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ALEJANDRO BLUTH, periodista y gestor cultural: “Los tipos buenos me despiertan sospecha”

ALEJANDRO BLUTH, periodista y gestor cultural:  “Los tipos buenos me despiertan sospecha”
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Para nosotros su nombre está asociado a referencias periodísticas ineludibles como Jaque o Tres de los 80 y 90 y también a su actividad pionera en la gestión cultural en nuestro país. Le habíamos perdido el rastro y nos encontramos en un evento semanas atrás. No desperdiciamos la oportunidad para entrevistarlo, aprovechen a leerlo, vale la pena.

Por Alfredo García / Fotos: Rodrigo López
¿A qué escuela fuiste?
En Estados Unidos fui a una escuela muy rara. No sé si recordás la experiencia Summerhill, que había en Inglaterra.
¿Era esa pedagogía?
Era incluso un poco más radical, en Boston. Espectacular. Me cambió. Me doy cuenta que me deformaron para siempre.
¿Cuántos años estuviste allí?
Muy poco, dos años. Después volví a la escuela, y con esos antecedentes me metieron en el Colegio Latinoamericano. Era un niño, estaba en segundo de escuela. Seguí en el Latino hasta sexto, y después fui al Suárez, y después del golpe de Estado me quitaron la Jura de la Bandera, la suspendieron. Tuve algunos episodios complicados. Cuando comencé tercero me sacaron, porque la directora del Suárez, creo que fue a Pablo Cayota y a mí, que nos sacaron la Jura de la Bandera. Los milicos después nos hicieron ir casi todos los años al Liceo Militar, a jurar. No aparecía, no me la daban. Yo tampoco le daba mucha bolilla a tener o no tener la Jura de la Bandera. Años después, Aquiles Lanza me nombró director y me dijo que tenía que tener la Jura de la Bandera. Le dije que no la tenía, y me dijo que cómo podía ser. Le hice el cuento, y me dijo que no me preocupara. Llamó por teléfono a no sé dónde, y parece que ahí estaban las Juras.
Pero no te la daban.
Viste esas cosas. Así que fui al colegio allá en Boston, después al Latinoamericano y después al Suárez. Cuando me sacaron del Suárez me pusieron en el Uruguayo Americano. Fue una experiencia muy difícil. Para darte una idea, cuando el golpe de Estado en Chile, la mayor parte de los alumnos lo festejaba. Era muy raro para mí. Y me fui de ahí al liceo 15, donde terminé.
Tuviste experiencias liceales complicadas.
Todo fue así para esa generación. Si no querías quedarte refugiado en el ámbito familiar, o no darle pelota a lo que pasaba… En la huelga del golpe yo estaba en la Facultad de Arquitectura, ocupando. Era una hormiga. ¿Qué estaba haciendo? Pero era parte de lo que pasó en esa generación.
¿Se discutía de política en tu casa?
Sí. Mi madre era artista plástica, nacida en Argentina. En ese momento participaba en las actividades de la Unión de Artistas Plásticos del Uruguay. Mi padre apenas estaba en Uruguay, porque iba y venía por trabajo. Ahí tenés una anécdota impresionante, de lo que es el Uruguay y de por qué creo que se corre mucho peligro. Cuando estaba finalizando la escuela, mis compañeros estaban retraídos, se empezaron a distanciar. Es lo que hoy se considera una especie de bullying, pero era más un vacío social. Eso fue en sexto de escuela. Y atento a esto, porque sólo en Uruguay pasan este tipo de cosas: estando en la revista Tres, décadas después, una amiga, compañera de trabajo, me dijo que yo no sabía que no se podían acercar a mí porque mi padre era de la CIA.
Por trabajar en IBM era considerado de la CIA.
Fue como si volviera a aquella instancia. Obviamente le conté a mi padre. En la época de Claude Fly él había participado en gestiones con quien presumiblemente podía hacer algo. Me costó mucha angustia de chiquilín, esa angustia por el vacío que viví, que sólo supe treinta años después por qué era. La dimensión micro de problemas de intolerancia en el macro. Por eso me parece horrible el debate político con adjetivos personales. Si vos presumís que un tipo es corrupto, hacé la denuncia. Pero eso de andar al boleo…
Las suspicacias…
Las presuntas corrupciones, las presuntas mentiras.
Le pasó a Jorge Batlle con el tema de la infidencia. En esa época era un infidente. Era vox populi.
Te lo decía todo el mundo.
Pobre Jorge.
Pero, además, ¿quién arregla esos entuertos? Te lo pregunto desde el otro lado. No sé si vieron las declaraciones que Mujica hizo para el diario El País de Madrid. Son las declaraciones más jugadas que le he visto respecto a un reconocimiento de errores pasados. En esa entrevista señala dos cosas claves. Una es que insta a mirar hacia adelante y no hacia el pasado, a todos los niveles. Le dirige alguna velada recomendación a su feligresía, diciéndole que hay que mirar para adelante. Y además dice que no todo estaba tan bien, en lo que hicieron. Me pregunto por qué nos seguimos escamoteando la historia, especialmente los sectores que proclaman ser de izquierda. No sé a vos, pero a mí, que crecí admirando gente que era batllista y que era de izquierda… Admiraba a unos y a otros. Estuve en el Partido Socialista cuando tenía quince años. Me fui cuando se declararon marxistas leninistas, en el trigésimo séptimo congreso. Y volví a mi raíz batllista. En ese lapso de la dictadura, siendo un jovencito, yo creía que a los milicos sólo se los podía sacar con las armas. Sentía que la única justificación era una dictadura. Cuando luego tuve oportunidad de hablar con muchos tupas, les planteo de forma muy directa por qué agarraron el fierro. El otro sería el ogro, no les gustaría, lo que quieras… Pero había venido el Che a decir… ¿Qué pasó? Las mejores respuestas que encontré me las dio Dostoievski.
