Home Entrevista Central Gabriel Camilo, expreso y escritor “Los que están durmiendo en la calle están más en cana que los del COMCAR”

Gabriel Camilo, expreso y escritor “Los que están durmiendo en la calle están más en cana que los del COMCAR”

Gabriel Camilo, expreso y escritor “Los que están durmiendo en la calle están más en cana que los del COMCAR”
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En épocas donde tenemos quince mil presos en las cárceles uruguayas, se insiste con el aumento de penas y la mano dura nos fuimos a hablar con alguien que conoce muy bien la realidad carcelaria y el mundo del hampa. Nos desasnó bastante e hizo añicos un montón de prejuicios imperantes. Su historia es un canto a la vida.

Por Jorge Lauro y Alfredo García / Fotos: Jorge Lauro

¿Dónde naciste?
En Montevideo, en el barrio Bella Vista.
¿Muchos hermanos?
Tengo una hermana, que vive, y un hermano que falleció. Nos criamos en un barrio hermoso. Mis primeros diez años de vida fueron maravillosos. Fui al Colegio Salesiano.
¿Fuiste a colegio católico?
Sí, me crié en un colegio católico. Tuve la experiencia de jugar al fútbol en la calle, en la época en que nos llevaban en fila a la comisaría cuando nos agarraban jugando a la pelota en la calle.
¿Qué edad tenés?
Sesenta y dos. Me crié con ese folclore, jugando al titirilla, jugando a la escondida, en la cancha de básquetbol del Auriblanco. Nos criamos ahí, cuando había unos costaneros que rodeaban la cancha. Hoy es un estadio cerrado. Han pasado los años. Si te hablo de mi infancia, te hablo de cosas lindas, hasta un punto en que encontré una realidad en la sociedad normal y corriente, que hoy es tan natural como en aquellos tiempos no lo era. Ahí empezó a cambiar un poco la felicidad esa, por angustia, por depresión, por ganas de no seguir viviendo, por ganas de hacer todo lo contrario a lo que me habían enseñado a hacer, como parte de una vida normal.
¿Qué hacía tu viejo?
Era chofer de CUTCSA. Tenía una cuarta parte de ómnibus en CUTCSA, era propietario, y era empleado público, también. Un laburante. Trabajaba en Sanidad Policial, como administrativo. Era una persona muy honrada, muy derecha.
¿Tu madre era ama de casa?
Sí. Ahí empezó una etapa de mi vida que se marcó por otro lado totalmente opuesto a lo que un niño puede soñar.
¿Fuiste al Colegio Salesiano hasta los once años?
Hasta primero de liceo, hasta que me echaron.
¿Te echaron por desprolijo?
Empecé a expresar reacciones violentas contra mis compañeros y profesores, y no se entendió. Uno se pregunta por qué pasó eso de pasar de tener una conducta destacada a tener todo lo contrario. Yo quería hacer un llamado de atención, pero no sabía cómo defenderme. Era muy duro lo que yo sabía. Era una cosa muy fea de asimilar. Se me contradijo que no era verdad lo que yo había visto, y se me hizo todo un trayecto de psicólogos, de psiquiatras, de encefalogramas.
¿Habías visto algo en el colegio?
En mi casa. Algo que no quiero ni volver a nombrar. Ya lo perdoné. Hoy es otra vida. Me parece estar hablando de otra persona, viéndolo de afuera. Tengo un libro escrito, no terminado, pero bastante avanzado. Se llama El zurdo cerrado. Cuando era chico me decían el Zurdo.
¿Sos zurdo?
Le pego con la izquierda, pero escribo con la derecha. Ese libro habla mucho de todo ese tiempo, pero desde un lado del perdón. Toda la vida puse eso como bandera. Uno en la vida no puede hacer cosas contra los demás porque alguien te hizo algo. Eso no es bueno, es horrible. Lo que me pasó es que, al perdonar, logré entender y sanar. Cuando te lo cuento a vos, sigo sanando. Entiendo a esa persona más que nadie, y más la quiero todavía. Si la viera ahora, le daba un abrazo, en lugar de estar toda la vida acusándola. Empezó una trayectoria de mi vida en la que me asustaba la idea de que fuera así. Me daba miedo pensar que iba a hacer cosas de esa magnitud. Y las hice, y las viví. Me hice un ladronzuelo.
¿Te juntaste con barras jodidas? ¿Para dónde arrancaste?
Me fui de mi casa con quince años. Iba y venía. Vivía lo que me pintaba en la noche. ¿Y qué pasa en la noche? Todo lo que uno ya sabe. No vamos a entrar a discriminar los eventos que uno puede encontrar en la noche, pero no fue nada positivo. Nada de lo que yo había concebido como una vida de orden, de vocación de servicio. Pasé a ser un servidor del mal, de todas las porquerías. Todo lo que era malo yo lo miraba, lo vivía y lo escuchaba. Sabía que no estaba bien, pero yo estaba ahí, sentado con los que hablaban y pensaban mal.
Te pusiste a afanar.
Sí, claro. Como sobrevivencia, como una forma de sentirme hombre, autosuficiente. Así empezó mi vida, haciendo cosas que a los demás no les hacían nada bien. Ni a los que me querían ni a los que no me conocían. Hacía daño.
¿Cuándo caíste en cana por primera vez?
Creo que a los dieciocho o diecinueve años. Y después era una cada tanto.
Te soltaban y volvías. Tenés una troja de años adentro.
Estuve muchos años adentro de la cárcel. Muchos años, en muchas épocas y años diferentes. Conocí realmente la idiosincrasia de los cambios sociales que hubo dentro de la cárcel. En los ochenta la cárcel era una, fue otra en los noventa, y otra en los dos mil, y la de hoy es opuesta a la que yo conocí en los ochenta.
¿Qué cambió? ¿El tipo de preso?
Supuestamente la cárcel no encierra gente de calidad, pero hablando del mundo del crimen eran presos de mucha más calidad que ahora. Eran ladrones, que robaban plata, que se sentían rastrillos cuando no encontraban la cifra a la que estaban acostumbrados. Se sentían gente de poca monta. Era un código de estatus social, dentro del ambiente y de la cárcel. Muchos nunca cayeron presos, y eran ladronazos. “Ladronazo” era un eslogan. Tarde me di cuenta de que esa palabra estaba totalmente fuera de lo normal para un ser común y corriente que tiene que convivir con su vecino.
