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El águila, un relato desde otro lado por Manfred Steffen

El águila, un relato desde otro lado por Manfred Steffen
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El Graf Spee, para muchos, no es más que una lejana historia de una batalla y un barco que terminó hundido en la bahía de Montevideo. En estos días, el proyecto de convertir en una paloma de la paz la enorme águila de bronce con la esvástica que adornaba este barco provocó polémica y recuerdos. Es que la historia tiene un lado uruguayo. O, dicho de otra forma, mucha gente convivió con las huellas del evento.
Soy nieto e hijo de inmigrantes de Alemania. Mis abuelos llegaron acá huyendo de la miseria e incertidumbre de los años treinta y buscando fortuna. «Espero de corazón que allá, del otro lado del océano, puedan encontrar suelo firme. Eso sería un consuelo», escribía el abuelo en su carta de despedida a su hijo y nuera que, con tres pequeños, partían hacia América del Sur.
Fue en 1932, unos meses antes de que Hitler tomara el poder. Cuando llegaron, no tenían dónde ir, por lo que la primera de las muchas estaciones fue Colonia Suiza. Allí alguien les prestó una casa. Allí mi madre de siete años y su hermana mayor, de diez, fueron a la escuela. Aprendieron español que sus padres hablaban con dificultad. En la familia se conservó la tradición alemana y protestante. Las comidas, las fiestas, las canciones, todo era alemán. La guerra los agarró lejos.
Yo crecí rodeado de relatos y de silencios. Sabía, aprendí a saber, de lo que se habla y de lo que no. La guerra estaba presente siempre y, con ella, la palabra de cuatro letras que pesaba como un yunque.
En cambio, sí hubo una historia relatada una y otra vez, en diferentes versiones y colores. Era sobre una batalla frente a las costas de la nueva patria, que culminó con un barco casi destruido en el puerto, con muchos muertos y heridos, con mucho dolor. Los derrotados fueron atendidos en un hospital de un Uruguay entonces neutral.
Escuché mil veces sobre esos jóvenes destrozados por la metralla, lejos de su familia. Mi madre me contó que con algunas de sus amigas fueron a visitarlos y asistirlos. Ella de 14 años, los marineros de más o menos 20. ¿Entendés que éramos chiquilines, lejos de cualquier ideología?, me dijo muchas veces.
La historia preferida de mi madre era la de su amiga que se quedó en la primera cama. Allí yacía uno de los marineros del Graf Spee, completamente vendado. Solo se le veía la nariz. La amiga se quedó con ese porque estaba todo roto: le daba pena. Resulta que un tiempo después le sacaron las vendas y se ve que le gustó, porque se casaron. Fundaron una familia, uruguaya, aunque conservaron tradiciones alemanas. Él fue uno de los que se quedaron acá, de los que no pudieron o no quisieron volver a su Alemania de origen, primero por la guerra, después por la destrucción. La última vez que lo vi, iba caminado lentamente por 21 de Setiembre.
Muchas, realmente muchas veces, le pregunté a mi madre si esos marineros eran nazis. Y siempre me dijo que no. ¿Qué podían hacer? Eran jóvenes en una situación horrible. En el 39 nadie sabía, nadie podía saber. Perdieron todo, sus compañeros despedazados en la batalla y, después, su patria cayó en manos de esa gente. «Fui al entierro», me contó mi madre. Y, en ese día, muchos de los que estiraban la mano no eran alemanes. «Yo era chica y no entendía mucho —decía—, era una guerra lejana y cruel. Nadie acá quería ese horror». Tampoco el capitán, que se pegó un tiro envuelto en la bandera, pero no la de los nazis.
La culpa estuvo siempre en mi vida. «En mi familia no había nazis», decían y siguen diciendo todos. La verdad es que será siempre una pregunta sin respuesta. Las guerras sacan lo peor de cada uno. Hubo gente entusiasta de las ideas de un tercer Reich, del relato de los nazis de que Alemania había sido traicionada y debía recuperar su gloria pasada. Necesitaban un culpable y lo encontraron en los judíos. No se debería hacer silencio sobre eso.
Heredé parte de esos silencios, de esas preguntas sin respuesta. Así fue que, apenas pude, fui a Israel. Quería conocer ese país, por sus extraordinarios logros, pero también para conocer y hablar con gente que me pudieran contar la historia, no desde la culpa sino desde su experiencia. Conocí muchos israelíes de origen alemán. Me contaron de sus penas, de sus huidas y búsquedas, de su sueño de vivir sin miedo en una sociedad justa. Gershon, así se llamaba, me dijo algo que no olvido. «Mis padres eran laicos y tomaron conciencia de que eran judíos cuando estaban en el campo de concentración. ¿Entendés que éramos alemanes como cualquiera y que esta gente un día nos empezó a perseguir y matar? Me quedé sin mi querida Berlin, por esas bestias».
Un día fui a Yad Vashem, el museo de la memoria en Israel. En la entrada había un zapatito. Creo que ahí entendí mejor muchas cosas. Muchas bestias hicieron o toleraron eso. No tiene nombre, ni perdón.
En estos días se volvió a discutir sobre el águila del Graf Spee. No sé qué sabían los marineros, los que murieron y los que no, los que se quedaron e hicieron una familia acá y los que volvieron a Alemania. Tal vez no quisieran o no pudieran saber. Seguro que nunca olvidaron.
Es que no hay que olvidar. El águila seguirá estando al acecho. Entonces, mejor conocerla y advertir a nuestros hijos e hijas. La bestia está ahí latente, sus ojos siguen mirando y debemos estar atentos. No podemos, no debemos, no tenemos derecho a olvidar.

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