¿Somos más violentos? por Nicolás Martínez

En los últimos tiempos, la violencia parece haberse vuelto una presencia cotidiana, casi doméstica. No hace falta ir a los grandes titulares para encontrarla: está en el tránsito, en una discusión trivial que escala en segundos, en el aula, en el hogar, en la pantalla que amplifica cada gesto y cada palabra. Golpes, insultos, amenazas, pero también formas más sutiles: indiferencia, humillación, exclusión. La pregunta que surge con urgencia es: ¿somos más violentos que antes o simplemente la violencia ha cambiado de forma y visibilidad? Pero quizás la urgencia de esta pregunta oculte su propia trampa. ¿Qué significa exactamente “ser más violentos”? ¿Se trata de una cuestión cuantitativa —más actos, más intensidad— o cualitativa —nuevas formas, nuevas lógicas—? ¿Estamos midiendo la violencia o estamos reaccionando a su visibilidad?

Tal vez lo primero que debamos cuestionar es nuestra propia percepción. ¿Qué entendemos por violencia? ¿La reducimos al acto físico, al estallido visible, o somos capaces de reconocer aquellas estructuras silenciosas que organizan nuestras relaciones y que, sin embargo, dañan de manera constante? Aquí es donde el pensamiento del filósofo Slavoj Žižek resulta especialmente pertinente para esta conversación. Žižek distingue entre la violencia “subjetiva”, aquella que vemos —el crimen, el ataque, el desborde—, y una violencia “objetiva” o sistémica, que se vuelve invisible precisamente porque constituye el trasfondo normalizado de nuestra vida social. ¿No será, entonces, que lo que hoy nos alarma no es tanto la violencia en sí misma, sino la ruptura momentánea de un equilibrio que ya era violento? Cuando un hecho nos indigna, ¿reaccionamos frente a la excepción o frente a una fisura que deja entrever la regla? ¿Qué tipo de sensibilidad moral se activa cuando condenamos el acto visible pero no interrogamos las condiciones que lo hacen posible?

Žižek va aún más lejos al sostener que la focalización obsesiva en la violencia subjetiva puede funcionar como una forma de encubrimiento. Al escandalizarnos por el hecho puntual, evitamos confrontar las estructuras que producen desigualdad, exclusión y precariedad. En otras palabras, la indignación puede ser, paradójicamente, una forma de tranquilización. ¿No nos sentimos, acaso, moralmente satisfechos al condenar un acto violento, mientras seguimos participando —consciente o inconscientemente— de sistemas que generan violencia de manera constante? Si trasladamos esta reflexión al presente, la pregunta es otra: ¿la aparente “escalada” de violencia cotidiana responde a un incremento real o a una mayor exposición? ¿Las redes sociales, los medios de comunicación, la hiperconectividad, no operan como dispositivos que amplifican ciertos hechos mientras invisibilizan otros? ¿Qué violencias quedan fuera de cuadro? ¿Qué formas de daño no generan titulares porque están completamente normalizadas?

Por su parte, Sigmund Freud en “El malestar en la cultura”, sostiene que la violencia no es un fenómeno contingente ni exclusivamente social: es constitutiva de la condición humana. El sujeto está atravesado por pulsiones en conflicto, entre ellas una tendencia destructiva que no puede ser eliminada. La cultura, en este marco de análisis, aparece como un intento de domesticar esa agresividad mediante normas, prohibiciones y sublimaciones. Pero este proceso tiene un costo. La represión de las pulsiones genera malestar. La renuncia a la satisfacción inmediata produce frustración. Y esa frustración, acumulada, puede retornar en forma de agresión, ya sea dirigida hacia otros o hacia uno mismo. ¿No será que la violencia es una consecuencia inevitable de la civilización? ¿No forma parte del mismo intento de controlarla? En este sentido, Freud plantea que cuanto más avanza la cultura en su intento de regular la vida social, más intensifica el conflicto interno del individuo. La ley que protege también limita y la norma que ordena también reprime. ¿Hasta qué punto la violencia que observamos hoy es el resultado de una falla en los mecanismos culturales? ¿O, por el contrario, es una consecuencia lógica de su propio funcionamiento?

Si combinamos ambas perspectivas, el panorama se vuelve aún más complejo. Por un lado, una violencia estructural que organiza silenciosamente la vida social; por otro, una agresividad pulsional que habita en cada sujeto. ¿Dónde trazar la frontera entre lo individual y lo colectivo? ¿Es posible pensar la violencia como algo que “nos ocurre”, o debemos asumir que también la producimos? Desde miradas distintas, ambos coinciden en algo fundamental, y es que la violencia no es un fenómeno marginal que pueda erradicarse con simples medidas correctivas. Está entretejida en el lenguaje, en la economía, en el deseo, en la cultura misma. Pensarla exige, por tanto, ir más allá de la condena moral y adentrarse en las condiciones que la hacen posible. Y sin embargo, también cabría preguntarse: ¿qué lugar ocupa la frustración en una sociedad que promete satisfacción permanente? Vivimos en un contexto donde el deseo es constantemente estimulado, pero rara vez satisfecho de manera plena. ¿No genera esto una tensión constante que busca vías de descarga? ¿Hasta qué punto la violencia cotidiana es una respuesta —desviada, problemática— a esa acumulación de malestar?

Quizás la pregunta más incómoda no sea si “somos más violentos”, sino esta: ¿qué formas de violencia estamos dispuestos a ver y cuáles preferimos ignorar? ¿Nos escandaliza el estallido porque nos permite no mirar la estructura? ¿Y qué responsabilidad tenemos, como individuos y como sociedad, en la reproducción de esas violencias invisibles? Tal vez no se trate de responder de forma definitiva, sino de sostener la pregunta. Porque en esa incomodidad —en ese malestar— puede residir el primer paso hacia una comprensión más honesta de nosotros mismos.

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