Salvo que te hagas político.
Bueno, esa es una afirmación que no pasa por mi vocabulario en este momento. Bórrenlo.
El ladrón tenía un cierto mérito a nivel carcelario.
Lo tiene ahora también.
¿Ahora no es el narco el que tiene el mérito?
Tiene el poder, el control económico. ¿Cómo se comanda algo? Con poder económico, con sustento de alguien, de un grupo. En aquel tiempo el tipo que tenía poder económico era un ladrón. Las cosas cambiaron. Antes no había droga, hoy la hay. De repente cambió el palo, como puede cambiar en cualquier rubro. Hoy el perfil del preso es de menos calidad y de mucha necesidad, de mucho dolor, de mucha soledad, de mucho desamparo, de mucha indiferencia social. Esto es como una bomba que está por explotar. En Argentina parece que ya explotó. Es horrible lo que uno ve por los medios, acá parece que está un poquito mejor. Hay una caldera de presión en la que se está gestando un virus que no se va a poder detener, porque todo pasa en la primera edad, que es cuando el niño empieza a tomar consciencia de para dónde va a agarrar. Por eso es que nuestros libros van enfocados a la escuela pública, porque nos dimos cuenta dónde empezó nuestro problema. Yo me enfoco en mi vida, y como en mi vida hago lo que me hubiese gustado que pasase en aquellos años, hoy hago cosas para que eso pase.
¿Qué hacés?
Hago libros para que vayan a la escuela pública, con un mensaje de empatía. No te arrepientas de pensar en el otro, aunque el otro no te registre, no te vea, no te tome en cuenta. De eso tratan los libros, de ese contenido, es en la escuelita donde empezamos a tener las primeras experiencias de decisiones, de los amigos, de hacia dónde encaminás tus pasos. Después viene el liceo, que es un lugar muy importante para la sociedad, donde se puede mostrar otro mensaje. Hay un cantante argentino que me llama mucho la atención por su valentía.
¿Quién es?
Es un cantante de cumbia muy conocido, de los que más está sonando. La banda se llama Ke Personajes, el nombre de él es Emanuel Noir. No me gusta mucho ese estilo de músico, pero observo que en ese muchacho está el mensaje que hoy por hoy estaría usando la sociedad para llevarle a la juventud. Te habla de Dios, porque a veces hablamos de Dios como si fuese una mala palabra. Hablar de cosas que son sanas. No hay cosas opacas en el mundo de la espiritualidad. En cambio, escuchamos hablar del chorro, de la cárcel, de la droga, del narco y de la buena lata, y un mensaje en la música que apunta a destacar ese rumbo. Este otro valiente, en los recitales, le habla a la gente sobre hacer las cosas bien, sobre Dios, sobre cosas que hoy la gente necesita, alejados como estamos de eso tan hermoso que es hablar de Dios, y tanto que nos resistimos a esa palabra. La sociedad se va encaminando por otro lado, donde con otra libertad se habla de lo malo. Y no se le ponen barreras a lo malo. El mensaje de los que salimos de esa vida horrible es que, a nosotros, cuando éramos chicos, nos hubiese gustado que nos tomasen más en cuenta. Cuando hablan los grandes los chicos se callan, nos decían, y esas cosas las traemos de chiquitos. Hoy es hora de que nosotros, que ya pasamos por eso, digamos que nuestros hijos tienen voz y voto, y que nos esperan.
Hoy tenemos una población carcelaria de hombres jóvenes, pobres y hasta analfabetos y son quince mil. ¿Cómo se encara? ¿Qué es lo que hay que hacer? Hablás de Dios como una opción.
El evangelio en la cárcel es algo de primeros auxilios. Vi personas a las que me llamó la atención escucharlas hablar y decir: “Dios está con nosotros”. Esa terminología sólo la podés escuchar de alguien que va a llevar una palabra de paz. En ese camino no hay violencia, en el sentido de que de repente está distorsionado el mensaje en alguna parte, porque terminan siendo organizaciones manipuladoras de desgracias y situaciones límite. Mismo así, con ese ingrediente en contra, te puedo asegurar que dentro de las cárceles el evangelio sería una gran solución, porque es una doctrina que lleva a cambiar costumbres y valores en personas que no los tienen. Mal o bien, sería una solución. Nosotros no usamos el evangelio en nuestro camino de reinserción. Usamos el abrazo. Pero tenemos un contenido. Fuimos liberados, sanados y transformados por un evangelio. No fuimos obra de una varita mágica que apareció por arte de gracia y nos dio una segunda oportunidad.
Tu redención es por la fe.
Mi camino se cambió cuando tuve la clara consciencia de que lo mío no es natural sino sobrenatural y que tiene un cometido puntual. Hay una parte de la Biblia que dice que Dios iba a avergonzar a los que tienen más conocimiento, a los sabios, con lo más vil y despreciable de la sociedad. ¿Esto quiere decir que nosotros somos mejores que nadie? No. Pero sí que podemos estar ahora hablando con un presidente o con un ministro, con una persona de autoridad, de igual a igual, cuando eso en la lógica, en la norma psicológica natural, es inconcebible, que un tipo que sea un criminal de toda la vida, con muchos antecedentes como delincuente le pueda ir a dar una idea a un administrador de una nación. Eso es fuerte, y está pasando. Y no está pasando desde el lado en que no saben qué hacer. Se dieron cuenta que hay cosas buenas dentro de lo malo que es la cárcel, y que hay gente que tiene derechos que se tienen que apoyar, porque en el momento en que los apoyes va a haber muchas cosas que se van a aclarar y van a poder hacer más cosas de las que se imaginan. Solamente se necesita que le den pelota al tipo que está ahí en cana, que parece que no tiene ni voz ni voto. Cuando hay una planchada que está complicada, siempre el llavero le pide al brazo gordo que ponga orden. No es a palo, no es a gas, sino que va a coincidir con el que anda mejor con los cuchillos.
¿Vos eras un brazo gordo?
¡No, no, qué voy a ser brazo gordo! Yo era una torcacita. Soy un hombre de paz. Claro, la cárcel tiene un contexto de seriedad. Pero eso del brazo gordo no está bien mirado por el preso, inclusive. Es el que tiene ciertos beneficios, entonces, claro, termina siendo una figura desagradable. Pero cuando hay un clima de guerra en el que no se puede convivir, la herramienta del policía es el brazo gordo. Con el tiempo el sistema al interno de la cárcel se fue deteriorando, porque el policía convivía con el preso como alguien que era parte de su día a día. El policía vivía más con el preso que con su familia.
¿Por qué se deteriora, por el hacinamiento?
No, no. A ver. La seguridad ha cambiado. Han puesto muchos sistemas de seguridad. Ha cambiado el sistema financiero, y para el tipo ya no es tan fácil encontrarse con efectivo. Es más complicado, no salen a caminar a ver qué se pueden llevar. Hoy el tipo tiene otras dificultades para robar, entonces delinque por un descuido, por una cosita leve, por romper el vidrio de un auto, por llevarse una cartera, cosas que antes eran de sobrevivencia. Lo otro es el tema del consumo de drogas.
¿Cómo entra toda esa droga a la cárcel?
No es una cosa de la que nosotros podamos hablar, son cosas que toda la vida en la cárcel hubo. Servicios. Servicios para los presos que estaban ahí adentro. Quien tenía una condición económica tenía ciertos servicios. Pasa un poco por ahí. Va más allá de una cuestión administrativa, es una cuestión de calidad humana. ¿Cómo un director de una cárcel va a saber quién le entra drogas o armas? No pasa por cómo es el sistema, o por cómo se puede descubrir eso.
Algunos dicen que, si no entra droga, la cárcel es un polvorín.
No te puedo decir cómo sería la cárcel sin drogas o cómo es con drogas. No es el problema. El problema de la gente no está en cómo entra, o en los mecanismos que pueda tener un sistema, hoy, mañana o antes. El problema está en que mucha gente en la cárcel, que tiene muchas cosas positivas para dar y cosas inteligentes para demostrar, no es tomada en cuenta porque no tiene chance. En este tiempo nosotros creemos que lo mejor que se puede hacer es crear un espacio para que esa gente se involucre y empiece a participar integrando sus cosas positivas. No nos vamos a poner a ver si la droga entra por acá o por allá. Si entra y nadie la consume, se va a quedar ahí, y la van a tener que volver a sacar. Un poco la idea es esa, estimular a la gente con otras cosas de apertura, de entusiasmo y motivación, que tienen más peso que las otras.
¿Cuánta gente es rehabilitable?
Creo que todas las personas, a no ser que tengan un problema psiquiátrico grave. Creo que todas las personas tienen derecho a tener una oportunidad. Muchas veces estuvieron en cana y nadie les dijo: “Vení, vamos a armar un proyecto, vamos a mandarle todas las semanas un paquete a tu familia, un surtidito”. La mayoría de los presos no tienen visitas.
Porque se corta el lazo familiar.
Porque el problema de las adicciones corta toda la estructura, porque angustia a las personas. No sólo se maltratan ellos, sino que el lugar de recaudación es la casa, y te venden una garrafa o lo que sea. El tema es que cuando la persona tiene la posibilidad de integrarse dentro de la cárcel en algo que le va a hacer bien a su familia directa, lo primero que pasa es que las personas se ponen contentas, la mamá, la hermana, que pensaban que no lo iban a recuperar, que lo habían perdido. Escribí un libro que ya está en la imprenta, Rufiani y Rómulo.
¿De qué va el libro?
Rufiani es un gato montés en situación de calle, y Rómulo es un bulldog francés de clase alta, que va a jugar a la pelota a la playa por primera vez. Rufiani está en los médanos mirando el partido de los perritos del barrio, con una envidia bárbara, porque le gusta el fútbol pero es un gato muy hosco. Y ve que Rómulo no hace pie, porque nunca se había bañado en una playa, y como tiene las patitas cortas se empieza a hundir. Cuando todos lo daban por perdido, aparece un gato en situación de calle y lo saca. Lo escribí en cinco o diez minutos, pero todo este tiempo lo estaba previendo. Allá en Schroeder y Arocena, pegado a un árbol que hay frente a Tienda Inglesa, había un tipo que olía mal, con el pelo largo, todo tiznado. Y me dice: “Me llevás para ese lugar que tenés”. Lo miré y le dije que sí, que no había problema pero que todavía no habíamos empezado. Y por dentro pensaba qué podía hacer con ese hombre, cómo podía empezar. Ponete en esa situación. Lo olía, lo miraba. Y sentí algo adentro: “Como te gustaría a vos que te lo hicieran”. Así, literal. Hoy está trabajando en TEYMA, y si lo ves, alucinás: pelito corto, con un calefón y un quemador hizo una olla de hierro, y ahorramos gas, y con una heladera vieja hizo una estufa que no sabés cómo está. Ves algo que no coincide. Esto se soluciona así, y con los presos pasa lo mismo. Hay soluciones para la sociedad. A nosotros nos solucionó el tema del combustible. Comprar una olla valía cinco mil mangos. Y él hizo una con un quemador. El espacio es ese, buscar lugares. La otra parte es cómo tienen que ser esos lugares.
¿Cómo deben ser?
Tienen que ser como a vos te gustaría vivir. Caminando por estas calles, tratando de meterme tímidamente en cada mesa para vender un libro, para contarles este proyecto, les explicaba que no soy vendedor, que estoy generando buscar un espacio para que muchas personas pudieran involucrarse. Y hoy me siento en un lugar de estos, a hablar contigo y hacer una nota, viendo eso en funcionamiento. El espacio no tiene que ser un lugar para amontonar gente, para darles un plato de comida, un guiso, y tenerlos amontonados en una casa. Tiene que ser una casa que huela bien. Soñamos una casa como esa de la esquina, uno de esos caserones. ¿Por qué no? ¿Por qué tienen que vivir en una habitación con tres cuchetas, pegando la cara contra el techo? ¿Qué cambio vamos a pretender de esa persona? ¿Qué vamos a provocar en esa persona? “No te olvides que sos un problema, que no se te pase por alto que sos un problema”.
