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NÉBER ARAÚJO, PERIODISTA “En política, Wilson fue y es mi gran amor”

NÉBER ARAÚJO, PERIODISTA  “En política, Wilson fue y es mi gran amor”
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Sin lugar a dudas esta es la entrevista que más tiempo me ha costado lograr. Desde aproximadamente una década, llamaba regularmente a este señor para insistirle y siempre chocaba con un amable pero muy firme: No. El pasado diciembre abrió una posibilidad y quedamos en volver a conversar en febrero.  La semana pasada nos juntamos y salió esta nota con Néber Araújo en vivo y en directo.

 

Por Alfredo García Fotos: Rodrigo López

 

¿Usted nació en Melo?

No, yo nací en la cuarta sección del departamento de Cerro Largo, en la zona del arroyo Berachí, afluente del Yaguarón.

¿Y hasta qué edad vivió ahí?

Hasta los ocho años.

Era un pueblito chiquito.

No era un pueblito de nada, era campo. Mi padre tenía ciento treinta y nueve cuadras, que serían unas cien hectáreas. Y de eso vivimos unos años, en tiempos en que el campo, en pequeña dimensión, todavía daba para vivir. Cosecha de porotos, zapallos, sandías. Mi viejo fue un poco pionero ahí, con un brasilero amigo de él, que le trajo las semillas de Brasil y plantaron arroz, en una zona baja de monte de mimbres. Armaron un sistema de canales y lograron levantar agua a la altura requerida por el arroz. Y cosechaba arroz, en la época en que el arroz con cáscara no valía nada. Con ese arroz engordaba cerdos. La carne de ese cerdo era blanda, no muy rica. Pero le dábamos arroz a las gallinas, a los pavos, a los patos, a todo. Se vivía en campaña, y no se vivía mal. Se fiaba a un año.

Porque se sabía que después, con la cosecha…

Con la libretita. ¡Qué tiempos!, ¿eh?

Fue a la escuela rural, entonces.

Escuela rural. Por un tiempo tuvimos que mudarnos, cuando el viejo le dio la chacra a explotar a un amigo. Nos fuimos a acompañar a una maestra joven que iba a la escuela de Paso Minuano, muy cerca de los montes del Yaguarón. Montes en la época en que estaban los carboneros. Fuimos a acompañar a esa señorita de veinticinco años. Mi primera maestra, Olivia Freitas.  Ahí el viejo atendía una quintita, que armó enseguida, y cocinaba para los chiquilines de la escuela, en una marmita grande donde hacía ensopados, feijoada, mazamorra. Mi madre servía. Era una gran comida al mediodía, a la hora del recreo. Ahí estuvimos un año, y después volvimos a la chacra, y de ahí, con mi hermana, íbamos a pie a la escuela que le llamábamos “de la comisaría”, una escuela que estaba en el camino hacia Paso Centurión. Unos diez kilómetros, más o menos. A veces a caballo, a veces a pie. Fantástico. Memorable época. ¡Ah, sí! A esa edad en que uno corre diez kilómetros y llega sin transpirar. Ahora se baja la escalera y hay que llamar a la ambulancia.

¿Una sola hermana?

Una hermana y un hermano. El hermano todavía era muy chico, nació muy enfermo.

¿Después fueron a Melo?

Nos fuimos a Melo. Mi viejo no sabía leer ni escribir, dibujaba el nombre, pero tenía cerebro. Mi madre había aprendido a garabatear letras, escribía sin puntos ni comas, pero se hacía entender muy bien. La obsesión de ellos siempre fue que nosotros saliéramos de ese lugar, que estudiáramos. “Yo me quiero quedar acá”, decía uno, que era niño. “Ustedes se van”, nos decía. Y el viejo se fue a trabajar en la construcción. Trabajó en un aserradero. Después entró al hospital como enfermero. Eran las cosas que hacía una persona para sobrevivir. En determinado momento se fue el cocinero del hospital, y quedó el viejo, que era un artista cocinando. Creo que de ahí sale el nieto, que es cocinero. Los mejores churrascos me los comí yo en el hospital, cuando iba para el club Remeros a la tarde y pasaba por ahí. Me iba fuerte a remar.

Siguieron estudiando en Melo, entonces.

En Melo completamos la escuela e hicimos el liceo, hasta preparatorios. El primer año de preparatorios no llegué a dar los exámenes y me vine. Hice acá primer año en el diurno. El segundo año lo hice nocturno, porque ya estaba trabajando en Radio Carve. Además, estudiaba inglés y francés. Tenía la pretensión de hacer abogacía, pero logré dar el examen de Sociología, y en ese medio tiempo me venía el cuarto hijo. “Ya está”, me dije. “Agarrá por esta vereda que te gusta, y esmerate lo más que puedas y tratá de que te salga lo mejor posible todo”.

Tan mal no le fue.

Es un buen balance. Sobre todo anímico.

¿Empieza en la radio en Melo?

En Melo, como locutor comercial. El director de la radio de Melo, Rubén Lucas, cuando se enteró que tenía que venirme a Montevideo porque había hecho seis años de francés y los tres años finales tenía que hacerlos en Montevideo, porque en Melo no había, me dijo: “Mire, usted tiene que trabajar en Montevideo”, y me preguntó si había pensado en eso. Le dije que a mí me iban a acoger en la casa de unos tíos. Me preguntó si mis tíos eran solventes como para pagarme el ómnibus, la comida del mediodía y todo eso. No eran, mi tío era guarda de ómnibus y mi tía ama de casa, con dos hijos. “Tiene que trabajar”, me dijo, y se vino conmigo. Recorrimos cincuenta radios de Montevideo. La mayor chance la tenía entre el SODRE y La Voz de Aire, que era una dependencia de Carve. Opté por La Voz del Aire, donde empecé a hacer informativos, detrás de una gran mentira de mi amigo el radiodifusor de Melo, que dijo que yo era su primer informativista. Ahí me metí en el departamento informativo, a mirar todo lo que hacían los demás, y aprendí rápidamente. Por suerte sabía dactilografía.

¿Qué edad tenía en ese momento?

Veintidós años. Empecé a tomarle el sabor a las cosas y me di cuenta de que aquello me gustaba realmente. Me gustaba hurgar, ver dónde estaba parado en el escenario más inmediato del país y del mundo. En ese tiempo el mundo se miraba a través unos teletipos grandotes, con unas cintas largas. Las noticias llegaban un día más tarde, pero servían como background. Y ahí empezó la rutina.

Picó el bichito del periodismo.

Picó fuerte. Me dio tiempo para mirar cómo se hacía, y a los dos meses el director de la radio me dijo: “Mirá, querido, venís con un gran respaldo. Lucas es un gran amigo. Pero estás nada más que por el amigo. No te veo volar, así que cuidate un poco. Acá somos muy rigurosos en eso. Si a los noventa días el jefe de informativo no está informando favorablemente, y no lo está haciendo, me vas a disculpar, pero voy a llamar a Lucas y vos vas para otro lado”. Eso me pegó en la nariz. Por esas maldiciones que tienen siempre un ribete bendito, vinieron las inundaciones de abril del 59. En ese tiempo no había grabadoras. No había manera de recibir una grabación con la declaración de un intendente o un jefe de Policía, o de hablar en simultáneo. Había que llamarlo, llamar a grabaciones y decirles que te tomaran esa línea, lo que siempre era una guerra. Así empecé a grabar pequeños reportajes, y animé la cosa al punto de que el director de la radio me llamó para decirme que iba a salir una comisión muy importante, encabezada por el general Gestido y por Terra Arocena como vicepresidente, a recorrer toda la zona inundada. Me dijo si me animaba a ir e informar. Fui. Hice lo que pude, llamaba, contaba historias. Era todo lo mismo: agua y gente desesperada metida en galpones, tirada arriba de colchones y comiendo lo que podía. A la vuelta ya no me hablaron de que me podían echar.

