Detrás del “caso Moisés” se agitan varios problemas que van mucho más allá del caso policial o judicial.
El primero y más obvio es si se debe legitimar la justicia por mano propia. Y, aunque no parezca, el dilema tiene varias respuestas.
Desde el punto de vista moral, podría estar justificado. ¿Quién condenaría moralmente a una persona que matara a otra por violar o asesinar a su hija o hijo? Pero la justificación moral tiene una condición. Hay que afrontar las consecuencias. Si el justiciero trata de esconder sus actos y salir impune, puede dejar de ser moralmente irreprochable.
Desde el punto de vista jurídico, la situación es muy distinta. El derecho no tiene por finalidad hacer justicia a la medida de cada caso concreto. Es un mecanismo para posibilitar la vida social en condiciones más o menos razonables. No tanto para beneficio de la víctima o castigo del victimario, sino como garantía para toda la sociedad.
Si yo pudiera matar libremente a cualquiera que me haya ofendido, o sacarle a la fuerza la plata que me debe, o satisfacer mis deseos sexuales contra la voluntad de quien es objeto de mi deseo, la vida social sería una cadena de violencias y de venganzas en la que al final nadie estaría a salvo. La prueba está en nuestra vida cotidiana. Los ajustes de cuentas, la violencia callejera, los incidentes fatales entre vecinos son una especie de “tráiler” de lo que ocurriría si la regla de la justicia por mano propia se impusiera por completo.
El problema es cuando se mezclan los campos. Cuando se pretende resolver una cuestión jurídica con códigos morales o emocionales. Es lo que ha ocurrido en el “caso Moisés”. Buena parte de la opinión pública se ha lanzado a “juzgar” en función de las emociones que le despiertan relatos fragmentarios y distorsionados de los hechos.
Mi primer contacto con la información me generó desconfianza. Muchos años en el ejercicio de la abogacía le despiertan a uno una especie de escepticismo ante los relatos maniqueos, en los que hay un malvado absoluto y víctimas irreprochables. Y la cosa se agrava cuando los relatos incluyen hechos muy alejados de lo que se llama “la regla de la experiencia”, es decir de la forma en que suelen acaecer las cosas entre los seres humanos.
La versión que recibí era que Moisés había sabido por su madre que su padre, condenado hace quince años por abusar de una de sus hijas, pensaba radicarse en Paysandú, donde vive la madre de Moisés. Supuestamente, se dirigió a la casa de su padre para intentar disuadirlo del cambio de domicilio. El padre lo recibió, lo amenazó con un revólver, forcejearon, Moisés le arrebató el arma y le disparó más de una docena de balazos “en defensa propia”.
¿Moisés fue a la casa de su padre, de quien sabía que era violento y peligroso (por eso no quería que viviera cerca de su madre) solamente para hablar? ¿El padre sacó un arma, forcejearon y Moisés le arrebató el arma? Demasiado de película. ¿Y luego de desarmarlo le disparó catorce o quince balazos? ¿Para qué? ¿En defensa propia? Sobran muchos balazos. ¿Para desahogar una indignación que había contenido durante quince años? Demasiado tiempo de espera.
Después oí la sentencia de la Juez Odriozola. No digo que la versión judicial tenga la verdad absoluta sobre los hechos y sus motivos, pero consigna aspectos que la hacen más verosímil. Lo que se relata en la sentencia tiene esa cosa incoherente y “despeinada” que suele tener la realidad cuando desemboca en violencia. No hay prueba de que el arma fuera del padre. No hay rastros de lucha en el cuerpo del padre. La mayoría de los balazos fueron a la espalda del muerto. Moisés tiró el cuerpo de su padre a un pozo y se quedó viviendo en la casa. La policía interviene por denuncia de la hija, que se preocupó porque “hacía varios días que no sabía de su padre”, del que se supone estaba muy distanciada. La casa estaba en total desorden, con vainas de balas en el piso y manchas de sangre. Antes de ir a ver a su padre, Moisés había tenido conversaciones con su madre y con su hermana, en las que supuestamente se enteró de cosas que no sabía.
