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Una hamburguesa dominante  por Ruben Montedónico

Una hamburguesa dominante   por Ruben Montedónico
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A las sucesivas elecciones del año en Europa comunitaria se agrega el próximo domingo la de Alemania que elegirá 630 diputados al legislativo (Dieta Federal – Bundestag) los que, escogerán al canciller (premier) para 2017-21. De acuerdo con encuestas se adelanta la reelección de Angela Merkel como jefa del gobierno, teniendo en consideración que el futuro gobierno estará constituido por la alianza de la primera minoría CDU/CSU (Unión Demócrata Cristiana y “su hermano”, la Unión Social Cristiana de Baviera) con la segunda, el SPD (Partido Socialdemócrata Alemán), de donde surge el resultado conocido de un régimen de centroderecha. En un terceto -o un cuarteto- que integre la alianza, los socialcristianos tendrán la voz principal como grupo mayoritario, ocuparán los cargos más destacados de la Cancillería, y las decisiones llevarán la huella de acuerdos compartidos acerca del papel a jugar en el país y en la Unión Europea (UE).

Los seguidores de Merkel -que durante 2017 figuran como amplios favoritos-, obtuvieron a finales de mayo unos 15 puntos de ventaja sobre los socialdemócratas del SPD: casi un 40% contra 24%. Su confirmación como punteros fue consecuencia -entre otras razones- de haber triunfado en tres comicios regionales este año.

Sin embargo, esa posición no les alcanzará para constituir mayoría propia en la Dieta, por lo que se espera que repitan el pacto actual con los socialdemócratas para integrar un amplio espectro de apoyo al gobierno, descartando hacerlo con otras formaciones (Los Verdes y la ultraderechista Alternativa por Alemania). Quizá, en dependencia de sus resultados electorales, deban ser tomados en cuenta por la coalición los liberales del FDP (Partido Demócrata Libre).

El hecho de mantenerse al frente en las compulsas de opinión llevó a la actual canciller -nacida en Hamburgo hace 63 años- a no acceder a un segundo debate con su rival socialdemócrata, Martin Schulz: esa exposición se consideró innecesaria para obtener el domingo un cuarto mandato consecutivo. Pese a lo anterior, se dice hoy que 26% no decidió, no dice o no sabe por quién sufragará, lo cual no pone en duda la ventaja del binomio CDU/CSU.

Para integrar a su discurso de campaña, la canciller incorporó una terminología inusual en ella, con generalidades poco definidas, ambiguas a la vez que pretenciosas, e insertó en sus alocuciones vocablos que sugirieron acciones que figuran entre los deseos prevalecientes del público -no exentos de nacionalismo- de tener un país destacado, que el mundo toma en cuenta; cultor de tradiciones, cultura e historia; cuidadoso del medio ambiente; de las diversidades; defensor de la libre opinión y, sobre todo, de la mentada “libertad de prensa”. Se trata de algo así como un listado aceptado pero elusivo, al que no hay que rascar en busca de contenidos precisos.

Sin embargo, también esta elección puede servirle a la ultraderecha para convertirse en tercer partido del Bundestag y representar la oposición al gobierno. El líder de esa agrupación, Alternativa por Alemania (AfD )-candidato a canciller-, Alexander Gauland, afirmó este mes en Turingia que los alemanes deben enorgullecerse de lo que los soldados nazis hicieron durante la II Guerra Mundial. En el grupo se ubica gente que designa como “monumento de la vergüenza” al de Berlín que evoca a las víctimas de los campos de concentración; otros se refieren a integrantes del gobierno como “marionetas de las potencias vencedoras” y emplean vocablos despectivos al mencionar a gitanos y árabes.

Paralelo a los discursos, se puede observar la promoción de nuevas tecnologías que permitan mantener los lugares de empleo, sin renunciar a la utilización de la robótica; sirve de ejemplo la promoción que desde el gobierno se hace del recambio en mediano plazo de motores de explosión. Se promueve la transición progresiva y creciente del uso de vehículos eléctricos -empezando por los de combustión diésel, que son unos 15 millones- fijando el límite de su existencia en la mitad del siglo XXI.