Lo salvaron las inundaciones.

Me salvaron las inundaciones. No naufragué. Y ahí siguió la rutina, armando los informativos de las trece y las veintiuna, que eran las estrellas de Carve, con Omar Defeo, un enorme periodista, comentarista y editorialista.

¿Enseñaba? ¿Era buen docente?

Había que mirar lo que hacía. Era exigente cuando las cosas no estaban bien, pero nunca con groserías, nunca manoseando a nadie. “Esto no puede ser así, muchachos”, decía, y a veces se sentaba él mismo en la máquina y volvía a redactar. Pero no era un docente directo, había que mirarlo. Y fue lo que hice, miré muy atentamente las cosas que hacía. Y, sin copiar, le cacé el ritmo y pesqué otra cosa que siempre me fue muy fácil: entender la información no en el ángulo puramente objetivo, carente de humedad, seco, sino en el ángulo de la emoción, ya fuera en la forma de expresarla o de agregarle algo, si era posible, que le pusiera emoción. Lo que la gente recibe es la emoción. Lo otro llega o no llega según los intereses que se toquen. O cuando es una cosa muy grave, como el hecho de las inundaciones, que era algo nacional que nos abrazaba a todos, aquella desgracia espantosa, desde los afectados directamente hasta la gente que perdía su producción y sus animales. Ponerle emoción. Eso lo hacía muy bien Defeo, y yo sentía que era eso lo que yo tenía que hacer, y lo que yo sentía, que la información debía acompañarse por un toque humano. Y así seguí en Carve.

¿Cuánto tiempo?

Por doce años. En determinado momento Omar tuvo problemas con una parte de la dirección de la radio, en el momento en que comenzaba el Frente Amplio. Le objetaron que diera mucho espacio a gente del Frente, particularmente a Michelini. Omar dijo que no podía hacer el programa si no era con todas las voces y se tuvo que ir. Lo llevó a Canal 10 Juan Enrique Defeo, el dueño del canal, que también era uno de los dueños de la radio. Siempre pensé que Omar Defeo era un hombre de radio y no de televisión, donde no podía dar emoción. Me preguntaron si me animaba a hacer Tomándole el Pulso a la República y dije que no, que esa era una creación de Omar. Él tenía un predicamento impresionante en el mundo político. Juzgo que hubo un momento en que su opinión dividía al país, una mitad en contra y otra a favor. Era un predicamento muy fuerte en un momento en que la radio era muy vigorosa. Me apretaron de acá y de allá, y dije que lo hacía, pero que iba a entrevistar a la gente del Frente. “Tiene que ser una cosa suave”, me dijeron. “No es que queremos que no se los entreviste, lo que no queremos es que se les bata el parche.” Bueno, yo no le iba a batir el parche a nadie. Lo pasé muy mal. Defeo tenía una penetración, muchas veces él no buscaba la información, sino que se la llevaban, porque les importaba que Omar Defeo, a las once de la noche, contara cosas que no salían por otro lado. No la pasé nada bien el primer año. Incluso hubo gente que me dijo que aquello en manos de Omar Defeo era otra cosa. Pero yo me empeñé, y me dije que iba a sacarlo adelante. Al año, año y medio, empezaron a venir. Empezaron a ceder. Les convenía. Agarré más confianza cada día, y terminé llevando el programa muy bien. Ya había asumido la jefatura de prensa de Carve, donde hacía los editoriales de los jueves y domingos, que antes de irse los hacía Omar. Era una carga espantosa de trabajo. A las seis de la mañana tenía que estar en la radio, y aparecía en mi casa a medianoche. Pero era joven, y el cuerpo me aguantaba. Y sentía placer.

Está el tema de la pasión.

Salir cinco y cuarto de la mañana, con frío, lluvia o calor, atravesando un campito grande que había que cruzar hasta donde paraba el ómnibus. Ya estaba casado, tenía hijos. Di esa pelea hasta que en 1972 me enarbolé también con la dirección de la radio, por un tema de pesos. La radio ya no estaba en una buena época, ya había una competencia muy grande, y la televisión estaba muy establecida. Lo discutimos y me fui, presenté renuncia. Estábamos en ese peloteo cuando me llamó Mullins, de Sarandí. “Quiero hablar con usted, ¿puede venir a la radio?”. Fui y me dijo que la jefatura de informativos ya la tenía cubierta, y también la programación, pero que me podía establecer un puesto de informativista. “Sería empezar de nuevo”, me dijo. “¿Se anima?”. Le dije que necesitaba que me entrara algún peso al bolsillo. Entré, y caminé un poco como informativista. Pero, antes de arrancar, el propio Mullins me dijo que en Teledoce querían sacar un programa y no tenían conductor. Tenían la idea y el horario, y estaban haciendo un casting. “¿No se anima?”. Era un programa que se iba a llamar En Vivo y en Directo. “Venga conmigo, le voy a presentar al ingeniero Horacio Scheck, él le va a contar de qué se trata”. Fuimos, y conversamos. En ese mismo momento me dijo que bajara, que estaban los cameramans, y que hablara de lo que quisiera. Estuve media hora haciendo todo tipo de discursos. “Me gusta”, me dijo cuando subí. “Vamos a empezar sin ninguna seguridad”. Me acuerdo que el primer programa fue el día que Perón volvió a la Argentina, con aquel escándalo que hubo con los montoneros y aquel lío del diablo.

La masacre de Ezeiza.

Y yo con poca experiencia sobre la política argentina. No sé qué cosas dije. Terminó el programa y me llamó el ingeniero Scheck. “No sé cómo no despedirlo”. Había una gran bronca contra el peronismo, porque Uruguay había sido refugio de los antiperonistas. “¿Se anima a frenar ese ímpetu suyo?”, me dijo. Le respondí que cómo no, que me estaba jugando la ropa, que no iba a ir a pelear por Perón, que ni se iba a enterar. Seguí, y el programa empezó a crecer en horario, en contenido, en llegada a la gente, tanto que terminé haciendo parte del informativo; trabajando al mismo tiempo en Radio Sarandí, de mañana. Hasta que vino la maldita dictadura. Seguimos algunos meses con En Vivo y en Directo, pero ya era una ridiculez.

No se podía decir nada.

