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La patria se hace luchando, historia de los GAU

La patria se hace luchando, historia de los GAU
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El lunes 30 de julio se presentó en La Huella de Seregni el libro escrito por Martín Ponce de León y Enrique Rubio sobre la historia de los Grupos de Acción Unificadora (GAU). Por primera vez surge un relato sobre esta esta organización política de la izquierda uruguaya que tuvo un importante protagonismo en la década del 70.  Transcribimos los comentarios realizados en dicho evento por Fernando Pereyra, presidente del PIT-CNT; por Graciela Borelli, hermana de un desaparecido de los GAU, Raúl Borelli, y por el historiador Gerardo Caetano.

 

FERNANDO PEREYRA

De verdad es un placer que Martín y Enrique me hayan invitado a comentar un libro de la historia reciente, por varios motivos. Da la impresión de que en Uruguay hay una única historia, una única resistencia y una única defensa democrática en los años ochenta, o una única visión de cómo se conformó la ASCEEP, y de cuál fue el vínculo de la CNT en el exilio, o la participación de la izquierda en el exilio. O cuál fue la resistencia nacionalista, la del Partido Nacional en la dictadura. Hay muchas historias que han quedado en el camino como producto de que se escogió —no sé si equivocada o acertadamente— esperar un tiempo prudencial para escribir sobre la historia del pasado reciente. Creo que la mayor parte de los uruguayos no sabe sobre la existencia del GAU, que no sabe que antes de la dictadura y hasta el año 85 existió un grupo de compañeros que formaron una organización, y que probablemente no sepan por una decisión que supongo se tomó dentro del GAU. Cuando yo llegaba a la CNT y había algo muy prolijo, muy metódico, enseguida decían: “Esto debe ser de algún GAU”. Y esa historia ya tiene treinta años o más. Esa broma, en cierta manera, tiene una parte de verdad. El libro es muy cuidadoso. Parto de la base de que el libro es una escuela de unidad, porque uno puede contar su historia sin importar cuánto dolor le puede costar al otro, o puede contar su historia, real, igualita, idéntica, sin lastimar al otro. Uno elige. En el último tiempo estamos eligiendo la que hiere al otro, con lo cual la política se deteriora y se entra, en cierta medida, en una escala de degradación en donde parece que ejercer la actividad política o sindical casi fuera un pecado por el cual hay que explicarse. O sea, de pasar a ser un militante de doce o catorce horas, uno tiene que explicar si trabaja. Es una cosa bastante absurda. Incluso con los diputados y senadores. Me consta que hay compañeros, y compañeros de todos los partidos que dedican todo el día a la actividad política, no solo a estar dentro del Parlamento. Y nadie defiende eso como parte de una profesión, de un trabajo, de un conocimiento, de que se puede llegar o no a ese lugar y de que hay otros compañeros que lo ejercen desde otro sitio. Hay cosas que hay que dejarlas para la lectura del libro, pero hay algunas pistas, que sirven para discutir la política del futuro. Por ejemplo, si es necesaria en el Uruguay la formación de cuadros. Esta discusión de formación política, incluyendo aquellos autores que uno no comparte tanto pero que hay que leerlos por su profundidad o porque simplemente te enriquecen. Hay una parte del libro que a mí, particularmente, me parece trascendente para pensar el futuro y que tiene que ver con la formación de los cuadros políticos y que creo que ha sido abandonada por los partidos políticos y, en cierta medida también por los movimientos sociales, sin dejar de lado al movimiento sindical, aunque tenga una escuela sindical. No sé si