Home Indisciplina Partidaria El caso facebook por Hoenir Sarthou

El caso facebook por Hoenir Sarthou

El caso facebook por Hoenir Sarthou
0

Frances Haugen es -o era hasta hace poco- una desconocida experta en informática de 37 años que trabajó desde 2019 para la empresa Facebook como “gerente de productos”.

Ya no es una desconocida. Su nombre saltó a la fama hace un mes, cuando filtró a la prensa estadounidense documentos internos de la empresa y declaró públicamente que Facebook y sus colaterales (Instagram y Whatsapp) “Dañan a los niños, polarizan políticamente a la sociedad, comprometen la seguridad de sus usuarios y debilitan a la democracia”. Además, agregó que Mark Zuckerberg y los altos jerarcas de Facebook saben de esos efectos y que podrían evitarlos, pero no los evitan, sino que los incentivan, porque “…prefieren anteponer sus ganancias a la seguridad de sus usuarios”.

Lo más sorprendente son los efectos de las declaraciones de la hasta entonces oscura experta en informática. La gran prensa, tanto estadounidense como mundial, difundió su denuncia y ella fue rápidamente citada y recibida por el Senado de los EEUU para testificar. Luego de oírla, varios senadores demócratas y algunos republicanos se mostraron partidarios de intervenir y de controlar a empresas como Facebook.

Contado así, parece un guion de Hollywood: la humilde y honesta norteamericana promedio toma conocimiento de información que demuestra que una empresa muy poderosa está dañando a la población. Luego de sortear sobornos, traiciones y atentados, logra hacer pública la información y alcanza la fama, la gloria y las felicitaciones del Gobernador, mientras que el Sheriff y sus hombres (en Hollywood, los policías corruptos son siempre una excepción) se llevan arrestados a los odiosos y ahora cabizbajos delincuentes de cuello blanco.

Algunos preferimos el cine independiente, en el que los buenos y los malos no son tan fácilmente distinguibles, en el que los finales felices abundan menos y casi nunca incluyen a los gobernadores ni a la policía.

¿Alguien cree posible que una muchacha desconocida y sin poder logre que toda la prensa se haga eco de sus acusaciones contra una poderosísima empresa transnacional y que el Senado la reciba formalmente para oír su denuncia?

No, no es creíble. Salvo que detrás de Frances Haugen haya otros poderosos que, por alguna razón, estén pulseando con Mark Zuckerberg ante su irresistible ascenso en el círculo del poder económico y mediático.

Para entender la situación, algunos datos básicos. El complejo de empresas que lidera Zuckerberg incluye a las redes sociales Facebook, Instagram, Whatsapp, e incluirá a Metaverso, una propuesta de realidad virtual que dice ofrecer experiencias equiparables a las de la vida real.

Facebook tiene este año 2.740.000.000 usuarios, una cifra que se acerca a la mitad de la población del mundo y a la casi totalidad de quienes tienen acceso a internet. Whatsapp, por su parte, tiene 2.000.000.000 de usuarios e Instagram unos 1.200.000.000. Obviamente, los usuarios de las tres redes se superponen, pero, en conjunto, Zuckerberg controla el mayor instrumento de comunicación del mundo.

El poder publicitario y las posibilidades políticas que eso conlleva son casi inimaginables. Por otra parte, Zuckerberg parece ser un joven recién llegado a las grandes ligas del poder. A nadie debe extrañar que él y Facebook pongan nerviosos a unos cuantos, incluidos quienes manejan tradicionalmente los resortes del poder económico y político. Supongo que la necesidad de controlar al controlador de semejante imperio comunicacional debe parecerles vital a otros poderosos.

Las denuncias de Haugen no surgen de la nada. El año pasado, en plena pandemia, un conjunto de poderosas empresas y organizaciones sociales, con Microsoft en primera fila, organizaron un boicot contra Facebook. Alegaron que la red social no filtraba los “mensajes de odio”, es decir que no censuraba lo suficiente a los partidarios de Trump, y le suprimieron la publicidad paga. Zuckerberg tuvo que ceder y, algoritmo mediante, intensificó la censura de publicaciones, no sólo las pro Trump, sino también las anti pandemia, como ya lo hacían YouTube y las otras redes sociales. Hace pocos días hubo un gigantesco “apagón” mundial de Facebook, que aparentemente le costó a Zuckerberg U$S 6.000.000.000 (seis mil millones de dólares). Casi en simultáneo, se expuso la denuncia de Frances Haugen en el Senado. Demasiadas casualidades, ¿no?

¿Acaso estoy actuando como defensor de Zuckerberg?

No, en absoluto. Estoy señalando que las redes sociales son un arma de doble filo. Por un lado, permiten a quienes las controlan acceder a información íntima e invaluable de todos los usuarios. Eso significa mucho control, mucho dinero (la información se comercializa) y mucho poder. Pero, por otro lado, las redes han cambiado la lógica de la comunicación. El viejo esquema, en el que había un emisor activo y un receptor pasivo, se vio revolucionado. Cada uno de nosotros lleva en el bolsillo un canal de televisión, una emisora de radio, un diario, una enciclopedia universal y una oficina de correos. Basta querer y saber usar el celular o la computadora con esos fines. Es cierto que muchísima gente sólo usa a las redes sociales para mostrar sus fotografías o las de sus perros y gatitos. Pero la potencialidad está. Y millones de personas las usan -las usamos- para difundir o acceder a información y a opiniones que no aparecen ni aparecerán en la prensa formal.