¿En Crimen y Castigo?
No, en Los Demonios. Si mirás el proceso por el cual gente que, en parte, tiene intenciones de transformación llega a la conclusión de que cuánto mal tengo que hacer para que llegue el bien, empieza a prorratear y a negociar consigo misma, y terminan en desastres, que los joden a ellos, pero joden a todo el mundo. Siento que en la medida en que no ha habido no sólo el mea culpa de los torturadores, que por supuesto tiene que estar, tampoco estuvo el de los tipos que, teniendo mucha más cabeza, y teniendo, además, autojustificaciones de índole moral, que no eran las de la guerra… Porque el otro es un soldado, y cree que la guerra sólo se libra para ganar, sea como sea. La Convención de Ginebra no corre en la oscuridad. ¿Pero los otros? La gente que yo respeté, ¿por qué nos escamotean, a los tibios de siempre, esa cosa de decir: “Fue horrible, hicimos este desastre, y llevamos a esto y a aquello”? A un tipo que admiro muchísimo un día le dije que me volvía loco que conmemoraran Pando. Me respondió que hubo muertos, y me lo dijo con el tono de “no seas sacrílego”. Le dije que precisamente porque había habido muertos, y no sólo tupas, sino inocentes. ¿Por qué tengo que creer que estamos hablando de una gesta heroica? No lo fue. Y, además, en esa época, en ese momento, combatían contra policías.
Ahí no estaba el ejército.
Eran muchachos con formación, inteligentísimos, imaginativos. Hasta Roseconf participó con el tema de inventar que era un entierro. Y policías de comisaría. Por supuesto que después empezaron los balazos… Pero no puedo evitar sentir que hay un absurdo sanguinolento detrás de esos episodios. Y se me enojaban, los amigos tupas. Los sigo teniendo como amigos. ¿Pero qué es esto? Bueno, precisamos eso, todavía hoy. Y no es para los jóvenes que lo precisamos. Lo precisamos para todos nosotros. Los jóvenes ya están yéndose a otra cosa.
Las nuevas generaciones lo ven como la época cuaternaria. ¿Sabés en quién veo muy reflejada la necesidad de hablar de este tema? En Haberkorn, que siendo un chiquilín sufrió la dictadura como un daño colateral.
Gustavo Escanlar, Leonardo y Elbio Gandolfo eran la gente de Punto y Aparte. Leonardo ya era excelente. Para mí hoy es el mejor periodista de investigación que hay en la vuelta. Pero además tiene una vocación por el “díganme lo que es verdad”. Creo que es un grande.
Es parte de la NBA.
Lo conozco, y me corresponden las generales de la ley, ¿pero sabés quién pinta para eso? Ahora se fue a Europa, supongo que volverá. Martín Tocar. Labura en El Observador. Fue el que hizo la tesis sobre si los niños comían pasto o no. Fijate, tiene eso. Viviana Ruggiero es seria e inteligente.
Romina Andreoli está despegada.
Es bárbara. Lo que tiene es que está en un contexto en donde no puede hacer el tipo de periodismo que podría hacer. No tienen manera de hacer periodismo de investigación. ¿Cuántas páginas estás imprimiendo vos?
Treinta y dos.
Es un milagro. Y lo debés sufrir más que nadie. Mantener un bicho de estos caminando… Te lo digo yo, que no pude. Es un fracaso que asumo.
¿Dónde surge para vos la vocación periodística? Lo cultural es posterior. ¿O no?
El periodismo surge por el amor al cine, primero.
Eras de los que iba a Cinemateca.
Totalmente, y de los que hacía récord de vueltas por día. Era un adicto.
Eras una pérdida para Cinemateca, Martínez del Carril no te quería.
Y además iba a los cines de barrio, buscaba las películas. Empecé a escribir para el Semanario Hebreo, croniquitas de cine. Fui a visitar a mi padre a Argentina, donde estaba en ese momento. ¿Y quién estaba alojada en lo de mi padre? Fueron amigos toda la vida. María Esther Gilio.
No encontraste a nadie.
Por eso te digo. No estoy hablando desde la distancia sino desde el afecto. María Esther vio a ese chiquilín que escribía sobre cine. Me pidió que le mostrara mis notas. Me preguntó si no pensaba hacer otras cosas, además. Me contó una historia de un inocente que había ido preso. Me fui enganchando. ¡Cómo contaba las cosas! Aquello me quedó dando vueltas. Y sobre todo me quedó dando vueltas el cómo me lo estaba contando. Más que la historia, la maravilla de un relato que empezaba en el centro del drama y después iba a los detalles y a los porqués. Esa cosa del periodismo de decir que, si te voy a hablar de la manzana, lo primero que te voy a mostrar va a ser la manzana. Después vendrá el fundamento, el por qué, lo que opinan o no opinan. El hecho. Lo principal va al principio. Me enganché mucho, y empecé a leer mucho periodismo. Del Semanario Hebreo me llamaron Tarigo y Hierro para Opinar. Primero empecé con periodismo cultural, y al mismo tiempo diagramaba. La vida de la redacción me fue llevando. Imaginate lo que era Opinar como escuela. La redacción estuvo mucho tiempo en una esquina de la redacción del diario El País, porque no había lugar, más que un escritorio, donde estaba el Alejandro Di Candia, un excelente diseñador, y yo del otro lado, pegando tiritas de papel, y yendo a hablar con el linotipista. Me acuerdo de subir a ver los cables con el viejo Mosteiro. Era una clase de política internacional. Bajabas y tenías las discusiones a los gritos, que se armaban entre periodistas de El País, pero siempre con humor. Tenías a Maneco yendo al diario El País porque imprimía ahí esa locura que hizo, llamada El Radical. Lo hacía Maneco él solito, sentado en una mesita, asumiendo diecisiete personalidades distintas. Para nosotros, los chiquilines, aquello era increíble. Tarigo era una máquina escribiendo. Muy sólido culturalmente, valiente, y liberal, señorial en su liberalismo.