estamos llegando a la cantidad suficiente de trabajadores. Una segunda pista es la de la unidad sindical, y del papel que jugaron compañeros como Héctor Rodríguez. Recién hablaba con el Pájaro Vilaró. No sé si el movimiento sindical le ha dado a Héctor Rodríguez el valor que tuvo en la construcción de la unidad. Él y otros compañeros. Pero claramente él jugaba un papel trascendente. Acá hay dos o tres compañeros que nos encontramos algún sábado que otro en la feria juntando materiales y libros viejos, debates de aquella época; discutimos cuál es la biblioteca de debates más grande, sobre todo de debates sindicales. Está claro que si uno se pone a leer con atención el libro, y en particular los debates de la época, se ve que Héctor construyó una forma de ver el debate sindical que hoy sigue estando vigente. Por ejemplo, cuando define que una cosa es la actividad sindical donde hay que convocar a los trabajadores de todos los partidos políticos a participar de las asambleas, y escucharlos a todos con mucho oído y amplitud, y esa es la actividad de un dirigente sindical en su lugar de trabajo. Pero eso no es un obstáculo para que ese dirigente social o sindical pueda, al mismo tiempo, ejercer actividad política. De hecho, Héctor fue diputado. A mí, particularmente, en la década del 70 me cuesta encontrar un convenio tan completo como el que firmó el Congreso Textil con la patronal textil. Eran patronales durísimas. Hay un cierto homenaje a una figura transcendente y de la cual, por cierto, el PIT-CNT no va a dejar pasar su centésimo aniversario, y de hecho ya está trabajando la comisión de fundadores. El propio secretariado ha tomado el tema, a los cien años de su nacimiento. Nació un 14 de agosto, seguramente sobre finales de mes habrá un gran acto en el PIT-CNT donde se recuerden ejemplos de esta vida. Hay una frase que no encontré en el libro pero sí en debate de los años sesenta, una frase que a mí, cada vez que la escucho, me logra conmover: “El discurso más duro no es el que más duro suena sino el que más gente convoca.” Claramente es un discurso que llama a la gente a construir su propia historia y que no cree que el dirigente sindical solo pueda construir la historia de todos, y que cree que esa historia solo se puede construir si miles de trabajadores se suman a la lucha, y que difícilmente lo hagan si el discurso del dirigente sindical no es claro y amplio, y si no admite la diferencia y la amplitud de pensamiento. El libro, claramente, también recoge lo que fue la resistencia a la dictadura y la cantidad de desaparecidos, de presos, de exiliados. Lo que significó para la izquierda uruguaya, en su más amplio abanico, advirtiendo que la izquierda también está fuera del Frente Amplio y que parte de las personas que tienen sentimientos de justicia social también están fuera del Frente Amplio, y que fueron resistentes a la dictadura militar. Me refiero al Wilsonismo, pero también a muchos otros sectores pequeños de partidos tradicionales que jugaron un papel destacado y que tampoco, muchas veces, son lo suficientemente descritos en la historia reciente. Pero el libro recupera la lógica de que hubo una resistencia pensada, de cuadros que soñaban con que la dictadura finalmente iba a terminar. También se recuerda lo que fue la resistencia de la huelga general, y la cantidad de incertidumbres que hay sobre eso. Soy de los que cree que esas diferencias no se van a laudar nunca. Si el día que comenzó la huelga estaba bien, o si lo estaba el día que se levantó o si fue suficiente la cantidad de días. Ahí hubo una diferencia importante, sobre todo sobre el levantamiento de la huelga. Lo cierto es que este debe ser el único país en el mundo donde ante una dictadura