Home Entrevista Central “El mejor instrumento político es hacer una buena canción”

“El mejor instrumento político es hacer una buena canción”

“El mejor instrumento político es hacer una buena canción”
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El próximo 7 y 8 de setiembre a las 20 horas, Mauricio Ubal junto a La Típica Banda festejarán los 40 años de ¨A redoblar¨, un tema insignia del cancionero nacional y banda sonora de toda una época. Será en la Sala Camacuá y realizará además un recorrido por toda su carrera artística. Un buen momento para conversar con una de nuestros artistas más populares.

Serán un par de shows únicos e irrepetibles que reunirán sobre un mismo escenario invitados especiales como Rubén Olivera, Gonzalo Moreira, Alejandro Ferradás, La Sayago Murga Band, Eduardo Rivero, Laura Canoura y el Coro del Centro Cultural España. De eso, y de algunas otras cuestiones, hablamos con Mauricio. Llega con su legendario gorro cruzando el frío de la rambla y nos sentamos en la cantina de AEBU, a pocos metros del escenario al que se subirá en unos días, la preciosa Sala Camacuá. En las gacetillas de prensa del evento, dice Mauricio: “Han pasado 40 años desde aquel momento en que, junto a Rubén Olivera, en un altillo del Teatro Circular, nos mostramos los bocetos que teníamos cada uno por su lado de unas melodías murgueras. Estábamos ensayando una obra de teatro para niños donde tocábamos en vivo y teníamos ratos de espera, así que nos recluíamos en algún rincón apartado e intercambiábamos ideas de letras y músicas. De ahí surgió, semanas después lo que finalmente denominamos ‘A redoblar’. Ella ‘se nos fue de las manos’ muy rápidamente, anidándose en el alma de la gente de una manera misteriosa y maravillosa a la vez, al menos para mí, que me sigo asombrando de su vuelo”.

Mauricio Ubal es uno de los compositores más reconocidos dentro de la música popular uruguaya. Sus canciones recogen la herencia rítmica de Montevideo a través del candombe, la murga, la milonga o los aires tangueros. La poética de sus textos recorre los paisajes urbanos, los afectos personales, las problemáticas sociales y políticas, el fútbol o la riqueza del carnaval montevideano, del que ha sido uno de sus principales cultores.

Fue uno de los pioneros en cultivar lo que hoy se conoce como “canción murguera” o “murga canción”, aportando muchas obras en esta rítmica, entre ellas, “A redoblar”, una canción compuesta junto a Rubén Olivera y estrenada en octubre de 1979, que se transformó en la canción insignia del grupo Rumbo, Hoy se la reconoce como uno de los himnos de resistencia a la dictadura y emblema de toda una época.

Vayamos desde lo general a lo particular. ¿Hiciste ese balance de estos 40 años de “A redoblar”?

En realidad, te confieso que no. He estado siempre activo. De repente se ve menos la actividad, o por momentos, como ahora, hay una actividad intensa para un recital o un evento. Pero no he tenido tiempo de sentarme a mirar para atrás. Además, por ejemplo, con el último disco mío yo hice un cambio, y me encantó hacer ese cambio, jugarme a otro tipo de sonido, a otro tipo de arreglos. Las canciones son las que hace Mauricio Ubal, pero sí un cambio en cuanto a la estética y la forma, es decir, a cómo está presentado. Ahí trabajamos mucho con Diego Azar, y noté que había todo un cambio en la propuesta, a tal punto que empecé a componer para esa propuesta. Empecé el disco con unas canciones y al final terminé armando otras, e incluso dejando otras de lado, en virtud de esa estética. Y eso me produjo una sensación muy linda de estar probando cosas nuevas, esa sensación de decir “mirá”.

De experimentar cosas nuevas…

Exacto. Y de sentir cómo podían cambiar las mismas canciones que uno imaginaba de una manera tan distintas. Terminarlas de otra forma.

¿Y qué hay de aquel muchacho del barrio Bella Italia – que hasta le hizo una canción al barrio – en este Mauricio Ubal de hoy?

Ah, es el mismo tipo. Voy al barrio, me gusta meterme por ahí de vez en cuando.

