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Nosotros y “los otros” por Isabel Viana

Nosotros y “los otros”   por Isabel Viana
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Lo social parece estar naufragando hoy ante los embates del individualismo. Se hace cada vez más necesario reflexionar acerca de pautas de relacionamiento entre personas. Rige cada vez más el sálvese quien pueda y el barrer para adentro, este último, dicho antiguo que implica quedarse con todo, hasta con la basura, no compartir, no dar.

Cada sociedad genera formas de relacionamiento entre individuos, en el contexto de su lugar y su cultura. Algunas son meramente formales y son relativamente flexibles. Por ejemplo, hasta hace algunos años, era imposible pensar en decir de “tu” a un adulto desconocido. La forma cambió: hoy el tuteo pasa por encima de rangos y edades. Hay otras maneras de relacionarse que son menos flexibles: expresan valores y se traducen en conductas personales y en el relacionamiento de cada uno con  otras personas. A veces esos criterios se consolidan como preceptos religiosos (como el “no robarás”, “no matarás” u “honrarás a tu padre y a tu madre”). Otras veces las normas surgen y se aplican por consensos elaborados a lo largo del tiempo acerca de lo que está “bien” y lo que se considera “mal”. El producto de esa elaboración son la ética y la moral vigentes en una sociedad determinada, en un tiempo y lugar precisos.

Ética (valores que guían el comportamiento) y moral (conjunto de normas, ritos, convenciones acordadas) están cambiando rápidamente en el mundo en que vivimos. Por lo pronto, aunque por las vías educativas se trasmitan valores que se presentan como consensuados a todos los educandos, éstos no reflejan las conductas reales aceptadas socialmente, ni corresponden a las nociones de bien y mal en todos los estratos y niveles sociales.

Es necesario preguntarse cuáles son las pautas reales que regulan nuestra conducta hacia “los otros”.

Uno de los aspectos a investigar es cuál es la valoración social de la actitud de dedicar tiempo y recursos personales al bien común o a la construcción de presente y futuro colectivos. Se suponía que esa era la actitud de quienes actuaban en política, partiendo de la base de la militancia desinteresada, movilizada por la posibilidad de participar en la ideación y materialización del logro de bienestar para la población del país, en el futuro próximo y en el largo plazo. Los partidos políticos ofrecían propuestas diversas acerca de cómo lograr el bien común y ofrecían caminos alternativos para alcanzarlo.

El sistema de valores está cambiando hoy, instalando la ajenidad: me ocupo de mí y de los míos. Los “otros” que se las arreglen.  Y los “otros”, son los que viven la misma cultura y otros, que ubicados en la casa lindera o a pocas cuadras de distancia, comparten formas culturales diferentes a “las nuestras”.

No vivimos igual ni rigen las mismas valoraciones entre los que habitamos la ciudad formal y quienes lo hacen en lo que eufemísticamente llamamos asentamientos informales. Las normas de convivencia que rigen en cada ámbito son diferentes. En el mundo formal, de límites hoy cada vez más borrosos, damos por sentadas normas y valores que recibimos de nuestros mayores y a través de la educación pública o privada. Pero en los hechos, esas normas ya no rigen, ni como reguladoras de conductas personales, ni como estructuradoras de lo social.

El afán de consumo de bienes materiales y de poder habilitan y naturalizan procesos de corrupción, de acciones fuera de la moral y la ética que creemos vigente, que nos golpean, y que parecen institucionalizar el todo vale y la impunidad, aún entre quienes viven en el supuesto de la vigencia de marcos legales y morales.

En los barrios pobres – que no están sólo en las periferias – vale el robo de energía colgándose de los cables, el que la sociedad brinde servicios como el agua potable o el mantenimiento de la caminería, educación y salud, sin que quienes reciben esas prestaciones paguen impuestos o realicen acciones de contraparte.

Esto no quiere decir que el robo y la violencia se den sólo entre los pobres: los mismos motores llevan a quiebres éticos y morales en todos los niveles sociales. Sólo que en las áreas pobres la insatisfacción de necesidades físicas y culturales genera una vulnerabilidad mayor y posibilita expresar las violencias sin barreras.

En ese medio  suelen valorarse la capacidad de obtener lo necesario o deseado utilizando los medios que sean: la ilegalidad o la violencia ejercida, son prestigiosas y el llevarlas a cabo, se constituyen en fuentes de poder. Ya no rigen los criterios de bien y mal que parecíamos compartir. En las áreas formales, también se celebra el “éxito”, sin considerar demasiado los medios usados para conseguirlo.

Poco hacemos por “el otro”, “los otros”, personas que por serlo parecen ajenas a nuestras responsabilidades y posibilidades de mejorar su calidad de vida. Más bien nos distanciamos y construimos rejas, alarmados con razón: las calles y los espacios públicos se han convertido en tierra de otros, espacios de miedo, donde la violencia campea, apoderándose de los lugares de encuentro. La violenta cultura narco ha avanzado sobre el espacio público.

La creación del Sistema Nacional de Cuidados, pareció implicar una redefinición ética de la responsabilidad colectiva ante insucesos de conciudadanos. A la fecha, esa atribución al Estado de la función “cuidado”, ha incrementado la burocracia y no ha siquiera generado el necesario debate acerca de que lo que unos podemos hacer por los otros, como manifestaciones de con-vivencia.

Acabo de tener oportunidad de vivir, en Río de Janeiro, el valor de una forma concreta de cuidados instituidos desde el Estado, asumidos y respetados por la comunidad. El gobierno local ha dispuso que todo mayor de 60 años viaje gratuitamente en el transporte colectivo (buses, metro, barcos de la Bahía de Guanabara), sólo exhibiendo su documento de identidad. Hay, por otra parte, en todos esos medios, asientos reservados que se especifica son para “obesos, embarazadas, ancianos, madres con niños lactantes.” Ambas disposiciones se cumplen con facilidad y gentileza: los pasajes son inmediatamente habilitados y, lo que conmueve, es que en todos los medios de transporte, los usuarios se levantan automáticamente ante la presencia de una de esas personas, cediendo de inmediato su posición  de confort, sin que nadie tenga que recordárselo y con una actitud gentil.

Precisamos de toda la sociedad co-operando para construir el bienestar colectivo. Hay mucho que podemos hacer para recuperar formas de solidaridad en nuestro cuerpo social y brindar cuidados a quienes los merecen, sin que para ello sea necesario incrementar los costos de funcionamiento del estado.

Las actitudes solidarias hacen a la reconstrucción del tejido social y debieran ser objetivo primordial de las políticas sociales. Es necesario multiplicar las oportunidades de que se produzcan y manifiesten.

Semanario Voces

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