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Cuando Aristóteles llamó a la ministra de economía por Eduardo Gudynas

Cuando Aristóteles llamó a la ministra de economía  por Eduardo Gudynas
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Fuentes confiables relatan que cuando se le dijo a la ministra de economía que Aristóteles quería hablarle por teléfono, enseguida preguntó cuál era el asunto a tratar. Aristóteles respondió que el tema era el control de precios anunciado por el gobierno, que ya había conversado con economistas, políticos y sindicalistas, y sólo le restaba compartir con ella algunas ideas antes de volver a su descanso.

La polémica con posiciones a favor o en contra era mal interpretada ya que, a juicio de Aristóteles, todo eso era un ejemplo de los phantasmata. Este es un término que se deriva de la palabra en griego phantasia, que en su concepción original no es idéntica al vocablo que usamos hoy en día, fantasía.

Controlando los precios

No es una cuestión nueva porque los intentos de limitar los precios tienen una muy larga historia. Desde Adam Smith, que en 1776 defendía topes al costo de la educación o a las tasas de interés, al propósito de controlar no algunos sino todos los precios, como sucedió en Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, en un esfuerzo liderado por John Kenneth Galbraith.

Se regulan los precios para evitar efectos que se estiman como negativos, como pueden ser: que bienes y servicios se vuelvan inaccesibles al ser tan caros, controlar la inflación o regular el comercio exterior. Al decir control está claro que se alude a una imposición u obligación, y no son voluntarios. Se pueden establecer precios máximos o mínimos, e incluso se puede incidir sobre ellos por medio de subsidios, exoneraciones, compras estatales, etc. Sus promotores más sensatos insisten en que deben ser empleados junto a otras medidas ya que si se aplican aisladamente frecuentemente producen consecuencias negativas.

La medida tomada en Uruguay fue descrita de muy diversas maneras. La ministra de economía primero se refirió a un “control” y luego a un “acuerdo”, distintos políticos y medios además de hablar del control indicaron un congelamiento de precios.  Se entreveró todo más aun cuando el presidente reconoció que como hubo abusos en los precios se decidió “controlar”; la ministra lo secundó y advirtió que su cartera tiene capacidad de hacerlo. Pero finalmente reconoció que se llegó a un acuerdo voluntario, sin sanciones, y que no será el Estado sino los consumidores los que ejercerán ese control con sus decisiones sobre lo que comprarán o no.

Existieron múltiples reacciones. El Frente Amplio y el PIT CNT querían eso y más, no un acuerdo voluntario sino controles enérgicos que pusieran un techo a los precios de alimentos y artículos de limpieza. En sentido contrario, desde miradas económicas conservadoras se reaccionó con escepticismo o críticas, pero en ello también aceptaban estar frente a controles. Para éstos, existía el riesgo de una intervención en el mercado, y eso era inaceptable.

Algunos economistas criollos en las redes sociales afirmaron que ya sabían de antemano y sin dudar, que todo fracasaría. Esa petulancia, que tiene por detrás un aliento neoliberal, contrasta con la mesura de otros grandes economistas; Arthur Pigou, en 1941 sostenía que la restricción sobre los precios no está predestinada al fracaso o a ser inútil.

Los verdaderos fantasmas

Aristóteles dijo que en esas distintas posturas están los phantasmata. Ese término refiere a las representaciones que elaboramos a partir de observar o sentir el mundo. Es similar a una imagen pero no es copia exacta del exterior porque tiene imperfecciones y deformaciones. Se forman en nuestro interior y por ello son muy personales ya que cada individuo genera sus propios phantasmata.

Aristóteles, sonriente, le dijo a la ministra que en realidad no había ningún control de precios porque todo el esquema era voluntario, pero ni siquiera eso, en tanto los empresarios dejaron en claro que cumplirlo era dificultoso y que mucho dependía de la cotización del dólar. A partir de eso, Aristóteles explicó que cada uno organizó su propia phantasia, que es cuando los phantasmata se expresan, se hacen visibles, e incluso pueden ser asumidos como verdades. De ese modo, para algunos había un control de precios y para otros fue solamente un acuerdo, unos lo alabaron y otros lo rechazaron, los mismos que dicen haberlo aceptado al rato advierten que podrán no hacerlo, e incluso, hasta una misma persona podía usar cualquiera de esos términos casi al mismo tiempo.

Tal vez el extremo sean los economistas convencionales que van con sus phantasmatas de mercados libres, idealmente autoregulados, con consumidores plenamente informados y racionales, y que de tan perfectos, cualquier control de precios sería negativo. Ante ese tipo de posiciones, Galbraith, en los tiempos de guerra, advertía que el rechazo al control de precios por los ortodoxos partía de concebir a la economía como competitiva y a los mercados como libres, y que bajo esa idealización se generaban los precios –ideas, todas ellas, erradas.

Aristóteles estaba, sobre todo, preocupado porque presentar un acuerdo tan débil como un control de precios llevaba a phantasias extremas que no lograrían resolver la tensión entre ofrecer algún alivio a los que necesitaban comida sin desmontar el mito de mercados libres.

A muchos políticos, economistas, sindicalistas y hasta a la ministra, no les gustó nada que Aristóteles les dijera que discutían sobre phantasias. El, con una sonrisa, les recordó que eran inseparables del pensamiento. No hay pensamiento sin phantasia, y el debate político en Uruguay es una y otra vez un ejemplo elocuente de ello.

Nota: Las traducciones convencionales de las obras de Aristóteles presentan a phantasia como imaginación (por ejemplo la de Tomás Calvo Martínez, publicada por Gredos). Sin embargo son conceptos distintos en tanto imaginación deriva de imago, y ésta de imitor, y alude por ejemplo a la imagen en un espejo.

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