Hablar de paz y fomentar la guerra.   por  Rubén Montedónico

Los hechos de las últimas jornadas; el devenir de la confrontación a partir de que Rusia invadió Ucrania dando inicio a una guerra no declarada; el estancamiento de las respectivas operaciones militares; la imposibilidad de realizar un análisis diario veraz -“nadando” entre “fake news” propaladas por las partes-; las diversas opiniones propias que di, más allá de sumarme a creer que se estaba frente a un conflicto que quién sabe cuánto durará. Me convencí que la confrontación tendrá fin, como dijo Volodímir Zelenski en una declaración el pasado domingo, tras “ser sangrienta, pero terminará definitivamente a través de diplomacia”, entre un armisticio o un acuerdo, con lo que estoy de acuerdo. 

En tanto, los fabricantes de armas se enriquecerán más que los laboratorios con la pandemia. El director general del corporativo empresarial Raytheon, Greg Hayes, explicaba el negocio así: todas las armas enviadas a Ucrania salieron de los arsenales de la Defensa y de las reservas de la OTAN: “es una gran noticia, pues nos tocará reponer estas existencias”.

Resolví detener mis opiniones momentáneamente donde unos afirman haber consumado la ocupación militar total de la ciudad-puerto de Mariúpol mientras otros sostienen que han llegado hasta la frontera luego de haber recuperado parte de Járkov.

Sin embargo, lo incambiado del momento, por lo que todos dicen que han emprendido el camino de paz (impulsando la guerra), dio un imprevisto giro -en particular para los interesados en el conflicto y que opinamos acerca del mismo- al solicitar Finlandia y Suecia su ingreso a la OTAN. Significa que Finlandia pone fin a 77 años de neutralidad, en tanto en el caso de Suecia se trata de 188 años, al ser proclamada oficial en 1834.

El ejecutivo de Helsinki envió al parlamento la solicitud de permiso y ya obtuvo el voto favorable de este para el ingreso. Con esa autorización solicitó a Bruselas que a su petición se le diese, excepcionalmente, “trámite urgente”. Aquella organización militar, fundada en 1949 por 12 miembros, tras la implosión (o la desaparición) de la URSS y la consiguiente disolución del Pacto de Varsovia, llega ahora a 30 integrantes más dos solicitudes de ingreso.

El presidente de EE.UU. en 1991, George H. W. Bush y su secretario de Estado, James Baker, prometieron al crédulo e ingenuo Mijaíl Gorbachov que la OTAN no avanzaría ni una pulgada sobre la frontera de la URSS: William Clinton se encargó de hacer todo lo contrario y aprovechó la ocasión para deshacer cualquier sueño de la socialdemocracia de poner en práctica una “ostpolitik” (pensada por Willy Brandt) comercial unificada desde Vladivostok a Lisboa que establecería un competidor superior a EE.UU.

Las dos solicitudes últimas -con seguridad “sugeridas” desde Washington- coinciden con que Alemania desclasificó papeles de los 90 de Berlín y París dirigidos a Gorbachov en los que sus gobiernos se comprometían a honrar la palabra de no extender las fronteras de la OTAN al este y en el momento que Noam Chomsky saca de la oscuridad y el ocultamiento un documento del 1º de septiembre de 2021 firmado en la Casa Blanca por Joseph Biden y Volodímir Zelensky  que incita a que Ucrania -en un acuerdo de defensa y seguridad con EE.UU.- ingrese al pacto militar como otro socio. A título expreso se menciona el derecho libre y soberano de Ucrania de afiliarse a la OTAN.

Lo anterior -en sentido contrario- me recuerda la frase de don Benito Juárez: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”. Y más acá, en la escuela o en la casa nos decían: “Tu libertad termina donde empieza la de los otros”, dando ambas sentencias lugar, espacio, al libre albedrío propio con igual respeto por el de los otros.

Sin dudar por un instante en condenar a Vladímir Putin por desatar la guerra contra Ucrania, digo que ese paso aceleró las inclinaciones actuales a la “colaboración” de sus vecinos con la OTAN, donde el pedido finlandés derriba mil 335 km. de neutralidad y el “colchón neutral” entre la organización militar y Rusia. Ahora no solamente Moscú siente el posible asedio misilístico en su contra -que se instalaría en Ucrania- sino que resulta en un blanco toda su región europea (donde se concentra la población y el centro de industria y desarrollo), gracias a regímenes socialdemócratas que gobiernan en Finlandia y Suecia.

La advertencia y sibilina crudeza rusa ante tal extremo no se hizo esperar: el 9 de mayo pasado, aparentando quitar dramatismo a la iniciativa, Putin señaló que con Finlandia y Suecia no existen conflictos por incorporarse a la OTAN, siempre y cuando carezcan de armamento con cargas nucleares, porque Rusia respondería. Las agencias y no pocos observadores tomaron a la ligera estas declaraciones, especulando acerca de medidas “espejo”.
Por ahora se escucha hablar de aceptaciones mayoritarias al pedido de ingreso con voces discordantes, aunque tibias, como la de Turquía, alegando que en esos países viven unos 100 mil kurdos.

Deberá observarse en estas decisiones -al igual que en otras referidas a sanciones económico-comerciales contra Rusia- las posturas que adoptan algunos países, como Hungría, Alemania, Francia e Italia; la aceptación de nuevos miembros a la OTAN debe ser aprobada por unanimidad de los socios. Si seguimos a Noam Chomsky, este sostiene que EE.UU. es “el abanderado del desprecio a la soberanía” y a los acuerdos y tratados, por lo que se descuenta el ingreso de los solicitantes a cualquier precio, así sea el de algún voto en contrario de un país (o países) que no haya sido “convencido”.

Mi idea es más compleja y avizoro un choque internacional, de mayor entidad que el presente -en un futuro a mediano plazo- con participación de armas no tradicionales. La conclusión europea es que se deben aumentar los presupuestos de la OTAN para emparejar su potencial con Rusia: el conflicto ucraniano le vino de perlas a Biden que no tuvo que exigir cumplir las demandas de Donald Trump proclamadas hace años.