militar se convoca una huelga general con ocupación de los puestos de trabajo. En esto los compañeros jugaron un papel determinante. Muchos de los compañeros que menciona el libro han sido mis compañeros de militancia, como Germán Riet o Juan Manuel Rodríguez. Con Héctor tuvimos un vínculo, él ya bastante veterano, nos juntamos una cantidad de veces. Y realmente son cuadros que le han aportado mucho talento a la izquierda y al gobierno de la izquierda. De repente esto es de análisis más reciente todavía, pero hay cuadros GAU que han participado en los gobiernos de izquierda en el Uruguay y que creo que han sido un aporte muy valioso. Y no solo lo creo porque los voté. En más de una oportunidad hablé sobre Héctor con José D’Elía, porque era común que D’Elía volviera a la historia, a repensar el movimiento a obrero. Varios de los compañeros lo saben. En muchos momentos hablábamos de él y del papel que Héctor jugaba en la unidad del movimiento sindical, como otros tantos compañeros lo jugaron. Me refiero a Gatti, a Duarte, a D’Elía. Pero este hombre se ve que te tenía alguna particularidad, porque hables con quien hables de esa generación, y me refiero a los que les tocó militar en sociedades más fermentales, lo recuerdan como un tipo muy unitario. Sé que la historia cuarenta años después se encarga de mostrarnos a todos muy unitarios, pero mientras se va construyendo el formato de unidad todos lo recuerdan como un hombre muy unitario. El libro está cargado de humanidad, vale la pena. Está cargado de humanidad, de recuerdos, de vivencias. De la militancia política como centro de la vida de las personas, de la militancia política con objetivos claros, con sueños, con utopías, con conclusiones ideológicas, con formulaciones políticas que luego serán mejor o peor interpretadas pero que están colocadas en la historia del Uruguay, en la construcción de su izquierda y de su movimiento sindical unitario. Están construidas también en la defensa de la democracia y la resistencia a la dictadura, y en la reconstrucción democrática. Un momento que no siempre lo evaluamos adecuadamente. Porque íbamos a salir de una dictadura luego de doce años, y en Uruguay se había conformado una organización que se llamaba PIT, cuya mayoría de dirigentes oscilaba entre los veintiuno y los veinticuatro años. Siempre doy el ejemplo de Juanjo Ramos, que me parece paradigmático, porque fue presidente de AEBU banca privada con veintiún años. Es decir, esa generación casi no había tocado la generación exiliada o presa. Y sin embargo todos ellos se sentían CNT. Hay varias formas de interpretar esto, o en la casa de cada uno de nosotros, en algún momento del día o de la noche alguien se animaba a recordar que existían partidos políticos y movimiento sindical y social, es lo que a mí me pasó: yo no dudaba que ese movimiento sindical que se estaba formando era parte de la CNT, y de hecho fue así. Lo mismo con ASCEEP y esa generación, la del 83, que para mi gusto está muy bien definida en el libro, en el sentido de que fue una formulación compleja, pero donde todos entendían que era la continuidad de la FEUU, y así lo demostró la historia. Y también revela algo sobre lo que deberíamos buscar las pistas acerca de por qué no está pasando: el peso que los estudiantes tenían en los setenta y sesenta, el peso que tuvieron en los ochenta, y no el peso suficiente que creo que deberían tener en la actualidad. Es decir, la FEUU sigue siendo muy potente pero me da la impresión de que se necesita un estudiantado y una intelectualidad mucho más comprometidos con la renovación política e ideológica y con la búsqueda de caminos hacia sociedades más justas y equilibradas. Lo cierto es que esa generación 83 