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¿A quién le sirve Chomsky? por >Hoenir Sarthou

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La visita de Noam Chomsky a Montevideo constituyó un verdadero desafío para intérpretes de signos y decodificadores de mensajes comunicacionales, no sólo por responsabilidad del propio Chomsky.

Para quienes no lo conozcan, Chomsky (Pensylvania, EEUU, 1928) es un destacado lingüista, filósofo, activista y analista político, identificado con las corrientes más radicales y críticas del pensamiento político de su país.

La información de que se dispone es que llegó al Uruguay invitado por Mujica, con quien está participando en la realización de un documental cinematográfico. Así fue que visitó la chacra de Mujica y concurrió con él al célebre “quincho de Varela” el día previo a dar, en el edificio de la Intendencia de Montevideo, una conferencia auspiciada por la oficialista Fundación “Líber Seregni”.

La situación puede sorprender, porque Chomsky, a la vez que gran objetor de los gobiernos y la política exterior de los EEUU, es también un duro crítico de los gobiernos progresistas de Latinoamérica, a los que ha señalado más de una vez  su ambigüedad y falta de decisión para romper las condiciones que les impone el poder financiero y corporativo transnacional.

¿Qué hacía del brazo de Mujica por Montevideo y por qué su conferencia tuvo lugar en la sede del gobierno departamental  bajo el auspicio de la Fundación “Líber Seregni”?

Mucha gente se hace estas preguntas desde el lunes de mañana. Así como muchos señalan que las ideas que expuso no fueron demasiado originales.

De hecho, la parte más extensa de su exposición, previa a las cuatro preguntas que se le dirigieron al final, estuvo destinada a advertir sobre los riesgos de un posible conflicto nuclear internacional y sobre el problema –alarmante según Chomsky- del calentamiento global.

Ciertamente, dos temas conocidos.

La posibilidad de un conflicto atómico de dimensiones mundiales estuvo presente en la política y en el pensamiento, sobre todo europeo, desde el inicio de la Guerra Fría hasta la caída del “socialismo real” soviético, en 1989. Hace más de cuarenta años, como muchos otros intelectuales estadounidenses y europeos, Erich Fromm, en su libro “¿Podrá sobrevivir el Hombre?” alertaba sobre ese peligro. Sin embargo, la lucha entre el mundo capitalista y el mundo comunista terminó sin que las bombas atómicas llegaran al río. Ese antecedente, sumado a que los uruguayos –quizá ingenuamente- nos sentimos  lejanos del posible escenario  de un conflicto de ese tipo y a que, en todo caso, no tenemos cómo prevenirlo, hizo que la advertencia de Chomsky, si bien fue oída con reverencia por el prestigio del expositor, no inquietara demasiado a la concurrencia.

La alerta de Chomsky puede ser leída de dos maneras. Puede pensarse que es una especie de reacción refleja de un intelectual que vivió la guerra fría y, ante cualquier hipótesis de tensión entre Rusia y los EEUU, piensa en el peligro nuclear. La forma en que lo expuso Chomsky, como un riesgo para toda la vida humana en el planeta, fortalece esa interpretación. Las guerras son casi siempre la forma de resolver conflictos que afectan a grandes intereses. Y los dueños y gerentes de grandes intereses piensan en términos de negocios. Destruir todo el planeta no parece  compatible con los intereses que desatan y financian las guerras. Otra cosa sería si pensáramos en formas de destrucción controlada, en ciertas regiones y afectando a ciertas poblaciones. Chomsky lo planteó como destrucción planetaria global, pero fundó su temor en algo más inquietante: la posibilidad tecnológica recientemente alcanzada por los EEUU de destruir de un golpe la capacidad de disuasión nuclear de Rusia. Según Chomsky, EEUU, por creer que puede ganar, o Rusia, por sentirse amenazada, podrían desatar el desastre que él tema. O sea, un asunto complejo sobre el que sólo podemos estar atentos.

El otro gran punto de la exposición fue la advertencia sobre el calentamiento global. Un tema que se ha vuelto controversial, sobre todo desde que la opinión oficial del gobierno de los EEUU es que el calentamiento global no existe o, en todo caso, no importa. Como suele ocurrir, las opiniones científicas tampoco son unánimes en el tema. Y mucha menos unanimidad hay respecto a las soluciones. Existen los partidarios de reducir el consumo y el desarrollo tecnológico para salvaguardar al planeta, pero  hay también quienes sostienen que será un mayor desarrollo  tecnológico el que encontrará las soluciones a los problemas ambientales que la misma tecnología pueda haber generado.

