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Cuestión de soberanía Por Hoenir Sarthou

Cuestión de soberanía Por Hoenir Sarthou
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Tengo muchas discrepancias con el actual gobierno uruguayo y, por ende, con el Canciller Rodolfo Nin Novoa.

Sin embargo, por las razones que sea, la actitud del Uruguay ante la reciente decisión de la reunión de consulta de los ministros de relaciones exteriores del TIAR, respecto a Venezuela, se ajusta a lo que le corresponde hacer a cualquier país que aspire a cumplir las obligaciones establecidas por el derecho internacional.

El Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) es un tratado de mutua defensa suscripto por muchos países americanos al terminar la Segunda Guerra Mundial. Como su nombre y el texto fundacional lo indican, es un tratado defensivo, por el cual los paises miembros se obligan a darse mutua asistencia en caso de agresión armada externa.

Es decir que el presupuesto para la aplicación del TIAR es la existencia de invasión o agresión armada a un Estado miembro. Cosa que a todas luces no ocurre en este caso.

Uno puede tener enormes discrepancias con el gobierno venezolano –yo las tengo- pero eso no habilita a hacerle decir a un tratado internacional lo que no dice ni a usarlo para aquello que el tratado no autoriza.

Ninguna disposición del TIAR habilita a los Estados miembros a intervenir en la política interna de otro Estado. Mucho menos a “investigar, perseguir, capturar, extraditar y sancionar” a “funcionarios, personas o entidades…  asociadas al régimen de Nicolás Maduro”, como lo dispone la resolucion de la reunión de consulta de los ministros.

Los sujetos del TIAR son los Estados,  no los gobernantes, los funcionarios, o las personas asociadas al gobierno. Convertir al TIAR en policía supraterritorial, arrogándose el derecho de intervenir para punir penalmente a personas físicas es un despropósito. Aunque no una novedad, porque ya Estados Unidos invadió a Panamá para arrestar , juzgar y encarcelar a su Presidente, Manuel Noriega. Pero al menos esa vez no se invocó al TIAR, y el TIAR se cuidó mucho de intervenir ante esa invasión armada de un Estado miembro sobre otro.

Hace muy pocos días, incendios mediante, numerosos gobernantes y  representantes de organismos internacionales especularon sin disimulo con la posibilidad de intervenir en la región amazónica brasileña y boliviana, sin anuencia de los gobiernos brasileño y boliviano.

¿Por qué se maneja tan reiteradamente, a nivel internacional, la posibilidad de intervenir en territorios de otros Estados?

Es evidente que la noción en entredicho es la de soberanía. El motivo o pretexto cambia. Puede ser la defensa de los derechos humanos, o evitar el narcotráfico, o derrocar a un  dictador, o preservar “el patrimonio natural de la Humanidad”, o proteger a otro país supuestamente atacado (el caso de la primera guerra de Irak). Lo que no varía es la receta: una intervención externa ajena a toda norma internacional que la legitime.

¿Qué hay detrás de esa receta invariable, cuál es el verdadero objetivo de la constante insistencia en pasar por arriba de las soberanías nacionales?

Uno podría creer que se trata del ansia de poder y de riqueza de ciertos Estados poderosos. Sin embargo, basta ver lo ocurrido en las últimas guerras promovidas por fuerzas estadonidenses y europeas en regiones islámico-petroleras para descartarlo.

Esas guerras les costaron a los Estados que las promovieron enormes sumas de dinero, que pasaron de manos del Estado a empresas de la industria armamentista, a las que subcontratan mercenarios y logística, a las que se ocupan de reconstruir lo destruido por los bombardeos, sin contar los enormes problemas de inseguridad, de manejo político posterior de los paises invadidos, y el diluvio de emigrantes que llegan desde sus costas. Luego, las ventajas en materia de contratos relativos al petróleo son para las multinacionales petroleras. En suma: un pésimo negocio para los Estados y un gran negocio para empresas transnacionales que medran con la guerra  y la post guerra.

Neutralizar o destruir a los Estados que controlan territorios valiosos (petróleo venezolano, subsuelo amazonico brasileño y boliviano) les sirve más a los intereses privados que luego explotarán esos recursos que a los Estados que asumirán la tarea y pagarán los costos.

La destrucción de la soberanía, entonces, es más una empresa privada que un objetivo de Estado. Aunque nunca falten gobernantes dispuestos a contribuir a ella con recursos estatales.

La otra cuestión interesante es cómo reaccionamos las personas comunes ante el fenómeno.

En general, puede decirse que la reacción depende de los motivos esgrimidos y de la forma en que se los presente ante los medios de comunicación.

Si se difunde pública y reiteradamente que cierto gobernante abusa sexualmente de niñas antes de devorarles el corazón, multitudes clamarán para que se invada al país en cuestión, se mate a cientos de miles de sus habitantes y se traiga la cabeza del monstruo en una bandeja. Si se afirma sistemáticamente que el gobernante Fulano es un dictador comunista, habrá millones de personas autodeclaradas de derecha que pedirán la intervención. Y, si se sostiene que el gobernante Mengano es un dictador fascista, habrá millones de personas autodeclaradas de izquierda que justifiquen la intervención.

¿Qué pasa después en los territorios invadidos o intervenidos por la ONU y las potencias occidentales?

Eso a nadie le importa. ¿Quién gobierna en Haití, en Afganistán, en Irak o en Libia? ¿Cómo andan los derechos humanos y la democracia en esas regiones?

A nadie le importa. Terminada la guerra, esas regiones desaparecen de la cobertura de los medios de comunicación y ningún horror escandalizará más a nadie “civilizado”.

¿Se acuerdan de la vieja metáfora de “tirar al niño junto con el agua sucia de la palangana”?

Bueno, la democracia, es decir la posibilidad de pesar en las decisiones sobre nuestras vidas y sobre las cosas que nos son comunes, está indisolublemente unida a la noción de soberanía. Despreciar la soberania territorial es tirar la democracia junto con el agua de la palangana. Sin un territorio y un Estado soberano, la democracia no existe. El territorio se vuelve tierra de nadie. O, mejor dicho, tierra libre para los intereses que alentaron la destrucción de la soberanía.

Por eso, entre otras razones, conviene evitar el desprecio por la soberanía ajena. Porque nadie, en el mundo actual, está libre de ser objeto de codicia. Basta tener alguna riqueza o posición estratégica.

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