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Una palabra fuera de moda

Una palabra fuera de moda
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Artigas nos llamó “orientales”. Para Batlle y Ordóñez, o para Herrera (tomo a los personajes como símbolos de una época) fuimos “ciudadanos”. Para el sindicalismo y para la izquierda, ya se identificara con Rodney Arismendi o con Raúl Sendic (padre), fuimos y somos “obreros”, “trabajadores”, “camaradas” o “compañeros”. Para la Cámara de Comercio o la de Industria, y para la Asociación de Bancos, somos “clientes”, o “recursos humanos”. Tabaré Vázquez nos invita a festejar como “uruguayos”. Para la ONU y los organismos internacionales somos “seres humanos”. La nueva agenda de derechos habla de  “mujeres”, “homo o transexuales” y “afrodescendientes”. Para los publicistas, investigadores de mercado y encuestadores de opinión, somos “consumidores” (ese es el sujeto omitido del entusiasta “¡Bajá la aplicación XZP y disfrutá!”), o “votantes”, mientras que los feriantes y los cuidacoches nos dicen “vecino” o “vecina”.

¿Quiénes somos? ¿A quién le hablan los discursos públicos? ¿A quién van dirigidos y por qué?

La forma en que se nos invoca y convoca revela cómo nos ven quienes quieren o esperan algo de nosotros. Y, en los casos en que la invocación es exitosa, cuando llega a los destinatarios y logra los efectos queridos, revela también cómo nos sentimos y cómo nos vemos a nosotros mismos.

Ninguno de esos términos convocantes es ingenuo.

“Orientales”, por la distancia en el tiempo, tal vez sea el más difícil de decodificar. A principios del Siglo XIX, probablemente fuera un término protofundacional, indicativo de nuestro origen común con las demás provincias del Río de la Plata y, a la vez, de la voluntad artiguista de insumisión ante Buenos Aires. “Ciudadanos”, en cambio, ya implica la independencia nacional y apela al compromiso activo con el Estado y la República incipientes. En el salto de “La Patria vieja” a la República Oriental del Uruguay median la diplomacia inglesa y los conflictos entre Buenos Aires y el imperio portugués, pero a principios del Siglo XX la independencia ya era un hecho y ser “ciudadano” uruguayo daba cierto orgullo, simbólicamente reforzado a mediados de siglo por el resultado de Maracaná; no sólo indicaba la pertenencia al territorio, natal o adoptivo, sino un estatuto de igualdad formal, un conjunto de derechos y –muy importante-de responsabilidades. No por casualidad “ciudadanos” era el término con el que, sin rubor, los líderes políticos se dirigían a sus votantes hasta bien pasada la mitad del Siglo XX.

¿Cuándo la palabra “ciudadano” dejó de dar orgullo y se convirtió en un término protocolar, usable sólo, con cierta sensación de ridículo, en actos patrióticos y en documentos notariales?

Los términos que hemos adoptado para sustituirla reducen su significado. “Obreros” o “trabajadores” nos remiten a una función laboral. “Cliente”, “consumidor” o “recursos humanos” nos reducen a menos que una función, a insumos del mercado. El “uruguayos” de Tabaré nos devuelve a la condición de nacidos en el territorio, pero sin las connotaciones heroicas de la “Patria vieja”, es apto para festejar y para identificarnos como hinchas de La Celeste, pero nada nos dice de nuestros deberes y atribuciones como integrantes de una colectividad política. “Seres humanos” nos incluye en un ente indeterminado e inorgánico llamado “La Humanidad”, parece un término muy inclusivo, pero nos alude en abstracto, sin territorio ni historia, ignora si nos gusta el asado o las hormigas fritas, si mamamos cristianismo o budismo, nos llena de derechos pero nos deja sin lugar concreto donde reclamarlos y ejercerlos. Los términos identitarios, “mujeres”, “homo o transexuales”, “afrodescendientes”, etc., nos reducen, como sujetos políticos, a la raza o a la identificación sexual. Para terminar, “vecino” o “vecina”, pese a su innegable simpatía, limita nuestra identidad a la proximidad geográfica con el feriante o cuidacoches.