¿Qué es lo que más sirve en la cárcel? ¿Trabajo, estudio, religión, gimnasia?
Todo sirve, más de todo, y que nunca se cansen de dar esas cosas. Son las cosas que necesita una persona que está apretada dentro de un metro cuadrado. Estamos en la era de la información y los teléfonos, y, quieras o no, los teléfonos en la cárcel son necesarios. Son una necesidad para el preso. Tener un teléfono es una necesidad de derecho humano. Son cosas de sistema judicial y sistema policial.
Vas a contrapelo del discurso dominante.
El discurso dominante que opine lo que opine. Te hablo como una persona que estuvo ahí dentro una cantidad de años, más de veintiséis. El teléfono tiene que ser una herramienta de comunicación hacia lo más básico, como puede ser un hijo, una madre, un padre. Todos, mal o bien, tienen alguien que los quiere.
¿No es una apuesta arriesgada?
Si están igual…
Se habla de poner inhibidores de señales.
Eso ya estuvo, y lo que hace es aumentar el volumen de la soledad, de la indiferencia, de la discriminación, y eso genera rechazo en la persona, aleja a la persona de sus pares, de las personas que lo pueden sostener y motivar para que cambie de sintonía. Es mentira que así lo delitos se pueden evitar. No. ¿Qué son? Cuatro delincuentes y diez mil problemas. ¿Qué es más importante, los cuatro delincuentes o los diez mil problemas? Los diez mil problemas, en los que hay niños, mujeres, muchas cosas que quedan distanciadas y cortadas. Hay soluciones legales, trabajo, cosas impresionantes que se solucionan desde adentro de una cárcel con un teléfono. Es como cuando ves que el partido se va de la hora y pensás que el técnico tendría que haber puesto a este o al otro y empezás a hacer una cantidad de deducciones en la mente para resolver ese problema. Pero ese problema tiene una realidad que es el vínculo que tenga el preso con la familia. Es el único vínculo que es el primero que se sana cuando esa persona toma, por ejemplo, una comisión. Se consigue una comisión en la cárcel, lo que parece una pavada, pero a la familia le cambia la vida, porque queda liberada de un montón de cosas, de responsabilidades, de llevar un paquete. Cosas que son una realidad. Cuando buscamos la forma de asistencia, pero no de asistencialismo sino de una asistencia provocando el talento y el valor de la persona, eso lleva a que la persona empiece a fluir y a terminar descubriendo proyectos que ustedes ni se imaginan. Soluciones para la sociedad, y al toque, porque no se precisa mucho trámite.
¿En la cárcel hay que hacer trabajo obligatorio?
Nada obligatorio es bueno. Es una palabra medio dura. Obligatorio, pena de muerte. Creo que todas esas terminologías vienen por ahí, por ese espíritu de destrucción. ¿Sabés qué pienso cuando dicen eso? Que no son personas, que son elementos a los que hay que obligar, como a un caballo al que van a poner a trillar o a un buey al que tienen que pasar por la tierra con un arado atrás. Pero en un ser humano creo que no debería de haber ninguna propuesta de obligación. Sí, de repente, reglas a cumplir. Estaría bueno que haya reglas de convivencia, pero para que se aprenda a convivir, no para que se imponga el cómo convivir. Para que se aprenda, para que se diga: “¡Qué bueno vivir así!”. Es lo que pasa en nuestro lugar, en donde vivimos nosotros. Ahí los chiquilines viven así. Tenemos reglas. Nos levantamos a las siete, porque nos gusta tomar unos mates antes, después un desayuno y después ir a laburar, y antes de laburar una previa, una charla, un tabaquito. Pero no del lado de que “tiene que ser así”. Claro, tenemos un espacio reducido, tenemos un grupo de gente limitado.
¿La cárcel de Punta Rieles vieja es el tipo de cárcel que sirve?
Eso de contestarte qué tipo de cárcel sirve… Para mí las cárceles no sirven para nada. Te lo digo así. Es utopía hablar así, pero creo que aumentan el problema, aumentan el dolor, la distancia que hay entre la tecnología del conocimiento para llegar a la cabeza de la persona. Genera más distancia. La cárcel puede ser el lugar donde la sociedad tiene la oportunidad para establecer una persona en un nuevo momento y que salga de ahí con otra perspectiva. Esa sería la función de la cárcel. Tendría que serla. Creemos que eso no es difícil, si realmente se quiere hacer. Tenemos mucho conocimiento dentro de la cárcel, muchos amigos, muchos compañeros que nos viven llamando y preguntando cómo hacer. Les digo que nosotros recién estamos abriendo los ojos en esto.
La pena alternativa…
Es una forma de… Y te digo más. Sería bueno que en vez de usarse con los que entran, las penas alternativas se usen con los que ya están, con aquellos que cumplieron un tiempo determinado en la cárcel, para que tengan la posibilidad de abrirse la puerta con una actitud. Si el tipo que tiene una pena de diez años y ya lleva seis, siete, ocho años en cana, y realmente demostró que está enfocado, en cinco años te tenés que dar cuenta a quién tenés ahí adentro. Si a esa persona le das una posibilidad de ir a trabajar, de bancarse él, a su familia, nos sacás el problema de tener que mantenerlo. Le damos laburo, el espacio y todo el apoyo que necesita para que eso pase. Si caminás bien, te vas en mucho menos tiempo del que te imaginás. Creo que ese sería un paso gigante en acción y en actitud. Hay un tema de logística judicial y operativa que no es fácil de hablar. Hablar, habla cualquiera.
Y está el punto de vista social. Hay mucho prejuicio contra los presos. ¿Quién le da laburo a un preso?
