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Todos los fuegos, el fuego por Hoenir Sarthou

Todos los fuegos, el fuego por Hoenir Sarthou
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Los recientes incendios en la región amazónica destruyeron, sin duda, infinidad de ejemplares vegetales y animales, además de afectar a un delicado sistema ambiental del que dependemos.

Pero no es el único deterioro causado o puesto en evidencia por los incendios.

Junto con la selva, se han quemado también una cantidad de certezas científicas, políticas y hasta de nuestro sentido común.

Mientras las llamas crecían, todos pudimos ver o leer a científicos y militantes ambientalistas que nos advertían sobre la catástrofe que amenaza al planeta. El calentamiento global, la contaminación del agua y del aire, la sobrepoblación, la concentración de gases, el descongelamiento de las regiones polares, el crecimiento de los océanos, se convirtieron en presencias inquietantes para gente que habitualmente casi no piensa en eso durante su vida cotidiana.

Por otro lado, vimos a gobernantes de países poderosos (Francia y Alemania, entre otros), así como a representantes de organismos internacionales, exponer sin timidez su supuesto derecho a intervenir en los territorios amazónicos aun contra la voluntad de los gobiernos de los Estados afectados (Brasil y Bolivia, sobre todo).

Paralelamente, comienzan a aparecer otras voces, algunas de ellas también académicas, que cuestionan el pronóstico catastrófico. Afirman que el cambio climático es un proceso natural, que los actos humanos no son la causa de un fenómeno de esa magnitud, que los océanos y no la amazonia producen la mayor parte del oxígeno que necesitamos para vivir y, en algunos casos, que tampoco es cierto que las temperaturas y los fenómenos atmosféricos que sufrimos sean mayores o más graves que en otras épocas bastante remotas.

Como nota de color, tenemos a Greta, una adolescente sueca que, convertida en la Juana de Arco del calentamiento global, promueve en todo el mundo manifestaciones de adolescentes que reclaman el fin de los plásticos de un solo uso y la sustitución de los automóviles a nafta por los eléctricos.

Sorprende un poco –no mucho- enterarse de que Greta fue invitada a la ONU y al foro de Davos,  creado por George Soros, que se ha sacado hermosas fotos con el millonario y con la presidente del FMI, la Sra. Legarde, y que está financiada por magnates de las ascendentes y costosas “tecnologías verdes”, gente que proviene del mismo grupo económico que el ex vicepresidente de los EEUU, Al Gore,  otro sorprendente pronosticador del desastre universal que ha amasado fortunas con la “tecnología verde”.

Como telón de fondo, los mismos gobernantes y organismos internacionales que previenen contra el  calentamiento global siguen promoviendo el discurso del desarrollo y el crecimiento económico, la inversión y el “clima de negocios”·

¿En qué diablos creer?

Parece evidente que, además de árboles y oxígeno, el calentamiento global está quemando las certezas.

¿Estamos por nuestra propia culpa a pocas décadas de quedar sin alimentos ni aire, sumergidos por océanos de hielo derretido, o sólo atravesamos un ciclo natural que ha ocurrido muchas veces en la vida de nuestro planeta?

Me encantaría tener una respuesta. Pero no la tengo.

Nos encontramos en el cruce de varios factores humanos tremendos: el interés económico, el poder político, las ideologías y creencias de corte religioso (ciertas formas del ecologismo tienen trasfondo religioso), la pretensión de objetividad de la ciencia, y la omnipresente presencia de la publicidad (hay marcas que promocionan sus productos asociándolos con causas como el cuidado del medio ambiente).

Resulta imposible determinar cuánto pesa cada uno de esos factores en los diagnósticos y pronósticos sobre el destino de nuestro planeta y de la humanidad.

Ni siquiera la ciencia se salva. Condicionada, en forma cada vez más evidente, por las posturas ideológicas o políticas de los propios científicos, y por las exigencias de las fundaciones que financian la investigación, en todos los temas científicos de interés social o económico es posible hoy encontrar al menos “dos bibliotecas”, que con idéntica pretensión de autoridad sostienen cosas radicalmente opuestas.

¿Qué hacer? ¿Cómo plantarse ante esa encrucijada de la que podría depender la supervivencia de la especie humana y, sin duda, la de la civilización como la conocemos? ¿Cómo actuar quienes no somos empresarios globales, ni economistas, ni gobernantes, ni devotos ecologistas, ni científicos?

Quizá –nunca hablé más en condicional- sólo nos quede confiar en nuestro instinto y en nuestro sentido común. De alguna manera, un problema que se nos suele presentar como económico, científico, ambiental o incluso místico, vuelve a ser político. Un problema que no se puede resolver mediante recetas absolutas y que debe ser encarado mediante una prudente reflexión y acción de muchos millones de personas.

Claro está que ningún daño, y sí beneficios, pueden venir de limitar los efectos de la actividad industrial y del consumo en el agua, el aire y la tierra. No es necesario creer en la personalización de la Pacha Mama, ni conocer el origen del Universo desde el  Bing Bang en adelante, para intuirlo o razonarlo.

Ahora, ¿quién puede hacerse cargo de esa tarea? ¿Las empresas transnacionales interesadas en los recursos naturales? ¿Los organismos internacionales que al mismo tiempo promueven las inversiones y el “clima de negocios”? ¿Las nuevas empresas que sustituyen una forma de contaminación por otra?

Tal vez –vuelvo a insistir en el condicional- la única brújula para orientarse en el dilema del fenómeno ambiental sea descubrir la presencia de intereses detrás de cada discurso que se pretende técnico, científico, humanista o  ambiental. No es mucho. Pero descubrir y descartar la mentira interesada siempre es importante.

 

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