, la supensión de cursos lectivos y de toda clase de encuentros sociales, la postergación de la atención de otras enfermedades, se profundizaron el teletrabajo y la telecomunicación,  se impusieron el distanciamiento físico, los tapabocas, el control social por medios virtuales,  la censura en las redes sociales y restricciones  severas al derecho de reunión, la libertad ambulatoria y las garantías individuales.

Los debates que despiertan esas medidas, así como los que genera la propia declaración de pandemia, suelen estar centrado en los motivos, tanto de la declaración como de las medidas. Unos afirman que la pandemia es real y gravísima, y que las medidas son indispensables para demorar el contagio y evitar la saturación de los centros hospitalarios, mientras que otros sostienen que todo el fenómeno es un plan elitista destinado a acumular riqueza y poder, cuando no a esclavizar o extermnar a la humanidad. Entre medio, obviamente, hay una enorme gradación de credulidades y escepticismos que no tiene sentido reseñar aquí.

Lo que me interesa considerar hoy no son los motivos de las políticas pandémicas, sino las condiciones que las hicieron posibles.

La humanidad ha soportado muchisimas epidemias y pandemias en el pasado, y nunca, en toda la historia, se habían adoptado en forma simultánea y global medidas tan drásticas para evitar el contagio como en este caso. La pregunta obvia es, si esas medidas son buenas y necesarias, ¿por qué no se adoptaron en el pasado? Y, si no lo son, ¿por qué se adoptan ahora?

Mi hipótesis es que esas medidas son posibles hoy, y no lo eran en el pasado, porque el trabajo humano –e incluso el consumo humano- están perdiendo abrumadoramente su papel y su valor relativo en la economía (tomen esta afirmación como hecha en borrador; es una idea que apenas estoy considerando y, como no soy economista, puedo cometer imprecisiones o errores que agradeceré se me señalen). Mientras tanto, sigo adelante.

En una oficina, con un celular y a lo sumo una computadora, una persona puede cumplir tareas que antes requerían a cinco, seis o diez personas ( ¿qué fue de las telefonistas,  recepcionistas y secretarias, de los cadetes y archivistas, de los dactilógrafos y gestores?). En la industria y en la agricultura, las máquinas “inteligentes”, o dirigidas por una persona a través de sofisticados sistemas de computación, pueden hacer el trabajo de cientos o miles de obreros. Incluso las tareas técnico-profesionales tradicionales (médicos, abogados, contadores, etc) podrán ser sustituidas pronto, en su mayor parte, por máquinas que tendrán menor margen de error que los humanos. Y la robótica anuncia cosas aun más sorprendentes.

Para el paradigma marxista, en que producción equivalía a trabajo humano, el  trabajo humano equivalía a explotación, y el valor de los objetos equivalía al trabajo humano condensado en ellos, la noticia es desconcertante.  No menos lo es para el tradicional discurso conservador, para el que el trabajo y el ahorro eran la base de la fortuna.

 

En síntesis, el funcionamiento del mundo demanda cada vez menos trabajo. A lo sumo, un reducido contingente de científicos y de técnicos altamente calificados podría hacer todo lo necesario.  Eso apareja una consecuencia dramática: en términos de producción, buena parte de la humanidad es innecesaria y podría ser considerada prescindible.

Cada vez que he esbozado esta idea a alguien más versado que yo en economía, la reacción ha sido estirar los labios y mover la cabeza en señal de desaprobación. “No, – me dicen- porque ¿a quién se le vendería la producción si la gente no tuviera capacidad de compra y de consumo?”

Hasta ahora no me había animado a responder a esa objeción. Pero algo me da vueltas en la cabeza. ¿Y si estamos manejando un paradigma viejo? ¿Y si la riqueza no consiste en producir mucho, vender mucho y ganar mucho dinero? ¿Y si el dinero no fuera la verdadera medida de la riqueza, o fuera sólo la medida de riqueza que manejamos los pobres?

¿Cuál es el único valor absoluto, aquello que asegura poder y capacidad de intercambio en forma indefinida?

Parece obvio: el control de recursos finitos e indispensables para la vida. Si alguien lograra controlar, por ejemplo, el agua, la tierra productiva y las semillas (tres cosas que, juntas, todavía siguen  equivaliendo casi a la comida), fuentes de energía, algunos minerales, productos químicos y ciertas tecnologías, tendría verdadera riqueza y, sobre todo, poder absoluto. Lo otro, el dinero, las acciones, los bonos, los créditos, son valores políticos. Dependen de la estabilidad de los Estados y de las empresas para defenderlos. De hecho, sus valores suben o bajan en función de jugadas especulativas y de decisiónes politicas.