Ha cambiado mucho…

Ha cambiado mucho, sí. Por ejemplo, ya no están los campitos a los que yo le cantaba. El campito de la Chacarita está. Después hay otros que ya no existen más. Esos campitos son los de mis canciones.

Quizás no cambió tu esencia, seguís siendo el mismo, pero obviamente la experiencia y el camino recorrido te haya cambiado en algún punto. ¿Seguís viviendo el hacer música con la misma intensidad y pasión que en aquel momento?

Tal vez lo que me da el tiempo es cierto manejo de las cosas.

¿Y eso no te quita emoción?

Cuando me meto en algo que me entusiasma, no. Es la misma emoción. Me encanta sentirme ahí. Lo que pasa es que me cuesta más engancharme en eso, porque ya no tengo físico, tengo tiempo muy disperso en muchas cosas que me interesan. Y entonces de algún modo tengo que obligarme a entrar en ese espíritu del componer. Ahora bien, cuando lo agarro —y me pasó haciendo el disco “Arenas movedizas” — es el momento único de siempre, con la parte más desconocida del yo. En el fondo es como una gran introspección, eso de ir sacándose melodías que van naciendo y las vas cambiando, y que después, cuando empezás a trabajar la letra, encontrás que la propia letra te va sugiriendo cosas.

¿Trabajás primero la letra y eso te lleva a la música? ¿O al revés? ¿Cómo es  ése proceso?

La música siempre está primero.

La música te pide una letra, de alguna manera…

Exacto. La música me va mandando alguna señal y por ahí aparecen palabras e imágenes, y eso es como una llavecita que va abriendo puertas, hasta que de repente te encontrás en un lugar que no imaginabas. Es algo maravilloso, las propias palabras te van sugiriendo imágenes, entornos, y ellas mismas te van llevando a una historia. La mayoría de las veces no tengo una historia, no es que digo “voy a cantar sobre tal cosa”. Aunque alguna vez sí me pasó. En el último disco tenía la historia de Doña Corina, una anécdota muy fuerte, y empecé a trabajar en base a eso. Escribí primero una letra, extensa, porque tenía que ser extensa para poder contarla. Extensa en cuanto a la cantidad de sílabas por verso. Para eso tuve que llevar determinado tipo de música. Pero esa experiencia, que también me dejó muy contento, es muy excepcional en lo que yo hago. Generalmente es la música la que me va envolviendo y llevando, y que me va diciendo “mirá que acá puede haber algo”.

¿Esas músicas que te van surgiendo conviven en vos de manera simultánea y de repente te atrapa una, o estás todo el tiempo conviviendo con más de una canción a la vez?

A esta altura tengo lo que llamo una bolsa de materiales, donde voy metiendo pedazos de melodías, a veces más largas o extensas, y de repente las voy dejando. Muchas veces lo que me pasa, con esto del tiempo, es que no estoy todo el tiempo pensando en la música. De repente estoy un rato y ahí saco una música que pienso pueda ser interesante. Y de pronto la dejo y la retomo a la semana. Muchas veces lo que me parecía que estaba bien, no decía mucho. Así empiezo a trabajar, tirando de la piolita, viendo a dónde va ese pedazo de música, a dónde me lleva, y de repente concreto algo, un pedazo de música que me gusta. Y empiezo a jugar, a tararear, y aparece una palabra que me va alumbrando. Es como si tuviera una venda en los ojos y aparece una palabra que me dice “por acá”, y ahí empiezo a tejer. Eso me puede llevar un tiempo.

¿Cuánto tiempo te lleva ese proceso?

Puede ser meses. O también pasa que a veces estoy urgido por algo, por alguna cosa puntual, y todo eso que te dije se acelera. Me pasó muchas veces.

¿Por urgido te referís a terminar un disco, al tiempo de grabación? ¿Eso no atenta contra la poesía?

No, es según cómo lo hagas. Me ha pasado de estar apurado, de que me apuren las circunstancias, y he sacado cosas. Entrás como en una especie de carrera de cien metros, no ya una maratón. Y ahí vas quemando etapas muy rápidamente.

¿Te ha pasado que, luego que decantás un poco el proceso, tenés la sensación de que alguna canción deberías haberla trabajado más?

En general, no. Tengo que admitir que no. Estoy muy conforme con las cosas que he grabado. Sí me ha pasado que canciones que nunca grabé —por ejemplo, de la época de Rumbo, de la que quedaron un montón de temas que nunca se grabaron— que con tiempo miraba y pensaba que tal vez le había faltado tal cosa, tal detalle, y que en algún momento volví a rearmar. Pero de las cosas grabadas creo que no me arrepiento de ninguna, por lo menos en cuanto a la construcción de la canción. Sí puede haber cosas que no quedaron bien grabadas, porque era muy joven, por ejemplo, o arreglos que me gustan más o menos. Pero en general también tiene que ver con el hecho de que uno se toma el tiempo para grabar. Lo hacíamos cuando estábamos en la época de Rumbo, porque uno no podía ir al estudio así nomás.

Para empezar porque había una cantidad de horas limitadas para grabar…

Exacto. Ahora es bastante más fácil todo eso, pero también lo trabajo hasta que encuentro el punto en que digo “así está bien”.

Vas a la fase de estudio cuando ya considerás que la canción está completa.

Sí, o cuando está “quemada” por el público, cuando estoy muy seguro de ella. Me ha pasado, también, que no tengo el tiempo de “quemarla” antes de grabarla. Pero siento que la canción “está ahí”. Y todo ese período lo vivo muy intensamente. Estas metido en ese túnel y querés terminarlo, con la cabeza pensando en eso durante un mes.

A propósito de eso, ¿se compone más desde el dolor, desde la felicidad, desde el amor? Desde el punto de vista del estado de ánimo, del temple, del espíritu, ¿cómo funciona en tu caso? ¿El dolor funciona como un canalizador del que surgen cosas?

No puedo decir que el dolor sea un catalizador. Me ha pasado de todas las maneras. Hay canciones mías, de las que estoy muy contento y tranquilo, que han sido momentos plenos de felicidad, de amor, de alegría. Así como ha habido momentos en que la canción me ha llevado por delante. Hay varios casos. Por ejemplo, en el último disco está la de (el maestro) Julio Castro, y en el anterior hay una canción que se llama “Se nos fue volando”. Son canciones que referencian a gente querida, en el caso de Julio Castro a partir del impacto del encuentro de sus restos. Pero no es que me levanté un día y dije que iba a hacer esa canción, sino que sucedió que empecé a trabajar la melodía, como te comenté, y me aparecieron palabras que me llevaron ahí. Ahí es donde me doy cuenta qué es lo que me está diciendo el inconsciente. Ahí sí la cosa se vuelve consciente y empiezo a trabajar sobre la idea de que era una canción para Julio Castro.

Cuando la canción empieza a tomar una cierta forma, como si fueras un escultor que le encuentra la forma a una piedra. ¿Hay un momento en el que hagas un testeo con alguien, para ver qué siente?

Prácticamente todo lo que he hecho lo he testeado con Elena, mi mujer. Ella ha sido el primer filtro de las cosas, prácticamente en todo.

¿Ha pasado que ella tenga una visión y vos otra?

Sí, hay cosas que las he tenido que hacer de nuevo (Risas).  Le voy con alguna idea y me la desarma. Ella es mi círculo más íntimo, en quien confío mucho, porque sé que nunca me va a mentir sino que me va a obligar a hacerlo mejor. Y eso es fundamental. En otro plano, en la época de Rumbo, ése rol lo cumplía el propio grupo. Después de ese filtro inicial, estaba el grupo.

La historia de Rumbo es bastante conocida, pero para hacer una actualización. ¿Cómo fue ese proceso de tantas cabezas, ese colectivo con sensibilidades parecidas pero a su vez distintas?

Éramos unos gurises. Yo tenía diecinueve años, era el más chico. Y el grupo nace porque Laura (Canoura), Miguel (López), Carlitos (Vicente) y yo íbamos el Núcleo de Estudios Musicales, una especie de anti conservatorio que en ese momento era muy importante. Fue muy importante, porque era un lugar donde se cruzaban profesores como (Jorge) Lazaroff o (Luis) Trochón. “El Choncho” Lazaroff incitaba para que los alumnos se juntaran, los reunía en la casa de Silvia Pratto a mostrarnos cosas y compartir. De ahí nació en nosotros cuatro la idea de juntarnos, en aquellos cierres de fin de año.

¿El nombre Rumbo fue uno entre más? ¿Se manejaron otras opciones?

Salió directamente de la canción y del disco de Los Olimareños, aunque teníamos varios. Era una forma de meterle una guiñada a esa generación. Cerraba por varios lados, y quedó.

¿Cómo fue el proceso interno? Teniendo en cuenta que el repertorio transitaba raíces folclóricas y ritmos latinoamericanos. ¿Cómo fue el camino en ese sentido?

De alguna manera, bien al principio, partimos de la idea que nos mostraban Los que iban cantando, que se presentaban como cuatro solistas que trabajan en conjunto y que, cuando trabajaban en conjunto, siempre reivindicaron su actitud solista. En cambio, en Rumbo ni siquiera habíamos empezado a hacer nuestras carreras solistas. Yo había empezado en el año anterior, en el 78. Miguel López ya venía de “Creación y Testimonio”, una banda de principios de los setenta, rocanrolera latinoamericanista, donde estaba también el “Choncho” Lazaroff en el piano. Pero no teníamos una actividad previa importante. Lo que teníamos es que cada uno hacía determinadas cosas, y lo que llevábamos al grupo era un muestrario de esa conjunción. Era una muestra variopinta, con un montón de ramas. Lo que pasó es que rápidamente me trasladaron la responsabilidad, y el aporte mío empezó a ser “pesado” enseguida, lo que le fue dando una identidad diferente al grupo. Y empezamos a pasar por el tamiz de mi cabeza, primero, y después por la del grupo. ¿Y qué me pasaba a mí, como compositor? Para ese momento habría hecho quince, veinte canciones. Empecé a tener la posibilidad de componer pensando para una paleta expresiva muy amplia. Estaba lo que yo podía hacer, pero estaba la voz de Laura, una voz con un registro muy interesante, y el trabajo grupal de las voces. Yo escucho hoy (la canción) “Como un pájaro libre”, por ejemplo, y es una canción de la gran siete, con una estética muy particular. Hoy en día ponés esa canción y es eso, no le agregues más nada. Había una exigencia, sobre todo en lo que tenía que ver con el trabajo acústico. Con muy pocos elementos, en ese momento tan especial de los años 79 y 80, la voz y poquitas cosas más, con las que transmitíamos una serie de cosas muy fuertes. No había que esperar a que estuviera la amplificación perfecta o tener la guitarra último modelo. Y eso fue muy a favor nuestro.

Y después, con todo eso, tuvieron que “salir a la cancha”…

En pocos meses pasamos de un cuartito a tocar en los estadios para cinco mil personas. Tuvimos una quema de etapas muy rápida, que la pudimos bancar porque laburábamos mucho. Éramos unos enfermos, trabajábamos muchas horas por día y después tocábamos, y hubo momentos en que nos veíamos todos los días, y eso generaba una dinámica, una sinergia, un conocerse muy profundo. Sabíamos dónde se ubicaba cada uno, y dónde cada uno iba a largar la voz. Y si alguno notaba que estaba sobresaliendo más, achicaba. No necesitábamos un operador que levantara el micrófono, lo hacíamos nosotros solos. Teníamos un trabajo muy fuerte en ese sentido. Había mucho espectáculo acústico, sin micrófono, en muchos teatros chicos. Esa primera etapa de Rumbo la recuerdo con mucha alegría.

En la etapa posterior cada uno de los integrantes siguió distintos caminos, con mayor o menor visibilidad. En tu caso, ¿cómo ubicás a Rumbo en tu propio proyecto artístico?