Eso te marca sí o sí.
A esa edad, además, me arruinaron. No concebía interrumpir eso. Tenía amigos que hacían eso, pero se iban a estudiar derecho. Todavía no había carrera de periodismo. Pero yo no concebía interrumpir, para nada. Vivía los cierres con una intensidad maravillosa. Y después, Jaque, ya en un cargo de responsabilidad. Tenía veintipoco. Y era una redacción por la que podían pasar ochenta o noventa firmas. Y el secretario de redacción era este. Yo tenía que estar más que atento, y con los nenes que pusimos en esa redacción. Carlos Núñez era una máquina. Estábamos en desacuerdo sistemáticamente, pero era una máquina. Claudito Invernizzi, que todavía se debatía entre la publicidad y el periodismo. Yo cinchaba para el periodismo, pero perdí. Pero mientras estuvo… Y persistimos en una amistad que venía de nuestros padres, que también estaban en desacuerdo. Para mí esa es la vértebra esencial y el espinazo de Uruguay que yo valoro.
La amistad por encima de la ideología.
Un batllista en Uruguay es un uruguayo en serio. Es esencialmente uruguayo. Hoy el batllismo aparece diluido en términos partidarios. Soy de los que lamenta que desaparezca como expresión partidaria, si es que desaparece. Espero que no. Creo que hay una herencia clave para el Uruguay, que queda en riesgo si eso se diluye. Incluso más, hay una parte del Frente Amplio, que son los que yo llamaba “el Frente IPA”. No IPA en el sentido peyorativo, que lo hay, sino IPA en el sentido de un Frente Amplio de Carlos Martínez Moreno. El Frente Amplio de esa gente, de un Zelmar Michelini en aquella época. Ese Frente Amplio creo que está en derrota, y no sólo en una derrota que debería preocuparle al Frente Amplio, sino que nos debería ocupar a todos. Lo mismo con el batllismo. Creo que, si no cambia ese fenómeno, la obsesión de muchos de nosotros por decir: “Vamos a las cosas, vamos a debatir si tu solución o la mía son buenas para esto o pueden mejorarse”, el Uruguay de la cosa práctica. El ejemplo de los deudores. ¿Dónde está el GACH económico que se ponga a pensar entre un blanco, un colorado y un frenteamplista que este es un tema complicado, de fondo, de ausencia de jóvenes? ¿Este país va a seguir sin importar jóvenes?
Y de los pocos que hay, a muchos los exportamos.
De hecho, te puedo dar una medida casi exacta, porque los fui midiendo entre los amigos de mis hijos. Se van. Mis sobrinos están afuera. Mi sobrino está acá por un tiempo, pero piensa en San Sebastián, en Costa Rica. Va dando vueltas, labura. ¿Qué pasó? ¿Hacemos algo? No encuentran el camino.
No se les da opción.
Sanguinetti hace unos años decía que en Uruguay más que la lucha de clases es la lucha etaria. Y es verdad. El tema de los veteranos taponando a los jóvenes.
Sanguinetti es un buen representante de eso.
Totalmente. Es un tema que se le ha planteado mucho. Él dice que los liderazgos políticos no se fabrican, que son un proceso que crece desde abajo. Creo que eso era así.
¿Y cómo es ahora?
Empezó a cambiar.
¿Se fabrican?
No en el sentido de que haya un gran urdidor que maquine. ¿Pero no pensás que trabajando bien las redes sociales, más una actuación pública que defina una personalidad pública, trabajada con mercadeo político? Un fenómeno como Bolsonaro, Trump, la tana, muchos de izquierda y muchos de derecha, también en nuestro continente. La deformación del sandinismo. La candidatura de Boric, surgida de la dirección estudiantil, prácticamente en pocos años, y muy rápido.
Salvo en el caso Trump, donde hay partidos estables, en el resto de los lugares los partidos se han diluido. Acá todavía tenemos partidos.
Eso es algo de lo que está en cuestión en todo el mundo occidental, y son señales que designa el futuro y que aparecen acá. Cuando me decís que Manini conformó otro partido y tuvo la cantidad de votos que tuvo, expresa una desazón con los cuadros que ya estaban en el campeonato. Cuando tenés la cuasi indiferencia de parte del electorado joven, que va y vota porque es obligatorio, por algo es. Esa especie de deslegitimación que les pasa a los sindicatos, a los partidos, y le pasa, de hecho, a la educación formal. Estamos en un cambio de época que pone en cuestión muchos de los paradigmas que eran habituales para nosotros, y por los cuales incluso mucha gente murió.
¿Dónde estamos?
¿Somos como el tero, que canta en un lugar porque los huevos están en otro? Tendríamos que estar hablando de los desafíos de la innovación en Uruguay desde hace años. ¿Sabés por qué te mencionaba el GACH? Porque, para mí, durante un lapso breve, los partidos políticos, y especialmente la izquierda, se abstuvieron de la crítica feroz durante algunas semanas. Después ya empezaron a poner en tela de juicio la actitud del GACH. Lo mismo pasó del otro lado, con el gobierno mismo. Pero había algo, que no sé si se percibió, y fue que el Uruguay entero, en plena pandemia, se dedicaba a escuchar a Cohen, a Radi. ¿Y cómo los escuchaba hablar? Con solidez, con propiedad, con tranquilidad. ¿Y con qué los acosaban? Con los fantasmas del pasado, con ser una especie de tonto útil. ¿De qué estamos hablando? Ese Uruguay pone en jaque toda innovación. ¿No debería haber un GACH para este tema que te digo, de los deudores? ¿Los partidos no deberían designar a sus economistas preclaros para que se juntaran a discutir esos problemas?
Se intentó en educación, con Eduy21. Salvo alguna gente muy corporativa, que lo rechazaba.
La gente muy corporativa es mucha, y hace ruido.
Creo que no es mucha, pero sí hace ruido. Son minorías ruidosas.
Te vuelvo al ejemplo micro. Hacen daño.
¿Cuál es el rol del periodismo, en tu criterio?
Como todo, el rol es relativo. Ahora, y más que nunca, creo que hay que informar, y en segunda instancia opinar.
Hay exceso de información.
La información que hay es qué dijo mengano, qué dijo zutano. Pero hay niveles. En este mismo momento, en el Instituto Pasteur hay una mujer creando nuevas maneras de hacer cerveza. Las empresas internacionales se interesan por eso. En este mismo instante hay setecientos uruguayos fuera del Uruguay haciendo cosas impresionantes, y no hay un mecanismo en serio, articulado, para volcar ese Uruguay peregrino hacia acá. En este mismo momento tenés una cantidad enorme de muchachos empezando a repensar la realidad a partir de lo digital. Los drones. Microsoft en los últimos años estuvo ayudando a Brasil a seguir las rutas informales desde la altura, en el Amazonas. Veían todito. Por supuesto, los intereses creados empezaron a tratar de liquidar el proyecto, y llegó un momento en que se paró. Le planteé a alguien importante de Microsoft que vinieran acá con eso, porque acá todavía estamos en la época en que los perros nos matan las ovejas, en que buena parte de nuestro territorio permanece ajeno a las instituciones. Este es un país donde nos seguimos complaciendo en seguir diciendo lo cultos que somos, lo alfabetizados que estamos, cuando seis de cada diez muchachos no terminan secundaria. ¿Y qué van a hacer esos seis, me pregunto? Porque todo el mundo me habla de los cuatro. Hay que poner todas las baterías, pero no de la misma manera. Hay que cambiar la manera de enseñarles, hay que cambiar todo. ¿Pero y los otros? ¿Se quedaron, se fueron? ¿En qué están? ¿Quién les va a ofrecer un laburo que les dé algún mango? ¿Vamos a estar, como en algunas zonas de Argentina, donde los narcos, además de plata, les dan a los chiquilines zapatillas de marca? ¿Y acá, qué hacemos con esos seis? ¿Y sabés por qué no informamos de todo eso? Porque acá el futuro está devaluado. La idea de que el futuro es noticia, de que el presente designa ese futuro. Estamos furiosos porque las cárceles son un depósito de seres humanos. Sí. Bien. ¿Dónde está el sistema que siga a cada presidiario para evitar que el violador de menores se junte con el asesino y con el rapiñero de tres pavadas? ¿Dónde está la inteligencia aplicada al sistema? Tenemos las posibilidades, porque no es un delirio económicamente.
No, por las dimensiones nuestras.
Si somos un barrio de Porto Alegre. El periodismo debería estar mirando, porque hay cosas interesantes que están pasando, y están del otro lado. Estamos haciendo demasiado amarillismo, incluso partidario. Puede sonar horrible, pero para mí es así, como lector y público. El periodismo debería estar mostrando las señales de que el mundo está también en este Uruguay. Y dando manija. Porque la información está. Están pasando esas cosas. Es cierto, quizás no en la magnitud que uno quisiera. ¿No te pasa que te aburrís? Pensá en tu trabajo en Esta Boca es Mía, donde buena parte de las discusiones que discurren sobre el presente no terminan de deshacerse del lastre de lo partidario menor. Es decir, en seguida un panelista le dice a otro que está mintiendo. Si no tenés el argumento para demostrar que el otro miente, o no tenés la paciencia para hacerlo, controlate un poco, porque estás obstaculizando el debate.
¿Sobre qué se debate?
Capaz que si planteamos el tema de los deudores, por ejemplo, desde un punto de vista un poco más técnico. ¿Viste a algún periodista trabajar sobre el origen de este proceso de acreedores y deudores? Como reportaje. Hay una ley de usura. ¿Quién está afuera de ella? Las financieras. ¿Quiénes son los dueños de las financieras? Los bancos, que estaban controlados por la ley de usura. Pero a su vez los bancos tienen requisitos altos. ¿Quién tiene requisitos de acceso más livianos? Los prestamistas, y los prestamistas informales, que además saben cómo hacer para que pagues, y, si no pagás, saben cómo hacer para educar financieramente al resto. Después nos preguntamos cómo avanza la delincuencia, el narco y la violencia. No lo paramos a tiempo. Por eso algunas de las medidas que hay que tomar, que tienen que ver con el uso de lo tecnológico, implican que no podés seguir apostando a una seguridad pública sin una enorme inversión en tecnología. Ojo, inversión en tecnología también es iluminación. No hay plata. No hay cama para tanta gente, como decía Celia Cruz. O como decía Mujica lo de la frazada. El presupuesto es uno y las necesidades lo exceden. Mencionabas el papel del periodismo. Las expectativas de las personas en general no se ven satisfechas por nuestros gobiernos, y no hablo solamente de acá. No pueden satisfacer todas nuestras expectativas, y en ocasiones no deben. Pero, en general, no pueden. Y no veo a ninguno de los declarantes políticos, o de los periodistas que les preguntan, decir que usted me está diciendo que me resigne a que tal cosa no se puede hacer. Y es como si los políticos y los jerarcas tuvieran miedo de decir que efectivamente no se puede. Que hoy no se puede.
Implica perder votos.
Creo que esos temores tienen que ver con la intolerancia reinante. Si decís que no podemos, del otro lado te van a decir que no querés. Inmediatamente está el juicio moral. A nivel individual, cuando no podés comprar tal cosa, es porque no te da. ¿Qué le enseñás a tu familia? Que cuando hay, con cuidado. Y cuando no hay, no hay. ¿Y cómo hacemos cuando no hay? Ahí hay que tener políticas específicas. Por eso el Estado y los gobiernos se ven en jaque. ¿Cuándo es el momento en que la hija de Luciano Supervielle necesita del Estado? Ahora. ¿Y no está pensado eso? Sí, lo venimos debatiendo hace décadas. Siempre va a haber un caso, un nuevo caso dramático. Seguir insistiendo en ese tira y afloje donde los funcionarios del gobierno y el Estado se ven obligados a decir que no podemos. “Pero mirá que tal se muere”. Pero no podemos. Voy a contar una anécdota que probablemente ninguno de los protagonistas quisieran que cuente.