En este laburo mucha gente me decía que tuvo una constructora, o una mueblería, o que trabaja en tal rubro y toma gente, y que ha tenido las mejores experiencias con gente que salió de la cárcel. Muchos me han dicho eso. Mucha gente falla, sí. Todos fallamos. Pero lo que pasa cuando una persona se involucra con un grupo, se integra, caza antena y se mete, es que no vuelve más para atrás. Pasa a ser un agente de cambio, una persona positiva. Son muy poquitos los que vuelven atrás, porque es como volver a la basura en la que nunca quisiste estar; si saliste, ¿te vas a tirar de vuelta a la basura?, no te tirás. Te gusta estar con gente normal porque esa basura trae consigo traiciones, todo lo que te hizo daño cuando arrancaste. En esa vida en la que no traicionar es ser gil, es ser bobo si no sos así o asá. La viveza criolla, el abuso de confianza, la manipulación. Por otro lado, digo: ¡Qué abismo! ¿Me gustaría que fuesen así conmigo? Empecé a analizar, y a analizar de verdad. Ahora ya me perdoné, y lo estoy trabajando, el haberles fallado a mis hijas en la forma en que les fallé.
Tenés seis hijas.
Tengo seis nenas y un varón. Son siete. Uno murió.
Ya son grandes.
Sí, tengo hijas de treinta y seis, treinta y siete, treinta, dieciocho, veinticinco…
Hoy están saliendo veintiséis presos por día, según los datos del ministerio. ¿Cómo reinsertás los presos que salen? Muchos salen sin nada, sin contacto familiar, sin laburo, sin ropa.
Tendríamos que ponernos realmente en el lugar de esas personas y realmente sentir lo que sienten esas personas. Ahí, de repente, podríamos discernir un poquito más cómo hacerlo. Si ya vieron que ahora se abre una casa las veinticuatro horas, los invito a que vayan a ver el entusiasmo de esos chiquilines, y que saquen información en primera persona sobre el proceso. Se van a dar cuenta de lo que estoy diciendo, y que no estamos alejados de lo que vemos: que sería positivo para mucha gente, no sólo las personas beneficiadas directamente sino la sociedad que camina con sus hijos un domingo, que va en esa paz, sin gente que le esté complicando la vida, gente que está trabajando en el boliche del chivitero, o haciendo un servicio para que esa gente pase más tranquila, en vez de ser las víctimas de esas personas que andan buscando la chance. He estado por varios barrios acá en Montevideo y he visto cómo ha bajado. Quizás se han corrido, pero hay mucha gente a la que veía en la calle y que ya no veo más. Y he encontrado muchos que han ido a buscar ayuda. Hay mucha gente que quiere, pero que ya no quiere el refugio, estando ahí con el otro par, que de repente anda armado, o que de repente se da vuelta y le saca el celular. No es que tengas un lugar para gente santa, pero sí que tengas un lugar donde se dé atención y el tiempo que se necesita.
Pero ha crecido el discurso de “que se pudran en la cárcel”.
No sé si ha crecido ese discurso. Al contrario. Veo que hoy la sociedad está abriendo los ojos más que nunca. Están mirando la cosa con una seriedad con la que nunca la miraron. Y están activando. Espero que no sea una sensación, una opinión personal solamente. Pero veo cómo muchas empresas se están involucrando, y llegaron a tener diálogo con nosotros, que somos los que salimos de ahí. Esto pasa por alguna otra razón, que es la que se quiere demostrar. Sí, quieren integrar gente al laburo. Estamos en los primeros pasos, y es la etapa más complicada para ver resultados. La presión es grande, y hay temas políticos de por medio. Que sí, que no, que sí, que no. Pero hoy veo actores políticos trabajando juntos, en una misma dirección. El otro día fui a la DINALI y estaba Jaime Saavedra. El otro día vino Petit con Parodi.
Pero son los tres de siempre,
Son los que en la otra administración tenían el toro por las guampas con el tema cárceles. Jaime Saavedra era el fundador del Polo Industrial en el COMCAR. Yo, hace muchos años, en los noventa, herraba caballos en ese lugar. Vi uno que hacía herraduras con fragua y empecé, traían caballos de afuera y en la cárcel tenía ocho. Fui nacido y criado en el COMCAR. Lamentablemente te digo que conocí todo ese proceso de cambios en la cárcel. El otro día cuando fui a la DINALI había un evento, y estaba Jaime Saavedra junto con el Bocha de la DINALI. Me fui tan contento, tan feliz. No hay cosa más saludable, ver dos personas que opinan diferente, trabajando en la misma dirección. Y eso creo que es un poco lo que necesita este tema de las cárceles: mirar las cosas desde ese punto de vista. Es de primera necesidad. Es una epidemia que no reconocemos como tal pero que está, y que cada día crece más. Cada día son más los enfermos, y cada vez más contagiosos, porque hay más volumen de gente a atender. Si lo evaluamos así, nos alejamos de otras ideas y nos enfocamos en la verdadera urgencia de la cosa, te puedo asegurar que esto puede cambiar más rápido de lo que se imaginan, porque se puede integrar a la gente que está ahí adentro. Creo que por ahí va el tema de las cárceles. Lo hemos experimentado nosotros con esto que estamos haciendo.
Contanos de Los Nogales. Cómo surgen, qué hacen.
Fue una oportunidad que tuvimos. El MIDES llamó a unas cuantas empresas y ONG para presentarse con el tema de sacar gente de la calle y llevarla a un lugar donde reinsertarla socialmente. Más que nada nos prestaron atención por el trabajo que veníamos haciendo en la cárcel ya desde 2014. Los operadores que tenemos trabajando son operadores que salieron de la cárcel en un piso dentro del COMCAR parecido al lugar que tenemos ahora. Y realmente está pasando lo que creíamos que podía pasar: que mucha gente se motivara, que se recuperaran los vínculos familiares, como está pasando, viendo hijas que perdonan a sus padres, madres y esposas yendo a visitar a sus hijos. Que las mismas familias den charlas a los muchachos. Gente que no tenía a nadie eligió a alguien como los padrinos. Andrés Fleurquin y María Viera son la cabeza en la directiva de todo esto. Ahí estoy coordinando el sistema de la casa. Pero las cabezas son ellos, porque tienen una impronta espiritual muy saludable y se involucran con la persona como si la conocieran de toda la vida. Es maravilloso lo que pasa, realmente.
¿Cuántas personas tienen?
Ahora hay veinticinco personas, tenemos el cupo completo.
¿Qué edades tienen?
Hay de todo, desde dieciocho hasta gente de cincuenta años. El más grande soy yo, que tengo sesenta y dos. Soy el más viejo. Pero hay una línea de esperanza y expectativa que es maravillosa. Tienen un sentimiento de pertenencia. Se sienten parte de eso.
