En el ecosistema político contemporáneo, la lógica del storytelling dejó de ser un recurso táctico de campaña para convertirse en una estructura de poder. La competencia ya no gira en torno a programas ni a capacidades de gobierno, sino a la habilidad para construir relatos emocionales capaces de capturar la atención en un entorno saturado de información. Lo que no se puede contar en 30 segundos o en un hilo viral, prácticamente deja de existir.
Giuliano da Empoli, en Los ingenieros del caos, muestra que esta transformación no es accidental, sino el resultado del trabajo sistemático de estrategas que explotan datos, algoritmos y emociones para rediseñar la comunicación política. Detrás del aparente desorden del populismo digital —escándalos diarios, provocaciones permanentes, giros bruscos— hay una arquitectura cuidadosa: segmentación de audiencias, pruebas constantes de mensajes, explotación del enojo y del miedo como palancas de movilización. La política, lejos de escapar del espectáculo, lo internaliza como método.
En este marco, el storytelling ya no solo ordena un discurso, sino que organiza la realidad pública. Se fabrican héroes, víctimas y enemigos con la misma lógica con la que se diseña una campaña publicitaria. Las redes convierten cada conflicto en una serie por entregas, donde importa más el clímax dramático que la consistencia de los argumentos. El resultado es una esfera pública gobernada por episodios y “giros de guion”, en la que casi no hay espacio para la deliberación lenta ni para la evidencia incómoda.
Los “ingenieros del caos” que describe Da Empoli son la figura emblemática de esta mutación: profesionales que convierten el malestar social y la desconfianza en combustible narrativo. Su innovación no consiste en aportar ideas sustantivas, sino en conectar indignaciones dispersas dentro de un relato simple y emocionalmente potente. Allí donde antes las instituciones mediaban y moderaban, hoy los intermediarios clave son algoritmos que premian la polarización, la confrontación y el escándalo.
En Uruguay, el inicio del gobierno de Yamandú Orsi encontró a un sistema político que también se reordena en clave de relato. El oficialismo necesita sostener la narrativa de “nuevo ciclo” y de corrección de los errores del período anterior, mientras la oposición intenta definir su papel entre la crítica frontal y la negociación puntual, en un Parlamento donde el Frente Amplio debe buscar acuerdos para asegurar gobernabilidad. Las tensiones entre los distintos espacios opositores y las disputas por imponer etiquetas sobre seguridad, economía o política exterior muestran hasta qué punto cada actor compite por apropiarse del relato dominante antes que por abrir un debate profundo sobre el rumbo de largo plazo del país.
Decir que la política es rehén del storytelling es, entonces, señalar que las estructuras de reconocimiento y recompensa del sistema están alineadas con la lógica de la narrativa emocional, no con la de la solución de problemas. Los dirigentes que mejor representan esta época son aquellos que producen conflicto antes que acuerdos, que generan adhesión identitaria antes que consensos programáticos. La paradoja democrática es clara: la participación se intensifica en el plano expresivo (más opiniones, más reacciones, más interacciones), pero se vacía en el plano sustantivo (menos discusión sobre políticas concretas, menos evaluación de resultados).
El desafío, para sociedades cansadas pero hiperestimuladas, es reconstruir espacios donde la política pueda sustraerse, aunque sea parcialmente, de la tiranía del relato inmediato. No se trata de renunciar al storytelling —toda política necesita narrarse—, sino de reorientarlo: usar la capacidad de contar historias para explicar complejidades, hacer inteligibles las decisiones y asumir costos y límites. En el caso uruguayo, esto implica priorizar la discusión seria sobre reformas, modelo de desarrollo y cohesión social por encima de la rentabilidad comunicacional de cada mensaje del día. Rehabilitar la densidad frente al impacto es quizá la condición mínima para que la política deje de ser rehén del relato y vuelva a ser, al menos en parte, un ejercicio de pensamiento y de responsabilidad colectiva.