jugó un papel fundamental en la construcción de la sociedad que hoy tenemos. Este conjunto de detalles que menciono y que están bien descritos en el libro, de una forma muy didáctica pero sobre todo muy humana, de alguna manera revela la cantidad de historias que los uruguayos no conocemos sobre la izquierda en el Uruguay. O que hemos escuchado pero como cosa muy lejana, o como un chiste. Comparto que ojalá vengan muchos otros aportes que hablen sobre la historia reciente, también sobre la construcción del pensamiento. No podemos olvidar la historia reciente de nuestros desaparecidos, y de hecho no lo hemos hecho ni un solo año. Es una parte que tiene que estar viva, la verdad, la memoria, la justicia, el Nunca Más, el que aparezcan los restos. Pero no podemos olvidar el por qué llegamos a esas circunstancias, porque si no, en cierta manera, les quitamos el alma y la risa a esas personas, que tenían sueños, que peleaban por ideas. Creo que el libro muestra bien cuáles eran las ideas que sustentaban los compañeros del GAU. Tuve la suerte —aunque no sé si fue suerte— de estar en el momento donde de alguna manera se develó lo que pasó en la Armada con los compañeros del GAU. Los compañeros estaban recontra conmovidos. Sería imposible describir las circunstancias. Parto de la base de que además de las personas y los compañeros, a los que uno recuerda porque militó con ellos, y hay buenas fotos de ellos en el libro, que dieron todo lo que tenían por el bien mayor, dieron la vida para intentar construir una sociedad más equilibrada. Creo que hay que reconstruir esas sonrisas, que están cargadas de ideas, sueños y esperanzas que los militantes de cualquier sector de la sociedad no deberíamos nunca abandonar. No puede ser que nuestras banderas sean solamente vivir un poco mejor, y debe haber otros sueños que uno pueda levantar con el mismo entusiasmo, con las mismas ganas y efervescencia como creo tenían los GAU y otros sectores de la izquierda uruguaya. Yo militaba en el año 1984 en la lista 99, y por unos días fui miembro de la IDI.  Se ganó el congreso de Parque Posadas y se perdió a los quince días. Vino un compañero bastante ácido, Manuel, y me dijo que disfrutara ese momento porque iba a durar días. Y tenía razón. No me acuerdo por cuánto perdimos el segundo congreso, pero fue más o menos nueve a uno. Lo cierto es que a través del tiempo logré conocer a muchos de estos compañeros, cuadros políticos muy fuertes de la izquierda uruguaya, de una forma de sentir y vivir la izquierda. Con esas y otras múltiples formas de vivir la izquierda en el Uruguay se han construido herramientas que son muy potentes y que la propia historia se va a encargar de remarcar. El PIT-CNT y el Frente Amplio sin duda han sido herramientas fortísimas, construidas por hombres y mujeres que de alguna manera creyeron que la unidad era un proceso posible, que creyeron en el Congreso del Pueblo como una herramienta de construcción programática. Para compañeros que defendían su salario era difícil decir: “Pensemos un poco más allá del salario, pensemos en cómo construir otro país, en cuál sería la política al servicio de la nación.” En un país que creo que se ha dado algunos lujitos interesantes, como la construcción del CIDE y del Congreso del Pueblo. Me parece que nuestra izquierda tiene muchas cosas por las cuales enorgullecerse, en lo político y en lo social. No siempre lo hacemos. Pero hay mucha historia recorrida, y no solo en la construcción del Frente Amplio y del PIT-CNT. Me refiero también al movimiento cooperativo, a la participación en las actividades sociales, barriales, deportivas. Ese capítulo habría que tratar de vicharlo nuevamente. Muchas gracias de nuevo por la invitación.