La pandemia hizo evidente ese doble papel. Porque se usó a las redes sociales, qué duda cabe, para azuzar el miedo, pero también para difundir información que de otro modo no habría llegado a conocimiento de nadie. Así, poco a poco, el discurso pandémico oficial se vio obligado, primero a competir con otro discurso que cuestionaba los test, las cifras oficiales, los confinamientos, los tapabocas y las vacunas, y luego a reclamar censura contra ese discurso alternativo.

La embestida contra Facebook hay que leerla en ese contexto. Porque el bolsillo de Zuckerberg se beneficia con la proliferación en Facebook de toda clase de opiniones, debates y peleas. Eso atrae gente y aumenta el valor de su red, a la vez que pone nerviosos, supongo, a sus competidores y a los creadores de las verdades oficiales sobre la pandemia o sobre lo que sea. Porque, ¿de qué sirve controlar a los medios formales de comunicación si cualquier “loquito”, con un celular, desde cualquier lugar del mundo, puede transmitir el dato demoledor que se quiere ocultar y muchos otros “loquitos” pueden hacerlo viral?

Por eso han tenido que llamarle tantas veces la atención a Zuckerberg. Supongo que habrá allí una pulseada secreta, en la que Zuckerberg reclamará alguna clase de compensación, en dinero o en poder, a cambio de censurar los discursos “políticamente incorrectos”. Y supongo también que llegarán a alguna clase de acuerdo.

En esa pulseada están en juego cosas mucho más importantes que la plata y el poder de Zuckerberg y de sus rivales. Porque la denuncia de Haugen, con eco en el Senado de los EEUU, legitima algo que hace muy pocos años habría sido impensable: el derecho de ciertos poderes fácticos a censurar la información y las opiniones que se hacen públicas. Así como se lee: el Senado de los EEUU se dedicó a analizar, no cómo garantizar la libertad de expresión, sino qué tipo de censura se debe aplicar a tus y a mis comunicaciones.

Eso significa un cambio brutal de paradigma. Todos nosotros fuimos criados bajo la idea -establecida en nuestra Constitución y en la de todos los países que se declaran democráticos- de que la expresión del pensamiento debe ser libre y que esa misma libertad, por la vía del debate y la contrainformación, se regula a sí misma y permite a cada persona optar por las opiniones que prefiera.

Eso no corre más. Casi sin darnos cuenta, pretextando que hay que cuidar a los adolescentes que se deprimen si su foto no recibe suficientes “likes” en Instagram, se impone la idea de que también hay que cuidar al resto de la humanidad de las ideas perniciosas, de la información falsa y de las opiniones que hieran su sensibilidad. En suma, todos debemos ser tratados como adolescentes tontos.

¿Y quién va a decidir qué ideas y datos son “ciertos” y “saludables”? Esa es la pregunta del millón. Todo indica que los ejecutores de la censura serán -ya lo son- Zuckerberg y sus colegas administradores de redes. Pero es obvio que también ellos son controlados y sufren tirones de orejas, que adoptan nombres desconocidos, como el de Frances Haugen.

Nada de esto debe sorprendernos. El mundo está viviendo la “salida del closet” de un poder económico que antes operaba en la sombra y ahora quiere legitimarse, mandar sin subterfugios y ser acatado. Ese poder económico está dando un golpe de Estado global que implica la reorganización económica, política y jurídica de todas las sociedades. Las desventuras de Zuckerberg no hacen más que confirmar que la reorganización del poder implica pulseadas.

Como todos los golpes de Estado, este de los plutócratas necesita una situación de emergencia para justificarse (la pandemia y otras eventuales crisis) y necesita el control de la información para garantizar el acatamiento.

Lo que ha cambiado son los instrumentos técnicos y las dimensiones del escenario. Pero el método se conoce al menos desde la antigua Roma.

POR MÁS PERIODISMO, APOYÁ VOCES

Nunca negamos nuestra línea editorial, pero tenemos un dogma: la absoluta amplitud para publicar a todos los que piensan diferente. Mantuvimos la independencia de partidos o gobiernos y nunca respondimos a intereses corporativos de ningún tipo de ideología. Hablemos claro, como siempre: necesitamos ayuda para sobrevivir.

Todas las semanas imprimimos 2500 ejemplares y vamos colgando en nuestra web todas las notas que son de libre acceso sin límite. Decenas de miles, nos leen en forma digital cada semana. No vamos a hacer suscripciones ni restringir nuestros contenidos.

Pensamos que el periodismo igual que la libertad, debe ser libre. Y es por eso que lanzamos una campaña de apoyo financiero y esperamos tu aporte solidario.
Si alguna vez te hicimos pensar con una nota, apoyá a VOCES.
Si muchas veces te enojaste con una opinión, apoyá a VOCES.
Si en alguna ocasión te encantó una entrevista, apoyá a VOCES.
Si encontraste algo novedoso en nuestras páginas, apoyá a VOCES
Si creés que la información confiable y el debate de ideas son fundamentales para tener una democracia plena, contá con VOCES.

Sin ti, no es posible el periodismo independiente; contamos contigo. Conozca aquí las opciones de apoyo.

//pagead2.googlesyndication.com/pagead/js/adsbygoogle.js
temas: