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Ahora que vas a ser opositor por Hoenir Sarthou

Ahora que vas a ser opositor por Hoenir Sarthou
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Escribo esta nota con un destinatario claro y a la vez impreciso. Les escribo a los tantos que fueron o se consideran hoy militantes de izquierda.  Muchos habrán votado al Frente Amplio el año pasado. Otros, como yo, no lo hicimos. Pero no es eso lo importante. La cuestión pasa por otro lado. Pasa por cómo se para uno frente a la realidad social cuando piensa el mundo desde determinando marco de ideas.

Para abreviar, diré que le escribo a gente que cree que el futuro sería mejor si más gente pudiera acceder a los bienes materiales, a la educación, y al poder. La última palabra es clave. Porque nadie admite en público ser partidario de la concentraciòn de la riqueza y del saber. En cambio, es admisible decir que el poder debe estar en manos, “de los que saben”, “de los más eficientes”, o “de quienes siempre lo han tenido”.

La postura ante la distribución y la concentración del poder quizá sea la verdadera divisoria entre las actitudes conservadoras y las “revolucionarias”. Porque las otras variables, riqueza, conocimiento, de poco sirven y poco duran si carecen de poder. En buena medida, las desigualdades sociales son siempre desigualdades de poder.

Nadie confunda lo que digo con la propuesta de crear una suerte de MIDES del poder. El poder no se entrega, ni se regala, ni se reparte como si fuera una canasta básica o un plan de emergencia. El poder se distribuye y se ejerce espontáneamente cuando se crean las condiciones para ello: educación universal orientada hacia la formación ciudadana; necesidades básicas cubiertas; información fidedigna al alcance de todos; libertad de expresión y mecanismos adecuados de participaciòn en los asuntos públicos.

¿Por qué digo esto?

Bueno, porque muchos pueden creer que la tensión política y cultural (dudé entre decir “tensión” o “violencia”) que estamos viviendo es una lucha de poder.  Muchos pueden creer que los insultos, las acusaciones, las amenazas y las agresiones que se viven a diario, en las redes sociales y en cuanto acto público se presente, son una lucha de poder entre dos sectores social e ideológicamente inconciliables.

Nada más falso. Por ahora, las reyertas que estamos presenciando son el coletazo de la pérdida del gobierno por una estructura polìtica a favor de otra estructura polìtica. El gobierno, no el poder, es lo que motiva el conflicto y la ira.

¿Tienen dudas?

Les aconsejo que se fijen en los temas sobre los que se discute. Si Lacalle Pou es un “Pompita” criado en La Tahona. Si el gobierno saliente fue corrupto. Si Manini es fascista. Si hubo o no más delitos a partir de 2005. Si los gauchos a caballo son o no la oligarquía rural. Si los sindicatos estuvieron al servicio del anterior gobierno. Si se viene aquí una represión como la de Chile o Bolivia. Etc., etc…

Mientras tanto, aquellas cosas que sí significan inequívocamente el poder quedan abandonadas a su suerte, o, más frecuentemente, son resueltas por inercia, sin discusión, en el sentido que aconsejan los tecnócratas y burócratas de los organismos internacionales y de las calificadoras de riesgo.

Voy a mencionar algunas: el modelo productivo, el papel de la inversión extranjera, la pérdida de soberanía que acecha a todos los Estados, el daño a bienes naturales vitales, como el agua, la actitud ante la producción y el trabajo nacionales, los objetivos del sistema de enseñanza, las polìticas a adoptar ante la fractura social y cultural que sufrimos.

¿Oyeron discutir seriamente eso eso antes, durante, o después de las elecciones?

Apuesto a que no. De hecho, cada candidato se postuló como el mejor para gestionar con más eficiencia un modelo de país nunca analizado ni discutido. A lo sumo, cada uno se ocupó de enviar mensajes gratos a los sectores sociales que aspiraba a captar electoralmente, pero jamás se nos puso a los uruguayos ante la necesidad de optar entre modelos de país. El debate más profundo fue, como mucho, si había que “acabar con el recreo” y tener una policía más eficiente y “guapa”, o si, en seguridad, salvo combatir la discriminacion por raza o género, había que cruzar los dedos y seguir como estamos. Ni siquiera una reflexión profunda sobre por qué han aumentado los delitos, la marginalidad cultural y la influencia social del narcotráfico.

Por detrás de ese pseudo debate, como música de fondo, sonaba la marcha triunfal del sistema financiero (bancarizaciòn obligatoria mediante), del modelo forestal celulósico (empujado sin remilgos por todos los gobiernos desde 1987), la pérdida de potabilidad del agua y el avance de las cianobacterias por todo el país, y la copia indiscriminada de soluciones jurídicas inconstitucionales e inconvenientes, como el nuevo Código del Proceso Penal. ¿Alguna discusiòn sobre todo eso? Nooo, ¿para qué?

Entramos ahora en una etapa en la que la enorme mayoría de quienes alguna vez se consideraron “de izquierda” deberán volver a jugar el papel de oposición.

¿Qué clase de oposición harán? ¿Esperarán algunos con paciente ferocidad cualquier tropiezo del nuevo gobierno que le permita al FA recibir nuevamente el sillón presidencial en 2024? ¿A nivel de cúpula, criticarán ácidamente, tal como hicieron sus adversarios, tan solo los errores cosméticos del actual gobierno, siendo en el fondo sus socios? A nivel de base, ¿persistirán en tratar de “fascista” y en descalificar a todo el que no haya votado al Frente Amplio el año pasado?

Si ese es el plan, me atrevo a decir que, en 2024, probablemente asuma un gobierno bastante peor, para la mirada del izquierdista promedio, que el que acaba de asumir. No olvidemos que las salidas autoritarias de derecha son generalmente precedidas por la pérdida de confianza popular en las alternativas de centro y centro izquierda.

Desde luego, habría otra posibilidad. Pero requeriría un cambio de perspectiva que no resulta fácil en medio de la pasional calentura de haber perdido el gobierno. Y es un cambio de perspectiva que difìcilmente puedan liderar los mismos dirigentes y ex gobernantes que sangran todavía por la pérdida del gobierno.

La alternativa sería, posiblemente, dejar de pensar en las próximas elecciones y empezar a pensar en algunas decisiones vitales para el Uruguay que seremos. Entre ellas, cómo ensanchar los márgenes de autonomía de que disponemos en un mundo globalizado; las formas de producción y de inversión que se deben estimular y las que se deben rechazar; el cuidado efectivo de recursos naturales insustituibles;  el modelo educativo necesario para formar ciudadanos responsables, y no marginales semi alfabetizados o tecnocrátas buscadores de empleo; un giro estratégico ante la producción y el consumo de drogas, que determine una verdadera demolición del poder del narcotráfico antes de que sea tarde … En fin, pensar el papel de opositor como una reserva de recursos intelectuales y polìticos que el País seguramente necesitará en breve.

Si me preguntan si soy optimista, tengo que decir que no. Intuyo que esas reservas intelectuales y polìticas, si llegan a existir, surgirán un poco por fuera del sistema polìtico que conocemos. Pero, obviamente, nadie tiene la bola de cristal. El tiempo dirá.

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