Dale.
Hace muchos años, al final del mandato del ministerio de Luis Mosca, Juan Miguel Petit estaba en lo que era el Consejo del Niño. Petit, desesperado, adentro del Consejo tenía enfermos de hepatitis o de no sé qué epidemia que había en el momento. No tenía dónde colocarlos, dónde llevarlos. Era todo un lío. Y siendo Miguel como es, acomodó a varios enfermos en su oficina, con lo cual digamos que tenía algún problema administrativo. Pero además yo estaba en una reunión en donde Miguel le planteó a Mosca que tenía a esos chiquilines. Luis, que acababa de salir del ministerio, estalló. Pero estalló con su mejor fibra moral. Y los dos, esos dos enormes tipos, se empezaron a empujar. Y yo, que ayudé a separarlos, te digo que pocas veces estuve más orgulloso de dos amigos. El que decía: “Dame solución” tenía razón, y el que decía: “No hay” también la tenía. Y eso nos pasa en nuestra vida. Pero cuando nos ponemos a discutir de política en seguida son los malos, los buenos, los jodidos, el que no quiere resolverlo, y el que sí. Y somos grandes.
¿Eso no lo está fomentando el periodismo, también?
Muchas veces, sí. Pero el periodismo no es un bloque. Hay buenos, malos, medianos, mediocres.
Siempre se habla de que el morbo vende. Ahora parece que el enfrentamiento vende.
Es coherente, porque todos los problemas requieren pienso. La reflexión reclama tiempo. La redacción, el leer, reclama tiempo. Mejor tener todo en un minuto, y en un minuto están los que dicen: “Viva el negro” y los que dicen: “Viva el blanco”. Y los bobos que decimos: “Un poquito de gris acá, otro poquito de gris allá, vamos llevándola”. Ahí ya sos un pelele asqueroso. “A los tibios los vomitará el Señor”. Y se admite, en periodismo y también en política, que el parámetro ideológico toma la forma de un requerimiento moral. El parámetro político se transforma. Entonces tenés evangelistas. Tenés boletines para feligreses de parroquia. Pero no tenés esa cosa, que para mí es maravillosa, de ver qué hacemos, de discutir con argumentos un poco más técnicos, de ver qué solución específica se encuentra, sin que me digas en qué filosofía está inscripta. Creo en un pragmatismo. Cuando uno mira las páginas editoriales de grandes diarios del mundo, te encontrás con que tienen editorialistas que trabajan en el mismo ambiente. Imaginate teniendo que convivir todos los días con no sé quién. O te morís o se matan, pero hay un momento que para mí es una de las grandes experiencias de la transición de los que vivimos el final de la dictadura.
¿Cuál es?
Hay un momento en el cual los argumentos empiezan a ser mejores, en que el volumen empieza a bajar y el filo es menos dañino. Ahí aparecen soluciones, aunque sean provisorias. Si se pierde ese mecanismo, si nos argentinizamos más, o peor, probablemente no estamos en una época de riesgo de golpe de Estado, pero ciertamente estamos en una época de riesgo de anomia democrática, de fragilidad, de ausencia de representación. ¿Qué pasaría si se vacía de contenido? Hay muchos que fantasean con nuevas formas. A nivel periodístico te digo que estamos desaprovechando las ventajas tecnológicas, por ejemplo. ¿Quién agarró a quince chicos estudiantes de periodismo y les dijo que salgan con los celulares a hacer periodismo móvil? Que pregunten, que hagan, que miren, que salgan. El poder que te da ese instrumento. ¿Te acordás lo que era para nuestra generación organizar un recital?
Era una locura.
Fui uno de los que armé la primera gira grande de Jaime Roos, que fue una maravilla. Trescientas diez mil personas, en este país. La movilización que había que hacer, la producción enorme, cada escenario. Hoy la amplificación es un camión. Me puse a averiguar cómo puede ser que hoy hay bailes y fiestas que se hacen a la intemperie, donde van miles de personas. Se hacen hace diez años. Ignoradas por la cultura, por supuesto. Nada de eso está pasando. Vas y ves a un tipo con un taburete que tiene una computadora que no está cableada, y hay cuatro bafles por allá, cuyo tamaño es el de este termo. ¿La producción cultural no cambió? ¿Y eso no cambia, a su vez, las posibilidades y los contenidos? El periodismo también tiene que hacer eso, salir con el celular. Pagar a resultado. ¿Querés hacer periodismo? “No, pero yo no voy a ir a preguntarle a tal”. ¿Por qué no? ¿Quién dijo que vos no tenés que ir a preguntarle a tal? La formación, el proceso, la academia… Sí, es verdad. Eso te va a dar mayor rigor metodológico. Pero ocurre que si tenés la imaginación, los bríos, el humor, la capacidad de dialogar con personas diferentes, y un buen teléfono celular…
Podés hacer maravillas.
BBC está haciendo experiencias de periodismo hecho con celulares. Hoy no sólo grabás, sino, que, milagro de milagros, grabás y transcribís. Desgrabar es un ejercicio terrible, en tiempos de vida. Si vos estuvieras usando la tecnología de hace un mes, no tenés que desgrabar. ¿Eso no va a cambiar la manera en que trabajamos, la inmediatez en que podemos reportar? El periodismo ese que todo el tiempo está buscando la pisada en falso del funcionario, sea del partido que sea. El periodismo tiene que reportar. Cuando hay una anomalía, tiene que exponer. Cuando comprueba un mal proceder, tiene que denunciar. Pero no tiene que denunciar la sospecha. Primero, porque como trabajo sería muy tosco, pero también porque estás afectando gente.