GRACIELA BORELLI

En primer lugar quiero agradecerles a Martín y a Enrique por invitarme a compartir esta mesa. Para mí es un honor. Después, decirles que no tengo la verborragia de mis compañeros. Y que además, desde el punto de vista afectivo, prefiero leer lo que escribí. Quiero expresar la alegría por la concreción de este libro de vivencias y recuerdos. Sin duda, era un debe para la memoria histórica dimensionar el aporte de los GAU en el pasado reciente. Y rescatando, además, a quienes fueron protagonistas y hoy no están, y por quienes sentimos un profundo respeto. En la medida en que leía el libro también me di cuenta que contempla la necesidad de quienes de diferente manera fuimos parte de todo este proceso. Como lo expresan los autores en los propósitos que los llevan a escribir este libro, es una deuda adquirida en materia de verdad y justicia con aquellos jóvenes luchadores muertos y desaparecidos, con quienes teníamos una relación entrañable. Ellos también se merecen este espacio que compartimos hoy por la memoria, contra el olvido. Es decir, esta instancia que nos reúne y nos convoca en el recuerdo de nuestros compañeros que ofrecieron lo más preciado de sí mismos en pos de un mundo y una humanidad mejor que la que vivíamos en aquellos tiempos. El dolor que significa que la desaparición de nuestros familiares y compañeros difícilmente pueda mitigarse mientras no conozcamos la verdad de lo que sucedió y los responsables paguen por sus actos. Nada mejor que recordarlos, significarlos y resignificarlos como jóvenes comprometidos con su momento histórico, intentando, desde la oscuridad de los tiempos, los cambios necesarios para una vida mejor con justicia y libertad. Y que intentaban, a pesar de la bestial represión, en su infame expresión, eran una jauría que se paseaba alegremente por estos confines, destrozando vidas, ilusiones, matando, robando niños, en un juego perverso que aterroriza al ser humano. Así recordamos a Raúl, con su permanente alegría y optimismo, y en sus eternos veintitrés años. A Mario y a María Antonia. A Julio, en cuyos ojos, Ricardo, su hijo nacido en cautiverio, lo tenemos enfrente. A Fernando, a Hugo. Y a quienes no conocimos. A todos los vivimos como nuestros desaparecidos. Este dolor al que uno ha logrado buscarle un lugar en el corazón para que no nos inmovilice y nos permita continuar la búsqueda de una verdad arteramente esquiva. Muchas complicidades ocultan la verdad. La mayoría de los represores siguen fascinados por su conducta de destrucción, de ciertos relatos de autoconvicción por las muertes provocados en torturas, en asesinatos, en violaciones, en robos de niños. Aún hoy asistimos a actos de espionaje, de robo, de vandalización, que alarman y preocupan profundamente. Para mí no está ni de cerca asegurado el Nunca Más. Y, al final del libro, hay un apartado testimonial muy sentido de nuestros compañeros desaparecidos, escrito por quienes los conocieron y militaron con ellos, y quienes los quisieron. Voy a tomar uno que conozco de hace mucho tiempo pero que nos llegó a todos muchísimo, y que justamente está referido a mi hermano Raúl. Lo escribió Julio, el hijo de Raúl Gámbaro, uno de nuestros compañeros desaparecidos en la brutal represión al GAU hecha por el FUSNA a fines de 1977, en Montevideo y Buenos Aires. Raúl, mi hermano, era un apasionado de la astronomía y poco antes de ser secuestrado había comprado un telescopio. Y escribe Julio, el hijo de Raúl Gámbaro: “Me acuerdo de la pasión de un joven. Yo era solo un niño pero aquella vez, quizás la primera, un amigo de mi padre me pareció joven y no por diferencia de edad entre ellos, sino por su entusiasmo. Un noche tórrida mi hermano y yo, en religioso silencio, sentados en la orilla de una calle argentina, mi padre de pie, observándome con interés mientras aquel chico, de nombre Raúl Borelli, nos enseñaba las estrellas con mágico transporte.” Ese es el recuerdo del niño. Y nuestros desaparecidos y muertos permanecen, así como permanecen esas estrellas en el firmamento a pesar de las nubes que los cubren por momentos. Allí están y estarán, reviviendo en cada instancia la injusticia. Siendo ejemplo, ojalá, para que los jóvenes den lo mejor para que pueda nuestra especie ser digna de evitar el mundo que nos tocó vivir. Están y estarán presentes para siempre. Pero el recuerdo no es suficiente, los tiempos corren, se acortan. En un pacto han destruido muchísima documentación. Pero debemos continuar todos la búsqueda incansable de la verdad, no solamente por lealtad a nuestros compañeros, ni siquiera por la paz de nuestras almas, sino por la absoluta convicción de que sin justicia ni verdad no habrá garantías de que actos de esta barbarie no vuelvan a repetirse. Muchas gracias.

