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Abbas ante la ONU por Rafael Porzecanski

Abbas ante la ONU por  Rafael Porzecanski
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En la pasada edición de Voces dediqué este espacio al enérgico y carismático discurso de Benjamin Netanyahu ante la ONU, destacando su estratégico silencio sobre el irresuelto y enredado conflicto en el que israelíes y palestinos se hallan desde hace más de un siglo. Ese silencio es todavía más impactante al cotejarlo con la presentación de Mahmud Abbas, presidente de la Autoridad Palestina, ante el mismo auditorio y sólo un día después.

A la inversa que Netanyahu, toda la alocución de Abbas giró en torno al conflicto y varios de sus ejes principales: la ocupación israelí de Cisjordania, el estancamiento del diálogo y la amenaza del entierro definitivo de la solución de dos estados para dos pueblos debido a la consolidación de los asentamientos. Cuantitativamente, el contraste entre los dos discursos es contundente. Las cinco palabras más utilizadas por Abbas en su discurso fueron “Palestina” o “palestino” (51 menciones), “Israel” o “israelí” (41), “estado” (28), “ocupación” (27) y “paz” (27). Del lado de Netanyahu, cuyo discurso fue más breve, las palabras más empleadas fueron “Israel” o “israelí” (43 menciones) “Irán” (25), “año” (21), “mundo” (15) y “presidente” (15, siendo la más frecuente “presidente Trump”).

Escuchando a ambos, uno podría verse tentado a comprar la narrativa palestina que contrapone la falta de interés de un bando israelí hoy gobernando por la coalición más derechista de su historia al supuesto compromiso palestino con la reanudación de negociaciones multilaterales y el establecimiento de una paz justa y basada en mutuos compromisos. A juzgar por el universo discursivo de Abbas, en otras palabras, sólo faltaría una contraparte israelí dispuesta a desocupar Cisjordania y permitir la formación de un Estado palestino para que todos vivieran felices y comieran perdices. Para bien o para mal, las cosas son bastante más complejas.

En primer lugar, el Abbas de apariencia conciliadora y relativamente aperturista al diálogo no siempre es ni ha sido así. El año pasado, por ejemplo, este mismo hombre aludió a un falso llamamiento rabínico a envenenar el agua de los palestinos. Quien envenenó la cancha en esa oportunidad no fueron pues los rabinos sino el mismísimo Abbas. En 2014, también ante la ONU, vimos un Abbas muy diferente al de este año, un Abbas mucho más beligerante y agresivo, con una retórica incendiaria donde no faltaron los epítetos de “racista” y “genocida” para con el sionismo. Eran otros tiempos, es cierto, aquellos del último enfrentamiento militar a gran escala entre Hamas e Israel. Si nos vamos incluso más lejos en el tiempo, nos toparemos al Abbas juvenil que supo escribir una tesis de doctorado que minimizó y distorsionó gravemente la historia del Holocausto judío a manos del nazismo. Igual que sucede con Netanyahu, experto en acomodar sus discursos según su platea, la moneda discursiva Abbas es muchas veces cara y muchas otras cruz.

En segundo lugar, toda narrativa debe ser contrastada por el examen riguroso de la historia. Al respecto, es necesario volver a Camp David, ese momento crítico en que el premier laborista Ehud Barak y el histórico líder de la OLP, Yasser Arafat, se reunieron bajo los auspicios del Presidente Clinton. En esas circunstancias, los israelíes pusieron sobre la mesa la mayor oferta territorial hasta ahora conocida, mejorándola incluso en las conversaciones bilaterales en Taba a principios de 2001. En esa oferta, la administración Barak proponía el reintegro casi completo de Cisjordania a manos palestinas con el consecuente espaldarazo a la formación de un Estado palestino. Temeroso del rechazo y las represalias que pudiera obtener por parte de su propio pueblo, Yasser Arafat declinó esa oferta y el acuerdo de paz comprehensivo del que formaba parte. Ese episodio decisivo nos ilustra que el conflicto no es sólo una ardua disputa territorial centrada en la suerte de Cisjordania sino también un fuerte enfrentamiento (entre y dentro de cada pueblo) sobre cómo resolver el problema de los refugiados palestinos y sus descendientes, qué hacer con Jerusalén y otros sitios sagrados para el islam y el judaísmo o cómo conciliar las demandas israelíes de seguridad con la pretensión palestina de contar con un ejército propio. Todo ello, vale la pena recordar, en un territorio global similar al departamento de Tacuarembó en el que viven más de trece millones de personas.