La decadencia y desuso de la noción de “ciudadanía” coincide con el desprestigio final del ciclo de gobiernos colorados y blancos. El lenguaje que proviene del mercado ignora la noción de ciudadanía; prefiere hablarles a clientes o a consumidores. La izquierda uruguaya, en sus diversas manifestaciones, políticas, sindicales, culturales, etc., se ha resistido también a hablar de “ciudadanos” y ha recurrido a los otros términos: obreros, trabajadores, compañeros, uruguayos, mujeres, minorías (raciales o sexuales), titulares de derechos (para aludir a los seres humanos en general).

El resultado es que hoy no tenemos una palabra eficaz para indicar, simultáneamente, la pertenencia a cierto territorio y a cierta tradición, el compromiso con la colectividad que los habita, la asunción de las obligaciones correspondientes, el irrenunciable ejercicio de los derechos que acompañan a esas obligaciones  y la voluntad de respetar y de participar activamente en las decisiones de esa colectividad políticamente organizada.

Desde luego, eso no es totalmente casual ni sólo consecuencia del desgaste al que sometieron la palabra “ciudadano” las dirigencias de los partidos tradicionales. Hay factores externos, materiales y culturales, que contribuyen. A los intereses globales, capital financiero, empresas multinacionales y organismos internacionales, les molestan los Estados que pretendan ejercer soberanía y las repúblicas de fundamento democrático. Siendo así, ¿para qué formar ciudadanos? Es mejor que todos nos veamos a nosotros mismos como clientes, como recursos humanos potenciales, como minorías discriminadas, como fanáticos del club de fútbol de nuestros amores, como sujetos libres de responsabilidades, con derecho a gozar (a crédito bancario, eso sí), de los celulares, los viajes, la marihuana, el sexo, la música, la moda y los goces que la publicidad nos dice que “marcan tendencia”. La consigna es obvia: “con tu vida privada, hacé lo que quieras; en lo público, mejor no te metas.”.

Sin embargo, la supuesta extinción de la ciudadanía da señales extrañas. Ahora mismo, en el Uruguay, hay movidas que convocan por asuntos de interés general. Al menos dos campañas para reformar la Constitución eliminando o modificando la bancarización. Otra para el rechazo a una guía de educación sexual de enseñanza primaria. Hay gente organizada para oponerse a la megaminería y otra por la protección legal para los animales. También están surgiendo los que quieren defender la  legalización de la marihuana.

En esas movidas hay visiones y objetivos distintos, a veces contrapuestos. Lo significativo es que plantean asuntos de interés general. No se puede convocar contra la bancarización o la minería, o a favor de los animales, o de la marihuana, invocando la condición de obrero o de homosexual. Por definición, son causas a las que se apoya desde la condición de ciudadano. En la medida en que su objetivo no es particular, no se limita al interés de una categoría de personas, sino que se basa en la convicción de que esa causa hará mejor o más justa la vida de todos, se trata de causas típicamente ciudadanas.

Es probable que estos re-movimientos ciudadanos evidencien una crisis del sistema de representación política. Hay personas que no confían sus convicciones sólo al sistema político y creen que deben organizarse y actuar para impulsar sus puntos de vista.

Hay otro hecho importantísimo. El mundo en el que estamos entrando es el de la disminución de los puestos de trabajo por el avance de la tecnología. ¿Cómo se resolverá la situación de millones de personas que no tendrán trabajo cuando las huelgas ya no sean un instrumento eficaz, porque el trabajo no será necesario? Si el asunto queda librado al mercado, el panorama será tétrico. Porque para el mercado esa población, desocupada y sin recursos para ser cliente, será prescindible. ¿Alguien imagina que enfrentará esa situación alegando ser vecino, trabajador, mujer, o afrodescendiente? ¿Habrá forma de hacer que la riqueza se distribuya sin Estados que lo impongan y ciudadanos activos que den vida y voluntad a esos Estados?

Si tuviera que apostar, apostaría a que la ciudadanía tiene todavía que escribir muchas páginas en la Historia.