Hablábamos sobre el acné juvenil. “Ingeniero, esto no va más, yo no puedo hacer este mamarracho”, le dije. “A usted le servirá económicamente, pero es una pérdida tremenda”. Me dijo que ni económicamente le estaba sirviendo mucho. Me dijo que me permitía seguir con el informativo, que era dar las noticias que daba todo el mundo. Y seguí, pero se me ocurrió crear un agregado para hacerme unos pesos más: luego del informativo hacer un flash cada hora, hasta las once y media. Me preguntó si aguantaba todo ese tiempo. Y creé el lema “Canal 12, el canal de las noticias”, haciendo esos flashes. Pero yo no podía frenar a la antidictadura que tenía adentro. Y además les había tomado mucha bronca a los militares, porque una noche un coronel me llevó al 13 y me tuvo hasta la madrugada, sin avisar a mi familia. Me trató muy bien, y conversamos. Fue el día que había caído Allende y se me había ocurrido rematar el informe diciendo: “Y viendo el desenlace de todo eso, mirando dónde termina este presidente constitucional, esto me evoca la frase de Hemingway en El Viejo y el mar: ‘Un hombre puede ser destruido, pero jamás vencido’”.

Era inadmisible eso.

¡Páfate!, bajó la cortina y estaba la chanchita con la invitación para ir a charlar. Y entonces al coronel ese le pregunté si ellos iban a pedir al canal para que yo no trabajara más. “No, no. Lo que queremos es arreglar con usted. Usted tiene que tener cuidado, no puede hacer esto. Allende y compañía son nuestros enemigos, como acá lo son el Partido Comunista y los tupamaros. Son la misma cosa”. Volví al canal y al otro día le informé al ingeniero. Me dijo que me cuidara. Ahí ya el programa se descomponía definitivamente. Un día me llamaron de la dirección del canal y el ingeniero Scheck me dijo que le estaban pidiendo que me despidiera. “¿Quién, su familia, los accionistas?”, le pregunté. “No, los militares. Hay un mensaje de los militares diciendo que usted no debe aparecer más acá”. Le dije que yo no tenía problema, que en ese momento renunciaba. “Dame quince días para buscar a alguien”, me respondió. Habló con Gustavo Adolfo Ruegger, que fue a conducir el noticiero, y yo me fui. Me dio una cartita diciendo que yo me iba sin ningún tipo de objeción de la empresa, y que mi comportamiento había sido excelente, y que me iba renunciado. Le dije que no le agarraba la carta, que si yo iba a gestionar un trabajo en otro lado iba a decir que le preguntaran las referencias a él. Y que esperaba que, cuando pasase esa tormenta, me llamara otra vez. No me dijo ni que sí ni que no. Me dio la mano, como era Scheck, parco, un tipo agradable y muy lindo para trabajar, pero del que había que adivinar algunas cosas.

Quedó en la radio.

Quedé en la radio. Un día estaba en la Plaza Independencia, mirando unos libros en una librería, y me tocaron el hombro. Era Rubén Castillo, en aquel tiempo el director de programación de Sarandí, además de conductor de su exitosísimo programa Discodromo Show. “Decime una cosa, Negro, ¿no te animás a hacer En Vivo y en Directo en la radio?”. Le dije que ese programa era imagen. “Crealas con la palabra, vos sos capaz de hacerlo, tenés buen pico”. Le respondí que me dejara pensarlo. Y empezamos, de diez a doce. Y después de ocho a doce y media. Veintidós años de En Vivo y en Directo. Entre medio cae la dictadura. En 1985 me llama el ingeniero Scheck: “Llegó el tiempo de volver.” Le pregunté que a dónde. Me dijo que volvía a la conducción del noticiero y que íbamos a estudiar un En Vivo y en Directo para alguna noche. Él ya me había llamado, el 9 de agosto de 1984, para hacer un En Vivo y en Directo especial. “¿Con la dictadura quiere hacer un En Vivo y en Directo?”. Y me dijo que sí, que le estaban pidiendo que se empezaran a hacer algunos programas para que abriera el panorama, lo que iba a facilitar la situación para todos. Me dijo que podía confiar en mí para eso.

¿Se hizo ese programa?

Se hizo. Se me ocurrió hacer una reconstrucción de la multipartidaria, que ya se había desintegrado. Llevé a todos los dirigentes políticos que la integraban. A eso sumé tres constitucionalistas. Era para discutir la apertura, y cómo se imaginaban la reconstitución de la institucionalidad. Y hablé con Alembert Vaz, que había sido senador y muy amigo de Wilson, que estaba preso. Aquel programa estaba incompleto sin una palabra de Wilson. “¿Y qué es lo que querés?”, me preguntó. “Quiero un mensaje de Wilson. Una carta, algo por escrito”. Me dijo que iba a ser muy difícil, que él no iba a querer escribir una carta sin tener derecho de respuesta. Le dije que lo pensara, y que él también estaba invitado al programa.

¿Quiénes participaron?

En la mesa central estaban Sanguinetti, Tarigo, Chiarino y Ciganda por la Unión Cívica y Cardozo por el Partido Socialista. Hicimos el programa y en determinado momento Vaz pide la palabra y se manda la lectura, durante catorce minutos, con una dicción correcta pero monótona, que no terminaba nunca. Yo miraba a los otros y veía caras de asombro, caras de indignación. En la carta Wilson acusaba a Sanguinetti del pacto con Medina. “Vamos a una pausa y volvemos a las réplicas y comentarios”, dije cuando terminó. Y Sanguinetti dijo: “Perdón, yo le interrumpo la mecánica del programa porque esto no puede quedar sin respuesta ya”. Le dije que adelante. Y se mandó una perorata de lo que fue el pacto Wilson-Álvarez. “Ahora sí vamos a la pausa”, dije cuando terminó. Hice el corte. Sanguinetti se paró y me dijo: “Yo te había dicho que no me gustan los programas en asamblea”. Se fue a tomar un café al barcito del canal, creo. La silla quedó vacía. Cuando volvió me dijo: “Esto no se puede repetir nunca más”. Se sentó y terminó el programa. Se fue todo el mundo. Al otro día a la siete de la mañana suena el teléfono en mi casa. Sanguinetti. “Escuchame una cosa, Néber, ¿vos sabías de esa carta?”. Le dije que no sabía, y que le debía confesar que yo había pedido un mensaje de Wilson, pero que no tenía idea de que aquella carta iba a ser aquel mamotreto enorme. “Yo creo que vos sabías”, me respondió. Después a Alembert Vaz, que ya había sido designado embajador en Portugal, Sanguinetti lo invitó a una visita a Melo, a donde fueron en avioneta. Vaz me contó que Sanguinetti en el viaje le preguntó si él y yo estábamos pactados con aquella carta. “¿Sabés una cosa?”, le dijo Sanguinetti cuando Vaz le respondió que no habíamos pactado de ninguna manera, “vos y Néber son dos bayanos muy pillos, y estoy seguro que lo sabía”.

Quedó enhebrado.

Pero quedó risueña la cosa. Nunca más hablamos con Sanguinetti de aquella carta. Algunos amigos de él me hablaron de eso, y les dije que le dijeran a Julio que yo aquella noche, sin querer, en aquel programa lo había confirmado como el candidato ineludible del Partido Colorado. Él venía en el pelotón con Tarigo y otros en las negociaciones, y esa noche fue la espada del Partido Colorado. Creo que de alguna manera lo ha reconocido, con el paso de los años. Dos años atrás me invitó para que presentáramos juntos un libro. Siempre tuvimos una excelente relación. Siempre me aceptó todas las invitaciones que le hice al programa. “Pero solo”, me dijo siempre. Le gustaban las entrevistas, porque entreverábamos muchos temas además de la política, cosas de literatura, arte y todo eso, y él es muy polifacético.

En Vivo y en Directo vuelve después, entonces.

Vuelve. Estuve en el canal desde 1985 hasta fines del 2003. En 2002 dejé el informativo. Le había dicho al ingeniero que hiciéramos una cosa distinta, Agenda Confidencial, agregando cosas que no tenía En Vivo y en Directo. Le dije que hiciéramos una cosa más abierta, más magazine. Fue lo que hicimos, y resultó macanudo. Sintonizó con lo que la gente estaba demandando. Ahí tiré hasta diciembre de 2003. El 18 de diciembre de 2003 paré el canal y la radio. Desde ahí estoy acá, de vago.

Pero hay programas históricos, son íconos. No me olvido más del debate Millor-Huidobro.

Fue una lucha grande para poder hacerlo.

Fue la primera vez que un tupamaro fue a la televisión.

Y el canal lo tenía vedado, porque habían amenazado de muerte a uno de los hermanos Scheck, a Daniel. Y habían andado en vueltas contra el diario El País. Dije que lo que se requería era confrontar a los tupas con un representante de la dictadura.

¿En qué año fue?

A finales de los ochenta. Desgraciadamente, además, el canal no tenía por política guardar los archivos. Dije que teníamos que ir con un tupa y con un soldado de la dictadura. “Militares no van a venir”, me dijeron. Teníamos que buscar un soldado civil, que hubo varios. ¿Quién podía ser? Millor era un tipo muy culto, muy bien hablado, muy corajudo para defender su posición. Aceptó, y entonces había que buscar el mejor parlante de los tupas, que era Fernández Huidobro. “Con mucho gusto”, me dijo. Y lo traje. Estábamos en pleno peloteo y de repente saca la granada y la pone en medio de la mesa. Yo miré eso y me dije para adentro: “¿Qué haces Negro acá? ¿Te levantás de la silla y salís corriendo?, ¿mandás cortar el programa?, ¿te enojás con Huidobro por el show que te monta?, ¿le preguntás sobre la bomba?”.  Me dije: “Lo mejor acá es lo que yo sé hacer bastante bien, que es ser frío, parecer frío”. Le tocaba el turno al senador Millor. Le pasé la pelota a él, que estaba con los ojos abiertos como si no hubiera pasado nada. Esa era mi idea. Huidobro habría calculado que se iban a pegar un cagazo bárbaro e iban a salir corriendo. Seguí tranquilamente con el programa hasta que vino el corte, y en la tanda le pregunté si aquello era explosivo. “No, es una bomba vieja”, me contestó. Y seguimos el debate. Pero ese fue el comentario, porque impactó tremendamente a la gente.

Nadie lo esperaba. Primera vez que iba un tupamaro a la televisión y todavía con eso. Fernández Huidobro era muy efectista.

Era muy inteligente. Inteligente con ese humor, esa ironía. Era un tipo muy completo intelectualmente. Incompleto fue el rumbo que tomó.

Era muy bueno argumentando.

Y nadaba en todas las aguas. Fíjese que como ministro de Defensa los militares estaban contentos con él.

Era un todoterreno.

Fue una pérdida grande para los tupas, y quizás para el Frente también, en muchos sentidos.

Hay decenas de programas. Está el de Saregni en Agenda Confidencial. Ya estaba retirado, y habló de la autocrítica.

Con el General siempre nos llevamos muy bien. Su primera entrevista en televisión la hice yo, en el Canal 10, donde yo empecé a hacer televisión. Habían creado un suplemento de Subrayado al mediodía. Seregni estaba en pleno auge de la especulación del general peruanista. Lo invité. Estaría deseoso de tener ese escenario, porque me dijo que con mucho gusto. Ahí descubrí a ese tipo muy sereno, que parecía trastabillar al expresarse pero que sabía lo que quería decir. Reflexivo. Creo que fue una figura clave en el Frente.

El fiel de la balanza.

Absolutamente. Creo que hay muchas cosas que se hicieron en el Frente que no se habrían hecho con Seregni. Fue un horcón institucional muy importante. Para la salida, para la democracia. Fue clave. Lástima se murió joven. Habría venido bien una supervivencia más larga en el Frente.

Con el Frente gobernando.

Habría sido un factor de equilibrio.

Y de diálogo. El gran mérito de Seregni es el espíritu dialoguista con el que salió de la dictadura y que mantuvo toda su vida. Fue muy sano.

Tenía una visión política muy uruguaya.

Su origen batllista pesaba en él.

Sin duda. Pero era un batllista frentista.

Sí, más frentista que él…

Tenía una visión de que el Uruguay necesitaba esa alternativa. Se dio, con comprensiones e incomprensiones.

¿Cómo fue su relación con Wilson?

De persona a persona siempre fue excelente. Políticamente… No es fácil. Creo que en política hay grandes, medianos y pequeños amores. Fue mi gran amor. Y es. En la salida a la democracia, él, que era muy inteligente, siempre supo que su teoría no iba a funcionar. Pero en un político tan inteligente, uno tiene que hacer espacio para el cálculo. Creo que él, enemistado y enfrentado como estaba con las Fuerzas Armadas, sabía que lo que le quedaba era volver a la cárcel y tener el reconocimiento de lo que realmente era: la gran figura, el líder del Partido Nacional. Sanguinetti tenía otra idea. Eran dos teorías que se enfrentaban. No tengo dudas de que Wilson entendía el cálculo de Sanguinetti, pero no podía acompañarlo. Y estoy seguro de que Sanguinetti, con lo inteligente que es, vio también que quizás él fuera el futuro presidente y Wilson el futuro líder de la oposición. Y por ese andarivel anduvieron y se estimaron y complementaron. A los wilsonistas nos quedó un sabor amargo con respecto a que Wilson no hubiera estado en la elección. Yo, que lo conocí bien a Sanguinetti, nunca dudé que fue absolutamente fiel a lo que él concebía que debía ser la salida: el resultado de una transacción que tenía etapas y que no podía darse con la derrota de las Fuerzas Armadas. El paso del tiempo creo que le ha ido dando la razón. Seregni estuvo ahí. Le ha dado la razón el tiempo. Un país chico como Uruguay, con unas Fuerzas Armadas debilitadas por una derrota política, después de todo el zafarrancho que habían hecho, teniendo suficiente para ser inculpados por una cantidad de cosas y por largo tiempo, como lo siguen siendo todavía. De alguna manera había que darles el espacio para que empezaran un rescate. Si estuvo o no en el cálculo, resultó. Y creo que Wilson lo entendió con una enorme grandeza cuando, al salir de la cárcel, dijo lo que dijo en la explanada de la Intendencia Municipal.

Lo tuvo varias veces en el programa.

Desgraciadamente nunca en En Vivo y en Directo. En el informativo tenía un espacio de diez minutos para una entrevista breve, y ahí lo tuve dos veces. Después lo tuve una mañana entera en Radio Sarandí, desde las ocho y media a las doce y media, y nos quedamos cortos.

¡Qué programa!

¡Qué lindo programa! Por ahí tenemos con Jorge Burel una foto con Wilson haciendo sus ademanes. Nos habló de todo su periplo y le hicimos preguntas de todos los colores. Cosas feas, pero lindas para vivirlas para un periodista.

Cruzó en el barco con él.