Tanto en la versión popular como en la judicial hay inconsistencias. ¿Qué motivó realmente a Moisés? ¿De dónde salió el arma? ¿Por qué no se entregó ni escapó? ¿Por qué se quedó viviendo en la casa sin esconder bien el cuerpo ni hacer desaparecer los rastros de violencia? ¿Cuál es su estado mental? ¿Qué papel jugaron las conversaciones previas con su madre y su hermana? ¿Por qué la hermana hizo la denuncia si supuestamente estaba distanciada de su padre?
Algunas de esas cosas no se sabrán nunca. Es lógico. Estamos viendo una fotografía incompleta. Las conductas humanas, en casos extremos, casi nunca son lineales ni coherentes. Siempre hay hechos y motivos que los protagonistas esconden, o de los que ni siquiera son conscientes.
A esto se suma otro factor importante. La versión popular, la que acogió la prensa al principio, está mediada por la intervención de organizaciones feministas que intentaron exonerar a Moisés de la condena y convencer emocionalmente a mucha gente de que eso era “lo justo”.
Ese factor es ya inseparable de toda causa judicial que tenga ribetes “de género”. Yo lo llamaría Feminismo Militante Financiado (FMF). ¿Qué es? Simple: organizaciones feministas nacionales que reciben financiación internacional para promover la perspectiva y las políticas de género. Muchas de sus integrantes son profesionales del feminismo, a sueldo. Conozco a algunas que llevan más de cuarenta años viviendo del ejercicio profesional del feminismo.
La cosa no sería grave si esas organizaciones no hubiesen generado un poder de lobby importante ante el Poder Judicial, ante los medios y ante el sistema político. Muy pocas personas de esos círculos quieren desafiar o enfrentarse a los ataques de ese lobby.
Los desastres de la presión FMF en causas judiciales son varios y conocidos. Menciono algunos. La niña española de madre uruguaya que desde Uruguay intentaron sustraer a su padre español mediante denuncias de abuso sexual y calumnias incluso contra el defensor de oficio uruguayo, denuncias que fueron desestimadas en España, donde se le dio la tenencia al padre. El caso Mastandrea, en la que un muchacho sigue preso por denuncias de una mujer casada, bastante mayor que él, que, luego de ir a un hotel con él, lo acusó de violación. La causa por violación en Valizas, en que varios muchachos fueron falsamente acusados y pasaron meses presos, aunque el acto sexual había sido consentido y así terminó declarándolo el Poder Judicial. La supuesta violación “en manada” de El Cordón, en que se intentó avasallar a la prensa para ocultar audios o videos que demostraban que no había existido ninguna violación. Hay muchos más. Sólo menciono los más espectaculares.
¿Cuál es el interés del lobby FMF en el caso Moisés?
Sirve para establecer la impunidad de los asesinatos para los que se invocan motivos de género. La astucia está en que en este caso, casi experimental, el homicida es hombre. Pero, si Moisés hubiese sido absuelto, o indultado como pedían algunos legisladores, ¿creen que alguna mujer hubiese sido condenada después en caso de matar invocando como motivo el abuso sexual?
Reitero: la presión de esas organizaciones feministas, que cuentan con abogadas, psicólogas y trabajadoras sociales a sueldo, no sólo está entorpeciendo y distorsionando el funcionamiento del Poder Judicial. Está deteriorando la convicción pública de que el asesinato es una conducta inaceptable en una sociedad que aspire a vivir con garantías.
Ningún hombre, ninguna madre, hija, hermana o abuela de niños o varones jóvenes debería ser indiferente a esto.
Todos intuimos que, en el caso Moisés, el Poder Judicial debería ser un poco clemente. Incluso porque intuimos también que hay cosas y responsabilidades morales que no se conocen del todo. Pero la impunidad no corresponde. No por la víctima. Por todos nosotros, que no deseamos vivir bajo la ley de la selva.