Para mí fue un lugar muy importante, porque me afirmó como autor, me afirmó en decidir seguir haciendo esto. Y claro, determinadas canciones se volvieron muy fuertes en esa época, y eso te marca. Por suerte veníamos con una cabeza en donde tenía que ver, además de nuestras relaciones personales y de las exigencias personales que teníamos, y de los maestros como Lazaroff o Coriún Ahanorian, teníamos una perspectiva de bastante rigor en el modo de tomar la música. En mi caso, sobre todo, el rigor lo ponía mucho en el ámbito de la creación. El rol que yo podía jugar, para mí, en esa etapa de Rumbo, era el de componer. Tocaba la guitarra, pero empecé tarde a tocarla y nunca fui muy diestro, aunque me esforzaba, y también tenía buen ritmo, así que alguna cosa la llevaba bien. Cuando se separa el grupo tuve que empezar a retomar la forma de componer y la forma de interpretar de acuerdo a mis posibilidades, y ahí empieza un largo derrotero. Hoy me siento muy tranquilo en el escenario, siento que tengo una manera de interpretar, de colocar la voz y de manejar la guitarra en la que me siento cómodo, y comunico, que es lo más importante, porque esto es para comunicar.

Rumbo formó parte de la “segunda generación” en el canto popular uruguayo. Existió entre 1979 y 1985 y tuvo un fugaz regreso en 2011, en medio de los festejos por el Bicentenario. Abarcaron varias corrientes musicales, con profundas raíces latinoamericanistas, e incursionaron en lo que luego se conocería como “murga canción”.  Su primer recital fue en junio de 1979 y grabó su primer disco en 1980, con el nombre “Para abrir la noche”. La mayoría de las canciones de este disco son de Ubal, aunque se mezclan con trabajos de otros. El segundo disco, “Sosteniendo la pared”,fue editado en 1982. Ahí vuelve a aparecer la murga, junto a alguna chamarrita en la canción “La bagayera”. El tercer y último disco del grupo llevó como nombre “Otro tiempo” y apareció en 1985. Acá ya aparecen algunas influencias volcadas hacia el rock and roll, y el disco se identificó rápidamente por la canción “Al fondo de la red”. Rumbo se disolvió en 1985 y la mayoría de sus integrantes – incluido Mauricio – siguió su carrera solista. En 2003 el sello Ayuí editó un CD doble titulado Rumbo, que incluyó las canciones de sus tres discos originales, junto a otras nuevas y también acompañadas de un video del grupo.

¿Por qué se separó Rumbo? ¿Se quemaron etapas muy rápido?

Fue un poco de todo. Fueron años muy intensos, de mucha actividad, y eso te genera un desgaste. Y después empezaron a aparecer intereses personales. Laura empezó su carrera solistas, la mitad de Rumbo estaba en Canciones para no dormir la siesta. Eso empezó a hace mella en la actividad nuestra, porque teníamos que compartir tiempos y horarios de ensayos, y se empezó a complicar, hasta que en determinado momento dijimos “muchachos, llegamos hasta acá”, porque ya no disfrutábamos de estar juntos y estábamos siempre apurados. Lo que hicimos bien fue tomar la decisión de terminar antes de que se pudriese.

Que quedara un buen recuerdo…

Exacto. Y eso nos permitió a Laura, y algunos otros, y a mí, que fuimos los que en definitiva seguimos en la música, reunirnos cada tanto y acompañarnos en algún proyecto.

¿Esa primera etapa fue difícil, en cuanto a desprenderte de la etiqueta de Rumbo y empezar a componer para vos y marcar tu propio camino?

Fue muy difícil. Pasé cuatro o cinco años tanteando cómo hacer. Creo que el propio trayecto natural de ir tocando me fue llevando a reencontrar esa veta. Y los discos. “Clavel del aire” es un manojo que apunta a diferentes lados. Ya el segundo disco, “Colibrí”, es totalmente distinto, más centrado. Y ahí ya me siento cómodo con una manera de tocar y hacer la música, y eso también forma parte de todo esto. En general he trabajado con muy buenos músicos, siempre, y eso te aporta, pero vos también tenés que estar, y hay cosas que yo toco y que otro puede tocar, pero no es lo mismo.