Parecía que la conferencia iba a terminar con la exposición de estos riesgos globales, respecto a los que poco podemos hacer los uruguayos. Pero hubo una segunda parte, disparada por la primera pregunta que se hizo. Y allí Chomsky cambió de tema y de tono. Su visión sobre los gobiernos progresistas latinoamericanos hizo dar un giro a todo el acto. Dijo que los países latinoamericanos son ricos pero que sus riquezas han sido destinadas al beneficio de un pequeño sector de la sociedad y de los inversores extranjeros. Afirmó que eso no ha cambiado con los gobiernos progresistas o de izquierda. Habló de gobiernos que no han sabido o querido superar la primarización de la economía (la venta de materias primas con poco o ningún valor agregado), dijo claramente que el mundo está controlado por corporaciones financieras y comerciales que son las que realmente gobiernan. Denunció que esas corporaciones necesitan neutralizar a los Estados para evitar su poder regulador y sus controles. Habló de corrupción y describió a los tratados internacionales como mecanismos para asegurar los intereses de los inversores transnacionales. En síntesis, dejó claro que las grandes fuerzas económicas globales han seguido actuando y prosperando con éxito durante los gobiernos progresistas.

Era extraño oír esas cosas en un edificio oficial, con un ex presidente “progresista” sentado a la mesa, de la que colgaba un enorme cartel que rezaba: “FUNDACIÓN LÍBER SEREGNI”.

¿A quién le sirvió la visita de Chomsky?

Si la conferencia hubiese terminado en la primera parte, el recuerdo de la visita sería el de una advertencia, hecha por un intelectual prestigioso, sobre riesgos planetarios, peligro nuclear y calentamiento global, sobre los que poco podemos hacer los uruguayos. Pero sobre todo habría quedado, a través de los noticieros, la imagen de Mujica paseándose de la mano de Chomsky, y la de Chomsky presentándose en la Intendencia de Montevideo, “sponsoreado” por la Fundación Líber Seregni.

En ese caso, el oficialismo frenteamplista habría salido ganando. Porque uno de los problemas del Frente es que, día a día, se divorcian de él los militantes de izquierda intelectualmente más formados. Para ese sector, que no es muy numeroso pero constituyó siempre el núcleo duro del Frente, el aval de Chomsky era muy significativo.

Pero, cuando parecía que no iba a ocurrir, Chomsky se despachó con juicios que, sin nombrarlo expresamente, eran una dura crítica al gobierno frentemplista.

Insisto: ¿a quién le sirvió la visita de Chomsky?

No es que lo que dijo no se hubiese dicho antes, por cierto. Pero que lo dijera él, en la Intendencia, con Mujica sentado a su lado y bajo el auspicio de la Fundación Líber Seregni, que hablara de la corrupción que los gobiernos progresistas no han sabido evitar, que denunciara el intercambio desfavorable de materias primas por productos con valor agregado y la apuesta a inversiones extranjeras destructivas y abusivas que terminan destruyendo a los Estados y vaciando a la democracia, se volvió un boomerang para el oficialismo que auspiciaba y presenciaba la conferencia.

Ignoro si la visita y la conferencia de Chomsky respondían a la intención oficialista de sanear sus credenciales izquierdistas, pero, si así fue, al oficialismo le salió el tiro por la culata.

Es de esperar que esa suerte de sinceramiento intelectual, hecho por académico extranjero a quien nadie le contestó ni le negó nada, nos ayude a instalar nuevos temas en nuestros debates públicos.

Nuestra soberanía, la inversión extranjera, las ventajas que le damos y lo poco que nos deja, nuestra inserción en la economía global, los tratados internacionales que firmamos en secreto, las leyes prefabricadas que aprobamos sin siquiera analizarlas, el papel de nuestro Estado, el sentido de decirnos una sociedad democrática cuando cada vez decidimos menos cosas. Esos temas sobre los que deberíamos discutir y no discutimos. Temas que, este lunes, un anciano académico extranjero tiró, como a un gato erizado, sobre la mesa de la Fundación Líber Seregni.