¿Y cómo se convive con las adicciones?
“Tirá la pipa”, les digo cuando suben a la camioneta, y la tiran para afuera. Mirá que allá nadie consume y si salen una vez, no vuelven más. Y les digo que esto es una chance, como el penal a última hora de después del último minuto. Hacelo, porque si no, estás en el horno.
¿Cómo los eligen?
Tenemos mucho conocimiento en el tema. Conocemos mucha gente. El otro día fui a buscar a uno al Tribunal de Faltas para llevármelo. Me habían pedido del MIDES que lo fuera a buscar. Y se subieron como cinco o seis al auto, que querían irse para allá. Pero así no es, porque era el Tribunal de Faltas, y hay que hacer un trámite, un diagnóstico. La cosa viene muy rápida.
Es gente que sale libre y que ustedes incorporan allí.
Gente que salió liberada y anda en situación de calle, con la que nos conectan. En estos primeros tiempos fue un grupo del MIDES, y otro de la DINALI. Pero también gente que uno conoce en la calle, vendiendo libros. En la calle todos los días vas conociendo gente nueva. Pero nunca paré a nadie, son ellos los que me preguntan, y entonces empiezo con las preguntas de rigor, y les explico que ahí la cosa es rígida, que te tenés que levantar temprano, que tenés que laburar como un negro. Y me dicen que no importa. Y entonces les pregunto que por qué están en la calle, entonces, con esa necesidad. Y se van para allá, y hay algo que los prepara.
Decís que las normas son rígidas, estrictas.
Eso les digo yo en la calle. Es una forma de darme cuenta si el tipo está decidido a encarar la vida de esa forma.
¿Laburan ahí mismo? ¿Qué hacen?
El tema es que necesitamos más tiempo adentro de la cárcel, quizás. Trabajar más tiempo adentro de la cárcel con esta propuesta, y que la persona ya salga encaminada. Que no se dé ese vacío que hay cuando salen. Están pelados. De repente les prestan un fierro con dos balas y matan a alguien. Ha pasado, y pasa. Es una cuestión de seguridad, tener previsto el dejar salir a trabajar a un hombre que está en la cárcel y le faltan tres o cuatro años. Probalo. Porque ese tipo va a ser el delincuente que te va a hacer un asalto y te va a llevar mucha plata, porque el tipo está clarito, no se droga más. Si no le das chance, va a salir a robar o a vender droga por kilo. Hay muchas cosas que conozco, porque fui de los malos y estuve vinculado con los malos, con gente muy nombrada, con la que conviví. Parecían gurises chicos, y yo me identificaba con ellos por la inocencia. En una celda están jugando a la conga, a las damas, y se ponen contentos con eso, como criaturas chicas, no como un hombre con esos estandartes. “Yo quiero hacer plata por derecha”, me han dicho, “porque por izquierda la sé hacer, pero me gustaría hacerla por derecha, y hacerla por izquierda es fácil, pero por derecha no me sale”. Quedarme con ese diálogo en un patio, en una celda de máxima seguridad… Los tengo en mi corazón, porque los quiero, y anhelo poder ser útil para que mañana no tengan que salir más a la calle con una nueve en el cinto. El corazón late para ahí. Para que puedan ser papás, para que disfruten a sus hijos y a sus nietos cuando sean abuelitos. Es un poco lo que hay en mi corazón en este tiempo de vida. Esperar resultados. No de mí, porque no tengo muchos sueños para cumplir.
Cumpliste unos cuantos ya.
Sí, pero creo que el sueño más lindo va a ser cuando vea a estos que están llevando adelante Los Nogales, mejor dicho, Lo de Carlos, que es el nombre del lugar.
¿Por qué se llama así?
Carlos Acutis es un joven inglés pero italiano en su trayectoria de vida, porque de muy chiquito lo llevaron para Italia. Fue un chiquilín que estuvo muy abocado a lo espiritual, en su corta vida. Fue el primero que hizo las primeras páginas para Jesús en internet. Todos los bienes materiales que tenía, para una merienda, para comprarse un par de zapatos o lo que sea, los invertía en la gente que dormía en la calle. El día de su sepelio se llenó de gente de la calle. Fue algo muy milagroso, y fue muy hermoso lo que pasó con el cuerpo de Carlos, que hasta el día de hoy está intacto. No le hicieron ningún tratamiento a su organismo, pero, así como murió, así está ahora. Hace un mes y poco me mandaron una foto de la tumba de él. Le mandé un libro del Gato Jermin y lo recibió la mamá. Por eso el nombre de Carlos, en memoria de esa vida que miró a los que nadie mira. Los miramos, pero no los vemos.
Ese es el tema. No los vemos.
Pero están ahí, esperando a que los veamos. Con poner una bolsita con comida en la volqueta no alcanza.
A veces es más importante el contacto personal.
El tener una charla, el saber quiénes son, si están tristes o contentos. Si tienen frío, si tienen hambre. ¿Qué importa si te drogas todo el día? ¿Esa es la limitante que tenés para darle un plato de comida a una persona en la calle? ¿Porque hace esto o lo otro, o porque es de Peñarol o Nacional? ¿O porque no te gusta lo que consume? Es desafiante. Dicen que el Uruguay no es solidario, pero, al contrario, es un país muy solidario. ¿Y sabés por qué lo sé? Porque desde que salí de la cárcel, hace cuatro años, sobreviví sin necesidad de robar más, todos los días vendiendo cucharas de bambú en la calle, parando a la gente, hablando con ella. Y el 95% de las personas me han escuchado. Los que no me escucharon seguramente no tenían tiempo o andarían de mal humor.
Pero hay miedo, también.
Pero me han escuchado. Y el 70% me ha ayudado. Hoy tenemos lo que tenemos porque la gente nos ha apoyado, nos ha comprado una cucharita, un libro. Hemos podido comprar cosas para la cárcel, maderas, pinturas. El proyecto lo hemos sostenido nosotros desde que arrancó hasta el día de hoy.
Sigue funcionando. ¿Es en el COMCAR?