En ese momento “post Rumbo”, la canción a Montevideo” fue un quiebre en el sentido de popularidad, de tener un nombre propio. ¿Lo viviste así en su momento?

Sí, totalmente. Es tal cual. Esa canción me ubica en el imaginario social, digamos, con mi sombrero. Y me ubica como solista. Hasta ese momento era “un tipo que se ponía a cantar”, un tipo que había hecho “tal canción”. Esa canción me ubicó. La popularidad y repercusión de la canción me permitió asentar la carrera solista.

¿Cómo fue el proceso de dar vida a esa canción, que hasta el día de hoy está muy identificada contigo y con la ciudad?

Yo tenía alguna melodía y un amigo me dijo que había un concurso. Nunca me había presentado a uno, veníamos de una generación que no creía en eso, y que más bien les rehuía a los concursos. Pero pensé que podía armar algo y ver qué pasaba. Empecé a trabajar la música primero, como siempre. El planteo, de pique, fue que no iba a hacer un himno sino una canción con determinadas características, una canción festiva, en tonos mayores.

¿Era una condición del pliego del concurso?

No había ninguna condición. Pensaba que si era algo que iba a ser una especie de himno para ser bailado y cantado, tenía que ser algo con energía. Empecé a pensar en la rítmica, en algo que podía ser murguero, con candombe. Descarté otras zonas más pop. Siempre me preocupó la vinculación con las cosas de acá, y si iba a hacer una canción para Montevideo no podía ir por determinados lugares. Al menos para mí, no. No digo que no pueda ser, pero para mí no tenía sentido. Me decidí por tomar el piso de un candombe con alguna referencia a otras cosas, y fui acomodando esa melodía hasta llegar a algo que me parecía interesante. Y luego llegué a la letra, que fue donde me tranqué. Me costó muchísimo esa letra, no me satisfacía lo que había escrito.  Y el último día prorrogaron el plazo. Esto fue por el año 1993. Recuerdo que el segundo plazo cerraba a las seis de la tarde, y yo a la una sólo tenía un pedazo de la letra. El concurso era anónimo, tenías que presentar una partitura de piano con un acompañamiento básico, la melodía y la letra. Me fui con la partitura hasta el Prado, de donde yo era habitué, porque me gustaba ir con mi mujer a pasear. Me fui hasta ahí esperando que apareciera algo, y después me fui a mi casa. Serían las dos de la tarde. Me senté y empecé a escribir y a escribir, y a escribir, y ahí fue como un torrente. Por eso te decía que a veces en la cabeza se produce una química y aparecen las imágenes.

¿Te acordás con qué seudónimo te presentaste?

Sí, claro. Aníbal Márquez. Mi segundo nombre y mi segundo apellido, que nadie sabía.

¿Y cuándo te enteraste que la tuya era la canción elegida?

Me llamaron un día antes. “No digas nada, pero vos vos.” Al otro día me estaban llamando todos los medios porque había salido en los diarios.

¿Cómo se vive un momento así, siendo además parte de una generación reacia a los concursos?

Obviamente fue algo inesperado. Es más, yo entregué la canción en mayo y en julio salió el veredicto, cuando yo estaba grabando (el disco) “Colibrí”, con Carlos Da Silveira como director artístico. Tenía una cantidad de canciones que iban por otro lado. Más bien guitarra, percusión, algo minimalista. Y apareció esa canción. ¿Qué hacíamos con eso? Corté la grabación del disco para grabar esa canción, y empezó un proceso que llevó como un año. Ahí trabajó mucho Carlos Da Silveira, que tuvo mucha responsabilidad en cómo quedó. En muchas de las cosas que hicimos juntos él llevó la batuta. Y claro, una vez que la terminamos, al final tuvimos el buen tino de ponerla al principio del disco. Se abría con esa canción. El disco tiene otras canciones muy lindas, pero es reconocida por esa.

Cada disco es como un hijo, una etapa de tu vida. Si tuvieras que definir tus discos en cuanto a emociones y momentos, ¿qué dirías?