Sigue pesando el tema de la primicia como que fuera fundamental. Hoy la primicia es por un mensaje en redes sociales, para ser el primero que dice tal cosa.
O peor, para hacer la reflexión más brillante, más aguda. Me asusta bastante cuando veo periodistas buenos desvivirse por hacer el comentario más duro o por exponer sus enojos. No me interesan esos enojos, salvo si están expresados de una manera que me aporte datos y conceptos. Ahora es “qué agudo que es tal”, “qué bárbara que es ella, que denuncia a tutti quanti”. Para decir “juez puto”, está toda la tribuna. Pero prefiero el VAR. El gran papel es seguir buscando las cosas que son ciertas, que son actuales, útiles, y que te entretienen de otra manera.
Decís que en Uruguay está devaluado el futuro. ¿A nivel cultural pasa lo mismo?
A nivel cultural es peor. Estamos moviéndonos en una definición restrictiva de cultura, en la cultura artística, y dentro de ella la que debe ser de valor en ese momento. Siempre he mantenido la postura de meterse lo menos posible en el mundo del arte y promover el arte. Eso no quiere decir bancar a un montón de personas que creen ser artistas y son gritones. Hay un intermedio. En el primer Departamento de Cultura se publicó quiénes eran los que decidían qué expresiones artísticas iban a ir a los treinta y seis escenarios de Montevideo. Eran Alberto Candeau, Luis Cerminara, Mauricio Müller, Alicia Migdal, además de Alberto Paredes, y te puedo seguir nombrando. Éramos colorados. ¿Te creés que yo coincidía con Candeau, con Cerminara? Muchas veces sí y muchas veces no, pero era tal el merecimiento de ese grupo de monstruitos… Pero además el tino, la prudencia con la que decidían que, en tal circuito, en tal etapa, iba a haber clases de cerámica, mezcladas con danza moderna. Ojo, una cosa es danza moderna en el Solís y otra es en Pajas Blancas. Eran unas lobas las chicas, además, todas con mallas de colores. La barra aullaba. ¿Pero sabés lo que hacían? Las convidaban con una parrillada de corvina, porque eran pescadores. Eso es cultura, animal. Y caían a bailar.
Se sigue haciendo.
No con esa intensidad, de esa manera tan libre. Tenías un grupo de Pericón. A mí no me gusta nada ver bailar el Pericón, pero sin embargo veías que esa mezcla rarísima generaba cosas. Hoy nos hace falta resolver los problemas de la misma manera. Por eso soy un admirador del ingeniero Brechner y de la decisión que tomó el presidente Vázquez de aceptar el Plan Ceibal. Pero, cosas del Uruguay, yo había estado dirigiendo “Un niño, un libro” durante siete años, y a nadie se le ocurrió levantar el teléfono. Cuando a mí, sí se me había ocurrido llamar a inspectores que eran notoriamente de izquierda para trabajar. Es decir, hay que solucionar las intolerancias y hay que ponerse a pensar los dilemas de cuerpo presente. Tenemos el lío de la seguridad en tal zona. ¿Vamos a seguir diciendo que no hay recursos para que la Policía pueda recuperar y sacar a los pasteros y borrachos de las puertas de las casas de la gente? Está pasando cada vez en más lugares. Cada tanto ves notas sobre eso, que se hacen cada tanto, cuando no hay otro tema, como antes pasaba con la nota sobre el Vilardebó o la Colonia Etchepare, o la prostitución. Venían los chicos de la UCUDAL y me decían: “Voy a hacer una nota sobre la prostitución”, y yo les decía que eso no existía, que la nota la hicieran sobre Josefina, que se va y para en tal esquina, y que me contaran bien lo de Josefina, y que cuando supieran mucho de eso, entonces me hablaran de prostitución. Pero no antes. Bueno, ese criterio periodístico es aplicable a las políticas de integración social, y a muchos temas económicos. Hay que sentarse a hablar de otra manera, pero pasa lo mismo que en Esta Boca es Mía: la gente se sienta y primero trata de jugar al ajedrez, y termina boxeando. Hay que evitar eso. Y pasa en muchas cosas. ¿Qué te creés que es Manini apropiándose de la desgracia de la gente?
Del tema de la usura.
Con algo que subyace y que no me gusta nada, que es contra la usura por una deuda justa. Después de lo que pasó, después de lo que se le atribuye. ¿Quiénes eran los usureros? ¿No terminó mal eso ya, muchas veces? Hay un punto en el cual tenés que tener cuidado, y al mismo tiempo ese cuidado no puede detenerte la audacia. Creo que hay muchos problemas que pueden abordarse de una manera liberada de los prejuicios. Les rompo los huevos a mis amigos tupas para que cuenten la verdad de lo que pasó. Tengo amigos que han hecho lo que llamo “el viaje siniestro”, que es al revés. Hay un viaje que es de posiciones ultra a otras más matizadas. Pero se está dando, y fijate en la región… ¿Qué quiere decir esa especie de novel derecha salvaje? Que no llegan a pedir sangre, por ahora, ¿pero de quién es la responsabilidad de eso? Se los digo a mis amigos del Frente: loco, estuvieron los últimos quince, veinte o veinticinco años, y yo les llamaba “los hermanos de la santa alpargata”. Lo escribí en una nota en Opinar. O le llamábamos “los marrones”. Aquellos lodos de prejuicios trajeron estas tempestades. El comportamiento de la persecución. Malena Muyala censurando un texto artístico. La directora del Solís no puede censurar. Ningún director del Solís puede hacerlo. ¿Estamos todos locos? Es una gran cantante. No sé si debería ser directora del Solís.
Yo tampoco.
Tuviste un tipo como Grieco. Pero una vez que está ahí… Te estás equivocando.