Justamente me estaba acordando de eso. Jorge Nelson Mullins, que fue uno de los más grandes radiodifusores que he conocido, con quien tuve siempre una gran relación, aunque uno nunca sabe si con los patrones tiene amistad o relación, y con quien nos estimábamos recíprocamente, nos llamó a todos y nos dijo que nos pedía por favor que lo ayudáramos a salvar la radio de inconvenientes que se iban a plantear. Nos pidió que evitáramos estar en ese barco, porque iba a haber problemas. Mullins era un tipo muy relacionado, y tenía contactos con varios de los generales, que se ve que le tiraron la advertencia de que tratara de evitar que su gente se mezclara, porque iban a tener problemas. Y con Jorge Arellano charlamos el asunto y dijimos que íbamos. Y nos fuimos en el Vapor de la Carrera y volvimos en el barco con Wilson, viviendo todas esas vicisitudes. Y verlo bajar con los famosos brazos arriba… Fue un momento histórico, hermoso. Desgraciadamente, después tuve pocos contactos con Wilson, porque se enfermó. Fui a una fiesta que le hicieron en Morini, una celebración de fin de año. Creo que a los pocos meses falleció. Estaba bastante mal. Estaba todo el directorio del Partido Nacional, y él personalmente le había dicho al ingeniero Scheck que quería que estuviera. El ingeniero Scheck era colorado batllista, pero se generó una amistad profundísima entre él y Wilson. En esa reunión me dijo si lo acompañaba. Fuimos juntos. Pero Wilson ya estaba muy mal. Empezó a hablar y se le cayeron las lágrimas. Sabía que era el fin.

¿Qué asignaturas pendientes le quedaron en el periodismo? La trayectoria fue mucha. Fue dueño de una radio, incluso.

Al final.

Con Jorge Traverso.

No, solo. Setiembre era solamente mía.

¿Y Nuevo Tiempo?

Fue una experiencia de asociación con Traverso y SADREP. Después compré una radio en Canelones, y una radio chiquita en Punta del Este, e hice cadena entre las dos. Pero tuve mala suerte. La idea era copar una audiencia potencial de casi dos millones de habitantes: Canelones, Maldonado y Montevideo. Pero técnicamente los técnicos no acertaron, y había áreas en que la radio se cortaba en Montevideo, lo que inmediatamente empezó a cortar la imagen de la radio. Lo asumí como un fiasco y al final la vendí. Hubiera sido un estupendo negocio si hubiera funcionado. También sacamos el asunto en un momento difícil, año 1999, cuando el Uruguay empezaba la recesión. 2000, 2001 y 2002, la catástrofe. Estaban fundidas la mitad de las radios. La mía, por nueva, estaba refundida. El canal estaba pidiéndonos rebajas de salarios a todos, que efectivamente tuvimos que hacer para sobrevivir. Poco después hice trascender que quería despedirme de la radio, y apareció una de estas iglesias adventistas. Hicieron ofertas de acá y de allá. Saqué cuentas entre lo que debía y lo que tenía que pagar y dije: “Chau, ya fue”.

¿Le quedó algún entrevistado que no pudo tener?

No se me ocurre. No me quedó nadie en la cabeza que te pueda decir que qué lástima que no lo entrevisté. Sí tuve la fortuna de poder entrevistar a los capitostes del momento. Internacionalmente era imposible, pero se podría haber llegado a alguno. Uruguay no pesa nada. Acá hay que hacer radio y televisión para acá. Nosotros somos porque existe el mundo, que nos ampara con uno que compra esto y otro que vende aquello. No hemos tenido una visión de grandeza del país, como se puede tener en un país chico. El mundo está lleno de muestras de países chicos que han alcanzado la grandeza en temas de potencial, de liderazgo, en conocimiento, en las artes, la tecnología y la ciencia. Nosotros fuimos en algunas de esas cosas, pero hace muchos años. Hemos descuidado una ponchada de cosas, como lo son: el campo de la educación, el de la realización humana, el de la seguridad. Hemos perdido eso del país tranquilo, seguro. Ahí se nos mete el mundo, y viene el narcotráfico. No lo queremos pero no lo paramos, y nos pudre la sociedad y la gente, y descompone todo.

¿No extraña los medios?

No.

Bajó la cortina.

Sí. Pensé que física e intelectualmente había corrido bastante, en un largo recorrido, y que el país no ofrecía alternativas con más brillo de las cuales prenderme. Estaba en peligro de repetición de los mismos temas, en un país trancado. En determinado momento, llegué a embroncarme con el país y a preguntarme qué estaba haciendo, qué predicaba, no solamente yo sino la gente que llevaba a decir cosas. ¿Repercutía, ayudaba? No pasaba nada. Le debo una cuota grande de vida a mi mujer. Crió sola a los cuatro gurises. Yo he podido ir a un montón de lados y ella se quedó siempre de guardaespaldas de la familia. Es tiempo de que le dé algo a mi mujer, también. Y no sentía el estímulo de seguir ingeniando cosas. Hacer un programa de televisión no es solo traer al invitado. Un programa como Agenda Confidencial suponía una cantidad de áreas de informes especiales, y estar permanentemente junto al equipo de producción. Además, yo siempre he sido muy apurado en un montón de cosas. Había veces que cambiaba cosas importantes el día antes del programa, si se planteaba algo que tenía que estar, y lo hacía aún bajo la protesta de los muchachos de producción, porque era lo que la gente estaba esperando. Pero hay un momento en que te agotás de estar siempre pensando cosas, queriendo ganar en esto y en lo otro, y buscás un poco de reposo. No hice bien en parar el mismo día las dos cosas. Siempre pienso que debí haber dejado la televisión, que es muy exigente. Tenés un programa el viernes, como lo tenía, y de repente aparecía algo el jueves de noche o el viernes de mañana y había que salir a cien por hora a armar eso. La radio es ponerse en contacto y sacarlo. Podría haber dejado la televisión y haber seguido con algo más suave en radio. Mucha gente me lo dice. No. Corté todo. El primer año caminaba por las paredes. Claro, tenía un derrame de adrenalina diario que me quedó como plus. Pero bueno, los fuegos se apagaron ya.

Fue muy cuestionado por mucha gente.

Siempre dije que soy un liberal, y que todo lo que se aparte de lo que yo leí en la Constitución de mi país, que es liberal, no me sirve. Por eso no me sirven ni la dictadura ni las alteraciones ideológicas que se puedan hacer de la Constitución. No soy un patriotero ni un nacionalista, soy un liberal. Un hombre que cree en la libertad. Tampoco soy de los que confunden capitalismo con liberalismo. Hay capitalismo muy hijo de mala madre, sin libertad ninguna. Pero no puede haber liberalismo sin libertad.

Mucha gente lo estigmatizaba. Sobre todo, en la izquierda.

Sí, fue dura, a pesar de que en mis programas no faltó nunca la presencia de la izquierda. Pero al opinar no opinaba como la izquierda. Opinaba como liberal, como lo que soy. Se ve que no había comprensión para eso.

¿Ve muy fragmentada nuestra sociedad actual?

Sí. Sí, sí. La veo. Acá enfrente acaban de cerrar ese predio, no sé si van a hacer otra torre o si Campiglia, que es dueño de gran parte de estos edificios, va a hacer otro. Pero ahí está lleno de muchachos, de gente joven, viviendo debajo de las palmeras y los arbustos. En este país tan chico y rico. ¿Cuán mal se están haciendo las cosas?

