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La alternativa de las liebres por Hoenir Sarthou

La alternativa de las liebres por Hoenir Sarthou
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Empezamos el año con pronósticos bastantes sombríos.
Mientras que nuestra prensa se y nos conmueve con crímenes espeluznantes, como el de los rugbistas argentinos, o el de la pareja de lesbianas, también argentinas, que torturó y mató a un niño, hijo de una de ellas, o el todavía no del todo aclarado asesinato de una mujer y su hijo en Paysandú, o nos entretiene con los devaneos romántico- musicales-comerciales de Shakira y Piqué, o rasca, siempre por arriba, en el interminable caso Astesiano, en el mundo y en el país pasan cosas
A nivel global, la pandemia y la guerra de Ucrania tienden a eternizarse como causas de alarma de baja intensidad. Rodeadas de sospechas y de denuncias, gastado el filo de su credibilidad y de su capacidad de infundir miedo o indignación, subsisten ante todo como pretexto de escaseces y encarecimientos económicos, así como de medidas políticas autoritarias.
A ellos se suma un tercer jinete del apocalipsis: los desastres climáticos. Una interminable sequía mundial que afecta a los territorios sin importar su clima ni la estación del año en que se encuentren. Por ejemplo, a Uruguay, en pleno verano, y a España, en pleno invierno.
Ahora, a partir del 6 de febrero, se suman también uno o dos tremendos terremotos que afectaron a Turquía y a Siria dejando decenas de miles de víctimas.
Sobre las causas de todas esas catástrofes se han gastado y se gastarán ríos de tinta y de saliva. No hay mayor duda sobre la intervención humana en la generación de la pandemia y de la guerra, pero sí la hay sobre otros factores.
Por ejemplo, el discurso científico y político dominante considera a la acción humana causa involuntaria del cambio climático, con su consecuencia de sequías, tormentas, huracanes, etc.. Otros discursos, de similar autoridad científica pero sin respaldo político, niegan que el cambio climático exista o que tenga relación con la acción humana, afirmando que las oscilaciones de temperatura son constantes y cíclicas en nuestro planeta a lo largo de la historia. Finalmente, otros discursos, que esgrimen hechos como la generación de lluvia por parte de Arabia Saudita, o los conocidos proyectos de sombrear al Planeta con una pantalla química, afirman que gran parte de las catástrofes aparentemente naturales son en realidad deliberadamente causadas por medio de geoingeniería o ingeniería climática muy sofisticada.
No es el propósito de esta nota sacar ninguna conclusión sobre esas teorías. El mundo y la realidad son complejos y la información sobre ellos está interferida por enormes intereses económicos y políticos. Por lo que no se puede tener por seguro más que lo que uno conoce o puede verificar en forma fidedigna. Nunca fueron más importantes que hoy el manejo metódico de la duda, la disposición a tener la cabeza abierta y la voluntad de investigar y aprender.
Lo que me importa señalar es el manejo que de las catástrofes –naturales o no- se hace sistemáticamente. El manejo de todas ellas, absolutamente todas, ya sea científico, mediático, administrativo o político, tiende a provocar sobrecogimiento, sentimiento de impotencia, miedo y voluntad de sometimiento a cualquier conocimiento o poder que ofrezca seguridad y salvación.
El mecanismo es muy antiguo. El miedo y la impotencia generan sometimiento y sumisión. No digo más que eso. Las conclusiones quedan a su cargo.
En algún momento y de alguna forma, en lo que va del Siglo XXI, pasamos de la soberbia confianza en el futuro, en nuestras posibilidades, en el progreso y en la ciencia como fuerzas dispensadoras de libertad, bienestar y felicidad, que hicieron eclosión en el Siglo XX, a este tembloroso encogimiento casi primitivo ante las catástrofes naturales, los virus, el control, la escasez, el hambre y las guerras.
Desde luego, no estoy diciendo que esa soberbia confianza en el futuro fuera fundada ni sostenible hasta el infinito. Digo que la sensatez y la capacidad racional deberían permitirnos luchar con las dificultades sin tanto miedo, resignación y sumisión.
¿Vieron cómo quedan las liebres cuando son encandiladas por los faros de un auto, cómo esperan el choque sin la menor capacidad de reacción?
Bueno, por momentos siento que así miramos nosotros el futuro, encandilados por su aparente inevitabilidad e irresistibilidad.
Pero no es cierto. La actitud de la liebre es un problema de falta de visión. Y probablemente la nuestra también lo sea. De hecho, venimos siendo encandilados desde hace largo tiempo. Pero hay espacio, y mucho, fuera de ese intenso, limitado y cegador cono de luz que se nos presenta como “el futuro”.

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