Peter Thiel: el guardián del Apocalipsis   por Gustavo Monzón    

Pocas figuras contemporáneas condensan tantas aristas como Peter Thiel. Cofundador de PayPal, primer inversor externo de Facebook, arquitecto de Palantir —la empresa de inteligencia de datos que sirve a gobiernos y ejércitos—y que recientemente publicó un manifiesto titulado The Technologic Republic, que algunos definen como un nuevo Leviatán. Además, Thiel es un ideólogo político que opera desde los márgenes del poder con una influencia que excede con mucho la de cualquier académico. Sus intervenciones públicas recientes, —la conferencia ante la Academia de Ciencias Morales y Políticas de París en enero de 2026, los seminarios confidenciales sobre el Anticristo en San Francisco y su viaje a Roma para intentar influir en la reflexión católica sobre el nuevo paisaje tecnológico y político— configuran un programa intelectual que merece ser tomado en serio, precisamente porque sus consecuencias prácticas son considerables.

La relación de Thiel con la democracia es, en el mejor de los casos, instrumental. Ya en su ensayo de 2007, The Straussian Moment, había argumentado que el compromiso lockeano —la gran operación del liberalismo moderno que privatizó las cuestiones de virtud y religión para pacificar la convivencia— estaba agotado. El 11 de septiembre habría demostrado que el marco democrático liberal que asegura derechos y garantías individuales ya no funciona cuando actores motivados por convicciones religiosas absolutas irrumpen en el escenario político con una capacidad destructiva real, y la seguridad nacional está en jaque. En París, casi dos décadas después, el diagnóstico se ha endurecido: la democracia aparece subordinada al crecimiento económico. Funciona cuando hay expansión material que distribuir; cuando esa expansión se agota, genera conflicto distributivo, polarización e ingobernabilidad. No es un valor en sí mismo. Es un mecanismo que rinde o no. Si el crecimiento económico es estático o insuficiente, la democracia se desliza hacia sistemas no democráticos.

Donde Thiel resulta intelectualmente más original, y no poco preocupante, es en la articulación entre tecnología, escatología cristiana y geopolítica. Su tesis central, desarrollada en su libro Zero to One, y desplegada a lo largo de distintas oportunidades hasta los seminarios del Anticristo en 2025, sostiene que Occidente lleva medio siglo en desaceleración tecnológica y económica. La ciencia que nació con el optimismo baconiano del dominio sobre la naturaleza reveló, en Los Álamos, con el Proyecto Manhattan, su contracara: la misma inteligencia que prometía prosperidad puede producir exterminio. Hoy, la inteligencia artificial, la biotecnología y el arsenal nuclear configuran un horizonte de riesgo existencial permanente. Pero Thiel no se detiene en el análisis secular de la relación entre la tecnología y la sociedad. Reencuadra toda la situación en categorías apocalípticas: el mundo está atrapado entre el Armagedón —la catástrofe total— y el Anticristo —un gobierno mundial tecnocrático que promete paz y seguridad a cambio de la obediencia universal—. Esta imagen, de contenido religioso denso, se toma de San Pablo y del libro de Daniel, y su función retórica es precisa: una vez instalado ese marco, toda la política ordinaria queda reducida a ingenuidad o a complicidad.

Entre estos dos extremos, Thiel introduce la figura del katechon: la fuerza que, según la Segunda Carta a los Tesalonicenses, “retiene” el fin de los tiempos, demora la llegada del Anticristo. Esta idea inspira a Carl Schmitt, quien rescata este concepto para su teoría política: el poder legítimo no sería el que construye utopías sino el que impide la disolución definitiva. Thiel parte de la visión schmittiana, pero la modifica en un punto decisivo: a diferencia de Schmitt, no concibe el katechon como una fuerza esencialmente conservadora. Para él, la aceleración tecnológica puede ser la vía para impedir el dominio del Anticristo. El katechon thieliano puede ser perfectamente modernizador, y el aceleracionismo una solución paradójica al estancamiento civilizacional. Esto lo distingue del conservadurismo clásico y lo sitúa en la órbita de lo que se ha llamado la Dark Enlightenment: una modernidad alternativa, inspirada en un despotismo tecnológico y expurgada del universalismo moral, que trajo la Ilustración, vista como la causa de la decadencia y el estancamiento.

Por otra parte, Thiel se autodefine como un cristiano ortodoxo moderado, lector de René Girard, Vladimir Soloviev y Josef Pieper. Su apologética le permite articular una teología en la que la violencia mimética encuentra su resolución en la Cruz y, a partir de ahí, derivar una lectura política del cristianismo como único antídoto contra la disolución nihilista de la modernidad. Pero su cristianismo pertenece a la categoría de los conversos doblemente renacidos: un cristianismo imaginario, más virtual que virtuoso, que aplica un barniz teológico a un proyecto político preexistente.

¿Por qué resulta polémico este personaje? No solo por las razones obvias —su fortuna descomunal, Palantir, su influencia en el movimiento MAGA—, sino también por algo más estructural. Thiel realiza una operación intelectual que tiene nombre en la filosofía política: el decisionismo. Desplaza la pregunta desde ¿Es justo este régimen? a ¿Es eficaz para sobrevivir? Una vez hecho ese desplazamiento, la democracia deja de ser el horizonte normativo de la política y pasa a ser una forma contingente, útil en ciertas condiciones y prescindible en otras. Schmitt lo llamaba “estado de excepción”; Thiel, “riesgo existencial.” La estructura es la misma: hay un momento de peligro supremo que suspende las reglas normales, y alguien debe decidir cuándo ese momento ha llegado. La pregunta sobre quién ocupa el lugar del katechon no es retórica: Thiel tiene hoy más dinero que muchos estados soberanos, financia partidos y candidatos en varios países, y lleva años construyendo narrativas que legitiman la concentración de poder en quienes entienden el riesgo.

El pluralismo, la igualdad ante la ley, la limitación del poder, la soberanía del ciudadano: todo aquello que la democracia liberal intentó institucionalizar queda, en el edificio thieliano, subordinado a la urgencia apocalíptica. Thiel critica el universalismo moral de la modernidad —al que asocia con la figura del Anticristo tecnocrático—, pero ese universalismo es precisamente el fundamento del constitucionalismo liberal. Erosionarlo en nombre de la supervivencia civilizacional es exactamente la operación que Schmitt realizó en los años treinta, con resultados que la historia registró con horror. Thiel es lo suficientemente culto como para saberlo. Lo que no queda claro es si eso le preocupa. La democracia liberal merece una crítica seria. Pero el guardián del apocalipsis que se autodesigna en nombre del riesgo existencial no es una respuesta a esos problemas. Es simplemente el poder sin límites, y con más recursos materiales y tecnológicos.

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