Sí, para que estemos desperdiciando juventud.

¿Cuántos somos? Tres millones y cambios. Y hay gente durmiendo en las plazas. Veo mal esas cosas. No sé si esta coalición va a rescatarnos de eso. Ojalá que sí, que lo pueda hacer. Lo que sé es que hasta ahora no se ha logrado hacer, aunque se han hecho muchas cosas bien. Por ejemplo, creo que económicamente el Uruguay no ha sido mal conducido. Hay una serie de objetivos sociales mal o bien administrados, seguramente bien inspirados, que requieren un gasto importante, y eso ha derivado en que lo que entra no cubra lo que sale. Y no es poca cosa. Puede terminar en que perdamos otra pata muy importante conquistada, que es la credibilidad en el país. Eso es muy importante, cuando ves a Brasil luchando por obtener el grado inversor; cuando ves a Argentina hundida en el Atlántico, sin mesura de la profundidad a la que se va; o cuando ves a Bolivia, que había empezado a levantar cabeza, en medio de una crisis política que no sabés dónde termina; o a Venezuela, el país más rico en petróleo en América y gran parte del mundo, viviendo en esa miseria y heredándonos esa pobre gente que viene, que cruza ríos y arroyos, llegando desarrapados a conseguir un trabajito. Acá hay algunos trabajando en esta torre. Es un encanto hablar con ellos. Gente educada, fina, con un sentido de responsabilidad tremendo. Cuando ves todo eso, ves que el Uruguay en estos quince años desarrolló una cosa distinta a lo que antes se hacía acá política y financieramente, y que erró en algunas cosas y acertó en otras. Hay que cuidarlo muchísimo. Creo que en esto del manejo de la deuda merece un fuerte reconocimiento el contador Astori.  Así como en otras áreas de la gestión frenteamplista hay que poner una crítica sin atenuantes a Mujica por sus yerros respeto al Puerto de Aguas Profundas, la enajenación de Pluna y la joyita de Aratirí. Y me llama la atención que un pescador como el doctor Vázquez celebre la instalación en nuestro querido e invalorable Río Negro, con el respaldo de casi todo el sistema político, de una segunda planta de UPM. Más temprano que tarde vamos a contaminar una de las mayores riquezas del Uruguay y todavía pagando un dineral por concepto de puerto y de transporte ferroviario para que esta papelera haga sus muy buenas utilidades.

Otra cosa es la institucionalidad democrática. Seguimos siendo una mosca blanca. En esto todos aprendimos mucho.

Sin duda. Es indiscutible la custodia de la liberad que ha habido, y ese es un bien de los más altos, el bien superior de una sociedad. Ha estado vigente.

¿Cómo interpreta el fenómeno Manini?

La falta de seguridad. La prédica de la mano dura para derrotar a los vándalos, a los que crean esa inseguridad. La ineficiencia, hasta ahora, del Ministerio del Interior, de la Policía y de las Fuerzas Armadas cuando se les ha atribuido alguna cosa en combatir el delito y la delincuencia. Por ahí va la cosa.

¿Cómo ve a Lacalle Pou?

Como una promesa. Una promesa grande, que ojalá administre bien. Le temo a eso que decía Sanguinetti, al juego del poder en asamblea. Eso de tener que estar todos los días zurciendo. Lo mismo con la candidatura a la Intendencia. Por suerte apareció la coalición con una candidata. Pero la coalición sufrió, a mi modo de ver, un desgaste fuerte en capacidad de resolver cosas. Manosearon nombres. Que este sí, que este no. Se candidatearon, se bocharon. Después de un éxito electoral tan rotundo, me pareció una pena.

Aparte, han venido armando bien el juego, rápidamente.

Yo no creía en Lacalle Pou. No lo voté en la elección anterior. Y encontré que ha madurado enormemente entre un período y el otro. Hacía mucho tiempo que dentro del Partido Nacional no encontraba el discurso de una persona que aliara tan bien la emoción con la lógica. Pero no la emoción gratuita, demagógica. No. Emoción como éxito anticipado de lo que se va a hacer, como visión exitosa anticipada de lo que se va hacer, pero con una gran racionalidad con respecto a cómo se va a hacer. Y me pareció un acierto la ley de urgencia, que ya haga un mapa de lo que se va a hacer. Y ojalá la asamblea de la coalición entienda que el tiempo es muy importante y trate, rápidamente, de llegar a consensos en una ponchada de temas. Pero que no nos pase lo que le pasó a Macri, que ha quedado hecho un pobre idiota. Que no nos pase eso, por favor. Que arranquemos con las cosas armaditas. Discutir y votar, y sacar las cosas que la gente está esperando.

Hay diferencias entre Lacalle Pou y Lacalle Herrera.

¿El padre? Creo que el hijo tiene que haber aprendido mucho del padre. Si me preguntás por las figuras políticas más interesantes de los últimos quince años en el Uruguay, te diría que son Sanguinetti, Batlle y Lacalle. Tres tipos que tenían —lo siguen teniendo los que están vivos— el Estado minuciosamente radicado en la cabeza, con un conocimiento y un mapeo del país y un conocimiento del escenario en que tiene que moverse el país hacia afuera y de afuera hacia adentro. Son esos tres. A Lacalle, en una reunión social hace poco menos de un año, le dije: “¿Sabés una cosa? No me siento bien con el hecho de que no sos candidato. No sé si te votaría, pero me parece que hiciste abandono de tus seguidores”. Y me dijo que, si un día tengo un hijo que quiere hacer lo mismo que yo, ahí me voy a hacer a un lado y lo voy a dejar hacer, y que no tenés más remedio, porque lo otro es muy feo. Ahí lo entendí. Me dio una gran bronca cuando Vargas Llosa, que compitió contra Fujimori y entusiasmó a mucha gente, y mucha gente puso plata en su campaña, y era un candidatazo, perdió la elección y dijo que no quería saber más nada de política electoral, que se iba a dedicar a la literatura, que era su profesión. Y dejó abandonada a esa gente. La creencia de alguien en uno es algo muy valioso como para rechazarlo. Si me entusiasmás, llevame a la cama, como dicen…

¿Y no pasa lo mismo con los medios? Un periodista que se retira así de golpe y deja a un montón de gente de lado… ¿No es lo mismo?

Es probable. Pero yo no pedí la adhesión para llegar al nivel que fuere de popularidad o aceptación de la gente. Yo hice bien mi trabajo porque sentía la obligación de cumplir con la gente y decirle las cosas lo más acertadamente. Yo cumplía conmigo en mi conciencia, al decirme: “Hoy no jorobé a nadie”. Espero haber dicho lo que la gente esperaba, pero no pedí votos. No pedí conservar mi trabajo mediante el respaldo de la gente. Nunca. Y terminé con algunos desengaños feos, no tanto de la gente sino de algún sector de los colegas. Lo digo porque capaz me lo vas a preguntar.

¿Qué cosa?

