La dinámica política internacional sigue complicándose. Las negociaciones entre Estados Unidos e Irán del pasado fin de semana en Islamabad culminaron con un rotundo fracaso. Un fracaso previsible por cómo se han conducido ambos países, en especial, desde el precario cese del fuego conseguido por Pakistán in extremis luego de que Trump amenazara a Irán con “la destrucción de toda una civilización”.
Apenas declarado el fracaso de las negociaciones, Trump amenazó con bloquear totalmente el Estrecho de Ormuz y de hecho el lunes se empezó a implementar el bloqueo por parte de la marina norteamericana.
Un día antes, el domingo, Trump, quizá después de conocer la contundente derrota electoral de su aliado Victor Orban en Hungría, dedicó un furibundo ataque al Papa León XIV. En un largo post de su red social Truth, Trump atacó al Papa por ser “débil con el crimen”, “malo en política exterior”. Y luego sigue criticándolo para lo cual mezcla el tema del narcotráfico de Venezuela con las ambiciones nucleares de Irán. Acusa al Papa de apoyar las ambiciones nucleares de este país y luego, en un ataque personal de esos que tanto gustan a Trump, dice que el Papa León no estaba en ninguna lista para ser elegido pontífice. Y que solo fue elegido porque Trump estaba en la presidencia.
Y toda esta diatriba porque el Papa pide por la paz, como no podría ser de otro modo, y critica la dura represión de inmigrantes -como tampoco podría ser de otra manera-. Pero Trump no acepta a nadie que no lo contradiga y que no lo llene de alabanzas por su “notable labor”. Trump solo respeta a los que lo halagan. Necesita aduladores para alimentar su enfermizo narcisismo. Y el Papa no está para eso. Tampoco otros políticos cercanos a Trump como Giorgia Meloni, que salió con una dura crítica al presidente norteamericano y en defensa del Papa. Meloni dijo en un comunicado: “Considero inaceptables las palabras del presidente Trump sobre el Santo Padre. El papa es el jefe de la Iglesia Católica, y es justo y normal que pida la paz y condene todas las formas de guerra”.
Lo más dramático, sin embargo, fue que mediante la ayuda de la Inteligencia Artificial (IA), Trump posteara una imagen suya como Jesucristo sanando enfermos. Ese posteo duró pocas horas en las redes sociales por la elevada cantidad de críticas que recibió. Incluso de sus propios seguidores del presidente americano.
Todo lo cual evidencia que Trump ve que su audaz jugada en Irán no le ha salido todo lo bien que esperaba. Como decía este martes el editor general del The Wall Street Journal, Gerard Baker, “la mayor acción de la política exterior hasta la fecha ha sido mal concebida, más planificada y mal ejecutada y, hasta el momento, va fracasando”.
Y Baker señala que para explicar esto no hace falta escuchar a los críticos del presidente sino a las propias palabras de Trump.
De esas palabras, deduce correctamente Baker, se puede deducir que las cosas no van bien.
En primer lugar, “normalmente no se amenaza con aniquilar la civilización del bando contrario. No solo porque la matanza masiva es un crimen de guerra y algo que Estados Unidos generalmente ha rechazado, sino porque no se amenaza con semejante atrocidad si no es necesario. Solo se recurre a esa amenaza desesperada y desquiciada cuando las cosas no salen como se quiere”.
En segundo lugar, “decir a los periodistas que Benjamin Netanyahu fue el responsable de hacer afirmaciones “ridículas” y “absurdas” sobre lo fácil que sería un cambio de régimen también entra de lleno en la categoría de chivo expiatorio cuando las cosas no salen según lo planeado”.
Y, lo que es más grave según el diagnóstico de Baker, es que ni siquiera es claro que se haya conseguido el objetivo militar aunque no el político de cambiar el régimen. En efecto, Trump siempre dijo con ocasión y sin ella que el objetivo principal de esta acción militar era eliminar la amenaza nuclear de Irán.
Pues bien, se hacen negociaciones para disminuir la capacidad nuclear de Irán que supuestamente había sido aniquilada hace 10 meses en la Operación Martillo de Medianoche cuando se bombardearon los sitios de enriquecimiento de uranio. Y que se volvieron a “aniquilar” al comienzo de la guerra el 1 de marzo.
¿Una capacidad nuclear dos veces aniquilada en poco tiempo tiene que ser sometida a negociación? Las acciones de Trump desmienten sus hiperbólicas y grandilocuentes afirmaciones.
Tan es así que Baker señala en su artículo que “Quizás lo más perjudicial de todo sea la demostración que ha ofrecido al mundo de que, por muy poderoso que sea nuestro ejército, por muy superior que sea tecnológicamente, sin un liderazgo hábil y una estrategia viable, estamos demostrando una vez más nuestra incapacidad para vencer a un país con una economía que es aproximadamente la mitad de la de Bélgica”.
Hay que buscar allí la explicación de los exabruptos de Trump frente al papa León XIV. Con su llamado a la paz, a esa “paz” de la que Trump se ufana de haber conseguido al acabar con ocho guerras, el papa pone el dedo en la llaga que más duele: la de la propia incompetencia, la de ver como su ilusión de éxito total, rápido, indoloro y permanente choca con la realidad de fracaso o semi fracaso.
El problema no es el papa León. Es haber diseñado mal la estrategia para terminar con la amenaza nuclear iraní que, bueno es recalcarlo, es un objetivo muy loable toda vez que esa amenaza nuclear es para “borrar al estado de Israel de la faz de la tierra”.
Pero cuando se impone la megalomanía sobre la racionalidad, las cosas no salen bien.
Ahora Trump redobla la apuesta y bloquea el Estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20% del petróleo y gas que el mundo consume. La economía mundial va a sentir el golpe. Las alianzas tradicionales se deterioran. Solo se frotan las manos los chinos.
Son tiempos peligrosos.