En el COMCAR empezamos. Se empezó a escribir en Libertad, y en el COMCAR se plasmó. Después se empezaron a hacer libros de madera en el COMCAR, y ahora estamos en la Unidad Número 1 de Punta Rieles y en la 5 de la CNR, la cárcel de mujeres. En las dos da gusto cómo se trabaja. Los invito a que hagan una visita y tengan una charla con estas personas. Yo les puedo pintar todo de colores, pero otra cosa es que lo vean, y que lo disfruten, porque es un disfrute estar con esas personas. Son personas que están encerradas, con ganas de tener una nueva oportunidad.
¿Los libros se siguen distribuyendo en las escuelas?
Estamos preparando una nueva entrega. No sabemos la fecha todavía, pero calculo que en dos meses vamos a andar ahí, entregando los libros.
Siempre son libros de madera.
Los de madera son los que donamos. Después están los impresos.
Vos vivís en el hogar.
Vivo ahí, estoy consagrado a la causa. Me metí de lleno en el tema. Trabajo como operador, pero a la vez estoy las veinticuatro horas. Arranco a la cinco de la mañana y estoy hasta la hora que me necesiten.
¿Tuviste muchos fracasos?
Toda la vida.
Pero con estos gurises.
¿Sabés qué estoy experimentando? Que las cosas no son como realmente aparentan. Dos o tres nomás tuvieron un traspié y se fueron. Alguno se agarró un pedo bárbaro y al otro día se fue solo. Otro se fue a hacer no sé qué tramite y ya no volvió más. Otro estaba ahí lo más bien, pero extrañaba la milonga. Mismo así se fue y después me mandaba mensajes diciéndome que quería volver. Le dije que cuando te ibas no había retorno.
Si te vas, no hay retorno.
No, porque hay mucha gente esperando. Yo les doy la oportunidad para que la disfruten y la aprovechen, y nos preocupamos por cada detalle. Si tenés un aire, te compro una piedra de azufre. Es tan importante como que te duela una muela o que te sientas mal del corazón. Todo es importante.
¿La idea es que permanezcan en el hogar por cuánto tiempo?
Tenemos un año para trabajar con ellos, Pero vemos que viene mucha oferta, y tenemos que estar a la altura de los acontecimientos. Prepararlos para que ellos estén dispuestos a ir a trabajar.
¿Está lloviendo mucha oferta de laburo?
Están empezando a mostrarse, a avecinarse. A principio nos pidieron diez de TEYMA, y no teníamos diez con cédula. Lleva un proceso cuando los sacás de la calle, no se hace todo en un día. Ahora sí tenemos unos cuantos más, pero es de a poco, día a día. Para mí es apasionante. Estoy en la mejor etapa de mi vida. Me agoto, pero tengo la suerte y la bendición de tener a Laura, la mujer de mi vida. Corro hacia ella. “Haceme mimos”. Parezco un bebé chico. Esa es mi vida. Hoy soy así, vivo así.
La idea es que los gurises que entran al hogar estén un tiempo y se reinserten.
Que vuelen, que les crezcan las plumas y que vuelen. Que salgan a la vida con esa impronta de ser ganadores. Antes nos criábamos creyendo que éramos ganadores porque robábamos algo. Hoy nos damos cuenta que ese es el peor error que nos tocó en la vida, porque el fruto de la maldad es maldad. No hay una semilla de durazno que te dé peras. Son siembras que en la vida uno aprende a esquivar, porque más no te pueden destruir, porque más daño no te pueden hacer. Hay gente a la que ves joven pero tiene un trayecto de mucha angustia en la vida, de dolor, de sometimientos, de abusos.
¿Tenés psicólogos trabajando?
Sí, hay una psicóloga y un asistente social. Todo es nuevo. Estamos asombrados de cómo la cosa está fluyendo, de los resultados con la gente, con las familias, con las visitas que tenemos en el lugar.
¿Y cómo es el apoyo institucional?
Hasta ahora ha sido muy concreto, muy de verdad. Hemos alquilado esa casa porque nos han dado la guita. Gracias a eso tenemos comida y nafta. Tenemos un monto para cubrir los gastos que se originan en el día a día, para hacer un trámite, para llevarlos a hacer el carné de salud. Tenemos la logística acompañándonos, lo que nos ayuda a mostrar nuestro trabajo. Dios quisiera que pudiéramos tener autosustento. Tenemos quince hectáreas. Ahora estamos gestionando una retro para limpiar todo el terreno, porque en un tiempo fue una viña y todavía están esas estructuras, que hay que sacar. Lleva un proceso, es de a poco. Y ellos se van acomodando, arreglando el pastito, poniendo un cartelito, una luz, y así van viendo los cambios. La limpieza, tener todo prolijo. Un placar, una almohada, un acolchado. Es importante para gente que dormía en un cartón.
Se empiezan a sentir seres humanos.
Una camisita nueva. Empiezan a sentir que “soy yo”. Y ahí empieza una nueva oportunidad en sí misma, y se empiezan a tener un poco de cariño. Acá hay que ser tolerante con el otro y ser más demandante con uno mismo. Todos tenemos esa necesidad. No por ser operadores somos más que ellos, porque hace un tiempo atrás estábamos en la misma celda, comiendo la misma comida, esperando el mismo tabaco. Hoy no cambió la cosa, pero lo que sí pasó es que tuvimos la gracia, la oportunidad, y que se la queremos dar a los otros. Pero nunca dejamos de ser lo que fuimos. En la actitud sí dejamos de serlo. Pero somos de donde venimos, porque quieras o no, un día te ponen la cédula en un prontuario y salta toda tu papeleta. Nunca dejás de ser un delincuente. Y eso lo ves cuando de repente tenés un problema legal, o de tránsito, o con cualquier resolución que vayas a tomar sobre tu persona. Estarás donde estás ahora, pero tu papeleta es esta. Eso no lo podés esquivar.
Decías que la situación no era la misma en los ochenta y en los noventa. ¿A qué atribuís ese cambio? ¿Es un deterioro?