Cuando Mujica me dijo algún disparate y yo le dije que no le contestaba por respeto a sus canas y a la porción de soberanía que él representaba, creí que al otro día la Asociación de la Prensa o la Organización de Periodistas Agremiados, o lo que fuera, iban a sacar un comunicado. Pero nadie dijo nada. Tampoco los políticos, en su compinchería. A Mujica no había que pegarle. Pero bueno, yo me metí en esta batalla y cargo la mula. Pero no me gustó que no hubiera una sensibilidad mínima, como ahora pasa con el del sindicato médico, que en nombre de él y de sus pares, salió a decirle a Mujica que pidiera disculpas porque no podía decirles eso a los médicos, con ese desboque que tiene Mujica, que se permite todos los disparates del mundo. Bueno, eso me arañó un poco. De los políticos no me asombró. Tengo una visión de los políticos donde la enorme mayoría es una especie de casta que se protege. A veces lo entiendo; son una clase, se defienden entre ellos, “hoy por la tuya, mañana por la mía”. Aunque menos rigurosa que la de los militares, que sí es una casta hermética. De los políticos no esperaba mucho. De todas maneras tengo el cuero bastante curtido, aunque son observaciones que uno no se priva de hacer. ¿Dónde estaban, si son tan sensibles para otras cosas? “No te defendiste”. Yo no tenía por qué responderle con el mismo vocablo, ni parecido. Me ubico en otra estatura. Si este señor cultiva el disparatario yo no tengo por qué hacerlo.

¿Qué error cometió en el periodismo? Algo que vea como una macana. ¿Se acuerda de algo?

Me sorprende tu pregunta. Es probable que unos cuantos, uno no es infalible. Pero no tengo uno que me marque. No me acuerdo. No estoy jugando al perfectismo, he estado lleno de imperfecciones, pero no tengo ninguna de la que tenga todavía una curita.

¿Cómo se informa hoy Néber Araújo? ¿Qué hace, qué ve, qué lee, qué escucha?

Escuchar, poco. En el auto mi compañera es mi radio, y no la musical sino la hablada. Cuando voy para afuera, voy escuchando, y busco irme en horarios en que están los informativos. Y nada más. En la televisión, cuando hay acontecimientos grandes, miro los informativos. Pero miro mucho los informativos internacionales de Argentina y Chile. Lamento mucho que Brasil no tenga entrada, porque es increíble: es el segundo comprador de nuestros productos y no vienen ni los diarios ni las revistas ni entra la televisión. Este es un país incomunicado.

No conocemos la realidad brasilera. Es otro mundo.

Y acá la mayoría de la gente mastica bastante bien el idioma brasilero. Se entiende. Pero para mí es una de las faltas fuertes en la comunicación que tiene el Uruguay. La televisión me parece que está adoleciendo de la falta de uno, dos, tres o cuatro programas periodísticos. Hay una porrada de temas a tratar. Una enorme cantidad de temas. Y, como te decía hace un rato, hay que hacer que el mundo entre acá. Mostrarles todo eso a los estudiantes, a la gente joven. Aun a los viejos, para que suframos un poco. Hay que mostrar que el mundo está caminando muy rápidamente en la innovación, en la creación.

Hay mucho entretenimiento y poca información.

Sí. Y la radio se ha degenerado un poco por eso, también. En una punta de programas han adoptado el entertainment sin contenido. Algunos diciendo las palabras más soeces, lo más desagradable que se pueda escuchar, manoseando descaradamente la anatomía de la gente. Y sin ninguna gracia. Falta contenido. ¿Por qué no hay un gran programa periodístico en la televisión? Ahí está Castro ensayando una cosa, que tiene que aliar un poco de entretenimiento con periodismo. Un pequeño esfuerzo. Después este muchacho Álvarez. Y en el 10 hay programas de comunicadores, de gente que entretiene, pero no hay programas periodísticos. Una entrevista semanal de fondo a alguien, de acá o de afuera, no hay.

¿Cómo ve las nuevas generaciones de periodistas nuestros? ¿Alguno le llama la atención?

No me siento maestrito para seleccionar. Lo que noto es que hay unos cuantos muchachos que han hecho los cursos, egresados de los cursos de periodismo, tanto de los institutos privados como de la Universidad. Saben trabajar la información. Llegan al trabajo habiendo superado lo que aprendíamos nosotros en la máquina, llegan sabiendo elaborar un poco la cosa. De todas maneras, si miro para los costados o para atrás, tengo la impresión de que a los grandes periodistas no los hicieron los colegios o las universidades. Eso uno lo aprende a pura garra. Tuve ocasión de convivir con varios. Un amigo que está muy viejito es César Di Candia, que está cargando con sus noventa. Conocí a Carlos María Gutiérrez, a todos esos, los veía trabajar, los envidaba enormemente.

Históricamente los periodistas tenían un bagaje cultural. Hoy encontrás gurises que saben de comunicación, pero no tienen cultura general.

Exacto.

Ahí hay un desfasaje. No tienen idea de qué están hablando.

No tienen contexto.

A veces es complicado. No podés hablar de algunos temas cuando el que te va a preguntar no tiene idea del tema.

Y eso lo ves en pila. Es una pena. Pero bueno, es lo que tienen esos cursos de periodismo: enseñan la técnica, pero no dicen: “Bueno, ahora encerrate dos años en una biblioteca y leé todo lo que puedas”. “Yo no quiero ser escritor”, te dicen. Pero no importa, es para que te formes un background frondoso, para que cuando te llegue la información tengas, por lo menos, un principio de explicación de por qué están ocurriendo las cosas. Acá simplemente toman el hecho.

No se contextualiza, no se dan antecedentes.

Exacto.

¿Nunca hizo prensa escrita?

Hace muchos años, estando en Carve, a Omar Defeo lo vieron de BP Color, estando Sajón y Navia al frente. Querían que hiciera una página, aprovechando las cosas que él reunía haciendo Tomándole el Pulso a la República. Omar me pidió que lo secundara los días que él no podía estar, o lo que fuera, para que llenara yo la página. Siempre iba con la firma de él. Ahí ensayé, escribí cosas, que me parece que no eran muy malas. Pero después no, no hice nada más. Yo soy verbal.

Y de radio, fundamentalmente.

Me siento muy cómodo en la televisión, pero es la radio si quiero emocionar y sentir a la gente. Uno lo siente, cuando estás en un feeling común. La televisión no te da tiempo para eso. Es mucho más fría y hay que ingeniarse mucho para meter algo emocional. Son dos medios distintos. Excepto que tengas un programa donde sos una estrella discursera que habla y habla. Las hay. A mí eso no me picó nunca. Eso lo tenía para la radio.

No estaría dispuesto a volver a hacer nada.

Hay una edad para todo.

¿Y docencia tampoco?

¿Docencia? Soy un improvisado.

Pero improvisó cincuenta años.

No sabría ni por dónde empezar, la verdad. Además, no tengo paciencia. Me recibí de profesor de francés en la Alianza Francesa, y conseguí un trabajito en el Seminario que me duró un mes. “Me voy”, le dije al mes al director. “No sirvo para enseñar.” Requiere mucha paciencia. Es mucho de repetir. Yo soy muy dinámico. Por eso tampoco nunca escribí para un diario. A veces sueño con lo disfrutable que debe ser ir armado ingenierilmente la composición, como un arquitecto que construye. A veces les escribo cartas a mi hermana en Suiza o a mi hija en Francia y me deleito, les hago cartas kilométricas, las releo y digo: “¡Qué maestro!”.

¿Ningún hijo agarró para la comunicación?

No, por suerte.

¿Qué hacen? Uno es chef, me dijo.