 

GERARDO CAETANO

Quiero agradecer a Martín y a Enrique la elaboración de este libro y la invitación a hablar en su presentación. Creo que es un libro que debe ser bienvenido. Había muy pocas cosas sobre los GAU y eso era una injusticia absoluta. Es un libro muy necesario, en particular para la izquierda uruguaya de hoy, que necesita espejos bien exigentes, como por ejemplo la historia de los GAU. Los autores en el prólogo han dicho que es más memoria que historia, lo cual es una lúcida autopercepción. Y que no hay que referir de manera vergonzante, sino todo lo contrario. Obviamente es la historia de un colectivo, pero con nombres propios. Es una historia de ideas, sin lugar a dudas. Un colectivo en que las ideas jugaron un rol muy importante. Pero con personas y nombres. Por ejemplo, y de manera inexcusable, la referencia de ese gigante que fue Héctor Rodríguez, cuyo centenario debemos conmemorar con muchísima fuerza. Es una historia pesada y trágica. Y no tengo la menor duda de que la primera lección que uno registra cuando lee este libro es el compromiso por la justicia, la verdad, la memoria y la reparación. Compromisos que son para siempre, como muy bien lo decía la compañera, porque tienen que ver con el futuro y cuando uno registra, una vez más, algunas historias que conocía en parte, cuando uno las registra en la correntada de muchos compañeros, en verdad no está claro que el Nunca Más esté asegurado. Nunca está asegurado. Nunca. Forma parte de esas luchas que son para siempre, y particularmente lo son cuando se ha avanzado tan poco. Tan poco. Los GAU fueron una concepción de la política, y es muy interesante en la página 12 cuando los autores se refieren a qué es una concepción política, una organización política. Un rumbo, un horizonte al que se quiere ir. Una historia, un grupo humano, una estructura orgánica, un programa elaborado en su propio proceso. Destacaría que los GAU tienen una serie de particularidades, una de ellas intransferible: conforman, han conformado —y no creo que el presente sea equívoco— una manera diferente de concebir la vida política. Los GAU son una historia fulgurante, con momentos muy relevantes. Es un ámbito de coordinación política entre el 67 y el 69, en donde convergieron como un microcosmos lo que luego sería la unificación de la izquierda. Militantes sindicales tras Héctor; movimientos como el MAPU, independientes como Pedro Seré, el inolvidable Pedro Seré; activistas independientes del diario Época; y una marca muy importante que creo que no está suficientemente referida en el libro, y hago un pequeño reproche: la marca cristiana. En los GAU hay una marca cristiana. Hubo un grupo de cristianos, y hubo un grupo de compañeros que no lo eran pero que coincidían en esos valores. Está la constitución formal del 19 de abril del 69, y en esa referencia hay dos objetivos: ser un factor catalizador para un frente antioligárquico y antiimperialista, un rol en el que los GAU jugaron un papel extraordinariamente decisivo. Y crear un partido unificado, de inspiración socialista y perfil vanguardista, tarea en que los GAU no fueron tan exitosos. Luego, un rol fundamental en la creación del Frente Amplio, en aquella generación de pioneros. Es muy impresionante ver la participación de sus integrantes en prácticamente la totalidad de las comisiones del Frente Amplio, desde los comienzos. Está también esa asociación particular con el General Seregni. Seregni tenía un aprecio especial por Héctor Rodríguez y por los GAU. Los sabía factores de unidad. Luego esa deriva terrible de una represión prácticamente irracional. Los primeros presos por organización subversiva. Martín Ponce, del que dijeron que en dos días estaría libre y recibió luego una condena de entre seis y doce años de prisión. La resistencia a la represión, a ese golpe terrible, siniestro, de los peores horrores de la operación de noviembre y diciembre del año 77, con un protagonismo gigantesco del FUSNA, con una responsabilidad