“Clavel del aire” fue mi primer disco solista. Tiene un momento de búsqueda, de transición desde Rumbo, con algunos vestigios. Incluso tiene una canción del último repertorio de Rumbo. Es un disco de transición, de búsqueda. “Colibrí” ya está mucho más asentado en su sonido. Después viene “Once canciones en el área”, un disco que va para otro lado, donde es la murga la que manda, un disco que es un referente en todos lados a que voy. Ese disco lo tengo identificado con el período de la Contrafarsa.

Estamos hablando de fines de los noventa, ¿no?

Sí, aparece en el año 2000. Me saqué el gusto de hablar de fútbol, pero con una estética muy austera, muy básica, que es lo que le ha permitido sobrevivir. Después está “El faro del fin del mundo”, que en realidad es un proyecto que me plateó Gonzalo. Hicimos la canción, se grabó en vivo y luego hicimos el disco. Es un disco compartido donde de alguna manera me volví a encontrar con un viejo compinche con el cual hemos hecho varias canciones. Esa canción me gustó mucho, y tiene varios detalles que me gustan mucho. Hay canciones que las he dejado ahí para que también el disco tenga su identidad. Y después saltamos hasta “Arenas movedizas”, que es un cambio. Me tomo mucho tiempo para cada disco. Desde 2004 hasta 2013. Ahora ya van muchos años desde el último disco, y tengo algún material pero estoy lejos de empezar a grabar. En el interín ha cambiado el tema de cómo hacer los discos, pero uno sigue pensando en cabeza de disco: un grupo de canciones que tienen  una línea.

¿Hay canciones a las que les tengas un particular cariño? Que quizás no son las más populares, o por las cuales la gente te reconozca…

Hay canciones que se imponen solas, más allá de lo que yo… La primera fue “A redoblar”. “Al fondo de la red” es otra que hizo su camino propio. “Una canción a Montevideo”, sin duda, es una canción que anduvo mucho. “El faro del fin del mundo” tiene también su vuelta. Hay un grupo de canciones que siempre me acompañan, y después hay un grupo de canciones que para mí han sido muy removedoras, pero no necesariamente populares, como “Lugar de mí”, o alguna de la época de Rumbo, que me siguen llamando la atención cómo fue que pudimos armarlas. Hay canciones de tipo tropicalista, con una construcción verbal, que hacíamos en el año 82 en plena dictadura. Ibas a un teatro y los tipos estaban haciendo eso. A veces uno dice qué tiempos oscuros de la dictadura, pero había canciones luminosas, que arrojaban luz. Era muy interesante. Cosas que hoy en día nadie hace, es una estética que no volvió. Es una canción que siempre me gustó y me alegró haberla hecho. Después hay otro tipo de cancioncitas, tipo “La rueda gigante”, que son muy delicaditas. O “Los postigos”. En los últimos discos hay un par de canciones referidas a la gesta artiguista, como “Copla de exilios”, “Patria fugitiva”. Es otra pata histórica que a mí me gusta mucho. Encuentro que esas canciones cumplieron su rol.

Estaba el famoso tema de hacer canciones “comprometidas”, con “contenido”. Eso fue tema de debate en los ochenta. Voluntaria o involuntariamente Rumbo puso en eso un sello. Hoy en día lo que se le pide a las canciones es algo totalmente distinto. ¿Cómo es componer hoy? ¿Mirás el entorno, los procesos de trabajo, qué es lo que está pasando? ¿O sigue siendo un proceso interior tuyo?

Sigo trabajando de la misma manera. Han cambiado ciertos códigos. En la época de la dictadura obviamente tenías un metalenguaje, una serie de códigos que hoy no son necesarios.

¿No son necesarios, o el arte de la música debe seguir repitiendo ciertos mensajes? Trasladando aquella discusión de hace treinta años.

