Desarrollo senil y renovaciones pendientes por Eduardo Gudynas

En la medida que se suceden las semanas, se acentúa la extraña sensación de seguir sin saber cuáles son los planes inmediatos del nuevo gobierno. Uno de los vacíos más evidentes se refiere a los rumbos y contenidos en su estrategia de desarrollo.

Esta una cuestión de enorme importancia, ya que desde allí se derivan acciones que abarcan un amplio abanico de sectores, desde la agropecuaria a la industria, desde los tributos al comercio exterior. Además, se esperaba que en esos temas se expresara la renovación prometida en el Frente Amplio, tras la derrota electoral de 2019. La expectativa era revertir el giro conservador impulsado por la coalición conservadora de Lacalle Pou.

Sin embargo, poco o nada se sabe sobre cuál será la estrategia de desarrollo del país. Lo que es más grave, parecería que a los actores políticos, de uno y otro lado, tampoco les interesa mucho, ya que siguen entreteniéndose con sus guerritas mediáticas.

La ausencia de esas discusiones no es un mal reciente. A diferencia de lo que ocurre en otros países, en Uruguay no se debe presentar un plan nacional ser debatido, pongamos por caso, con legisladores, empresarios o sindicalistas.  Contamos con la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP), pero ella no provee planes. Se volvió costumbre asumir que existiría algo así como una “planificación” implícita del desarrollo en la propuesta de presupuesto que hace cada gobierno al iniciar su gestión. 

Un desarrollo subordinado

Todo eso, tal vez, incide en que los estilos de desarrollo del Uruguay se mantuvieran constantes en muchos aspectos, lo que a su vez explica que no se resolvieran los problemas de pobreza y marginalidad, desempleo o desindustrialización. En el siglo pasado, las estrellas exportadoras podían ser carnes y lanas; en el siglo XXI, son la celulosa y la carne. O sea que nuestra economía, y su inserción internacional, sigue basada en la tierra.

En 1974, en el primer año de la dictadura militar, casi el 78 % de las exportaciones eran bienes primarios; en la década de 1990 esa participación se redujo a niveles en torno al 60 %; y la recuperación en el siglo XXI, en especial bajo el progresismo, significó regresar a las proporciones de cincuenta años atrás, aunque superando el 80 %.

Sin embargo, las circunstancias actuales son muy distintas. Es evidente que ese tipo de desarrollo choca contra límites sociales y ambientales; incluso está agotado en varios aspectos, ya que no resuelve los problemas. De todos modos, la política criolla no los atiende. Por ejemplo, nuestra tierra productiva está toda ocupada, y los deseos de crecer económicamente exprimiendo más cada terrón, generan oleadas de efectos secundarios. Si se plantaran más árboles para otra pastera, pongamos por caso, se deberán sacrificar áreas agrícolas o ganaderas, con consecuencias negativas en esas cadenas productivas, en sus exportaciones, en el empleo local, y en los ciclos del agua.

El desarrollismo

Asoma en este contexto la referencia al “desarrollismo”. El actual presidente de la Cámara de Diputados, Sebastián Valdomir, afirma que el “desarrollismo es lo más grande que hay” (en Voces, No 913). El problema es que ese tipo de respuestas, en lugar de iluminar salidas, nos sumerge en un desarrollo senil.

Los desarrollistas, en teoría, pretendían ejercer una mayor guía estatal, más intervenciones en los mercados, y, a veces, un desarrollo “hacia adentro”. Sin embargo, en la práctica, los progresismos del siglo XXI continuaron con la inserción internacional basada en bienes primarios y defendieron al capital extranjero. Eso explica su promoción de plantas de celulosa, los intentos con la megaminería de hierro y los sueños con el petróleo.

Del otro lado, conservadores, sean los del pasado como los más recientes, aglutinados alrededor de Lacalle Pou, no emplean ese término, les disgusta la intervención estatal y quieren liberalizar más los mercados. Pero llegan a un desarrollo que mantiene y defiende esos mismos emprendimientos, agregándoles sus propias fantasías (como el Hidrógeno Verde), para exportar todavía mas bienes primarios.

Es muy cierto que hay diferencias mayores en otras dimensiones (como la asistencia social), pero el núcleo conceptual de las ideas del desarrollo es el mismo, y sus expresiones prácticas son similares. No debería sorprender, porque unos y otros comparten raíces en que distintas corrientes ideológicas promueven desde hace más de un siglo, y es por eso que es senil.

Ese consenso es el problema, lo que vuelve indispensable discutir sobre el desarrollo, sobre sus significados, su organización y sus metas. Es una tarea que es sobre todo necesaria para la izquierda. Pero cuando Voces le pregunta a Valdomir hacia dónde va la capacidad de desarrollo del país, el diputado responde que es por el riego y la protección del mercado interno. Su contestación, al ser tan incompleta, y no abordar aquellas raíces del desarrollo, muestra que seguimos lejos de una renovación del pensamiento.

Por ejemplo, si ese riego impone crear mercados del agua, como pretendía el gobierno Vázquez, esa mercantilización contradice las advertencias de la izquierda, y es igual a los reclamos del senador Sebastián da Silva. ¿Intensificaremos más la agricultura hasta que ningún arroyo esté libre de cianobacterias y todas las abejas desaparezcan? ¿Se construirán nuevas plantas de celulosa, aunque ya sabemos que el empleo que generan es minúsculo y cargaremos con darles el agua gratis? 

Cuando se abandona la posibilidad de construir otras alternativas, asoma una pereza que parece contentarse con un desarrollo que sigue exportando soja, celulosa y carne, carcomiendo la tierra, mientras se inauguran centros comerciales, esperando que las cajeras, reponedores y guardias que allí trabajan, al dejar su turno, se transformen en consumidores en esos mismos locales. Un circuito capitalista perfecto, típico de un desarrollo senil.

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