No sabemos si “Abbas v.2017” sería hoy capaz de aceptar una oferta de similares características a la que hizo en su momento Barak a Arafat. Sí cabe reconocer que, entre 2006 y 2008, Abbas y el entonces primer ministro israelí Ehud Olmert se encontraron repetidas veces (36 para ser exactos) y avanzaron juntos hacia un plan con un espíritu similar al de Camp David. Al final, como casi siempre ha sucedido, todo quedó en la nada y las razones de ese nuevo fracaso -igual que con Camp David- siguen siendo objeto de debate.

Hay un tercer y último factor que complejiza la narrativa de Abbas ante la ONU. Tanto el perfil de los dirigentes como las encuestas de población palestina dejan claramente en evidencia que Fatah (el partido político de Abbas) es el mejor interlocutor posible que tiene el sionismo (sin que ello signifique que sea un interlocutor sencillo). Sin embargo, en paralelo a la fuerte derechización de la política israelí, la política palestina ha sufrido una fuerte islamización y el liderazgo de Fatah es hoy notoriamente disputado por Hamas, movimiento especialmente popular en la franja de Gaza. Así, aún asumiendo un escenario donde Israel ofreciera una vez más concesiones territoriales y Abbas estampara esa firma que Arafat declinó en su momento, quedaría por comprobar cómo reaccionarían tanto la dirigencia como los votantes de Hamas. Por las encuestas disponibles, no es nada descabellado pensar en una fuerte resistencia popular a un acuerdo de esta naturaleza. Además, no es sencillo predecir cómo se comportaría el liderazgo de Hamas, más allá que en tiempos recientes haya dado señales algo más conciliadoras (véase por ejemplo la actualización de su carta fundacional realizada este mismo año o su actual disponibilidad a dejar que la Autoridad Palestina retome el control de Gaza). Esta misma pregunta, naturalmente, correría para cualquier líder sionista que se mostrase dispuesto a sacrificar aspectos muy valiosos para un sector importante de la sociedad israelí, como los asentamientos en Cisjordania o la propiedad sobre Jerusalén oriental. No olvidar que Yitzhak Rabin, que tuvo el coraje de aceptar algunos de esos costos, fue vilmente asesinado por un sionista de ultraderecha y previamente caricaturizado y vilipendiado hasta límites insospechados.

Hace algún tiempo, en una entrevista del periodista Martín Natalevich, el politólogo israelo-uruguayo Alberto Spectorowski afirmó que en abstracto todos perseguimos la paz pero que el verdadero problema es el precio concreto que estamos dispuestos a pagar para conseguirla. Es hora de que todos quienes tomamos al conflicto en su dimensión analítica hagamos caso a esas palabras y asumamos que hay dos bandos que pese a su obvio desequilibrio de poder comparten algo fundamental: su fuerte fragmentación interna y la incapacidad de asumir que hay concesiones muy dolorosas que deberán ser aceptadas si de lo que se trata es de poner fin a tantos años de sangre y sufrimiento. No en vano, el statu quo sigue tercamente instalado, sin perspectivas de retirarse de escena. Mientras esto sucede, el mayor pato lo siguen pagando los civiles, los de a pie. Esa lista la encabezan naturalmente los muertos de cada bando. Y a los muertos le siguen los vivos, especialmente los palestinos que viven bajo la ocupación y la pseudo-autonomía (Cisjordania), bajo condiciones casi inhabitables (Gaza) o bajo el techo de países árabes que les han dado una acogida frágil y avara.

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