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Laicidad, divino tesoro por Juan Pedro Mir  

Laicidad, divino tesoro  por Juan Pedro Mir   
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“La defensa de la educación laica no entraña oposición a ninguna religión ni a ninguna ideología política, pero sí, una firme oposición a que, en nombre de ellas, se adoctrine al niño quien por ser altamente receptivo por afectividad e incapaz de pensamiento reflexivo, no puede oponerse a las creencias que se le inculcan, creencias que persisten con mayor o menor firmeza a través de los años. Se condenan las formas dogmáticas de enseñanza porque en ellas la razón queda sometida al influjo deformante de la afectividad”.

                                                                                                                                                                                  Reina Reyes, El derecho a la educar y el derecho a la educación (1972).

 

El único matiz (dicho con sumo respeto y afecto) que podemos tener con esta frase de la más importante pedagoga uruguaya del Siglo XX, es cuando afirma que el niño es “incapaz de pensamiento reflexivo”. Esta afirmación es hija del tiempo histórico en que se escribió este texto, influido por corrientes que pensaban que el razonamiento lógico/formal se alcanzaba recién a partir de los 12 años.

El resto de la cita, es antológico y año a año lo trabajamos en los cursos de formación de maestros.

Es una advertencia ética de primer orden para quien pretende enseñar: el necesario compromiso cultural y afectivo que implica la profesión docente, en una sociedad democrática, debe tener ciertos límites que, de atravesarlos, desembocan en la violación del derecho del niño (del adolescente y del joven) a la construcción de un juicio propio y libre.

La laicidad educativa del siglo actual, se aleja del inicial anticlericalismo de nuestros padres fundadores. Hoy la división entre espacio público y privado se ve problematizada y el ejercicio educativo laico por excelencia es tratar de forma plural, fundamentada, cordial y antidogmática, cada uno de los temas centrales que aquejan la vida social.

Vivimos tiempos de superposición explosiva de mensajes, de fragmentación y de convivencia intergeneracional muy variada y es allí donde los centros educativos tienen que abordar de forma cuidadosa todos los temas.

¿Cómo? Contrastando diversas fuentes de información, generando la curiosidad de los estudiantes por los grandes problemas que comprometen el futuro y el presente de su vida personal y de la sociedad en que viven (medio ambiente, género, libertad, participación, producción científico técnica, bienestar emocional, construcción corporal, derechos humanos, arte…) y sobre todo, evitando que la postura del docente sea la única validada para enseñar o propagandear una pretendida verdad u orientación.

Es importante remarcar que la laicidad educativa no implica “libertad de expresión” para el docente. Por el contrario, demanda el trabajo profesional de planificar las intervenciones de enseñanza en el marco de las reglamentaciones democráticas vigentes y los planes de estudio vinculados a su propuesta curricular e institucional.

A un buen maestro o profesor, lo describen más sus silencios que sus palabras y debe tener el oficio y el tacto de poder correrse de su centro de gravedad y asumir que en una propuesta laica no tiene el derecho de imponer sus convicciones.

Esto viola directamente la ética profesional, por la vía del poder que da la calificación y acreditación del curso o peor aún por el de la seducción que le permite su eventual carisma o lugar de enseñante. De hacerlo así, retrocede 300 años en la construcción de un proyecto moderno que, desde Comenio para aquí, apostó a la autonomía ética, ciudadana y moral del alumno.

La pretensión dogmática de imponer una forma de pensamiento tiene diversos ropajes. A veces, se embandera con presuntas corrientes “críticas” o “antisistémicas”, que insisten en generar en los estudiantes, luchadores contra un mundo opresivo, reproductor de desigualdades o excluyente de diversas minorías. Otras, veces, con otros uniformes y pancartas, también afirma que la intención de la educación no puede ser ir en contra de los postulados familiares y abogan por cerrar fronteras rígidas a temas, posturas y enfoques. Lo llamativo, es que estos extremos, reivindican el mismo término “laicidad” y colocan la supuesta verdad como un conjunto de ideas previas, ajenas al propio proceso de encuentro educativo.

Nuestra idea es sustancialmente distinta. Se centra en los derechos humanos marcados por las convenciones de la ONU y la UNICEF, y asume la tradición republicana uruguaya, donde los temas no son prohibidos ni los docentes militantes de la causa iluminada. En este camino, la laicidad es un espacio y una forma profesional, basada en el cuidado del alumno, donde no se lo quiere orientar hacia un determinado territorio de las ideas, sino que, desde la profesionalidad, se lo acompaña desde el respeto y el trabajo arduo, para que cada uno construya su propio camino.

Laicidad es un concepto, un enfoque, un modo y, sobre todo, una ética donde el silencio del docente es tan importante como sus palabras.

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