En otro aspecto, un elemento que agrega cierta tranquilidad a la mayoría de la UE es que desde Alemania -locomotora del grupo- no se cambiará de política ni de intenciones hacia la región y el mundo, manteniendo en el gobierno al equipo que dirige Merkel -que opera como una maquinista de este tren-, pese a las hostilidades allende el Atlántico. Se extiende en este sentido entre las dirigencias políticas europeas vizualizar a la canciller como una especie de baluarte frente al ultranacionalismo que Donald Trump encarna desde Estados Unidos. Un público adversario del empresario-magnate-presidente, The New York Times, ensalzó  a la germana al describirla como la “última defensora del Occidente liberal”.

Junto a Emmanuel Macron -entendido, en la etapa, como quien dirige a Francia-, la lidereza teutona resume la desconfianza que Trump genera en los europeos occidentales que piensan que el dúo -ella en especial- puede vigorizar la UE que se siente y se ve debilitada de un tiempo a esta parte, sin haber superado íntegramente el impacto de otra votación: la del Brexit.

El renovado entendimiento del eje París-Berlín anuncia que integrará un grupo de trabajo que elaborará “una hoja de ruta” encargada de definir cambios en la UE. “Si con la perspectiva de esa ‘hoja de ruta queda’ claro que tiene que haber cambios institucionales, nosotros estamos preparados. Para Francia no es un tabú”, dijo en julio Macron.

Alguien que ve con buenos ojos la reelección es el luxemburgués Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, quien adelantó un primer balance del Estado de la unión, a reserva de uno definitivo después del domingo. Juncker hizo ostentación de que el conjunto de la economía de los 27 -desde hace 21 meses- tiene mejor ritmo que el estadunidense, con 232 millones de trabajadores y la creación de nueve millones de puestos de trabajo desde que lo nombraron a fines de 2014. Por supuesto, destacó el crecimiento económico de la región comparado con el exiguo incremento de Estados Unidos.

En el contexto de marchar juntos y hacerse semejantes a pesar de las diferencias históricas, culturales y de desarrollos políticos, Merkel asumió su papel rector y censuró lo que entendió como una “deriva autoritaria” del régimen polaco. Con tono admonitorio advirtió a Varsovia: “Este es un asunto serio porque los requisitos para la cooperación dentro de la Unión Europea son los principios del Estado de Derecho”. Otro declaración taxativa, fulminante, lanzó al gobierno de Tayyip Erdoğan:“Está claro que Turquía no debe convertirse en miembro de la Unión Europea”.

Asimismo, Estados Unidos, con sus 170 instalaciones en Alemania y unos 46 mil militares en ellas (65% de las fuerzas estacionadas en Europa) -desde donde según Edward Snowden “vigilan, escuchan y siguen” a los europeos- en declaración de su presidente sostiene que “Alemania debe sumas enormes de dinero a la OTAN y Estados Unidos: se debe pagar más por la poderosa -y muy cara- defensa que (se le) provee”.

Berlín -ensanchando las diferencias- le contestó: “No hay ninguna deuda ante la OTAN”. Un experto en temas alemanes del Instituto de Europa de la Academia de Ciencias de Rusia, Alexánder Kámkin, explica estas cuestiones: “Trump habla como un hombre de negocios (…), razona como un responsable de ventas. Necesita más dinero y no entiende por qué el socio no quiere invertir”.

De final, en cuanto a la visita de Merkel a Argentina, el comentario destacable de la conferencia de prensa fue: “Sabemos que Alemania no es siempre un socio fácil”, con lo que respondió a la consulta sobre si existían avances en las negociaciones para un acuerdo de libre comercio Mercosur-UE.

Semanario Voces

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