Acá hay una cosa contradictoria. En los ochenta había una dictadura. Las cárceles eran menores. Era atroz. En aquellos tiempos ibas a la paliza en la Brigada de Asalto. El Viejo Pocho y los que saben de aquellos años saben de quién estoy hablando. Muchas veces no salían de la paliza, y quedaban ahí, secos. Se les paraba el corazón, o pasaba algo. Por un lado, eso era terrorismo. Pero, por otro lado, había menos cantidad de delincuentes. Era un puñadito. No había droga. La droga se miraba mal en la cárcel. El tipo que fumaba porro era mirado como un débil en la cárcel, como un gil. Hoy es todo lo contrario, hoy es la droga la que genera recursos. La droga pasó a ser un generador de recursos, y no solamente un problema de adicciones. Muchas familias viven de la droga, y no lo quieras cambiar, porque eso es así. Con el discurso podés ir hasta la puerta del cante, pero adentro del cante te van a decir que si no venden droga, no les dan de comer a los hijos. Y es una realidad, no es que sean subversivos. El alcohol que se vende en el cante no se puede vender en Carrasco, por ejemplo. Pero en el cante viven así, es una cosa naturalizada. ¿Está mal? Y sí, la droga y el alcohol le hacen mal a la gente. Una vez escuché a Tabaré Vázquez decir que el alcohol y el cigarro eran más dañinos que la merca y la pasta base. Que hacían más daño por lo normal que eran, por la libre circulación, porque han matado más gente. Hay familias enteras que sobreviven con eso. Hay un problema de cultura, y es que el chiquilín de la escuela no mira a la universidad como un proyecto de vida, pero sí sabe cómo se maneja el que vende falopa.
Cuando sea grande quiero ser narco.
Pero eso lo dicen las gurisas de catorce años, que quieren un marido que sea narco. Por eso te decía que el discurso que tira ese pibe de Ke Personaje es digno de estudiarse porque no tiene desperdicio. Es un mensaje que contradice todo lo que conocemos. Es un valiente. Ojalá lo pueda conocer y decírselo en la cara. Admiro a ese muchacho. Va a la cárcel y les habla a los presos, con su mensaje, y abre corazones y cabezas, porque lo escuchan, porque es un cantante famoso. Es lo que necesita este pequeño grupo de gente que está en cana. Y ojo, porque hay más gente presa en la calle que adentro de la cárcel. Todos esos que están durmiendo en un cartón están más en cana que los que están en el COMCAR. Esos no tienen cómo librarse de la lluvia y del viento.
Y no tienen comida asegurada.
Y tienen hambre, y tienen que salir a manguear. Y a veces tienen tanta mala liga que, cuando tienen hambre, nadie les da de comer. Es triste, pero es así.
¿Las expectativas de que esto crezca dependen de la difusión? ¿Hay muchos hogares como el tuyo?
Nosotros soñamos con que un día podamos tener más llegada. Esperamos tener una linda actividad en la cárcel. Queremos hacer programas de radio, queremos exteriorizar la interna. No tenemos plata ni recursos, pero de repente podemos tener la atención de la gente, y puede ser una experiencia muy linda, un programa en las unidades 1 y 5, la de hombres y la de mujeres.
La recepción que tenés con este mensaje entre los presos…
Es tremenda.
¿En todos los niveles, desde el brazo gordo hasta el último?
Ese sufre, también. Tiene una mujer, tiene hijos, tiene celos. Quiere volver con su mujer. Tiene sentimientos, como nosotros. Pero cuando se enteran que hay una ley por la cual en un año pueden irse para las casas, y que parece que les dan laburo, se prenden. Cuando se plantan, no los movés ni con toda la guardia. “Que me saque la Republicana”, me dicen. El otro día me enojé con uno, y le dije que estaba medio de personaje, que si seguía así, iba a tener que irse. “No me voy nada”, me dijo, “para sacarme de acá me sacás con los milicos”. Quedé como loco, quedé envenenado. Después me senté en la mesa, y él estaba en la otra punta. Yo estaba tan quemado que tenía hambre, pero no podía comer. Uno me daba mate a cada rato, y yo tomaba mate y lo miraba con una bronca. Me empezó a mirar y a bajar la cabeza, haciendo pucheros. Cuando volvimos a la habitación me pidió disculpas, pero le dije que no, que no se había acabado, que se parara como un hombrecito y me diera un abrazo. Así me gusta que se pare de manos, pero para hacer las cosas bien. Eso lo destaco. Y lo destaqué delante de todos. Ponete contento, porque ese hombre quiere ir para adelante.
No es fácil reaccionar así.
No banco al holgazán, al que le decís que vaya a lavar ollas y te dice que no y se va a acostar. Ese me quema. Andá a laburar. ¿Para qué venís, si no? ¿Para taparle el lugar a otro, boludo? Son veinticinco nomás los que podemos tener. Dejá a otro que quiera laburar y andate para la calle de nuevo, o andá al refugio, yo te hago la movida. Pero dejale la cama al que quiere laburar. No me la compliques a mí y no te la compliques vos. Pero ese que se paró de manos fue ejemplo. Son experiencias que hay que dejar que pasen. Es el día a día el que te va enseñando a conocer a las personas y a mirarlas como lo que son. No son soldados, son necesitados. El soldado es un tipo normal que va a cumplir una función para defender la patria. Estos son gente que necesita ayuda. Tenés que tener una cintura permanente en el discurso, siempre buscando la felicidad del otro. No hay nada que no sea importante. ¿Necesito un clavo, o azúcar? ¿Quiero que coman con huevo frito? Hay que ir a buscarlo. Y yo no me voy a comer por ahí porque tengo un sueldo, no. Me siento a comer con ellos. Y tomo la leche con ellos, y el mismo mate que ellos. Y estamos ahí. Somos uno. Lo que demando es lealtad, que no me dejen pegado cuando digo: “Este pibe va a ir a laburar, no se pongan a fumar porro”. O que, si fuman, lo hagan después del laburo. Pero que no se hagan los vivos, que no quieran brillar por lo que siempre fueron. Que marquen la diferencia. Yo no voy ahí a decir que fui más drogadicto que ellos. Lo soy, porque uno nunca deja de ser drogadicto o alcohólico. Siempre te queda esa sensación. Pero trato de mirarlos a ellos como prioridad, y me esfuerzo para no caer en la estupidez del irresponsable que fui toda la vida. Hoy soy responsable por la vida de ellos. Y lo digo en serio, los quiero de verdad.

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