El tema es que la corrección política se está dando a nivel cultural, político, periodístico. Y lo de la cancelación no es joda.
No es joda para nada, y te lo dice alguien que fue cancelado. Lo veo, además.
¿Cómo se combate eso?
Animándote.
Sos un hereje.
Para determinadas cosas tenés que serlo. Porque sos persistente en el deseo, en la idea de que te gustan mucho las mujeres, suponete, hay una frontera difusa en la que pasás a ser acosador, acusado y desmembrado. El daño enorme que eso le hace a la equidad en términos de oportunidades entre hombres y mujeres es brutal. Está generando batallas entre sexos. Porque género tienen las telas. ¿Qué es esto? Que un hombre o una mujer, para seducir al otro, tenga que hacer un sistema digital que vaya midiendo cuán sí es el sí. Entre eso y la violencia hay un abismo enorme. Y cuando igualás y decís que es más o menos lo mismo que una agresión un tipo que le elogia el culo a una chica cuando pasa… Si supiera que es ajedrecista, capaz le elogio el cerebro. Pero no está en mí un insulto o un desprecio. No, lo que está es el deseo, el erotismo, la vocación de expresar la admiración. ¿Cuántas veces hombres y mujeres han disfrutado de decir o recibir un piropo excelente? Sí, también está el pelotudo que es un grosero. Los hubo siempre. Ahora con los políticos pasa algo similar. No quieren insultar ni lastimar, entonces hay que decir todas las siglas, LGTB, binario, no binario. No, loco, el tema es “a igual trabajo, igual remuneración”. El tema es “a tal oportunidad, tal…”. Punto. Y te dirán: “No me podés transmitir la idea de que las mujeres son objetos”. Nadie puede transmitir la idea de que los seres humanos son objetos. Ni los niños ni los hombres ni las mujeres. La tontería avanza, y pararla no es cuestión de izquierda o derecha o centro.
Es un tema de inteligencia.
La tontería se para con inteligencia, y sobre todo con vivencia didáctica. ¿Cuándo aprendiste que no podías chapar a una mujer a lo bestia? Lo aprendiste en la convivencia, cuando una te paró el carro, cuando todas te dijeron que no. ¡Yo qué sé! Se te enseña. Cuando tu madre te dice: “Así no”. O un tutor, porque si no está el tema de…
Ahí te volviste políticamente correcto.
Estás pendiente no de la correcta interpretación de lo que decís, sino de la mala interpretación de lo que decís. Pasa todo el tiempo en política. Vamos a suponer que estoy fascinado por la nueva cantidad de empleos, oficios y profesiones que genera la forestación y la inversión en las papeleras. Y al mismo tiempo estoy preocupado porque eso se mantenga dentro de lo razonable en términos de sus consecuencias ambientales. Una cosa no quita la otra. Pero acá hay bandos. El otro día un amigo me dijo que yo estaba con las papeleras. Le dije que no estaba más con las papeleras que con las farmacias o las panaderías. ¿Qué quiere decir “estás con las papeleras”? No. Estás a favor de que el Uruguay tenga todo un nuevo mundo productivo y que se abran nuevos caminos de trabajo con la madera. Es más, que se abran nuevos caminos porque dentro de esos bosques hay apicultura, o pequeños cultivos de frutos rojos. ¿Cómo vas a estar en contra de las papeleras? De lo que estás en contra es de que se arruine el río, del monocultivo. Sí, vamos a controlar. ¿Pero a quién se le ocurre hacer una guerra, y con calificación moral, por supuesto? Porque, si estás con las papeleras, sos uno de esos tantos hijos de puta que quieren que la Tierra explote. Estamos locos. En definitiva, lo que trato de transmitir es que el periodismo tiene que hacer eso. Hicimos la experiencia de Verificado, y yo fui uno de los que participó.
¿Cómo fue eso?
Me encontré con que buenos periodistas y profesionales, dentro del equipo, se obstinaban y les costaba horrible, porque cuando ocurría algo que no les gustaba era tal la ferocidad… El papel no es si tiene razón o no, sino si lo que dijo está ajustado a la realidad a la que se refería. Si dijo: “Hay cinco árboles”, tenemos que saber dónde ir a contar los árboles, y si son cinco, lo que dijo está bien y es verdad. Si dijo que hay cinco árboles y que los blancos son la raza superior, tenemos que decir que lo de los cinco árboles es cierto pero que lo de la raza superior no es así, y que además es complicado en términos sociales. Punto. ¿Por qué todas las veces hay que operar todas las enfermedades al mismo tiempo? Te morís. Ninguno de nosotros aguanta eso. Cuando me hablabas de periodistas como Leonardo Haberkorn y lo que encontrás es la búsqueda de una verdad en lo inmediato, si lo encarás con el criterio del pensamiento correcto, es una tarea imposible. Porque vas a encontrar, suponete, que el torturador tocaba el violín. Y cuando encuentres eso, te vas a encontrar con una imposibilidad reflexiva.
Dame un ejemplo.
Te cuento un ejemplo real. La primera vez que me animé a ir a lo del general Medina, fui a plantearle una locura a un tipo que me constaba que me detestaba, por el caso Roslik. Le toqué timbre en la casa, en la calle Comercio. Salió la esposa, y le dije que buscaba al general Medina y que me llamaba Alejandro Bluth. Salió un señor, y era Medina. Primero, con la intención de atenderme un minuto en la puerta y sacarme pelando. A los treinta segundos, por una o dos cosas que le mencioné, me dijo que pasara. Y cuando pasé había una de esas teles grandes de antes, y arriba de la tele un video, un VHS, el de la gira de Jaime.
Se te cayeron todos los esquemas.