Les propongo un ejercicio distópico. Supongamos que alguno de nosotros, siendo ya muy rico, obtuviera el  monopolio de un recurso natural escaso e indispensable, por ejemplo, un mineral raro necesario para  desarrollar ciertas tecnologías. ¿Qué le convendría más? ¿Extraer mucho y venderlo masivamente para ganar mucho dinero, o extraerlo dosificadamente y venderlo a mejor precio, para que dure más y adquiera mayor valor de intercambio?

La respuesta es obvia. Porque seguir controlando un recurso estratégicamente necesario es mucho más valioso que cambiarlo por dinero cuyo valor es inestable. Si ese razonamiento fuera acertado, y el consumo masivo de bienes escasos no fuera el mejor negocio, gran parte de la humanidad sería innecesaria, ya no sólo como productora sino también como consumidora.

Tres cosas fortalecen la hipótesis que estamos analizando: 1) Las grandes fortunas del mundo –fuera de la actividad financiera que siempre tuvieron- están invirtiendo en tierra y recursos naturales, investigación biogenética, química,  agroindustria y nuevas fuentes de energía (Bill Gates, por ejemplo, parece haberse convertido recientemente en el mayor propietario de tierras agrícolas de los EEUU). 2) El Fondo Monetario Internacional les está suministrando dinero a los Estados a manos llenas y, por primera vez en la historia, les aconseja gastar sin restricciones. 3) Desde hace algún tiempo, se habla insistentemente, ya no sólo en círculos académicos sino políticos y económicos, de instaurar alguna clase de renta básica universal.

Si los muy ricos invierten en cosas tangibles y en tecnología, si el FMI aconseja derrochar dinero, y si se maneja la idea de suministrarlo a los pobres, son señales claras de que el concepto y el valor del dinero podrán no ser ya lo que eran.

La relación entre trabajo y dinero  ha sido el gran eje vertebrador de la vida social durante muchos siglos. Por eso, la idea de un mundo en que el trabajo sea prácticamente innecesario y el dinero deje de provenir del trabajo para convertirse en dádiva estatal , o de poderes fácticos que controlan los recursos necesarios para la vida, es especialmente inquietante. Es un cambio que rompe todos los esquemas, tanto los del capitalismo clásico como los del marxismo, y, me atrevería a decir, de casi cualquier “ismo” económico, político o filosófico que ande por ahí. Que la riqueza no dependa del trabajo es una noticia muy removedora, sobre todo para quienes han vivido siempre de su trabajo.

La progresiva irrelevancia del trabajo en la economía determinará un creciente desnivel en las relaciones de poder entre quienes detentan los recursos valiosos y quienes antes suministraban la fuerza de trabajo. ¿A quién hacerle huelga y reclamarle aumentos, laudos, paritarias y consejos de salarios, si la producción de riqueza no requiere ni depende del trabajo? Es más, ¿qué clase de democracia política podrá existir si el mundo se transforma en un gigantesco MIDES, con miillones de desocupados que dependen de rentas básicas financiadas por aportes de ricos que no necesitan del trabajo ajeno?

Es imposible no relacionar esa inminente pérdida de valor y de poder de negociación del trabajo con las políticas pandémicas.

Un mundo que puede darse el lujo inédito de cerrar sus pequeñas y medianas empresas, perder millones de puestos de trabajo, condenar a la pobreza a más de cien millones de personas (datos de la ONU) era impensable hace pocas décadas. Es la pérdida de significación del trabajo en la economía mundial lo que lo hizo posible.

Cabe preguntarse cuál será el destino de los miles de millones de personas que no tendrán trabajo en los próximos años.  Porque la pandemia no hizo más que acelerar y facilitar un proceso que ya estaba en curso. Un proceso que probablemente concluirá por considerar económicamente excedentaria a buena parte de la humanidad.

Y, claro, esa parte excedentaria de la humanidad no puede aspirar a que se la mantenga empleada, ni a una educación que le permita razonar con lucidez, ni a atención médica de calidad, ni a un marco de libertades y derechos que la vuelva incontrolable. Es mejor que esté asustada, deprimida, social y humanamente aislada, recibiendo información controlada a través de los medios y las redes,  sometida a vigilancia virtual por su propio celular y su propia computadora. Y que se maneje como pueda.

Cualquier parecido entre ese mundo distópico y esta prolongada sinopsis del futuro que estamos viviendo no parece en absoluto una casualidad.

 

 

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