Yo te hablo de la forma, de cómo comunicábamos. En el fondo me sigue preocupando de la misma manera. No puedo hacer una canción que no diga nada. Respeto mucho la música hecha para divertimento, pero no es mi caso, nunca lo fue. Siempre fui un tipo que consideró que la música es una manera para expresarme políticamente. No necesariamente esto tiene que ver con un discurso político, y mucho menos político partidario. Puedo estar haciendo una canción de amor, pero para mí el mejor instrumento político, lo mejor que podés hacer, es hacer una buena canción y que la canción tenga el máximo de calidad posible en su construcción. Cuidar la música, cuidar la poética, hables de lo que hables. Eso, en sí mismo, es algo político. Y eso en la generación del sesenta lo aprendimos con los Beatles, cuando hacían discos parejos, canción por canción, y daban un paso y dejaban atrás lo que habían hecho en el disco anterior, que había sido exitoso. Eso era rock and roll, meter la punta, exigirte, no quedarte, no repetirte, no copiar figuritas, no parecerte a este o al otro.

¿Eso está pasando hoy en la música uruguaya?

En la música uruguaya pasa de todo, tenés de todo un poco y no se puede generalizar.

¿Es un buen momento, o es regular?

Es un momento en que hay una enorme cantidad de gente haciendo música que desde el punto de vista técnico es abismal la diferencia a la época en que yo hacía. Hoy cualquier botija saca la guitarra o cualquier instrumento y decís “caramba”. En otro sentido, en cuanto a la construcción cancionística, me parece que estamos un poco quietos pero, reitero, tampoco se puede generalizar. Porque hay gente que sigue con esa cabeza de hacer otro tipo de canción y jugarse a otra cosa.

¿Qué nombres de los que están en la vuelta en este momento te generan ese pensamiento?

Me gusta mucho lo que hace Diego Azar. O Charlie Ferret, en la gente más joven. O este artiguense, Ernesto Díaz. O lo que hace Rica Cosa.

¿Y de tu generación? Algunos están más activos, otros menos. ¿Cómo ves a tus pares?

Fernando (Cabrera) creo que es el que se ha despegado más, y además como un gran poeta. Su libro lo muestra como un poeta de fuste, y creo que la gente de la literatura no le ha dado el lugar que se merece. Es un poeta importante. En mi generación gente como Leo Masliah son personas con una capacidad inusual, y que es difícil volver a encontrar. Y hay otros, yo te nombré algunos. También tengo que decir que gente como Mario Carrero se ha desarrollado como un creador muy potente y bueno en el ámbito más tradicional, o Roberto Musso, un tipo que ha demostrado una capacidad muy especial de irse reconvirtiendo con el tiempo. Es gente a la que estoy atento. Te digo algunos, como también Alejandro Ferradás, gente orientada a cosas más pop. Es muy variable. Siempre te vas a olvidar de gente. Jorge Alastra también tiene lo suyo, he escuchado algunas cosas muy lindas.

En cuanto a compartir el escenario, ¿tenés algo pendiente? ¿Con alguien te gustaría hacer una canción, invitarlo a un disco?

No es que tenga pendientes. No se me ocurre alguien ahora. En cierto modo también uno se va ubicando y dando paso a las generaciones nuevas. Agradezco la posibilidad de seguir tocando, haciendo cosas, sintiéndome vivo con la música y no repitiendo. En ese espectáculo que vamos a hacer voy a tocar canciones que no están grabadas, que estoy probando y que van a ser parte de algún disco. Me gusta ese juego entre lo nuevo y lo viejo. Le tengo ojeriza al tema de ser nostalgioso por la nostalgia per se. Esto de “Redoblando” vino por lo dejar pasar los cuarenta años. La sala nos pidió un espectáculo, y bueno, vamos a hacerlo. Al final creció, y tiene otra dimensión.

¿Qué es lo que se va a ver en ese espectáculo?

Vamos a hacer un recorrido por canciones mías de diferentes épocas, pero también voy a jugar con los invitados. Está bueno invitar a gente que venga y cante una canción tuya, y también devolver el gesto y cantar canciones de los invitados, que siempre me gustaron, porque uno se nutre de eso. Para mí va a estar lindo. Con la variedad de cosas, al final se armó un espectáculo largo, y con algunas sorpresitas que va a haber. Creo que va a ser medio irrepetible. La gente que venga se va a llevar un lindo espectáculo. Me tiene muy contento. Lo hicimos con tiempo, tratando de hacer las cosas bien. Y está marchando, así que estamos muy contentos.

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