institucional de la Armada, que luego, en el registro de esa historia, pudo narrar, en aquel informe que le entregó en 2005 al presidente Vázquez, lo que habían hecho en la dictadura sin usar una sola vez la palabra tortura. Eso es inadmisible, inconcebible. Y luego esa persistencia en la resistencia, en el activismo. En el activismo en el exilio, el exilio cercano y el lejano. Y cómo no inscribir la lucha de los GAU en el exilio sin pensar en Marta Ponce y en su activismo. Fue su activismo y vaya a saber lo que le impidió Ricardo Vilaró, que le debe devoción eterna, y más allá. Y luego esa participación en el NO del 80, en el voto en blanco del 82 y en la búsqueda de caminos nuevos. La Izquierda Democrática Independiente (IDI). Me acuerdo cuando se fue Batalla. Alba Roballo decía: “Yo no sé lo que le pasa al Hugo, se va solo y yo me quedo con todos.” No quiero recordarles la votación posterior, pero fue un intento. Y la fundación de ADES, parece mentira. Cuando conocí al Pájaro Vilró registré de forma muy clara que esa historia de los GAU como ultras no era verdad. Y a pesar de que en la historia de los GAU hay que ir más a fondo y hablar de la violencia, más, aunque duela, el libro es muy persuasivo en probar de manera muy cabal que el pecado del ultrismo —y perdónenme la referencia cristiana— los GAU no lo cometieron. Héctor Rodríguez no era ultra y no hubiera liderado un movimiento que tuviera un atajo a la verdad en tiempos ultristas. La historia de los GAU aparece en este libro. Aparece una manera muy singular al reconstruir la historia uruguaya de las izquierdas. Y ahí hay un acierto estupendo en el registro de visiones diferentes, y en advertir que uno de los problemas para la organización de las izquierdas, durante décadas, fue no haber logrado entender al batllismo, al fenómeno de lo que había sido el batllismo en Uruguay, y especialmente el primero, el de don Pepe. La historia de los GAU es también una lucha por un concepto fundamental: el de la autonomía de los movimientos sociales, y en particular del movimiento sindical. Valor irrenunciable y de una vigencia extraordinaria, tal vez hoy más que nunca. Estoy seguro que si Héctor viviera hoy estaría preocupado por el movimiento sindical uruguayo. Quiero creer que el movimiento sindical uruguayo está vacunado contra la peronización. Pero Héctor estaría preocupado, defendiendo la autonomía de los movimientos sociales, como algo inherente a una construcción de largo plazo. Y la dimensión comunitaria. No fue casual que en esa trayectoria, la comunidad de La Teja haya sido tan importante. Una comunidad, en este país tan poco comunitario. La perspectiva internacional, por ejemplo. Todo ese aspecto fantástico con el vínculo con la acción popular de Brasil, el conocimiento que ustedes tenían. Toda una concepción del liderazgo que estaba personificada, repito, en esa figura gigantesca de Héctor Rodríguez. Una preocupación especial por el análisis ideológico, por la rigurosidad del pensamiento, que tal vez colisionara con una mucho menor amplitud de hacer política. Creo que los GAU tienen una asimetría en términos de construcción del pensamiento, de construcción ideológica, y luego cómo eso se pudo traducir en el aspecto más político. Si uno buscara una simetría en una cosa y en otra, debieron haber tenido un éxito político rutilante, y sin embargo, tal vez por ser un factor catalizador de unidad antes que otra cosa, su éxito político se vio en esa perspectiva más frentista. Factor catalizador que jugó en un rol fundamental no solamente en el origen del Frente Amplio. Uno recorre las historias personales y ve que jugaron un rol fundamental de unificación sindical. La idea de una red organizativa en grupos. Y ojo, cuando vemos dos tenemos un dilema: o son GAU o son mormones. Y si los vemos de camisa blanca, más todavía. Pero es una historia impresionante de una red organizativa en grupos, que anticipaba la idea de las redes y que dio ese milagro conmovedor del grupo