El otro día, mientras preparaba una clase para un grupo de secundaria, me encontré atrapado en una de esas cuestiones que parecen didácticas pero que, en el fondo, son profundamente filosóficas: ¿cómo explicar con claridad —y sin simplificaciones tramposas— la diferencia entre argumentos, creencias y opiniones? Uno puede ensayar definiciones más o menos prolijas como por ejemplo: 1) el argumento es una estructura racional que exige razones y evidencia; 2) la creencia es una adhesión subjetiva, muchas veces inmune a la refutación, es decir, son ideas que aceptamos como verdaderas desde lo personal, y que muchas veces no cambian aunque haya argumentos en contra; 3) la opinión es ese territorio intermedio y veloz, que circula sin demasiadas exigencias. Pero el problema no es tanto definirlas como mostrar cómo operan en el mundo real, donde rara vez aparecen en estado puro.
Y fue ahí, casi como una intuición pedagógica, que apareció en mi cabeza la película No mires arriba estrenada en 2021 en la plataforma Netflix. Recordé también aquella frase del astrofísico Neil deGrasse Tyson, quien dijo que la película era menos una comedia y más un documental de estos tiempos. Exagerada, sí, pero no tanto. Porque lo que hace la película —y ahí radica su potencia— no es simplemente burlarse de la política, los medios o las redes sociales. Lo que hace es mostrar, con una crudeza incómoda, la disolución de las jerarquías del pensamiento. En No mires arriba, la evidencia científica más contundente —un cometa que destruirá la Tierra— no logra imponerse como argumento y no porque sea débil, sino porque el espacio público ya no está organizado en torno a la verdad, sino al impacto, a la conveniencia, al espectáculo.
La película funciona, en ese sentido, como una radiografía de una época en la que el argumento perdió su privilegio. No es que haya desaparecido, es que compite en igualdad de condiciones con la creencia y la opinión, y muchas veces pierde. El científico explica; el político calcula; el comunicador banaliza; el ciudadano opina. Y en esa mezcla, lo que debería ser indiscutible se vuelve discutible, y lo que es absurdo adquiere estatuto de posibilidad. En este sentido, hay una escena particularmente clara y es cuando los protagonistas intentan comunicar la gravedad del descubrimiento en un programa de televisión. El tono liviano, la necesidad de “no bajar la energía”, la incomodidad ante lo trágico… todo conspira contra la posibilidad misma de argumentar. No hay espacio para la razón cuando el formato exige entretenimiento. El argumento no es refutado, sino que es neutralizado.
Desde una perspectiva filosófica, podríamos decir que la película dramatiza el colapso de la distinción clásica entre doxa y episteme de Platón, pero con un agravante contemporáneo y es que ya no se trata solo de que la opinión ignore al conocimiento, sino de que lo absorbe, lo digiere y lo convierte en contenido. La verdad ya no se discute, sino que se gestiona. En ese mundo, la creencia adquiere una fuerza particular, no porque sea más verdadera, sino porque es más cómoda, y creer no exige pruebas, solo afinidad. Y la película lo muestra con precisión quirúrgica, porque quienes niegan el cometa no lo hacen por falta de información, sino por fidelidad a una narrativa, a una identidad, a una pertenencia. La creencia, en ese sentido, no es un error cognitivo, sino una forma de refugio. La opinión, por su parte, aparece como la moneda corriente de la conversación pública: opiniones rápidas, intercambiables, muchas veces contradictorias, opiniones que no buscan convencer, sino participar. Y ahí hay otro de los núcleos incómodos de la película, es decir, ya no opinamos para pensar, sino para estar. Todo esto convierte a No mires arriba en algo más que una sátira y es, en el mejor sentido del término, una herramienta pedagógica, porque enseña conceptos de manera indirecta y los dramatiza en situaciones reconocibles. Permite ver —y ese ver es fundamental— cómo se degrada el lenguaje cuando se pierde el compromiso con la verdad.
Y en ese punto, inevitablemente, aparece una figura que marcó mi manera de entender y abordar la enseñanza, y me refiero a Juan Bernassa, profesor del IPA de Didáctica y Filosofía de la Educación. Me considero, desde el respeto y la admiración, un discípulo suyo. Bernassa tiene algo que hoy escasea y es una profunda desconfianza hacia lo fácil. No enseña para agradar ni para cumplir, enseña para incomodar. Sus clases no eran espacios de confirmación, sino de ruptura, y uno salía de allí con una sensación extraña, una mezcla de angustia y lucidez, como si el suelo hubiera dejado de ser completamente firme. No hay en él concesiones a los modismos pedagógicos ni a las tendencias pasajeras. Había, en cambio, una exigencia radical: pensar. Pensar en serio, pensar con consecuencias. Y eso, en el contexto actual, es casi un acto de resistencia.
Volviendo a la clase que estaba preparando, entendí que quizás la mejor forma de explicar la diferencia entre argumentos, creencias y opiniones no era solo definirlas, sino mostrarlas en acción. Y pocas obras lo hacen con tanta claridad —y tanta incomodidad— como No mires arriba. Porque en definitiva, educar hoy implica algo más que transmitir contenidos: implica reconstruir las condiciones mismas de la conversación. Volver a darle al argumento el lugar que le corresponde. Enseñar a distinguir entre lo que se puede sostener y lo que simplemente se dice. Y en ese intento —siempre incompleto, siempre en tensión— hay una deuda que vale la pena reconocer. Gracias, Bernassa. Por la incomodidad. Por la lucidez. Por enseñarnos que educar no es tranquilizar, sino despertar.