Me quedé duro y le pregunté si le gustaba Jaime Roos. Me dijo que le encantaba. Le conté que esa producción había sido mía. Nos sentamos, y yo no empecé a plantearle lo que le quería plantear. Para un milico eso ya es complicado, porque si usted viene a buscar cigarros, pídame cigarros. Empecé a decir que quería saber un poco de él, antes de empezar a contarle lo que quería contarle. Me dijo que yo ya había publicado mucho sobre él. Respondí que publicar era una cosa y conocer a la persona era otra. Y empezamos a hablar. A los veinte minutos yo estaba azorado escuchando cómo el general me contaba de su lejanísima juventud, de las lavanderas yendo al cuartel para buscar la ropa y lavarla en el arroyo, y su memoria sensorial de eso, explicándome lo que eran esas mujeres con los brazos arremangados, que llegaban y se llevaban todas las pilas de ropa. El relato. Mientras tanto, yo pensaba que tenía a ese señor ahí, militar, haciéndome el relato impresionista de la vida cuartelera. Y que escuchaba a Jaime Roos. Y que yo venía a decirle cosas que revelaban lo que yo pensaba de él. Yo le planteé a Rosencof si él era capaz no solamente de mandar matar y de morir por su ideología, sino si era capaz de vivir, cosa que sé que le cuesta mucho más. Quiero hacer una organización que haga cosas concretas, que proponga cosas para los chiquilines del Uruguay. Me quedó mirando. Probablemente la gente lo recuerde sólo por los informativos, pero el tipo tenía una mirada muy expresiva. Pero no sólo la de enojo.
¿Y él que dijo?
Me preguntó en quiénes, y le dije que estaba pensando en Maggi, en Rosencof y en él, para empezar a conversar. Y luego en el sindicalista tal, en el ex ministro de Economía tal. Los ojos se le iban abriendo, y me hacía el gesto de “todo mezclado”. Le dije que sí, que todo mezclado. Le recordé que ellos acusaban de que la educación antes no sé qué, y que Sanguinetti detestaba el estado de la educación. Bueno, Reina Reyes. Y así le fui contando. “Además de distintos, son muchos”, me dijo, y le dije que sí, que había un problema de organización, pero que eso lo íbamos a ver después, que la pregunta era si él aceptaba. “El propio Rosencof, me dice”, me dijo. Le respondí que sí, y que yo le estaba haciendo el prólogo a un libro de Rosencof, que se iba a llamar El Bataraz, sobre su período en la cárcel. Me miró y me dijo que qué tal era el libro. “Es de los mejores que he leído sobre eso”, le dije, pero que no me explicara quién era Rosencof, porque yo no pensaba que fuera una maravilla ni mucho menos, que sólo le decía que ese libro merecía un prólogo, porque era un muy buen libro. Me quedó mirando. Con la misma lógica, los chiquilines merecen que se deponga la furia, que se les dé lo que necesiten, y después ahí siguen ustedes a los palazos. “A los palazos no, general”, dije, y ahí se rio. Nunca había pensado en estar haciéndole un chiste al hombre, y que a él le saliera naturalmente también. “¿Qué hacemos, general?”, le pregunté. “Y, pedimos permiso”, me respondió. Le pregunté si a su mujer o al presidente de la República. Se rio y me dijo que yo me ocupara del presidente. Me fui a llamar al presidente de la República a decirle lo que estaba haciendo, y me dijo: “¡Qué locura!”. No podía creer. ¿Pero sabés qué? Él me creyó más rápido de lo que yo le creí a Medina. Y me arrepiento de eso. Cuando le conté a Maggi, me dio un abrazo que todavía recuerdo. Yo tampoco era tan grande. Lo que te estoy contando es que hay un Uruguay que nos está esperando a todos. Y no estoy haciendo un discurso católico, religioso, o bonachón e inocente. Los tipos buenos me despiertan sospecha. Creo que, si realmente te preocupan las cosas que pasan en este lugar, hay que trabajar con los que no te gustan. Es así. Hay gente de izquierda que detesta los aparatos de seguridad del Estado. Nadie dice que sean deseables. Un uruguayo israelí socialista que vive allá, una vez me dijo que el Mossad está dirigido por los mejores. ¿Quiénes son los mejores? Y me dijo que para una cosa tan espantosa tenés que poner, por ejemplo, un filósofo. ¿Cómo un filósofo? Y efectivamente fui a mirar, y entre los tipos que dirigieron el Mossad hay cada nene, que vos decís: “¿Cómo este tipo se mete en esto?”. Hasta que llega Netanyahu, hasta ese bestia, elegían tipos con nivel académico alto, muchas veces con estudios de humanidades. Ya sabemos que esto es un espanto, pero alguien lo va a hacer y queremos que lo haga con todo el tino del mundo. Lo mismo pasa con la política de integración social. Con el periodismo en este Uruguay enfermo de intolerancia vociferada.

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Alfredo Garcia Nació en Montevideo el 9 de agosto de 1954. Es Licenciado en Historia por la Universidad de Estocolmo, Suecia; que fue su lugar de residencia entre 1975 y 1983. Hizo un postgrado en Marketing y realizó los cursos del Master de Marketing en la Universidad Católica de Montevideo. Trabajó durante veinte años en la industria farmacéutica en el área privada. Su labor como periodista comenzó en los semanarios Opinar y Opción a principios de los ochenta. Participó en 1984 en el periódico Cinco Días clausurado por la dictadura. Miembro del grupo fundador del diario La Hora, integró luego el staff de los semanarios Las Bases y Mate Amargo. Escribió también en las revistas Mediomundo y Latitud 3035. Es el impulsor y Redactor Responsable del Semanario Voces. Publicó el libro Voces junto con Jorge Lauro en el año 2006 y el libro PEPE Coloquios en el año 2009. En el año 2012 publica con Rodolfo Ungerfeld: Ciencia.uy- Charlas con investigadores. En 2014 publica el libro Charlas con Pedro y en 2019 Once Rounds con Lacalle Pou. Todos editados por Editorial Fin de Siglo.