de Las Piedras, que siguió funcionando hasta la dictadura. Aquella idea que Héctor Rodríguez afirmaba tanto. Sí, con el pueblo, pero con el pueblo organizado. Porque pueblo solo, no. Organizado. No digitado, mandatado. Pueblo autónomo. Organizado a partir de organizaciones autónomas, que no aceptaba el liderazgo caudillesco sino que discutía en grupo. Hay un análisis muy interesante del golpe de Estado, de cómo se procesa. Y hay un análisis muy interesante, embrionario y sobre el que hay que trabajar mucho más, que es el del tema de la construcción de la Corrientes y de hasta qué punto era un eje uniforme en el proyecto. Allí no casualmente estaban hermanados los GAU con Zelmar. Y recuerdos que son conmovedores para uno y me imagino que para todos ustedes, como el recuerdo de Adrián Montañez, muerto en las condiciones más duras, y sin embargo una presencia viva. Esa historia de la irracionalidad de la dictadura. Hay episodios en los que hay que animarse a ir más hasta el fondo de la verdad, como el de Marcos Caridad y la bomba de ingeniería, que dejan tres días solo a Héctor Rodríguez sin irlo a buscar. Y a ustedes los dejan varios meses, incluso en verano. Claro, después los estaban esperando. Y Héctor Rodríguez, cuando todos estaban esperando que se fuera, se quedó. A mí me han contado que estudiaba en la cárcel. Tenía perfil de historiador y había hecho una estupenda investigación sobre los tenientes de Artigas. Pero sobre los tenientes, no sobre estos, que todavía andan y todavía conducen al Ejército. No, los tenientes de la Admirable Alarma.  Cuando había reconstruido de manera muy acertada, vino esa irracionalidad humana, y fue la requisa y le destruyó la investigación. Como hicieron tantas veces, para romper el alma. Si habrá que narrar la dictadura, el exilio. Y luego está la opción de la IDI, sus tensiones, y el pacto del Club Naval. Recuerdo que entonces trabajaba en el CLAEH, donde por supuesto el tema del pacto era un tema de debate. No teníamos experiencia, pero hicimos la primera penca. El ala de Ciencia Política estaba conformada por Romeo Pérez y Carlos Pareja. Era una penca muy sofisticada. Ellos tenían una postura híper radical contra el pacto, con la que yo coincidía parcialmente, pero coincidía. Por supuesto que iba a ganar el Partido Nacional, pero pusieron que quien iba a tener más votos en el Frente Amplio era la Izquierda Democrática Independiente, mientras que la 99 de Batalla iba a ser la que tuviera menos. Desde ese instante yo incorporé a Romeo y a Carlos Pareja como la antidupla BCG. Siempre, antes de una elección les preguntaba: “¿Qué creen que va a pasar?” Va a pasar esto. Y me ha funcionado de manera extraordinaria durante tres décadas. Quiero terminar señalando que este libro vuelve a probar, una y otra vez, la importancia de narrar, de contar, de escribir los recuerdos. No existe la historia sin el narrador. Si ustedes no escriben, narran y cuentan, las historias se van a perder. La de los GAU es una historia trágica de pérdida de archivos, de documentos. Por eso hay que animarse a contar, a registrar y narrar, y saber que esa es una tarea hacia el futuro. También a futuro e inherente a los GAU es el compromiso inclaudicable, que ninguna razón puede debilitar, en relación a un compromiso de verdad y justicia con los compañeros desaparecidos en circunstancias tan inhumanas. Su vida no fue en vano. Y esto no es venganza. Para nada es venganza, sino todo lo contrario. Solamente desde el compromiso sanador de la verdad y la justicia es que se puede construir la paz genuina. Y finalmente es una historia de ideas. Hay muchas ideas, pero quiero registrar particularmente esta historia de tantas personas que pasaron por los Grupos de Acción Unificadora. Tantas, y tan valiosas. Tantas, y tan relevantes. Quiero terminar diciéndoles que es una historia pesada, trágica. Pero nada fue en vano. Y quien crea lo contrario, se equivoca. Gracias.

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