Tiene un restaurante en Manantiales. El otro tiene taxis en el Enjoy. El otro se dedica a las finanzas, tiene una empresa financiera importante. Y mi hija está casada con un chef y son dueños de un restaurante en Francia, en la Champagne, cerca de las Ardenas, en el noroeste de Francia. Bueno, ese es el destino de los cuatro hijos. La hija, como te dije, tiene un negocio con el marido y les va muy bien. Cuando le digo si no piensa volver a al Uruguay, me dice: “Papi, salí del tercer mundo y me está yendo muy bien en el primero. ¿Cómo me juzgarías si no fuera tu hija y no me vieras a través de tus sentimientos? Algo como una horrenda estupidez”.

¿Qué está leyendo?

Soy de leer dos o tres libros al mismo tiempo. Paro un rato con uno y sigo con otro. Estoy leyendo a Eduardo Mendoza, un gran escritor español. Una historia de Barcelona. Estoy leyendo uno de los libros de Yuval Harari, el segundo. Hay que leerlo despacio y absorber. Hace dos o tres días terminé de leer uno de Javier Cercas, que se llama Terra Alta, una novelita muy entretenida de tono un poco policial. Es un muy buen escritor español que escribió un libro que capaz leíste, Anatomía de un Instante. Es un libro bárbaro, la anatomía de lo que fue la tentativa del golpe de Estado del 23 de febrero por el coronel Tejero. Está muy bien hecho ese librito. Leo mucho a los españoles, me gustan. Uno de mis preferidos es Javier Marías, un gran escritor. Entrevisté al padre, Julián Marías, un filósofo liberal que estuvo dos veces en el Uruguay, y las dos veces lo llevé a Radio Sarandí. “Tengo diez minutos”, me dijo, y estuvimos como diez horas.

Siempre dicen lo mismo.

Una manera muy linda, muy agradable, con un vozarrón lleno de contenido. Y no sabía que el hijo era escritor, hasta que hace cuestión de un año y pico me tropiezo con un libro que se titulaba Los enamoramientos, de Javier Marías. El título era provocativo, y me lo compré para entretenerme. Un librazo. Un tipo con mucha penetración en el individuo, con mucha carnadura. No son anécdotas solamente.

¿Cine, teatro?

Me gusta muchísimo el cine, pero la verdad es que me da pereza vestirme para ir. Veo en Netflix o en DIRECTV cuando hay buenas películas. Lástima que Netflix te da una buena por doscientas malas. Hay que ver seriales. En particular los ingleses hacen series fantásticas. Así como me gusta el cine inglés, más que el americano y el francés. Otro cine que me gusta es el español. Los españoles hacen películas muy lindas, con grandes actores y actrices. Los argentinos, más o menos.

Playa Verde la vendió hace años.

Sí, en el 93. Tenía una casa cerca de la playa y compré una chacra en Cerros Azules. Hay gente que me pregunta si es una estancia. No, tengo 81 hectáreas. Fui comprando chacritas y levantando los alambrados.

Volviendo a las raíces, como quien dice.

No es ni chacra ni campo. Es mediatinta. Pero empraderé e hice engorde. Conseguí una oveja y un carnero caranegra, y empecé a sacar corderos, que crecieron hasta ovejitas. Es una raza de carne. Después empecé a poner vaquillonas o terneros a engorde. Y un señor que tenía remate ganadero ahí cerca me dijo que no estaban maduros, que los dejara engordar un poquito más. No vivía de eso, pero me entretenía y me gustaba. Particularmente hubo dos años que seguí los angus, esos novillos negros y redonditos. Preciosos y mansos, te dejan arrimarte muy cerca. El pampa en cambio es más arisco. El angus es un bicho tranquilo. Y después con las ovejas cara negra, cuando mi hijo instaló el restaurante le dije que no comprara corderos, que se los llevara de ahí. Ganancia pura para él. Y así vendí después la chacra, con unas cincuenta ovejas y corderos, y con veinte o treinta vacas. No me daba para cubrir casi el gasto. Tener una chacra en realidad es hacer realidad un sueño lleno de problemas.

¿Por qué?

En el tiempo que tenía la chacra terminaba Agenda Confidencial a las doce de la noche, en invierno puro, y mi mujer tenía los bolsos prontos: trepaba al auto y a las dos de la mañana estábamos acostándonos en la chacra. Helada, pero lindo, tapaditos. Y al otro día a disfrutar del sol, del amanecer. Pero es un gran problema. Llegás y ya el casero te dice que se rompió la bomba de agua, o que una de las vacas está en celo y el toro no se contuvo y atropelló el alambrado y reventó dos postes. Ahí a comprar postes, a sacar al toro al otro lado y a llamar al dueño, que capaz te demanda si el toro se corta. Cada vez que llegás es un problema. Llegó un día en que dije que es divino, y ahí hicimos algunas de las reuniones familiares más lindas, pero ya los gurises están grandes, casados, con sus propios hijos, con sus propias casas en balnearios, y capaz vienen, a fórceps, para “estar un rato con los viejos”. Y es un gasto fuerte. Vendimos y compramos un apartamento en el este.

¿Tiene nietos?

Siete. Una nieta y seis nietos. La nena tiene diecinueve años, el varón mayor tiene dieciocho, y de ahí en escalera para abajo, hasta trece. Todos son grandes, en etapa liceal.

¿Es buen abuelo?

Habría que preguntarles a ellos. Me gustan, pero no soy un abuelo de esos que juntan cuentos y hacen muchas historias. Me gusta conversar con los más grandes, pero más que nada de cosas prácticas. La comunicación es bastante pragmática. El mayor está estudiando finanzas, y me gusta conversar con él y tironearlo, preguntándole cómo haría una operación así o asá. Pero no soy de esos abuelos babosos, de mucho abrazo y mucha cosa. Me gusta un saludo bien abrazado con los nietos, y conversar. Me gusta mucho conversar con mi nieta, que estudia psicología en una universidad en Buenos Aires. También con mi nieto mayor, con el hijo mayor de Sebastián, mi hijo del restaurante. Son gurises muy despiertos, pícaros, muy enterados.

Es otra generación. Manejan otro nivel de información.

Sí, ellos están al tanto, y están delante de uno. Yo me cuido mucho en la conversación con ellos, porque temo decir muchas cosas que son ridículas para su lenguaje, para el escenario en que se mueven ellos y la visión que tienen de las cosas. A veces me da un poco de temor la visión un poco facilista que tienen.

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Alfredo Garcia Nació en Montevideo el 9 de agosto de 1954. Es Licenciado en Historia por la Universidad de Estocolmo, Suecia; que fue su lugar de residencia entre 1975 y 1983. Hizo un postgrado en Marketing y realizó los cursos del Master de Marketing en la Universidad Católica de Montevideo. Trabajó durante veinte años en la industria farmacéutica en el área privada. Su labor como periodista comenzó en los semanarios Opinar y Opción a principios de los ochenta. Participó en 1984 en el periódico Cinco Días clausurado por la dictadura. Miembro del grupo fundador del diario La Hora, integró luego el staff de los semanarios Las Bases y Mate Amargo. Escribió también en las revistas Mediomundo y Latitud 3035. Es el impulsor y Redactor Responsable del Semanario Voces. Publicó el libro Voces junto con Jorge Lauro en el año 2006 y el libro PEPE Coloquios en el año 2009, ambos editados por Fin de Siglo.